CAPÍTULO 18 #5
Obviamente, tuvimos el cuidado justo para no reventar el mecanismo de accionamiento eléctrico de la cama y poco más.
La vía terminó goteando, desparramada por el suelo al haber sido arrancada de cuajo en un movimiento espasmódico que no pude controlar.
Las sábanas corrieron la misma suerte y terminaron empapadas en una mezcla de solución salina y sangre del brazo de Mateo.
A mis cincuenta y tres años, no recordaba haber experimentado una sensación tan placentera haciendo el amor con mi marido y ambos disfrutamos de un momento de intimidad, jugando como dos adolescentes mientras una enfermera avisaba a los de mantenimiento del hospital para revisar la puerta del cuarto, que inexplicablemente parecía haberse atascado.
El revolcón terminó en el momento justo para evitar ser sorprendidos por dos celadores.
Habían logrado abrir la puerta sacudiéndola violentamente hasta que la silla había cedido.
Logré encerrarme en el baño de la habitación en el preciso instante en que entraban, tapados los pechos con la ropa y los zapatos, que sujetaba con los brazos, pegados al torso.
Mateo se metió en cama y, alegando haber tenido una pesadilla, logró salir indemne de la “travesura”, o al menos la excusa funcionó para los operarios.
No obstante, no fue así para la enfermera que llegó cinco minutos más tarde, justo cuando salía vestida del baño.
Alzando la vista hacia mis alborotados cabellos, se limitó a guiñarme un ojo para después atender a Mateo, colocando de nuevo la vía de solución salina. Complicidad entre mujeres…
La mejoría llegó inesperada, repentina y me recordó al modo en que la presbicia me había sobrevenido años atrás, mientras repasaba un mejorando de Jack en mi escritorio de la oficina en Wall Street.
Tal vez sea un ejemplo un tanto chabacano, pero me ha parecido el más apropiado, pues de acostarme un día leyendo el capítulo cinco de “Cumbres Borrascosas”, pasé, en cuestión de horas, a ser incapaz de revisar —al menos sin utilizar gafas graduadas— unos documentos con tipo de letra de tamaño mucho mayor…
Desde aquel precioso día del mes de mayo, que jamás olvidaré, Mateo fue sintiéndose mejor, a pesar de que tuvo que soportar tres dosis más de radioterapia que resistió estoicamente.
Recibimos el alta del hospital de San Diego a finales de mes, aunque no regresamos a Nueva York de inmediato.
Habiendo recibido la última parte de su tratamiento y encontrándose bien de salud, aprovechamos la estancia en la preciosa ciudad para registrarnos en un económico, aunque coqueto hostal, y hacer algunas visitas a los hitos más importantes.
Al fin y al cabo, la economía familiar estaba como estaba y no podíamos permitirnos nada mejor.
Así conocimos el famoso zoológico de San Diego, uno de los más grandes del mundo.
También visitamos el USS Midway, un descomunal portaaviones de la segunda guerra mundial convertido a museo, y que además de sorprendernos con una colosal colección de cazas y bombarderos, nos hizo comprender la grandeza del país en el que nos encontrábamos.
Y es que en la época en que en España nos moríamos de hambre o nos matábamos en dos bandos virtuales creados por los políticos para su conveniencia, los americanos lograron construir una ciudad flotante que, en tiempos de guerra, llegó a albergar más de cuatro mil personas, entre personal militar y de servicio…
Para primeros de junio regresamos a nuestra rutina en Nueva York; yo trabajando en la mansión de los Bauer, y Mateo, todavía de baja médica, comenzando a recibir pedidos de la joyería para matar el tiempo al principio y para echar un cable de paso en el negocio, que se había visto sobrepasado de carga de trabajo en su ausencia.
No sabía qué iba a ocurrir con nuestro futuro, pues empezábamos de cero nuevamente, pero al menos seguíamos los dos juntos, sanos y felices.
Deseábamos saborear la vida más que nunca, con la lección aprendida de que lo único verdaderamente importante era la salud, en primer lugar, y el amor, mucho amor, tanto como fuera posible contener dentro del pecho.
.. El dinero ya llegaría con trabajo duro…
La gran noticia de la curación total del cáncer de Mateo nos la dio el propio Johan, pues el doctor Halsman se encontraba de viaje por Europa dando conferencias sobre el éxito del procedimiento, instando a sus colegas más allá del océano a ponerlo en práctica a la mayor brevedad y así comenzar a salvar vidas.
Nos llamó un catorce de junio a su despacho en el hospital y allí nos dio la buena nueva. No es que no lo sospecháramos ya, pues el estado de salud de Mateo era excelente y prácticamente había recuperado su peso habitual.
Pero la confirmación del alta definitiva supuso una explosión de felicidad que celebramos aquella misma noche reuniendo a toda la familia en una cena especial.
A ella asistieron Alberto, Lucía y Leslye, así como Gabriel con su novia, mi amiga Pilar con su marido, y un compañero de trabajo de Mateo en la joyería.
Como no podía ser de otra manera, invité a Johan y a Helene a la celebración, mas la oferta fue declinada por él, aduciendo que ella no se encontraba bien.
No era más que una mentira piadosa, que pude asimilar sabiendo que la verdadera razón era que una mujer que se consideraba de una categoría superior jamás visitaría la casa de unos simples trabajadores…
Pasadas las celebraciones y con el parte de alta en sus manos, al fin Mateo regresó a su trabajo en la joyería.
La economía familiar estaba al borde del colapso y las deudas nos asfixiaban, a pesar de que no habíamos gastado un solo céntimo en el tratamiento del cáncer, por lo que volver a recibir ingresos supuso un respiro y un nuevo motivo de júbilo.
Además, en su ausencia, la joyería había acumulado gran número de pedidos y los caros relojes de lujo se acumulaban en los cajones sin reparar, por lo que Mateo comenzó a hacer horas extra, pactando con su jefe el cobro a comisión por cada arreglo.
Pronto el dinero comenzó a entrar a raudales de nuevo en nuestro hogar y, tal y como había ocurrido anteriormente, me encontraba con semanas de ingresar en nuestra cuenta bancaria hasta mil dólares.
Ahora teníamos salud, teníamos dinero y amor, mucho amor, muchísimo amor…
No obstante, existía una cara “B” en mitad de esta situación, un punto oscuro con la forma de un ser humano que, paradójicamente, no podría considerar con menos humanidad y que no podía ser otra más que la esposa de Johan.
Habiendo regresado a mi trabajo en la mansión, desde el primer día no hizo más que poner problemas y pegas a mi trabajo; que si la comida estaba fría, que si estaba demasiado salada, que si la vajilla estaba sucia, que no había dejado a los niños a su hora en el colegio o que una profesora se había quejado de que Frida no llevaba el pelo recogido…
En definitiva, todo tipo de quejas infundadas y de mentiras que, viniendo de quien venían, podía tomarme con filosofía, pero que sabía que estaban haciendo mella en el estado de ánimo de Johan.
Al fin y al cabo, él se veía atrapado entre dos fuegos; por un lado, las presiones de su mujer que lo torturaban cada día y, por el otro, sus sentimientos hacia mí, una mujer tan inalcanzable para él como la más bella de las modelos y de la que estaba enamorado perdidamente…
Conociendo mi situación y lo que ésta provocaba en la familia Bauer, decidí tomar la decisión más dura de todas y cortar por lo sano. Una decisión salomónica, pero justa y de la que me arrepentí y alegré a partes iguales y por diferentes razones.
La primera semana del mes de agosto fue la última que trabajé para Johan. Aunque él ya se lo esperaba, la entrega de mi carta de renuncia, escrita sólo para sus ojos y salpicada con unas gotas de mi mejor perfume, fue la confirmación de una decisión tan inevitable como necesaria.
Era viernes, el último día de trabajo de la semana, y quise aprovechar que Helene había salido a derrochar el dinero de Johan —o eso había contado— armada con su American Express.
Los niños estaban de vacaciones en el rancho de Virginia y él estaba convaleciente de un virus que lo había dejado postrado en cama durante casi una semana.
Aquel día se encontraba mejor, claro indicador de que pasaría el fin de semana trabajando en el hospital para recuperar el tiempo perdido, así que teníamos la casa para nosotros.
Al fin había podido levantarse de cama y le había servido la comida en la gran mesa del salón.
Por aquel entonces y, aunque estábamos solos en la mansión, ya comíamos por separado, para así evitar tentaciones y, desde mi regreso de San Diego, había comenzado a tratarlo de nuevo de usted y mantener bien claras y definidas las distancias.
Había recogido ya el plato del postre y, en el momento de servirle el café cortado que acostumbraba a tomar de sobremesa mientras ojeaba el diario, aproveché para sentarme a su lado y alargarle la carta.
—¿Qué es esto, Isabel? —preguntó con voz trémula, temiendo mi respuesta.
—Es una carta de renuncia, Johan —no quise mostrarme fría y distante en mis últimos momentos a su lado y lo llamé por su nombre de pila.
Trataba de parecer tranquila, aunque mis piernas temblaban y las manos sudaban, vendiendo la mentira de que una tardía declaración de amor era, en realidad, una carta de cese.
Él permaneció en silencio unos segundos, mirándome fijamente, mostrando como sus preciosos ojos se volvían más y más brillantes hasta haberse humedecido. Luego hizo ademán de abrir la carta, pero lo detuve poniendo una mano encima de la suya.
—No, es sólo para tus ojos. Guárdala a buen recaudo y ábrela cuando estés a solas.
—Pero, Isabel… ¿cómo? ¿por qué? ¿Es por Helene? Te juro que hablaré con ella. Yo, yo… no quiero perderte.
Respiré hondo, tragando el nudo en la garganta que atenazaba mi voz.