CAPÍTULO 18
UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA
P untuales e ilusionados, aun conociendo las advertencias del doctor Bauer, esperábamos Mateo y yo a que dieran las nueve de la mañana en el reloj de la recepción del hospital para acercarnos al mostrador de información y solicitar consulta con él.
Lejos de sentirme acomplejada por ser atendida en el hospital más prestigioso de la ciudad y uno de los mejores del país, me percibía segura de mí misma, armada con la tarjeta personal del doctor Bauer, un elegante y perfumado pedazo de cartón que sólo podían lucir en sus carteras los más relevantes personajes de la época.
Algo así como convertirse de un día para otro en el poseedor de una tarjeta de crédito American Express Platinum…
Mateo no estaba tan esperanzado como yo…
Tras haber superado un cáncer y teniendo que enfrentarse nuevamente a otro todavía más horrible, su nivel de expectativas y confianza en la ciencia médica había decaído notablemente.
Su estado de salud había empeorado en los últimos días y parecía más estar acompañada de un muerto viviente que del hombre fuerte y atractivo que fue en otro tiempo, hasta tal punto que la gente que pasaba a nuestro lado se nos quedaba mirando con cara de susto, como si a mi lado hubieran visto un fantasma de otra época.
Al fin llegó la hora y nos acercamos al mostrador en donde una amable señorita nos atendió con diligencia. Pude al fin entender el poder de la tarjeta de presentación que se hallaba en mi poder cuando su rostro se iluminó al saber que veníamos de parte del jefe de cirugía.
Tomamos el ascensor hasta la quinta planta y, siguiendo las indicaciones de los rótulos en los pasillos, llegamos a la consulta de mi jefe y ahora posible salvador.
Toqué con los nudillos en la puerta y al instante esta se abrió como si estuviera esperando impaciente nuestra visita.
En su expresión pude distinguir con claridad dos estados bien diferenciados.
El primer estado, cuando me vio vestida con uno de los elegantes trajes de chaqueta que utilizaba a diario en mi trabajo en Wall Street, maquillada con sencillez, lo justo para disimular las pequeñas imperfecciones que mi resplandeciente e ilusionado rostro podría mostrar.
Aquella expresión era la de un hombre distinto al doctor Bauer que había conocido en los últimos años…
La de un hombre que había comprendido —por la reacción de su mujer durante la fiesta de cumpleaños— que había errado por completo en su propuesta de vida.
La de un hombre que había descubierto que podría ser libre y que tal vez una mujer como yo podría ser la compañera que él necesitara.
Tal vez una mujer como yo… o tal vez yo…
El segundo estado en su expresión llegó cuando su mirada atravesó fugazmente la línea de observación de mi persona y se encontró con el cadáver en vida en que Mateo se había convertido.
No podría olvidar su expresión de horror al ver a un hombre consumido tanto por el cáncer como por los invasivos y terribles tratamientos de radioterapia que se utilizaban en la época para erradicarlo.
Detrás del doctor Bauer, sentado al escritorio de la consulta, había otro hombre, otro doctor, vestido con una bata verde y un gorro a juego.
Uniformado de cirujano, debía ser un compañero de profesión y, por su actitud relajada a la mesa, intuí que sería el propietario de la consulta a la que mi jefe había sido invitado.
El hombre se notaba inquieto, probablemente preparado para una intervención, una cirugía de la que había sido secuestrado para atendernos.
Cercano a la jubilación, con el pelo canoso, peinado hacia atrás con cera brillante y la piel tostada por el sol, lo que más me llamó la atención del compañero del doctor fueron sus manos.
No eran las manos de un hombre que, superada ya la mediana edad, se enfrentaba a sus últimos años de carrera profesional.
Eran más bien las manos de un adolescente, de un joven muchacho, de un estudiante, aunque en realidad fueran las de un adulto que cuidaba con dedicación su principal herramienta de trabajo, el brazo ejecutor de un cerebro privilegiado.
—Buenos días, Isabel —saludó el doctor Bauer—. Este debe ser tu marido, Mateo. ¿No es así?
—Buenos días, doctor, así es.
—Encantado de conocerle, Mateo —mi jefe alargó la mano al tiempo que esbozaba una sonrisa, probablemente ensayada ante el espejo un millón de veces para transmitir calma y confianza a los pacientes, y que aun así parecía sincera.
Mi marido apenas sí tenía fuerzas para levantar el brazo. Caminaba apoyándose en mi hombro como si de un bastón se tratara. Vacío, triste, apático, desesperanzado…
—Por favor, permítanme que les presente al oncólogo jefe del hospital —anunció el doctor Bauer—. Este es mi compañero Philippe. El doctor Philippe Halsman.
En el brazo que me quedaba libre, el que no usaba Mateo como punto de apoyo, llevaba una carpetilla con el historial médico de Mateo.
—Buenos días, Isabel. He tenido con Johan una larga conversación sobre usted esta mañana y deseo ayudarla. Por favor, déjeme ver el historial de su esposo. Supongo que habrá traído los papeles en esa bonita carpeta.
El doctor Halsman era un ser amable, dedicado a su profesión más que por la riqueza que había amasado gracias a ella, por la euforia, por la satisfacción personal que le habían reportado todas y cada una de las vidas que había rescatado diligentemente del más profundo de los abismos.
Se había dirigido a mí como si Mateo no estuviera entre nosotros, como si yo fuera la madre de un muchacho que lo acompañaba para explicar al doctor los síntomas de una enfermedad desconocida.
Los tres nos sentamos en silencio frente al cirujano en tanto tras su escritorio repasaba todos y cada uno de los documentos referidos a las pruebas y estado de salud de Mateo.
A la izquierda estaba el doctor Bauer, mi marido a la derecha y yo en el medio.
Tal vez por ello, lejos de la mirada de Mateo, Johan se atrevió a tomarme de la mano durante el tiempo en que el cirujano revisó el historial.
Fue un gesto inocente, afectuoso y hasta pueril, mas no pude evitar sentir un escalofrío de bienestar, como una corriente eléctrica generada por su cuerpo y que recorría el mío desde los pies hasta terminar en las vértebras cervicales, en donde estallaba como fuegos artificiales.
Cuando el doctor Halsman terminó, colocó los papeles alineados perpendicularmente a la mesa y los golpeó de canto para que ocupasen el menor espacio posible.
Luego los introdujo dentro de la carpetilla, se quitó las gafas con calma y, luciendo la mejor de sus sonrisas, pronunció las palabras mágicas.
—Creo que su caso es perfecto para un nuevo tratamiento experimental que estamos desarrollando en exclusiva en este hospital. Por favor, permítanme que me tome un par de días para consultarlo con mis colegas y volveremos a reunirnos.
Salí del hospital dichosa, esperanzada en que al fin hubiéramos encontrado un chaleco salvavidas, una piedra de salvación, la bolla en la que resguardarse del fuerte oleaje en mitad del océano del desánimo.
Hasta Mateo, que como un zombi se había dejado llevar permaneciendo en un segundo plano, en silencio —temeroso de pronunciar una sola palabra y terminar vomitando el frugal desayuno que le había preparado a base de un café, una tostada y un cóctel de pastillas— ahora parecía haberse animado.
—No ha tenido mala pinta la entrevista, ¿no cariño?
—¡Por supuesto que no! —contesté con rotundidad, sabedora de la importancia de no perder la esperanza; de la relevancia del estado de ánimo sobre la salud, del poder de la mente sobre el cuerpo, de las emociones sobre el cerebro consciente…
de la amígdala sobre el córtex prefrontal…
—Ya verás cómo en unos meses nos estamos riendo de todo esto, celebrando en familia las próximas navidades, atiborrándonos a marisco y los turrones y polvorones que nos envía mamá por paquetería.
Fueron tres días de tensa espera los que precedieron a la siguiente consulta con el doctor Halsman, que esta vez se celebró en una sala de reuniones con tres médicos más de su equipo y el doctor Bauer en calidad de cirujano jefe del hospital.
De aquella esperanzadora reunión sacamos que Mateo había sido elegido para un tratamiento experimental.
Era una técnica pionera contra el cáncer que se iba a poner en práctica por primera vez en todo el mundo y que combinaba una primera fase consistente en una novedosa terapia química a base de pastillas, proporcionadas por la mayor industria farmacéutica del país.
La segunda fase, con las células cancerígenas convenientemente debilitadas, pasaría por una compleja cirugía de más de diez horas llevada a cabo por un equipo pluridisciplinar que extirparía todos los tumores.
Terminaría el procedimiento con una última etapa de radioterapia con protones en el último modelo de máquina para ello fabricada y que únicamente se encontraba en el hospital central de San Diego.
Tras una larga exposición plagada de complejos términos médicos, a la que Mateo y yo asistimos tratando de comprender por el contexto sus fases, me atreví a lanzar la pregunta más temida, pues más allá de las posibilidades de supervivencia —de la esperanza que los médicos pudieran tener en aquel tratamiento experimental— estaba el hecho de si se podría llevar a cabo o no.
—Supongo que les habrán surgido muchas dudas durante mi exposición —sugirió Halsman—pero tenemos la sala de reuniones reservada por una hora más y el doctor Bauer se quedará con ustedes para resolverlas, explicándoles en términos más accesibles los pormenores del tratamiento.
Cuando el doctor Halsman y su equipo parecían querer levantarse ya, me decidí al fin a formular la pregunta en cuestión.
—Me temo que hemos dejado un tema en el tintero, doctor…