CAPÍTULO 17 #5
A continuación, tomó uno de los vasos que había comprado y lo fregó a conciencia, más por la costumbre de desinfectar bien a fondo la vajilla que utilizaba durante su enfermedad, pues los fármacos que tomaba no sólo castigaban su hígado con dureza, sino que también eran inmunodepresores.
Luego tomó asiento en el sillón orejero del salón, el mismo en el que había disfrutado tantas veces del deporte televisado en compañía de Gabriel o de algún amigo, y se sirvió una copa hasta arriba, con cinco dedos de limpiador y dos de Vodka…
Gabriel llegó sólo media hora más tarde de la ingesta y se encontró a su padre reclinado en el sillón, con los brazos colgando hacia los lados y la boca manchada por una sustancia rojiza y espesa, una espuma mezcla de fluidos gástricos, mucosa y sangre coagulada.
Por desgracia, en su corta andadura como policía, mi hijo ya se había encontrado en dos ocasiones con casos similares y cuando vio encima de la mesa de centro la nota arrancada de una libreta, no tuvo que hacerse muchas más preguntas.
Aquel día a Gabriel le tocaba el turno de noche y tenía sus cosas —uniforme, arma, esposas, emisora, etc.
—en la habitación que había sido suya antes de independizarse.
Así pues, y tal y como le habían enseñado en la academia y su experiencia había ratificado, lo primero que hizo fue correr a buscar el walkie talkie y sintonizar la frecuencia del servicio de emergencias.
Después dejó aviso para el hospital más cercano de que llevaba a un paciente con un envenenamiento severo y grave peligro de muerte y que tuvieran preparado todo para recibirlo en quince minutos.
Sin aguardar por la respuesta cargó con Mateo en brazos —no le costó demasiado pues mi hijo era fuerte y mi marido debía andar por los cuarenta kg a lo más— y corrió hacia el coche.
Lo común en aquellas circunstancias siempre era tomar el pulso del intoxicado y comprobar la rigidez y temperatura de su cuerpo, pero en ningún momento Gabriel contempló la posibilidad de que su padre hubiera muerto y tal vez eso fue lo que le terminó salvando la vida…
Los quince minutos que había calculado para su llegada se transformaron en diez gracias a su maestría al volante y la potencia del deportivo Honda que acababa de comprar.
Aparcó sobre la acera en la puerta de emergencias en donde por fortuna le estaban esperando dos enfermeros con una camilla y dejó a su padre en manos de los profesionales sanitarios.
No tuve noticias de lo que había ocurrido hasta que Mateo permaneció estable y su vida fuera de peligro.
Recién llegada a casa del trabajo, lo primero que solía hacer era acercarme a la habitación a saludar a mi marido.
A la hora a la que acostumbraba a llegar él ya estaba metido en cama, arropado hasta arriba, con la calefacción al máximo y sudando a mares.
Su mecanismo de regulación de temperatura, el termostato corporal, digamos, se le había estropeado, a medias por el cáncer y a medias por la medicación, por lo que siempre sentía frío, aun cuando la temperatura en casa estuviera por encima de los treinta grados.
Sin embargo, aquel día hacía frío. No había encendido la calefacción y respiré aliviada imaginando una mejoría en su estado de salud que implicase haber recuperado el mecanismo termorregulador.
Me lavé las manos en el fregadero de la cocina y bebí un vaso de agua, ignorando que me hallaba sola en casa.
Al principio, cuando entré en la habitación y vi la cama sin deshacer, supuse que estaría en el baño de servicio, así que llamé con los nudillos a la puerta.
—Cariño, ¿estás bien? —no obtuve respuesta e incómoda, de nuevo llamé, esta vez con más fuerza.
—¿Mateo?
Al no haber recibido respuesta alguna a esta segunda llamada, esta vez sí, comencé a preocuparme, por lo que giré el pomo, que creía bloqueado y que cedió sin resistencia.
El baño estaba vacío y ahora tenía la certeza de que Mateo no estaba en casa y que algo había ocurrido.
Salí corriendo del cuarto dispuesta a descolgar el teléfono y llamar a todos mis familiares buscando una explicación, empezando por Gabriel, mas la respuesta me sobrevino del mismo modo en que había tenido la revelación del segundo cáncer de mi marido: un agudo, terrible y penetrante dolor de cabeza que me hizo convulsionar y me llevó a tirarme al suelo rodando por la alfombra del salón.
Había llegado tarde, pero al fin había actuado el sistema perceptivo que desde muy pequeña me había alertado de los grandes puntos de inflexión en mi vida. Y como no, éste no era una excepción.
Mientras me retorcía de dolor hecha un ovillo en el suelo radiante de la casa, pude ver fugazmente las botellas de vodka y limpiador en pie, a un lado del sillón orejero en donde Mateo pasaba tantas horas.
Junto a ellas, un vaso vacío con un poso de espuma amarillenta me dio una pista entre estertores de lo que había ocurrido.
Traté de incorporarme para olfatear el vaso y confirmar mis espantosas sospechas, pero el dolor era demasiado agudo.
Al tiempo que buscaba el modo de ponerme en pie, el teléfono comenzó a sonar; al principio diez tonos y colgaba, otros diez tonos y colgaba.
Después la cadencia pasó a ser mayor llegando a los veinte tonos, lo que me confirmó, una vez más, que algo horrible habría ocurrido.
Me arrastré reptando hasta el teléfono y tiré del cable hasta que logré descolgarlo, precipitándose el pesado auricular sobre mi cabeza sin producir dolor alguno.
Tan violentas eran las convulsiones de mi premonición que, aun habiendo provocado el aparato una brecha a la altura del hueso occipital y resbalando la sangre por la mejilla, apenas sentí el golpe como una suave caricia.
Tomé el auricular con manos temblorosas y pude susurrar al fin una respuesta.
—¿Aló?
—¿Mamá? ¿Estás bien? —Gabriel había notado en mi voz que algo no marchaba bien.
—Dime, hijo.
—Es papá, ha tenido un accidente, pero está fuera de peligro. Me acerco ahora por casa y te recojo para traerte al hospital.
Pasé la noche en el hospital junto a Mateo, sin soltar su mano ni por un segundo.
Apenas pegué ojo, atenta al monitor de sus constantes vitales, aún sin entender aquellos números y gráficos que arrojaba, hipnotizada por el pitido que marcaba el irregular ritmo de su corazón.
Tal y como el médico nos había contado, habría sido cuestión de minutos el que la lejía hubiera desintegrado las mucosas de su esófago y luego perforado el tubo digestivo.
Por suerte, debido a su frágil estado de salud, Mateo había confundido las botellas e invertido las cantidades, por lo que la mayor parte del contenido del vaso era vodka barato, que de algún modo había neutralizado el limpiador con base de hidróxido de sodio.
Por la mañana, con unas bolsas en los ojos que me llegaban a los pies, Gabriel vino a darme el relevo.
Aunque todavía era viernes y el fin de semana no había llegado, el doctor Bauer celebraba una fiesta de cumpleaños con amigos por todo lo alto, y no podía ausentarme del trabajo.
Me había comprometido el día anterior a pasarme toda la mañana cocinando para ellos y ya llegaba tarde, así que, con dolor de corazón y sin que Mateo todavía hubiera despertado, me maquillé lo mejor que pude en el baño del cuarto del hospital y tomé un taxi hacia la mansión de los Bauer.
Recuerdo que pasé todo el viaje con un nudo en la garganta, tragándome las lágrimas para evitar remover el maquillaje, rumiando sobre lo desgraciada que mi vida se había vuelto en un intervalo tan corto de tiempo.
¿Qué iba a hacer en adelante? Ya no podría dejar a Mateo ni un solo instante a solas, por miedo a que volviera a intentar quitarse la vida.
Sé muy bien que sus motivos habían sido altruistas.
Era un hombre fuerte y valiente y por él habría seguido luchando hasta que no quedara en su cuerpo un solo atisbo de esperanza.
Pero el saber que su enfermedad nos estaba convirtiendo de nuevo en pobres y ver cómo había tenido que renunciar por su culpa a mi sueño de trabajar en Wall Street, era algo que lo consumía y no podía soportar.
Llegué a la mansión y Pilar me estaba esperando en la puerta. Estaba contenta pues aquel viernes la habían eximido de las tediosas tareas de limpieza para ayudarme en la cocina con el banquete.
—Isabeliña, ¿dónde estabas metida? Deberías haber llegado hace dos horas.
Era cierto que me había comprometido a entrar antes, algo que había olvidado por completo.
Me mordí los labios y respiré hondo antes de hablar.
Era como si tuviera que pasar por un tamiz cada palabra que saliera de mi boca para evitar caer en un profundo y desconsolado llanto del que ya no podría recuperarme jamás.
—Lo siento, Pilar… es que hemos tenido un problema en casa…
Mi compañera, conocedora de la enfermedad de Mateo y reconociendo la amargura en la expresión de mi rostro, supo evitar hacer mella en la herida y cambió de tema.
—Está bien. No te preocupes. Vamos dentro, que ya he adelantado trabajo. La señora está algo tensa. Parece muy interesada en que todo salga perfecto y se ha extrañado al no verte. Hoy se ha levantado más temprano de lo habitual, para variar…
Quise contestar con un sentido agradecimiento a Pilar por haberme cubierto, mas se apresuró a continuar.
—Le he dicho que habías salido a comprar algunas cosas que faltan en el colmado de la urbanización. No te preocupes por ella.