La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 17 #6
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CAPÍTULO 17 #6

Asentí y juntas entramos por la puerta de servicio directas a la cocina.

Pilar había hecho un muy buen trabajo y, tal y como había anunciado, algunas cacerolas ya estaban al fuego cocinándose los primeros platos.

Me abracé a ella, sorprendida por lo bien que lo había hecho, pero me separé bruscamente.

De nuevo, el llanto parecía querer brotar como una tormenta y no se lo pensaba permitir.

No al menos hasta que por la noche llegara a mi casa y pudiera quedarme a solas.

Qué triste —pensé— no poder estar junto a Mateo cuando se despierte.

Odiaba pensar que la primera persona que viese no fuera yo.

Podría pensar que no querría verlo y que lo detestaba por haber tomado una decisión tan drástica, tan cobarde para su modo de ver…

Cocinar fue una terapia para mí. Tanto trabajo había por delante que me mantuve distraída hasta la hora en que llegaron los invitados y comenzaron a sentarse a la mesa aguardando por el delicioso banquete que Pilar y yo habíamos preparado para el cumpleaños del doctor Bauer.

Manuel y yo seríamos los camareros aquel día, mas cuando me tocó sacar una bandeja con los primeros platos, ocurrió la desgracia…

Al salir de la cocina, tropecé con la alfombra del comedor y toda la carga que portaba se derramó por el suelo ante los ojos incrédulos de los invitados y furiosos de la anfitriona, que se abalanzó sobre mí como una pantera pidiendo explicaciones.

Por fortuna, el doctor Bauer tenía mucha más clase que ella.

Se levantó de la silla y acudió en mi ayuda mientras Pilar se afanaba en recoger el estropicio y limpiar la carísima alfombra que en tantas ocasiones había aspirado.

Me había quedado bloqueada en el suelo, incapaz de moverme.

Estaba en shock, aterida por el torrente de emociones que me habían sobresaltado en las últimas horas.

El doctor Bauer pudo leerlo en mis ojos y me ayudó a incorporarme.

Después, en lugar de llevarme a la cocina, se disculpó ante los invitados y me acompañó a su estudio, en donde guardaba un estuche de cuero con material de primeros auxilios, un estetoscopio y algunas medicinas.

De él sacó una caja con ansiolíticos, un fármaco que jamás había probado y que pasados unos minutos comenzó a hacerme efecto hasta que al fin el bloqueo cedió y pude comunicarme con él.

—Muchas gracias por su ayuda, doctor.

—No hay por qué, Isabel. Llevas meses trabajando para mí y creo que esta es la ocasión en que más tiempo hemos pasado juntos. No me parece correcto y debo disculparme contigo por ello.

Sus palabras eran suaves, tranquilizadoras y nunca supe si las pronunciaba en calidad de médico para relajar a un paciente o porque de verdad sentía culpabilidad.

—Si me disculpas tan solo un minuto, bajaré a dispensarme con los invitados y regresaré contigo hasta que estés bien.

—Por supuesto, señor…

Tal y como había prometido, regresó en no más de cinco minutos.

Abajo se escuchaban los gritos de su mujer, contrariada en su inmenso egoísmo porque el estado de salud de un ser humano al que consideraba inferior le hubiera chafado la fiesta.

Se escucharon también sonidos de sillas arrastrándose, utilizadas por los comensales que, estupefactos por el deplorable espectáculo, abandonaban la mansión en tropel prometiéndose con certeza que jamás volverían a aceptar una invitación mientras aquella mujer maleducada y sin escrúpulos continuara siendo la esposa de su buen amigo.

Seguramente preguntándose la razón, más bien la suerte de extrañas coincidencias que podrían haber llevado a un hombre tan gentil, tan brillante y honrado a contraer matrimonio con ella.

—Perdona el comportamiento de Helene. Estaba muy ilusionada con esta fiesta —acertó a disculparse avergonzado.

—No hay porque, señor Bauer. Entiendo que se haya puesto así —mentí.

—Por favor, Isabel. Te pediría que en adelante me llamases Johan, al menos cuando ella no esté delante. En fin, es un poco clasista y sé que le molestaría, pero entre nosotros, creo que será mejor así. Señor Bauer suena muy mal dicho de alguien que comparte techo con mi familia.

—De acuerdo, señor... quiero decir, Johan.

La breve conversación y el potente ansiolítico que me había suministrado vía sublingual me habían hecho efecto, y me encontraba tranquila y segura en su compañía.

Por un breve instante olvidé que Mateo estaba ingresado de gravedad en el hospital y nos quedamos mirándonos despistados, como una mujer y un hombre se miran en silencio cuando existe complicidad entre ellos.

Por primera vez no veía a aquel hombre como un ser superior, inaccesible, magnífico e inmortal.

Durante los pocos segundos que duró aquel mágico momento lo vi como un igual y me sentí deseada por un ser humano que, buscando el amor como cualquier otro a lo largo de su camino, había tropezado con la piedra equivocada y acababa de comprender fugazmente que su error debía ser enmendado.

Por desgracia, regresé a la realidad mucho antes de que aquel visceral encuentro pasara a un nivel superior, recordando el estado en el que se encontraba Mateo, mi familia, mis finanzas y mi futuro…

Él debió leer la inquietud en mis ojos y me preguntó.

—¿Va todo bien, Isabel? ¿Te encuentras mejor?

—Sí, señor, mucho mejor.

—Recuerda, Johan.

—Escuche, señor, creo que será mejor así, manteniendo la distancia. Usted es mi jefe y no querría importunar a su esposa o ser fuente de conflicto.

A partir de esta última frase comenzó una larga conversación entre nosotros.

Mientras los niños jugaban en el jardín, Pilar recogía los despojos del malogrado festejo y la señora de la casa se encerraba en el cuarto de invitados arguyendo un falso dolor de cabeza —que no era otra cosa más que rabia contenida— compartí con el doctor Bauer el motivo del frágil estado emocional en el que me encontraba y que me había provocado el síncope.

Hablamos durante algo más de una hora. Un tiempo que me parecieron siglos, como si todo a nuestro alrededor se hubiera detenido.

Él sabía escuchar como nadie, asintiendo, paciente, comedido y participando sólo para obtener más información que me pudiera ayudar, jamás por chisme o curiosidad.

Para cuando terminamos de hablar, él sabía prácticamente todo de mí, como si nos conociéramos de hacía años, como dos viejos amigos.

—Escucha, Isabel. No quiero generar en ti falsas esperanzas o que pienses que puedo ayudar a que tu marido mejore, pero sí puedo prometerte que lo intentaré —explicó al tiempo que me alargaba un pañuelo de papel—.

Mañana te tomarás el día libre y a primera hora de la mañana quiero verte en la recepción del hospital preguntando por mi consulta.

Dirás que vienes de mi parte y me avisarán. Luego conversaremos un rato.

De nuevo, dejé de ver al doctor Bauer como en el momento en que nuestras miradas se habían cruzado en silencio.

Volvía a ser el prestigioso médico con la foto del presidente Reagan colgada bien visible en el centro del salón y, a pesar de su advertencia sobre las falsas esperanzas, no pude más que sentir que un rayo de luz brillante y cegadora iluminaba el tortuoso y embarrado camino en el que el devenir de mi vida se había tornado.

—¿Piensa que podría hacer algo por Mateo?