La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Empecé a trabajar como cocinera en casa de los Bauer a finales del verano del año ochenta y dos.

Hacía meses que tenían una vacante en el servicio, pues habían tenido que despedir a su anterior chef por hurto.

La mujer del señor Bauer, una atractiva mujer francesa cercana a los cuarenta, había echado en falta una pulsera, un collar y un par de anillos del joyero de su habitación, en el que guardaba las alhajas a vista de todos.

Al principio no le había dado importancia a pesar del tremendo valor de las joyas y, creyendo haberlos perdido, no había pensado más en ello.

Mas cuando había sorprendido a la cocinera en el cuarto del matrimonio hurgando en el cofre, había atado cabos y la habían despedido.

Desde entonces, pasaron por la mansión tres o cuatro nuevas mujeres que, a pesar de presumir de ser buenas cocineras, tenían un estilo que a la señora de la casa no le convencía.

Unas preparaban platos demasiado especiados, otras los hacían insípidos y otras se negaban a hacer horas extraordinarias cuando tenían invitados los Bauer y era necesario preparar comida para un regimiento…

Creo que llegué a conseguir aquel bendito empleo gracias a que la entrevista me la hizo el señor Bauer.

En caso contrario, me temo que jamás habría llegado a trabajar allí.

La señora de la casa, Helene, que así se llamaba, se habría sentido acomplejada por mi currículo; licenciada con honores, ex trabajadora en Wall Street, una mujer hecha a sí misma…

Seguramente me habría dado “puerta” sin pensarlo dos veces alegando que estaba sobre cualificada para el puesto, cuando en realidad la habría hecho sentir inferior, al ser ella poco más que una muñeca sin estudios de la que él se había enamorado años atrás durante un congreso médico en París, mientras tomaba una copa con varios compañeros de profesión en la cafetería en la que ella trabajaba.

En el servicio éramos tres personas, cuatro si contamos al jardinero.

Estaba la pobre Pilar, que se ocupaba de la limpieza de la mansión, ardua tarea que requería jornada completa y sus propios aposentos en la casa en donde era residente en la zona destinada al servicio.

Luego estaba Manuel, un joven cubano al que la señora de la casa, me arriesgo a decir que, sin apenas pudor ni reparo, no quitaba el ojo y que hacía de chófer y se ocupaba del mantenimiento de los tres lujosos vehículos de la familia, constando el inventario del parque móvil de una limusina, un Chevrolet Corvette Stingray de los años de soltero del señor Bauer y un Cadillac que usaba a diario para desplazarse su trabajo como cirujano jefe en el hospital más prestigioso de Nueva York.

Otra de las tareas de Manuel era la de bartender y cada día preparaba al señor Bauer a su regreso del trabajo deliciosos y nuevos cócteles a los que éste era aficionado.

El jardinero, sólo acudía una vez por semana y se ocupaba de mantener al día los mil acres de extensión de terreno que rodeaban a la mansión.

Y luego estaba yo, que no sólo preparaba las tres comidas del día, sino que mantenía la cocina limpia y presentable.

Además, en días lectivos, acompañaba a los dos niños de la familia al colegio, en la limusina conducida por Manuel.

Aquellos dos ángeles eran el único regalo que una mujer egoísta y pretenciosa como Helene había hecho a su marido en toda su vida, y no era poco…

Mike, de nueve años y Frida, de once, eran dos querubines que Dios había puesto en la Tierra para hacer feliz a su padre, en recompensa por el gran número de vidas que con su profesionalidad había salvado.

Así es, mi nuevo jefe, el doctor Johan Bauer estaba considerado uno de los mejores cirujanos coronarios de toda Norteamérica y su indudable prestigio era obra de sus méritos y no de la publicidad o de tener amigos políticos, como era el caso.

Tenía una foto sacada durante una cena de gala acompañado del presidente Reagan con su esposa, una cena organizada por el mismísimo jefe del ejecutivo americano en su honor y en agradecimiento por haber salvado la vida de un familiar muy cercano y querido por él.

Tal era el crédito y renombre del doctor Bauer que recibía por correo casi a diario invitaciones de las mejores clínicas y hospitales de todo el país con suculentas ofertas de trabajo, que él rehusaba educadamente alegando respeto y lealtad al hospital en el que se había consagrado como el mejor.

No obstante, y en contraste con su reconocida fama, era un hombre humilde, amante de su familia y del hogar, cuyo único vicio consistía en tomar los cócteles que Manuel le preparaba a su llegada del trabajo o salir a jugar al golf con amigos una vez al mes.

El resto del tiempo en que no estaba trabajando lo dedicaba a sus dos hijos, disfrutando de su compañía y jugando con ellos despreocupado, abandonando por completo su rol de cirujano, tumbado sobre la moqueta del salón convertido en un niño más…

Nada que ver esa actitud con la de su mujer, siempre altiva, arrogante y soberbia.

La presencia de la señora de la casa se percibía con un aura negativa siempre que rondaba inspeccionando o revisando las tareas que realizaba el servicio.

El trato que nos dispensaba era muy desigual en función de sus particulares intereses.

A Pilar, por ejemplo, la trataba como una esclava y, a pesar de que muy de lejos era la que de todos nosotros más trabajaba, la perseguía dando órdenes y contraórdenes constantemente.

La pobre mujer, que había tenido una vida tanto o más complicada que la mía y con la autoestima por los suelos, aguantaba el chaparrón estoicamente con la esperanza de que algún día el doctor Bauer abriera los ojos y le diera la patada a la tirana de su esposa.

Otro tema muy diferente era la forma en la que Helene Bauer se comportaba con el jardinero, al que veía esporádicamente o, sobre todo, con Manuel.

Digamos, para ser elegantes, que la señora se dejaba querer y admirar por los hombres, y cuando el doctor no rondaba por la casa, que era casi siempre, se dejaba ver con exuberantes modelos, más propios de un cóctel o cena de gala, con las más que abyectas intenciones de provocar en Manuel alguna reacción imprudente.

Por fortuna para él y, al menos en lo que yo pude observar en el tiempo que trabajé allí, jamás cedió a las presiones.

Valoraba demasiado el empleo y, padre de tres hijos, no estaba la economía para bromas.

Además, estaba felizmente casado con una preciosa mujer cubana, bajita, exuberante y todavía más joven que él.

En cuanto a mí… Las intenciones de la señora de hacerse con un recambio para Pilar —en el sentido de tener una persona a quien gritar o con la que desahogarse— no obtuvieron los frutos deseados y, a pesar de que en más de una ocasión intentó hacerme caer en las más sucias trampas, jamás obtuvo éxito.

Yo no le caía bien, era evidente, mas el sentimiento era recíproco y aunque el doctor Bauer lo notaba, sabía que yo cuidaba a los niños como si fueran míos y que era una mujer recta y de confianza, algo difícil de encontrar en aquellos tiempos.

Tengo varias anécdotas con la señora de la casa, más bien encontronazos, que marcaron nuestra relación y afortunadamente me distanciaron notablemente del tratamiento que de ella recibía Pilar.

En una ocasión, Helene dejó de modo ostensiblemente deliberado, un fajo con varios billetes bajo la mesita de noche de su habitación en un día en que Pilar estaba ausente por un problema familiar.

Habiendo asumido yo las labores de limpieza de las habitaciones, tarea que tocaba a los jueves, pasaba la aspiradora bajo la cama cuando el borde del electrodoméstico lanzó el fajo hacia un zócalo.

Fue una suerte que con la potencia que tenía aquel condenado, potente y ruidoso aspirador General Electric no hubiera succionado todo el dinero…

El caso es que, viendo los billetes, supe al instante que aquello no podía ser más que una trampa, así que aguardé al regreso a casa del doctor Bauer y se lo hice llegar durante la cena, antes de que la harpía tuviera la oportunidad de quedarse a solas con él, afirmando que había desaparecido el dinero y que sospechaba de mí.

La maniobra salió a las mil maravillas y, muy lejos de ganarme el despido, obtuve la confianza del señor y Helene, una buena reprimenda de su marido por descuidar el dinero, arguyendo que era un malísimo ejemplo para los niños despreocuparse de aquel modo de un fajo de billetes.

Otro encontronazo con Helene lo tuve un día que me pidió salir a hacer un recado.

Ella tenía un tremendo dolor de cabeza y se habían terminado los analgésicos, así que me pidió comprar en la farmacia una caja de aspirinas.

Por supuesto, accedí sin rechistar, a pesar de que aquella no era una de mis funciones, pues Manuel había tomado el día libre y Pilar estaba demasiado ocupada con sus quehaceres.

​ La señora me dio el dinero y, cuando me disponía a bajar al cuarto de Pilar a cambiarme de ropa para salir, ella me interpeló.

​ —¿A dónde vas, Isabel? Ya tienes el dinero. Por favor, no te demores más, que la cabeza me está matando.

​ —Voy a cambiarme, señora Bauer. No voy a salir a la calle con el uniforme del servicio.

​ La expresión de contrariedad de ella era todo un poema, una vez escuchada mi explicación.

​ —No entiendo. ¿Qué más te da? Venga, déjate de ropas y date prisa.

​ En aquel instante, el genio de la familia, el orgullo de la sangre noble que corría por mis venas, estalló en la cara de la señora, dejándola en su sitio, avergonzándola de tal modo que nunca más osó contrariarme.

Entiendo que gestos como aquel fueron los que Pilar jamás se atrevió a mostrar y los que provocaron que la señora la tratara como a un trapo.