CAPÍTULO 18 #2
El jefe de oncología debió adivinar por mi expresión abatida el tema al que me refería.
—Sí, supongo que me habla de la parte económica —contestó confiado, guiñando un ojo al doctor Bauer como si hubieran planeado la respuesta mucho antes de que yo misma me hubiera formulado la pregunta—.
No deben preocuparse por el monto del procedimiento.
Será costeado por el hospital en su totalidad.
Así pues, desde hoy mismo, dejará de salir de su bolsillo todo tratamiento que reciba su marido.
Con esta feliz y tranquilizadora respuesta, y sin aguardar por más cuestiones, el equipo al completo se levantó, nos saludó y abandonó la sala, dejándonos a solas con el doctor Bauer.
—Pero doctor… —me atreví a hablar cuando al fin estuvimos solos—. ¿Cómo puede ser?
—No es oro todo lo que reluce, Isabel —atajó el doctor expresando cierta incomodidad—. Philippe y su equipo han estado aquí tan solo para darte las buenas noticias y me han dejado a mí la papeleta…
—¿La papeleta? ¿A qué se refiere?
—Me refiero a los inconvenientes del trato. A explicaros la razón de por qué todo el procedimiento no tendrá coste para vosotros.
—Ya lo sabía… siempre tiene que haber una cara “B” —Mateo intervino por primera vez en una conversación con los médicos.
Hasta entonces había permanecido ausente, como un espectador pasivo, el niño muy triste y enfermo acompañado por su madre.
Mas aquellos doctores le habían dado esperanza y parecía haber revivido, para ahora tener que escuchar cómo había inconvenientes de los que no le habían hablado.
Tal y cómo me explicó más adelante, se había sentido como una marioneta cuyos hilos habían sido accionados por primera vez en años para luego regresarla al baúl en dónde había permanecido envejeciendo, desgastándose, tomando polvo, olvidado por el resto del mundo excepto sus seres más queridos…
—Entiendo su desencanto, Mateo, pero me veo en la obligación de comentarles los pormenores.
Mi marido se limitó a asentir y regresar a su letargo, inducido por la desesperanza.
—Por favor, Johan, continúa —me atreví al fin a decir con las piernas temblando y las palmas de las manos con tal nivel de sudoración que dejaron marcas indelebles sobre la ostentosa mesa de madera de la sala de reuniones del hospital.
—Lo cierto es que los inconvenientes son muy serios, Isabel. El procedimiento es peligroso. Supongo que como Mateo lo ha llamado, sería la cara “B” de esta noticia o, en lenguaje de relojeros, el Tourbillon averiado.
El doctor Bauer, utilizando lenguaje técnico de la profesión de mi marido, trataba de parecer empático haciendo una broma que, como toda respuesta tan solo obtuvo la mueca de desaprobación de Mateo y un agrio comentario.
—Por favor, doctor, vaya usted al grano. Estoy cansado y quiero regresar a mi casa para descansar.
—Me temo que eso no va a ocurrir, Mateo. El procedimiento debe empezar hoy mismo. Esa es una de las condiciones.
—¿Condiciones? —me apresuré a atajar todavía más nerviosa.
—Sí, condiciones… Es un tratamiento experimental y, como tal, está financiado con fondos del hospital, una gran farmacéutica y el departamento de salud pública del estado de Nueva York.
Respondemos ante instancias superiores para las que es muy importante conocer rápidamente y de primera mano que su inversión está obteniendo los resultados prometidos.
Con toda la calma y paciencia de la que, dadas las circunstancias, el doctor Bauer —en adelante, Johan, para mí— podía disponer, nos explicó detenidamente la razón de aquellas condiciones que debíamos firmar.
Estaban todas ellas recogidas en un pliego cuidadosamente doblado dentro de una elegante subcarpeta azul, con el logotipo del hospital en el margen superior derecho, y se resumían en tres simples puntos.
La primera, tal y como nos había explicado, era que el tratamiento debía empezar aquel mismo día.
No había margen para la demora y la explicación era bastante simple.
Y es que la fase del procedimiento al que Mateo iba a ser sometido no era más que la punta de un iceberg de arduo trabajo, desarrollado en secreto a lo largo de los últimos tres años por el equipo del doctor Philippe Halsman.
Durante aquel periodo de tiempo y, una vez reclutados los fondos para su investigación, los doctores habían dotado al hospital de un laboratorio y un quirófano para pruebas y habían comenzado su investigación contra el mismo tipo de cáncer de Mateo.
Era uno de los más comunes y agresivos a los que se estaban enfrentando últimamente y solía afectar a pacientes, tal y como era el caso de mi marido, reincidentes en la afectación por células tumorales malignas.
Una vez superada la fase microbiológica, habían comenzado las pruebas con mamíferos; en principio roedores, para después pasar a gatos, cerdos y, por último, primates.
La fortuna había querido que, una vez obtenidos los permisos para pruebas en humanos, nuestras vidas se hubieran cruzado en el camino del doctor Halsman a través de su amistad con Johan.
La segunda condición era que, una vez iniciado el tratamiento, en ningún caso podríamos negarnos a interrumpirlo, independientemente de cómo reaccionara Mateo al mismo o de cómo su estado de salud pareciera empeorar por momentos.
Este requisito era especialmente duro, pues suponía firmar un cheque en blanco para que los doctores dispusieran del cuerpo de mi marido con total libertad, como si fuera un primate más de los utilizados a lo largo de su andadura hacia la curación del tipo de cáncer que les atañía.
Por si no fuera poco, en caso de violar por nuestra parte aquella estipulación del contrato, nos veríamos obligados a abonar el coste íntegro de los fármacos y gastos médicos y de hospital hasta la fecha de la alta voluntaria.
La última cláusula suponía una exención total de responsabilidades por parte del hospital y los médicos responsables del experimento —en esos términos se referían al tratamiento que Mateo iba a recibir— con respecto a las consecuencias de este sobre el estado de salud de paciente, haciendo referencia explícita a la muerte.
En este punto y, tras haber leído las condiciones, no pude sino protestar.
—Esto debe ser una broma.
—No lo es, Isabel. Más allá de que este sea un caso muy concreto, no deja de ser un formulario estándar para descargo de responsabilidad que hacemos firmar en el hospital a todo paciente antes de una cirugía compleja.
Siento ser demasiado explícito, llegados hasta aquí, pero creo que ambos conocéis el destino de Mateo a medio plazo si no hay pronto un cambio de dirección en su tratamiento…
—Pero… yo… —no sabía qué decir. Con respecto a Mateo, tan reciente su intento de suicidio y con la moral por los suelos, tanto le daba una cosa como la otra. Lo único que deseaba era llegar a casa para meterse en cama a dormir bajo los efectos de los paliativos.
—Os estamos ofreciendo una esperanza. Ya sé que para vosotros tal vez no signifique mucho, pero conozco a Philippe desde hace años.
Es el primer interesado en que el tratamiento salga bien.
Podría significar la salvación para cientos, tal vez miles de enfermos de cáncer que han perdido ya toda esperanza.
Mateo, harto de tanta palabrería, se levantó bruscamente —tanto que me asustó, pues imaginé que se encontraba mal y necesitaba ausentarse al aseo— rodeó la mesa hasta donde estaba Johan con el pliego de papeles que le había devuelto y firmó todos los folios, uno tras otro, sin más contemplaciones.
—Está hecho, Isabeliña. Recemos y que sea lo que Dios quiera…
Tal y como habían anunciado, el tratamiento empezó aquel mismo día y Mateo permaneció ingresado bajo estricta observación del equipo del doctor Halsman, hasta el fin de éste para el mes de julio del año ochenta y tres.
Johan, mi ángel protector, fue muy comprensivo conmigo y me permitió adaptar el horario de trabajo durante aquellos seis o siete meses, de modo que por las mañanas me ocupaba de preparar el desayuno para después llevar a Frida y Mike al colegio en la limusina.
Al regresar a casa, pasaba la mañana preparando la comida y la cena, hasta que terminaba y me daba la hora de ir a recoger a los niños.
Manuel me llevaba de nuevo en la limusina, regresábamos a la mansión y luego el chófer me dejaba en el hospital para ayudar a Mateo a comer el poco alimento que su débil y frágil estado de salud era capaz de tolerar.
A cambio de disfrutar de este horario adaptado, los fines de semana, mientras Gabriel se ocupaba de su padre, debía quedarme interna en la casa haciendo el trabajo de Pilar, que tomaba sábado y domingo libres en compensación por asumir mis tareas durante el turno de tarde.
Era un trabajo a jornada completa, pues el tiempo que no pasaba con Mateo, estaba haciendo tareas en la mansión, mas no me quejaré, pues a excepción de la “señora de la casa”, siempre fui tratada con el mayor afecto y respeto posibles y, por cierto, muy bien pagada para lo que solía ocurrir en los estándares de la época con el servicio.
Fue durante uno de aquellos fines de semana en que me encontraba interna en la mansión, cuando pasó algo que pudo cambiar mi destino para siempre…
Ocurrió un sábado del mes de marzo del ochenta y tres, especialmente caluroso para la época del año.
Recién estrenada la primavera, los cantos de apareamiento de los mirlos de alas rojas y las reinitas de Blackburn adornaban los sonidos de la estación en el exterior de la mansión, provocando en mí una inusitada alegría, un sentimiento que hacía tiempo no sentía y que me hizo intuir que algo muy bueno estaba por venir.