CAPÍTULO 17 #4
—Escuche, señora Bauer. Bajo este uniforme soy tanto o más mujer que usted y no pienso salir a la calle de uniforme.
Cuando salgo por la puerta cada día, soy una señora con su familia, sus estudios, su dinero y su trabajo, pero, sobre todo, con su honor y su orgullo.
Así que, si quiere que vaya a la farmacia, será después de que me cambie de ropa.
¿Le sirve así o sigo preparando la comida?
Pocas veces en mi vida he visto en una persona tal expresión de contrariedad, pero esa fue una de ellas.
Por mi parte, me quedé bien satisfecha y a pesar de que aquel mismo día, en el silencio y complicidad de la alcoba ella intentó delatarme y dejarme quedar mal, como siempre, el buen criterio del señor Bauer acabó imponiéndose y dándome la razón…
Aunque el gesto le costase algunos días de sequía sexual…
En cualquier caso, la señora de la casa no debía tener queja alguna del tren de vida que llevaba para lo muy poco que hacía.
Mientras el doctor Bauer trabajaba de sol a sol salvando vidas, su mujer disfrutaba sin pudor de la fortuna que él generaba.
Desentendiéndose por completo de los quehaceres del hogar, sin trabajo y prestando a sus hijos la atención justa y necesaria para no enfadar a su marido, ella se levantaba tarde por las mañanas, con los niños ya desayunados y camino del colegio.
Le preparaba un batido de proteínas a su gusto y salía al club a jugar al tenis con otras amigas, tomar cafés o sabe Dios qué más…
Y estos puntos suspensivos no los dejo ahí por azar.
En varias ocasiones la vi llegar a casa y escapar corriendo a la ducha, con el peinado de peluquería alborotado y oliendo a tabaco y perfume de hombre. En fin, pobre señor Bauer…
En cuanto a los niños, aquellos dos ángeles que llevaban vida de reyes, por fortuna habían salido a su padre.
Frida, la mayor, era el ojito derecho de su papá.
Una niña preciosa, rubia, alta para su edad y con las facciones perfectas, era una brillante estudiante, ya no de sobresalientes, sino de matrículas de honor.
No en vano se convertiría con los años en una brillante cirujana, casi a la altura de su tan orgulloso padre.
Mike, era más activo que su hermana, como suelen serlo los segundos hermanos, aunque tanto o más cariñoso que ella.
A pesar del distanciamiento promovido por su madre, la quería mucho y yo sufría viendo como imploraba por amor mientras ella se dedicaba a pensar tan sólo en su propio interés, en sus fiestas o en nuevos tratamientos de belleza.
La única vía de escape para el muchacho, el único medio que tenía de sustraer a su madre de la rutina tóxica que se la estaba robando era durante los fines de semana alternos en los que viajaban a la enorme finca que la familia tenía en Virginia.
Recuerdo cada viernes por la tarde en que acompañaba a los chicos al aeropuerto Kennedy a tomar el avión, con Manuel al volante de la limusina y nosotros tres en el asiento de atrás.
Para Frida no era lo mismo que para Mike.
Ella tenía en Nueva York a sus amigas y prefería quedar con ellas los fines de semana, invitarlas a dormir a casa y hacer fiestas de pijamas hablando de chicos y cenando hamburguesas y chocolate caliente.
Para Mike, sin embargo, era la ocasión de estar a solas con su mamá y cada quince días lo veía sentado a mi lado en el enorme vehículo camino al aeropuerto, con la vista perdida en el horizonte a través de la ventanilla, moviendo los pies nerviosamente, impaciente por llegar a la mansión con tres mil trescientos acres de terreno.
Sólo en un par de ocasiones visité la lujosa mansión en Virginia, que tenía su propio servicio.
Normalmente los chicos viajaban solos en avión y eran recogidos allí por uno de los empleados del señor Bauer y sólo en aquellas dos ocasiones en que Frida pareció enfermar —o pretendió fingirlo para librarse y quedarse sola en casa— fue que me invitaron a acompañarlos.
Ellos volaban el sábado por la mañana, pues eso permitía al doctor alargar unas horas más su semana laboral y poder atender a más pacientes.
La mansión no tenía desperdicio alguno. Si ya era lujoso su hogar en Nueva York, la casa de vacaciones de Virginia era un ejemplo de opulencia y ostentación.
El señor Bauer la había adquirido a muy buen precio a través de una subasta de la que había tenido conocimiento a través de un buen amigo banquero.
Había pertenecido a un adinerado terrateniente venido a menos —de aquellos cuyo tatarabuelo había visto medrar su posición merced a la esclavitud— y que, en el último tercio del siglo veinte, no había sabido adaptarse a la cambiante situación económica, obligado así a liquidar sus propiedades para saldar deudas y no terminar en la más absoluta ruina. En fin, justicia divina…
No sabría decir cuántas habitaciones tenía la mansión, pues sólo estuve allí en dos ocasiones.
Mas el mero hecho de la dificultad para contarlas, pienso que muestra una realidad lo suficientemente explícita como para dar una idea de las dimensiones de la casa.
Amueblada con el gusto más exquisito —la señora se había ocupado personalmente y, en este punto, me gustaría aclarar que en eso sí era muy buena— la familia se había gastado gran parte del dinero que había ahorrado en la ventajosa compra en la decoración.
Ni que decir tiene que los exteriores de la vivienda, mantenidos permanentemente por un equipo de tres jardineros, se movían en la dimensión de la más onerosa ostentación, con una estética más propia de un palacio que de una residencia de verano…
Los primeros meses en casa de los Bauer pasaron rápido y pronto llegaron las Navidades del año ochenta y dos, tal vez las peores que puedo recordar por lo que durante ellas ocurrió…
Gabriel, como policía novato, debía hacer méritos en su trabajo para destacar y eso incluido horas extraordinarias o apuntarse a servicios y zonas que nadie más querría patrullar.
Es por ello que muchas de las tardes en las que debía ocuparse de su padre mientras yo trabajaba en la mansión de los Bauer, Mateo debía quedarse a solas con su enfermedad, sin nadie que cuidara de él.
Fueron aquellos momentos, me temo, los peores de su existencia, en los que convivía con las llagas, las náuseas continuas, la extrema delgadez y el dolor del cáncer que, muy lentamente y a causa de los prohibitivos fármacos que tomaba y que lograban ralentizar el ritmo de la enfermedad, lo iba consumiendo…
Por si fuera poco, viéndose débil, imposibilitado y un estorbo, creyéndose sin esperanza alguna de superar esta vez la enfermedad y sabiendo que su tratamiento estaba devastando la economía familiar casi tan rápido como ésta, es que tomó la terrible decisión de terminar con su vida.
Sé que debería haberlo visto venir y no puedo por menos que culparme de lo que ocurrió.
En la oscuridad y el silencio de la alcoba, me confesaba entre lágrimas de desconsuelo el sufrimiento que le producía aquella situación, mucho más allá de lo puramente físico.
Y así me lo hizo saber en alguna ocasión…
—Isabeliña, siento mucho dolor por lo que está pasando.
—Es normal, Mateo. Nadie ha dicho que fuera fácil, pero lo vamos a superar juntos —mis palabras de consuelo sonaban tan vacías como el más manido de los clichés.
—No es por el cáncer, es por vosotros.
—Nosotros estamos bien. ¿Por qué lo dices?
—Que ¿por qué lo digo?... Fíjate en nuestro hijo, que en la época en que más debería demostrar su valía, debe adaptar sus horarios para cuidar de mí.
—Gabriel está bien, no debes preocuparte. El comisario sabe bien de sus méritos. Además, el cuerpo de policía está en deuda por lo del disparo accidental cuando estaba en la academia.
—Y ¿qué me dices de ti?
—¿De mí?
—Sí, de ti. Fíjate… Has tenido que renunciar al trabajo de tus sueños para terminar de asistenta de unos ricachones. Además, por culpa del tratamiento nos estamos arruinando otra vez.
Yo trataba de consolarlo como buenamente podía, pero lo cierto era que estaba tan deprimida y triste como él y me costaba mucho encontrar algo convincente qué contestar.
Debería haber sido consciente y contratar a un terapeuta que le ayudara a sobrellevar las consecuencias psicológicas de la enfermedad, pero…
pero apenas quedaban fondos en nuestras cuentas y pronto tendríamos que recurrir a la ayuda de la familia, algo que mi orgullo me impedía aceptar.
Como decía, lo debí haber visto venir y pagué por mi error una dura penitencia…
Fue una tarde de jueves, lluviosa y fría, como no podría ser de otro modo, deprimente, triste y penosa en la que ya cercana la nochebuena, Mateo se atrevió a salir de casa sin ayuda y caminó tambaleándose, apoyándose en un viejo paraguas a modo de bastón, hasta el colmado más cercano al condominio.
Allí compró una botella de limpiador de suelos y un paquete de vasos de licor, la versión cutre de los que el señor Bauer usaba para su delicioso Bourbon.
Según averigüé días más tarde por la dependienta, pidió la mercancía repartida en dos bolsas para equilibrar la carga y evitar no escorarse al caminar.
Tal era su debilidad, tal era su estado de salud…
Después de tomar un buen descanso en un banco público frente al colmado y con las pocas fuerzas que le quedaban, se dirigió a una licorería y compró una botella del Vodka más barato y de mayor graduación.
Luego regresó a casa y escribió una nota de despedida que no me atrevo a reproducir aquí, pues era tal su tristeza, el tono de desesperación en el que fue escrita, que temo no poder soportar el dolor al evocarla.