CAPÍTULO 18 #6
—Sabes bien la razón. Esto es una locura, Johan. Es imposible y ambos estamos sufriendo. Helene es mujer y ya lo habrá notado, por eso me trata así últimamente. Pero temo que los niños también se enteren y lleguen a odiarme por ello.
—¿Odiarte? Si no pueden quererte más. Será un golpe terrible para ellos.
—Bien lo sé… También lo será para mí, pero si Dios quiere y me lo permites, seguiré en contacto con ellos por carta. Los dos son buenos chicos, como su padre, y los quiero mucho.
—¿Qué problema hay entonces en que te quedes entre nosotros? Podría contratar a otra cocinera y tú sólo te dedicarías a cuidar y disfrutar de ellos. Serías la madre que no han podido tener.
Las palabras se le quebraron, saliendo de su boca a borbotones, tropezando el sonido con el aire del salón como las ruedas de un carro atravesando un tortuoso sendero.
—Te, te… doblaría el sueldo, además. No, mejor, te lo cuadriplicaría. El dinero jamás sería problema para ti. Cobrarías más que en tu anterior empleo en Wall Street.
—Johan, no… no sigas. Vales demasiado como para humillarte por una mujer como yo. Mereces mucho más que Helene o que una cocinera.
Mi actitud inflexible no lograba sino hacerle más y más daño.
No sabía hasta qué punto aquel hombre tan brillante, tan excepcional, tan bueno…
se había hecho dependiente de mi compañía.
Hasta qué punto necesitaba mi presencia a su lado, al menos durante el poco tiempo que él pasaba en la mansión.
Desconocía de qué modo se había enamorado de mí.
—Por favor, Isabel… No sabes cuánto amor tengo para dar…
La riqueza no sirve de nada, te lo puedo asegurar.
Daría cualquier cosa por tener una mujer como tú.
Renunciaría a todas mis posesiones para apostar todo lo que tengo en un viaje de vaivén…
y comenzar de nuevo, reconstruyendo con los pedazos rotos de mi existencia una nueva vida a tu lado.
Ni siquiera Mateo había sabido dedicarme palabras tan bellas, tan dulces que parecían versos en lugar de frases y que emanaban desde lo más hondo de un corazón herido.
Debía cortar aquella conversación a toda costa y podía hacerlo de dos maneras; volviéndome dura con él para provocar su rechazo o con un último gesto de ternura.
Elegí la segunda opción por puro egoísmo y, reconociendo que tal vez no fue la mejor decisión, sí la que me salió del alma, pues mis sentimientos por él eran puros y, de haber alargado más en el tiempo aquella situación, habría terminado debatiéndome entre el amor de dos hombres.
Di un paso adelante hasta que nuestras bocas se acercaron tanto que podía respirar su aliento cuando exhalaba.
Mis manos se extendieron a sus mejillas y acaricié la suavidad de su rostro pulcramente afeitado, mientras él alzaba las suyas para sujetar mis antebrazos.
Sus ojos se iluminaron, creyendo que el gesto no era sino una rendición incondicional por mi parte.
Cuando caí en la cuenta quise retroceder pues lo último que deseaba era darle falsas esperanzas, mas era ya demasiado tarde…
Nos besamos una última vez, con tanta o más intensidad, dedicación y devoción que la primera y, por un momento, pude regresar al paraíso, al jardín de las delicias en el que nada más existía que nosotros dos.
Los problemas desaparecieron el tiempo que se alargó el contacto y sólo pude sentir una inmensa felicidad, un júbilo que me llenó el corazón de alegría, haciendo desaparecer el mundo que nos rodeaba.
Mis piernas se aflojaron y rodeé su cuello con pasión mientras él bajaba las manos a mi cintura y me apretaba con fuerza contra su cuerpo.
De repente, la situación escaló a un inesperado arrebato de pasión y perdí el sentido hasta tal punto que llegué a creer que terminaríamos haciendo el amor allí mismo, sobre la mesa del salón…
Por suerte para mí, y antes de que la carne triunfara sobre el espíritu llevándonos a un hito sin retorno, escuché entre gemidos el sonido del motor de un coche que se acercaba a la mansión por el camino empedrado del sendero de acceso.
Era Manuel, que regresaba de la ciudad tras cumplir con unos recados que Johan le había ordenado.
Él no se había percatado, mas mi oído era casi tan fuerte como mi capacidad perceptiva y me separé de él bruscamente.
—Qué, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿He hecho algo mal? —indagó desconcertado.
Me limité a acariciar su rostro una última vez y lo besé de nuevo, esta vez en la mejilla derecha.
—Recuerda, la carta… Sólo para tus ojos. Ábrela cuando estés solo.
Fue en aquel momento que escuchó el sonido del motor y giró la cabeza hacia la ventana.
Para cuando se volvió para mirarme, ya caminaba hacia la cocina, a despedirme rodeada de sartenes, platos y cacerolas del que consideré mi hogar durante unos maravillosos años.
Llorando encerrada en la despensa —sentada sobre un viejo taburete de madera— la pérdida de aquellos niños que tanto amaba…
la pérdida de un hombre bueno al que deseaba todo lo mejor.
Johan se divorció de Helene sólo nueve meses más tarde de nuestro último encuentro.
Sus visitas a la ciudad para malgastar los fondos de la tarjeta de crédito se hicieron más y más frecuentes, hasta que él llegó a sospechar y contrató un detective privado para seguirla.
El recelo fue más que justificado y las fotos de su esposa acostándose con el instructor de tenis, la prueba irrefutable de la infidelidad.
Gracias a las instantáneas y una buena suma de dinero, él consiguió un acuerdo más favorable, el único realmente válido y el que deseaba.
Cediendo una importante cantidad de dólares, además de la propiedad del rancho de Virginia, se quedó la custodia total de Mike y Frida, prueba de que a su madre lo único que le importaba era mantener su nivel de vida, muy por encima de la compañía de las criaturas cuyo único mérito en el devenir de su crianza era haberlos parido.
Él contrajo matrimonio de nuevo dos años más tarde con una buena mujer.
En realidad, fue mi sustituta en la cocina, una buena amiga de Pilar, diez años más joven que él, la que conquistó su corazón.
Se llamaba Luna María y era una bella, trabajadora y humilde emigrante, procedente de una familia salvadoreña afincada en los Estados Unidos años antes de su nacimiento.
Tuvieron dos niños más, Lupe y Alexandra y a través del contacto que jamás perdí con Pilar, supe que eran felices, que ella era muy buena con él y que jamás dejó su trabajo de cocinera.
En cuanto a mi carta, la perfumada misiva de renuncia dedicada a Johan y sólo para sus ojos, reconozco que me tomó horas redactarla.
Escribí muchos borradores; unos de varias páginas, haciéndole saber la clase de hombre bueno que era, tomando mención de sus logros y buenas obras y expresando mi agradecimiento por haber rescatado a Mateo de las garras de la muerte.
Otros eran más cortos, apenas unos pocos párrafos cargados de intensa gratitud.
No obstante, finalmente me quedé con una tercera opción.
Quería que recordara todo lo hermoso que habíamos compartido, lo cerca que habíamos estado de ser algo más…
Deseaba ser un recuerdo que formara parte de su vida, igual que el suyo lo sería para mí, así que le dediqué tan solo unas pocas palabras:
“En otro tiempo, en otro mundo, en otro lugar, habríamos sido sólo uno. Tú y yo un todo inseparable.
Me despido con profunda tristeza, llorando desconsolada la ausencia de un alma gemela.
Jamás te olvidaré, mi buen Johan.
Siempre tuya:
Isabel”