CAPÍTULO 18 #3
Helene se encontraba de vacaciones —y perdónenme el comentario…
como si no lo estuviera siempre— visitando en Francia a unos familiares, así que Johan y los niños habían comido solos.
Disfrutaban de un ambiente distendido, un clima lleno de amor y buenos sentimientos, algo poco frecuente cuando ella estaba presente, con su eterna aura oscura.
Terminada la comida, me encontraba fregando los platos en la cocina cuando Johan me sorprendió entrando a invitarme a tomar café con él en el salón.
Los chicos habían salido a jugar al soccer en el exterior, en un improvisado campo con porterías que Manuel había montado en el jardín para ellos.
Así pues, con Pilar de día libre, estábamos solos en la enorme mansión.
Terminé de recoger la vajilla y preparé el mejor café de la despensa.
Un americano con hielo para él y un capuchino con extra de nata para mí.
Cuando entré en el salón portando la bandeja con los pocillos y unas pastas para acompañar a modo de postre, Johan aguardaba nervioso, con los ojos abiertos como platos y expresión impaciente.
Había imaginado que, dada mi demora, se habría quedado dormido en su sillón favorito, mas al contrario, aguardaba bien lúcido y atento a mi presencia y estado de ánimo.
—Hace un día precioso, ¿no es así, Isabel?
—Sí, doctor Bauer, vaya si lo hace.
La expresión de Johan pareció contrariada por mi respuesta.
—Isabel, empieza a resultarme incómodo el tener que recordarte a cada momento que te refieras a mí por el nombre de pila.
—Es cierto. Disculpa, Johan —lo cierto es que lo había hecho a posta en esta ocasión.
Me sentía divertida y sorprendentemente alegre en un día tan hermoso, como si en el fondo de mi mente, la capacidad perceptiva que atesoraba estuviera tratando de decirme algo.
Al fin y al cabo, los indicios eran alentadores, pues desde hacía un par de semanas y, a merced del tratamiento, el estado de salud de Mateo no había sino comenzado a mejorar, o al menos eso me parecía desde el punto de vista de un profano.
—Escucha, tengo un par de cosas que decirte y no sé por dónde empezar. Sé que una de ellas te alegrará, pero… la otra…
Mi expresión se tensó al escuchar aquellas palabras. Supongo que me centré más en qué podría significar “la otra” que en que fuera a salir algo bueno de la conversación.
—Por favor, continúa, Johan… y siéntete libre de contarme lo que sea. Estamos en confianza.
La respuesta destensó sus facciones y me dedicó una cautivadora sonrisa con sus dientes blancos y perfectamente alineados, sus labios carnosos y dos ojos verdes brillando, destacados en claro contraste con el bronceado de su piel.
—No me andaré con rodeos. ¿Te parece si empiezo con la buena noticia?
—Ya estás tardando.
Dos hoyuelos, en los que por alguna razón jamás había reparado, emergieron en su mejilla al acentuarse la sonrisa, haciéndolo parecer aún más atractivo.
—Mateo está respondiendo bien al tratamiento…
Bueno, lo cierto es que decir bien es quedarse muy corto, pues estamos convencidos de que está funcionando y de que podrá recuperarse por completo.
Esto no sólo es una buena noticia para él, pues implica que la investigación sobre el procedimiento habrá dado sus frutos y que muchos otros pacientes en lista de espera con el mismo tipo de cáncer que él, podrán salvar sus vidas.
Me sentí tan feliz, tan emocionada al escuchar aquella noticia que salté de la silla derramando el capuchino por la mesa del salón sin haberme percatado.
Me abalancé sobre Johan y lo abracé con tanta fuerza como mis brazos me permitían.
Él se incorporó para corresponderme y nos fundimos los dos en uno solo.
Aquella era la ocasión en la que mayor contacto físico había tenido con él y pude sentir su potente torso y poderosos brazos a través de la camisa que vestía.
No podía recordar la última ocasión en que me había abrazado a un hombre en su plenitud, pues hacía mucho ya que el cáncer había diezmado la envergadura de Mateo.
El abrazo fue tan inesperado para Johan como para mí.
Pura espontaneidad fruto de la adrenalina, un impulso instintivo de profunda gratitud hacia otro ser humano que pareció convertirse en algo más conforme nuestros cuerpos se iban separando y nuestras caras quedando tan cercanas, a menos de un palmo de distancia.
Las sonrisas se transformaron en una sensación de deseo y noté como mis labios se hinchaban y enrojecían por el rubor.
Allí estábamos los dos, solos en una fastuosa mansión, junto a la ornamentada mesa, mojada con el café y la nata líquida.
Tan solo éramos dos seres humanos, un hombre y una mujer que descubrían por primera vez un sentimiento oculto para todos, incluso para ellos mismos.
Dos personas para las que el tiempo se había detenido y para las que nada más existía.
Fui yo la que dio el primer paso. Lamento que así fuera, pero es la verdad. Con mi marido enfermo de cáncer, ingresado desde hacía tres meses en el hospital, sufriendo y luchando por su vida, besé a otro hombre…
Visto así, con la perspectiva de los años, parece que mi decisión fuera cruel y hasta irresponsable, pero como ya he dicho, aquel momento no fue racional…
no estaba sujeto a las leyes de la física, al tiempo o al espacio.
De repente, ambos estábamos envueltos en una burbuja de aislamiento sensorial en la que no existían los ruidos, ni el sonido, ni los olores.
Tan sólo el tacto, el roce de nuestros labios, el sabor de las bocas hablándose en silencio…
Durante el lapso que duró el beso me abordó una sensación de infinita felicidad, sólo comparable a los otros grandes momentos de mi vida, como el día de mi boda o el nacimiento de Gabriel.
Por unos segundos todas las preocupaciones que torturaban mi mente la abandonaron como el vapor de una olla a presión, dejando espacio a una impresión de alivio, como si alguien aplicara sobre mi alma un bálsamo para la expiación de mis pecados…
mientras cometía el mayor de todos ellos…
En el exterior de la mansión, Frida y Mike jugaban con el balón y fue merced al impacto de la pelota contra una de las ventanas que al fin regresamos a la realidad.
Los labios perdieron contacto lentamente y un leve hilo de saliva colgó entre nosotros en forma de puente, un constructo natural —aunque más allá de la naturaleza— que pretendía mantener unidas dos almas que en otra vida pudieron haber sido gemelas.
Nos miramos a los ojos en silencio mientras fuera se escuchaba a los niños gritar huyendo de Manuel, que los reprendía por haber golpeado la ventana.
Los brazos de Johan se descolgaron de mi cintura y sus manos tomaron las mías.
Después retrocedió un tercio de paso y rompió el sagrado silencio que se había forjado entre nosotros a fuego lento, construido con breves momentos de consuelo, de afecto, de miradas huidizas y palabras dulces.
—Supongo que ya no necesito contarte lo segundo…
Soltando su mano derecha, coloqué mi dedo índice sobre sus labios, implorando silencio.
—Esto es una locura, Johan. No puede ocurrir. Simplemente está mal.
Las palabras que acababa de pronunciar aguijonearon mi corazón, provocando un profundo desasosiego, un dolor agudo fruto de la tristeza.
La sensatez heredada a través de generaciones en mi familia había tomado el control de mi voz, convirtiéndome en una mera espectadora, un avatar, un observador externo al mágico instante que se acababa de producir.
El efecto no sólo impactó sobre mí. Johan también se sintió invadido por la tristeza, como si en una fracción de segundo hubiera pasado del cielo al infierno. No me cabe duda de ello, pues su expresión, sus ojos, su mirada, fueron testigos de mi certeza.
—Tienes dos niños pequeños y esa mujer buscaría el modo de quitártelos, aunque no los quiera…
aunque nada más le importe en esta vida que ella misma.
Debes ser sensato y paciente. Tu momento llegará y podrás ser feliz al fin con una mujer digna de un hombre maravilloso como tú.
Pero has de comprender que yo jamás podré ser esa mujer.
Me debo a mi marido. Él siempre me ha querido y me ha cuidado y ni yo ni el mismo Dios nos perdonaríamos una traición de tal envergadura.
Johan soltó mis manos y dio un paso atrás.
—Eres una mujer increíble, Isabel. Ojalá te hubiera conocido antes. Ojalá mis hijos fueran también tuyos…
—Los quiero como si lo fueran. Son dos chicos maravillosos. Lo han heredado de su padre.
Aquellas dulces y alentadoras palabras marcaron el fin de la breve conversación pues Johan, incapaz de mostrar su llanto en público, como todos los hombres de la época, se limitó a acariciar mi mejilla mientras sus ojos comenzaban a brillar.
Después, se volvió y subió las escaleras para encerrarse en su cuarto a liberar en silencio las lágrimas que le había provocado el regreso a la triste realidad de convivir sin el amor verdadero de una compañera.
Sentí tan en el alma haber tomado aquella decisión cabal, consciente y sensata…
Sentí también una gran tristeza por haber herido los sentimientos de un hombre tan bueno, dejándome llevar por la emoción y besándolo.
Si me hubiera contenido, él jamás habría probado el sabor del amor verdadero y nunca lo habría echado en falta.
Mas ahora, que conocía su existencia, ya no podría vivir sin perseguirlo.
Nuestro tierno beso había marcado el fin de su matrimonio, pero también el inicio del camino en la búsqueda de la felicidad, para un hombre que ya la creía perdida. Al menos aquello me consolaba…