CAPÍTULO 17
DE VUELTA A LA REALIDAD
S í, he querido llamar a este capítulo “la vuelta a la realidad” pues de estar viviendo el “sueño americano”, la cruda realidad de la vida nos golpeó más fuerte que nunca tras haber disfrutado de un maravilloso periodo, en el que la balanza parecía inclinarse hacia lo bueno con tanto peso que llegué a convencerme de que jamás regresarían los malos tiempos.
No obstante, el triste momento llegó durante una madrugada del mes de febrero del año ochenta y uno, periodo histórico para mi querida España en el que se gestaban los prolegómenos del golpe de estado que a punto había estado de echar por tierra la tan joven y deseada democracia.
Era jueves y el martes habíamos visitado la casa de nuestros sueños en un suburbio residencial de Queens.
No era demasiado grande ni ostentosa; cuatro habitaciones, tres baños, un precioso y amplio comedor y una cocina presidida por una moderna isla casi tan grande como la habitación en la que dormíamos.
Además, tenía un jardín individual con una fuente de piedra y cochera para tres vehículos.
Como decía, y aunque pueda parecer pretencioso, no era demasiado grande para los estándares de aquel lujoso barrio, aunque lo más importante es que el precio se adaptaba a nuestras posibilidades y teníamos dinero más que de sobra para la entrada.
Aquella noche habíamos cenado tarde, compartiendo una botella de vino y un delicioso pastel de carne, elaborado entre los dos con la ayuda de una receta que me había pasado la mujer de Jack.
Nos habíamos hecho amigas las dos parejas, traspasando la relación más allá de lo estrictamente profesional, implicados nosotros en un proyecto de empresa de inversiones en constante crecimiento y cuyo desarrollo parecía no conocer techo.
¿Quién le habría dicho a esta pobre costurera, oriunda de una aldea gallega que algún día se codearía con licenciados en la universidad de Yale como si fueran iguales?
Así es que al menos una vez al mes cenábamos en casa de Jack y compartíamos los cuatro amigos, tanto proyectos e ilusiones como temas más mundanos tales como recetas de cocina y trucos de belleza nosotras, o conversaciones sobre fútbol americano al que ellos eran aficionados.
Como decía, tras la cena nos acostamos e hicimos el amor, más felices que nunca, algo achispados, solos en casa, sin temor a hacer ruido y que nos escuchara nuestro hijo que ya se había independizado.
Ya de madrugada, creo recordar que serían sobre las tres o tres y media, me levanté al baño algo mareada, todavía bajo la influencia del vino de la cena, que me había dejado la boca seca y el rostro congestionado.
Me refresqué jurando que jamás volvería a beber tanto, pensando en que la resaca iba a ser fuerte y que tal vez llamaría a primera hora a Jack para tomarme el día libre.
Luego fui a la cocina a tomar una cucharada de antiácido y beber algo de agua, mas cuando iba por el segundo trago, una cuchillada de dolor me obligó a encogerme.
No me dio tiempo a alcanzar una silla, así que me deslicé al suelo apoyando la espalda contra el mueble de la encimera hasta que pude sentarme sobre la fría baldosa.
El dolor era tan intenso como familiar y supe muy bien desde la primera punzada que no se debía a algo físico, sino que anunciaba algo terrible que estaba a punto de suceder.
—¡NOOOOOOO! —grité desesperada rompiendo a llorar a medias entre el dolor de cabeza y la certeza de lo que estaba por llegar—. ¡OTRA VEZ, NOOO!
No supe muy bien qué pensar o cómo reaccionar.
¿Quién sería esta vez? Tal vez mamá o papá, o alguno de mis hermanos.
Quizás Gabriel habría tenido un accidente o se habría expuesto a un tiroteo en el trabajo…
¿Cómo podría saberlo allí sentada en el suelo de la cocina?
¿Le habría pasado algo a Leslye, a Alberto o a Lucía? ¿O acaso habría sido Jack el afectado?
Algo terrible le había ocurrido o estaba a punto de pasarle a algún ser querido, así que sacando fuerzas de donde no las tenía y apretando las sienes para mitigar los latidos del corazón que sentía como tambores dentro del cerebro, logré incorporarme y caminé tambaleándome hasta la habitación para pedir ayuda a Mateo.
Él no estaba en cama, pero podía ver la luz del baño encendida a través de la puerta entreabierta. Quise gritarle, pero el dolor me había dejado muda y el fuerte acúfeno me impedía escuchar algo que no fuera el propio pulso.
Me esforcé hasta límites más allá de lo concebibles para poder exhalar al menos un suspiro audible, pero todo lo que salió de mi boca fue un susurro, así que seguí arrastrándome hasta que el dolor pareció ceder por un instante y aproveché la ocasión para abrir la puerta del baño.
Mateo estaba inclinado sobre la taza del excusado, retorciéndose de dolor, sujetando con un brazo el vientre y con el otro apoyándose en la baldosa para evitar caerse.
De repente, todos los síntomas que acababan de anunciarme el comienzo de un nuevo drama familiar se extinguieron para dejar paso a una terrible sensación de certeza y abatimiento, al ver como de la boca de mi marido brotaba un compacto coágulo de sangre.
Al chocar contra la cerámica del WC emitió una especie de “clac”, como el de un huevo reventar contra el suelo, para después proyectar una onda expansiva de pingas de sangre que salpicaron el pijama de Mateo y el suelo del aseo.
De nuevo tenía fuerzas y, aunque desconsolada por lo que presentía que estaba ocurriendo, me acerqué a él para ayudarle.
Tiré de la cadena para alejar de mi vista el horrible aspecto del coágulo, que tenía la forma y textura de un pequeño órgano que se hubiera desintegrado, una víscera o vesícula, un diminuto embrión…
Después ayudé a mi marido a sentarse sobre la taza y le sujeté las manos, que estaban húmedas y frías y, mirándolo fijamente a los ojos, formulé la pregunta cuya respuesta tanto temía.
—Dime la verdad, Mateo. ¿Cuánto tiempo llevas así?...
Tan enfrascada estaba en mi éxito profesional, tan pagada de mí misma y de mis triunfos que había pasado por alto algo tan importante como la salud de mi marido.
¿Cómo es que, precisamente yo, habiéndome Dios dotado de un privilegio como el don de la premonición, había podido ignorar los síntomas que estaban llevando de nuevo a Mateo a caer en el oscuro y negro pozo de la enfermedad?
¿Cómo era posible, por otra parte, que él hubiera sido tan inconsciente de ocultarme los primeros indicios de un cáncer que de nuevo se reproducía en su cuerpo, cuando habríamos estado a tiempo de atajarlo?
¿Cómo es que, como toda respuesta a mi tan temida pregunta, hubiera tan sólo recibido un parco “es que no quería preocuparte”?
¿Cómo podía haber sido tan inconsciente?
Fuera como fuese, de nuevo estábamos en la batalla. De pronto tan arriba, como al instante tan abajo, teniendo que luchar otra vez con todos los medios a nuestra disposición contra el más temible de todos los males.
Desde el primer día en que fui consciente de su estado, recurrimos a los mejores médicos, los más caros también… Nuestro sueño de un nuevo hogar pasó a un segundo plano y las decenas de miles de dólares que tanto esfuerzo nos había costado ahorrar fueron desapareciendo a marchas forzadas.
En el trabajo ya no era la misma. Estaba distraída, ausente y cometía errores más propios de la infame Greta que de mí.
Para el mes de junio del ochenta y uno —a comienzos de verano y en la peor época del año para recibir tratamiento, debido al calor de la estación y la humedad en el aire— Mateo llevaba ya decenas de sesiones de quimio y radioterapia y su cuerpo había vuelto al mismo estado escuálido y repleto de llagas que años atrás, cuando su primer cáncer lo estaba consumiendo.
La diferencia era que, en esta ocasión, el mal se había reproducido y extendido y varios órganos de su deprimente anatomía estaban ya afectados, por lo que el tratamiento debía ser aún más agresivo que el que recibiera anteriormente.
Lo cierto era que los médicos no nos daban muchas esperanzas de que en esta ocasión pudiera llegar a superar la enfermedad…
A finales de mes, coincidiendo con un error de redacción en unos documentos que habían costado muchos miles de dólares a la compañía, Jack me llamó a su despacho para ofrecerme una excedencia.
—Lo lamento muchísimo, Isabel, pero no puedo permitir que sigas trabajando en este estado —se atrevió a decir—.
Y no es sólo por los errores que estás cometiendo.
Es también por ti. Necesitas tiempo para dedicar a tu marido y ayudarle a superar la enfermedad.
Tu familia te necesita ahora. Deberías tomarte un año sabático para estar con él.
—Pero… yo… Jack, no creo que eso sea lo correcto. Además, tenemos muchos gastos médicos y necesito el trabajo.
—Tal vez en ese caso deberías buscar algún otro empleo que no requiera de tanta materia gris, pero aquí no puedo seguir manteniéndote, tapando y justificando tus errores. Al fin y al cabo, soy sólo el presidente de la compañía y respondo ante un consejo de administración.
Sus palabras atravesaron mi cuerpo como mil cuchillas, causándome un profundo dolor, decepción y desencanto.
—Jamás habría esperado esto de ti, Jack—me atreví a decir.
—No te lo tomes así, Isabel. Serás bienvenida cuando esta pesadilla haya desaparecido de tu vida y de nuevo estés centrado, pero no me han dejado otra opción. O te ibas tú, o me iba yo.