La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

​ Por un lado, entendía que Jack hubiera tomado aquella dura decisión.

Se veía que sufría y que le había costado hacerlo.

Sus ojos estaban vidriosos, a punto de cuajar las lágrimas y apretaba los dientes para contenerse, marcando el músculo masetero por la contracción y definiendo aún más su atractiva y potente mandíbula.

No obstante, por otro lado, lo culpaba por no haber hecho algo más por encubrirme y justificarme.

​ —Escucha, querida. No vas a estar sola en este trance.

Si necesitases dinero, sólo tienes que descolgar el teléfono y pedírmelo.

Los amigos están para eso. Además, te he conseguido una prestación.

Apenas supone la cuarta parte de lo que cobras ahora, pero es hasta dónde me han permitido llegar los del consejo… De veras que lo lamento…

​ No fui capaz de contestar a la oferta.

Él sabía perfectamente que jamás aceptaría sus dólares.

Era demasiado orgullosa como para hacerme dependiente de la caridad.

Todo lo que pude hacer antes de romper a llorar fue alcanzar el sobre que contenía el cheque con mi finiquito y abandonar su oficina dando un portazo, ante los atónitos ojos de mis compañeros que desconocían lo que acababa de ocurrir.

Y en esa parte, reconozco que las palabras de Jack eran ciertas y que había hecho todo lo posible para ocultar mis fallos, al menos al grueso de los empleados, ahorrándome la humillación.

Por lo menos salía de allí con una buena suma y una pensión en tanto durase la excedencia, que si bien no dejaba de ser simbólica en proporción a los gastos médicos, sí nos ayudaría para al menos afrontar los pagos de la casa y alimentación.

​ Regresé a casa en metro, tal y como hacía cada día, aunque varias horas antes y me encontré a Gabriel en casa, encerrado en el baño con su padre, sujetándole la cabeza mientras desalojaba las entrañas sobre la cerámica de la pileta.

Allí estábamos de nuevo; sin trabajo, con la mitad de nuestros ahorros dilapidados en costes médicos, pruebas y tratamientos y con Mateo que no parecía mejorar.

Durante los siguientes doce meses la situación de mi pequeña familia no fue sino cayendo en picado.

Gabriel atravesaba una fuerte depresión pues su novia de toda la vida lo había traicionado con un compañero del cuerpo de policía y le estaba costando superarlo.

El cáncer de Mateo se había estabilizado; no empeoraba, pero tampoco mejoraba.

Los fármacos y los agresivos tratamientos lograban mantenerlo a raya, habiendo construido una barrera química que impedía que las metástasis avanzaran más allá, aunque tampoco retrocedían.

​ Nuestro día a día era aburrido y monótono.

Habiendo dejado el trabajo, había vuelto a coser por horas, mientras que él había dejado el trabajo y en los pocos momentos en los que no estaba tan débil como para levantarse, tomaba asiento a mi lado en el sillón orejero del salón y con gran esfuerzo, reparaba relojes por encargo que un mozo de la joyería le acercaba en motocicleta puntualmente cada lunes a las nueve de la mañana.

Nuestra terrible situación tal vez nos obligó a ser pioneros en el teletrabajo, mas los mínimos fondos que obteníamos apenas llegaban para costear los gastos fijos mensuales en tanto que los ahorros iban menguando a marchas forzadas, dedicados a pagar los gastos médicos de la enfermedad.

​ —No podemos seguir así, Mateo —le dije una tarde mientras él reparaba un elegante reloj Hublot y yo cosía pantalones—. Nos estamos quedando sin ahorros y debería empezar a trabajar.

​ —Pero ya estás trabajando, Isabeliña —protestó él con un hilo de voz.

​ —Me refiero a trabajar de verdad. A levantarme temprano por las mañanas, tomar el metro y hacer una jornada completa, con un sueldo razonable.

​ —¿Y quién cuidará de mí?

​ —Vamos, Mateo, no seas crío —tal vez fui dura con él, pero la vida la estaba siendo mucho más con nosotros. Su enfermedad lo había hecho caer en una depresión y requería mi compañía mucho más allá de lo que habría sido razonable para sus cuidados.

​ —Escucha, he hablado con Lucía —mi tono se apaciguaba al tiempo que él agachaba la cabeza, aceptando la reprimenda—.

Se ha ofrecido a quedarse contigo por las mañanas.

Leslye ya es mayor y se puede valer ella sola.

Además, hace tiempo que no trabaja. Lo que saca Alberto del taller les da de sobra para vivir con desahogo y con los ahorros están comprando propiedades en España para poder regresar en unos años.

​ —¿No le importará a tu hermano? ¿Quién se ocupará de la casa si está conmigo? O de cocinarle o hacer recados.

​ —No, no le importará. También he hablado con él.

​ Mateo dejó el reloj sobre la mesa camilla y se quitó del ojo la lente de aumento que utilizaba para ampliar la imagen de los mecanismos.

Un hombre tan fuerte, atractivo y deseado por otras mujeres con las que jamás me traicionó, me dijo una frase que jamás olvidaré.

Un hombre trabajador, inteligente y guapo, le dijo algo a una mujer bajita, una chica de aldea, con mala leche y muy orgullosa…

​ —No soy hombre para una mujer como tú, Isabel.

Nuestra rutina cambió desde entonces. Lucía, tal y como se había comprometido, pasaba las mañanas con Mateo y, por las tardes lo hacía Gabriel, que había pedido cambio de turno a la mañana o la noche.

Aprovechaba su tiempo para limpiar la casa, cocinar para el día siguiente o llevar a su padre al hospital a recibir las sesiones de tratamiento, con un cáncer que parecía no remitir, más al contrario, comenzaba a empeorar.

Un año había pasado y estábamos a finales del verano del ochenta y dos.

Nuestros fondos habían llegado a cero y ya habíamos comenzado a endeudarnos, a espaldas de Mateo, para seguir costeando las medicinas y los doctores.

Esta vez no quería depender de nadie, ni mucho menos dar pena.

Aunque sabía que tanto mi hermano, como mi familia y hasta mi exjefe, Jack, gustosamente me habrían proporcionado a fondo perdido una buena suma de dólares, esta vez quería salir del pozo por mis propios medios.

Ya bastante ayuda nos estaban dando Lucía y Alberto con su tiempo. ..

Al principio de ese mismo año empecé a trabajar de modista pantalonera en unos grandes almacenes, un oficio que de modo simbólico me retrotraía a mis inicios en la emigración y me hacía recordar todo por lo que había pasado, trayendo a mi memoria recuerdos de una vida que pensaba, jamás regresaría.

¿Qué por qué no busqué otro trabajo en Wall Street?

Pues porque no estaba preparada para un trabajo intelectual, un trabajo que requería tal entrega y concentración y en el que el más mínimo error llevaría a la pérdida de miles o decenas de miles de dólares.

Es cierto que ganaría mucho más dinero que como modista, pero sería insostenible a largo plazo y terminarían prescindiendo de mis servicios.

Tal vez en un futuro, si Mateo lograse superar su enfermedad…

El ambiente de trabajo en los grandes almacenes era muy agradable.

Las compañeras eran casi todas más jóvenes que yo y me trataban como si fuera su mamá, pidiéndome consejos y escuchando las respuestas de quien había pasado ya por prácticamente de todo.

Me recordaba a mis tiempos en la facultad, con el mismo tipo de camaradería y compañerismo, lo que me ayudaba a distraer los pensamientos de la dura realidad que se vivía en mi hogar y que puntualmente me esperaba cada noche al regresar a casa del trabajo, cuando le daba el relevo a mi hijo en los cuidados de Mateo.

No obstante, aunque me encontraba allí muy a gusto, el sueldo era bajo, poco más de lo que sacaba cosiendo a domicilio y si le sumaba los gastos de transporte, terminó por no compensarme, así que busqué otra alternativa.

Gracias a Alicia, una compañera de Oleiros, en A Coruña, que había conocido en el trabajo y con la que había congeniado desde el primer día, me dio el contacto de Pilar, una conocida suya que trabajaba como asistenta en la mansión de unos millonarios.

Me gustaría hacer un inciso para dirigirme a aquellos que no creen en la existencia de Dios, o de ángeles en nuestra vida y que argumentan para ello que un ser bondadoso como él jamás permitiría que en la Tierra ocurriesen cosas terribles cada día.

A todos ellos, les digo que Él siempre está ahí, al menos lo he sentido acompañándome en el camino y que, por cada escollo que me he encontrado, ha puesto a mi disposición los medios para sortearlos.

Tal vez, en ese caso, es que los malos seamos los hombres, los que mancillamos el regalo de nuestra existencia dejándonos arrastrar al mal sin oponer resistencia, mientras los hombres buenos se escudan en la autocompasión para justificar la pereza que les impide luchar contra los malvados.

Y es que siempre ha sido más fácil quejarse que resistir.

Al menos en mi caso, este escollo del que hablaba sería la enfermedad de Mateo, que había regresado a nuestras vidas, en esta ocasión más poderosa y ruin que nunca.

Pero también Dios supo acercarse a mí y susurrarme al oído…

y yo supe escuchar. ¿De dónde sino procedería la percepción mística que aceptaba como un regalo y que me había permitido salvar la vida de mi padre, cuando todavía era una niña?

¿Acaso aquella facultad metafísica no había rescatado del fuego a decenas de vecinos, comensales todos ellos del restaurante en el que yo era cocinera meses antes de emigrar al Uruguay?

Pues si la piedra en el camino había sido el cáncer, por segunda vez en la vida de mi familia, la familia que había formado con gran sacrificio y no la que me había sido impuesta, o más bien ungida como una bendición, esta vez, Pilar, la conocida de una conocida, fue el ángel al que supe escuchar y que me condujo a la salvación.