La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 18 #4
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CAPÍTULO 18 #4

​ Después de sentarme un buen rato a llorar, regresé a la cocina a por un trapo y producto reparador de madera.

Limpié la mesa sobre la que había derramado el capuchino y recogí la vajilla.

El resto de la tarde me dediqué a ordenar y limpiar la plata de la familia con una solución de bicarbonato y vinagre, una receta que mi abuela había enseñado a mi madre y después mamá había transmitido a todos los hermanos.

Era una tarea ardua, laboriosa, que había estado postergando por tediosa, pero que me mantendría distraída.

Una tarea mecánica que me iba a dejar tiempo para reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir.

​ Para cuando terminé ya había anochecido.

Había hecho un buen trabajo pues los cubiertos, ensaladeras y bandejas brillaban como si estuvieran recién sacados de fábrica.

Me dolían las manos de tanto frotar, pero enfrascada en mis pensamientos, apenas había reparado en el cansancio que, ahora, de regreso a la realidad, se multiplicaba por un millón.

​ Al menos, la tarde me había servido para tomar una decisión sensata.

Para entender qué pasos debía dar en adelante y así es como supe que mis días como cocinera en la mansión de los Bauer estaban contados.

Para mí aquel beso había sido una liberación, tierno y cariñoso, pero también terapéutico.

No obstante, para Johan habría sido mucho más y entendía que cada segundo que en adelante pasara en aquella mansión, con o sin su presencia, sería una tortura para un hombre bueno que no merecía ser tratado así.

En aquel mismo instante tomé la decisión de abandonar la casa para cuando Mateo recibiera el alta de su tratamiento.

Una decisión inapelable y que mantendría con firmeza hasta el final, a pesar de que durante los tres meses que siguieron hasta que llegó el verano, cada vez que nuestras miradas se cruzaban podía evocar el arco iris de sensaciones que nuestro beso me había provocado, y me estremecía como una chiquilla de quince años aguardando a la siguiente cita con su primer novio.

​ Los últimos meses del procedimiento contra el cáncer de Mateo fueron los más duros para él.

Justo cuando pensaba que la fase final del tratamiento sería la más benévola de todas, fue cuando me di cuenta de lo equivocada que estaba, pues habiendo él recuperado parte de sus fuerzas, ganado algo de peso y con más ganas de vivir que nunca, fue cuando las cosas empeoraron.

La segunda fase del tratamiento, la cirugía para extirpar los tumores debilitados y que, en lugar de las ocho horas previstas inicialmente, se había alargado hasta las doce, había sido todo un éxito y, a pesar de que había dejado el cuerpo de mi marido lleno de cicatrices, estas habían sanado rápido.

Para el mes de abril, con Mateo recuperado de la operación, nos trasladamos a San Diego durante dos meses para recibir la última parte del tratamiento en la más moderna máquina de radioterapia del país y que sólo poseía el hospital general de la preciosa ciudad costera.

Nuevamente el hospital corrió con todos los gastos de transporte y alojamiento y, con respecto al trabajo, Johan me concedió una excedencia de dos meses cobrando el sueldo íntegro, privilegio que hizo montar el cólera a Helene.

Como mujer, la señora de la casa tenía un sexto sentido para percibir emociones y ella no era una excepción.

Estoy convencida que en algún momento olfateó los sentimientos que por mí su marido profesaba y, desde entonces, me vio más como una enemiga que como una empleada.

Como decía, fueron dos meses muy duros en los que Mateo sufrió los daños colaterales que la radiación provocaba en su cuerpo.

Supongo que hoy en día existen máquinas mucho más modernas, capaces de actuar sobre zonas más concretas, tratando sólo las células tumorales.

Mas en el año ochenta y tres, lo mejor que había era aquella especie de tubo de acero, pintado de color verde aceituna y que emitía el sonido de un reactor a punto de despegar, depredando por igual tejido sano y enfermo, además de producir unas feas quemaduras tan severas que, en algún caso, debieron ser tratadas con injertos tomando piel de la pantorrilla de Mateo.

A cada nueva sesión las fuerzas de mi marido menguaban más y más hasta el punto de que me llegué a plantear si el pronóstico optimista del equipo médico habría sido el acertado. Al fin y al cabo, no dejaba de ser un tratamiento experimental y veía a Mateo cada día más enfermo.

Volvió a bajar de peso, fruto de las náuseas y la falta de apetito.

Su piel se volvió de color cetrino y tan fina y transparente que casi podía notar la sangre circulando torpemente por sus venas y arterias.

Perdió el control de los esfínteres, un tema especialmente humillante para un hombre tan fuerte y orgulloso y que atacaba directamente a su virilidad y masculinidad.

Yo pasaba la mayor parte del tiempo con él, y por las noches, cuando creía que yo dormía, lo escuchaba llorar, dejándose llevar por una devastadora tristeza que lo empujaba a creer que todo aquello no había sido más que un espejismo, un atisbo de esperanza truncada que se había tornado en desastre y que lo arrastraría hacia la muerte más pronto que tarde…

No obstante, y, a pesar de mi insistencia sobre su precario estado de salud, los médicos mantenían el optimismo.

Sabían mejor que nadie que esta última fase iba a ser especialmente dura y que tan importante para la curación del paciente eran el estado de ánimo y la actitud positiva, como la radioterapia o los fármacos antitumorales que seguía tomando.

Así pues, decidí sujetar las riendas de la situación y cambiar de actitud.

A partir de la segunda semana recibiendo las dosis de radiación y justo cuando Mateo peor se encontraba, me obligué a dejar el victimismo a un lado y me mostré en todo momento alegre y optimista.

Para ello, el apoyo de mi familia fue fundamental.

Aprovechando el “todo incluido” del hospital, utilizaba el teléfono de la habitación para llamar a España y ponerme al día con papá, mamá y mis hermanos.

Recopilaba de todos ellos la mayor cantidad de chismes y cotilleos que me era posible.

Utilizaba las dos horas de media en que Mateo se ausentaba de la habitación para recibir la radioterapia y así me quedaba a solas para explayarme bien a gusto.

Era una doble terapia para ambos pues, por un lado, yo recibía el cariño, apoyo y buenas vibraciones de mi familia y, por otro lado, mi marido escuchaba después de mi boca las noticias que llegaban de España.

Otro de los métodos que utilicé para evadirnos juntos de la dura realidad que vivíamos por entonces fue el comprar compulsivamente revistas del corazón.

Es curioso como los amoríos, las desventuras y avatares de los más ricos y famosos pueden llegar a ser tan terapéuticos para el resto de los mortales.

Mas lo cierto es que nos hicieron ver que ni las personas que más felices deberían ser, logran llevar una vida plena y que sus problemas, en ocasiones, son incluso más graves que los nuestros.

Al fin y al cabo, todos tenían hijos, pareja, familia y bien es claro que las interacciones entre los seres humanos siempre han sido bien complicadas y que afectan por igual a unos y otros independientemente de la fama o riqueza que pudieran atesorar.

Ya lo dice un sabio refrán: “el dinero no hace la felicidad”.

Pronto llegó el mes de mayo y, tal y como los médicos habían anunciado, Mateo comenzó a mejorar…

Todo empezó una soleada mañana, con los rayos de sol colándose entre las cortinas, dibujando caprichosas formas en las paredes de la habitación.

No podía ser de otra manera, al fin y al cabo, más que con buen tiempo, pues bien es sabido que los días lluviosos y oscuros afectan negativamente al estado de ánimo, en tanto que los despejados y soleados, elevan el espíritu y animan a salir a disfrutar de la vida.

Además, se inició bruscamente y no de modo paulatino, tal y como el doctor Halsman había anunciado.

Yo dormía en el sofá reclinable de la habitación, tapada con una manta con el logotipo del hospital, que una amable enfermera me proporcionaba recién lavada cada noche, justo antes de echarme a descansar.

Un sonido que me era muy familiar me hizo despertar sobresaltada y me volví hacia Mateo.

El corazón me dio un vuelco, pues esperaba verlo sujetando el orinal para vomitar dentro de él como ya venía siendo habitual cada mañana.

Sin embargo, en su lugar, se había levantado para correr las cortinas y se desperezaba recibiendo el calor del sol en la piel de su rostro.

A pesar de la barba de tres días, algo había cambiado en su expresión.

Ya no tenía el color cetrino característico del sufrimiento hepático, que había sido sustituido por el rosado.

Lucía una sonrisa de satisfacción y, mientras se estiraba frente al cristal, vio mi reflejo y se dio la vuelta.

—Isabeliña, hace un día precioso…

A continuación, tomó una de las sillas habilitadas por el hospital para el descanso de las visitas y utilizó el respaldo para apuntalar la puerta.

—¿Se puede saber que estás haciendo? —pregunté desconcertada.

—Prepárate, que allá voy —contestó con su mueca más seductora. Conocía muy bien lo que significaba y el hormigueo que producía en mi interior era testigo de ello.

—Pero, Mateo, aún tienes puesta la vía.

—No te preocupes por eso. Tendré cuidado…