La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 16 #10
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CAPÍTULO 16 #10

Era un modo diferente de terapia, sin pastillas, sin química ni médicos por el medio, centrándome en el presente, en lo que mis sentidos podían identificar allí mismo del mundo natural, viajando sólo al pasado para evocar bellos momentos que me hacían sacar una sonrisa, como el nacimiento de mi hijo, el día de la boda e incluso mi feliz infancia en la aldea, haciendo piña con la tropa de traviesos hermanos a los que tanto y tantas veces echaba en falta.

Para cuando regresaba del paseo, escuché desde el exterior como un teléfono sonaba y sonaba sin descanso.

Una y otra vez las llamadas finalizaban y se reiniciaban en una suerte de bucle sin fin y me pregunté qué tanta urgencia podría tener una persona para insistir de aquella manera compulsiva.

No obstante, cuando al fin entré en casa, caí en la cuenta de que el teléfono que sonaba era el mío.

El timbre era inconfundible y no paraba de pitar constante y ensordecedor.

Temiendo que tal vez Gabriel hubiera tenido algún accidente en sus peligrosas patrullas por Bronx, corrí a descolgar el aparato con forma de banana, que parecía estar riéndose de mí.

—¿Aló? —los nervios me traicionaron y pregunté tal y como lo hacía en el Uruguay, olvidando que el inglés era ahora el idioma que debía utilizar.

—¿Isabel? —respiré aliviada al instante, pues era la cavernosa voz de Jack la que escuchaba al otro lado de la línea.

—¿Es usted, señor Armstrong? —se me hacía extraño llamarle así de nuevo, pero había dejado bien claro que con él las confianzas se habían terminado.

—Oh, no, por favor, Isabel, no me vuelvas a llamar así —su voz sonaba diferente, nerviosa, tal vez más aguda de lo habitual—. Ayer cometí un terrible error contigo.

—¿Ha podido leer el dosier que dejé en su mesa? —contesté fríamente. Que estuviera tranquila o que entendiera su postura no significaba que no estuviera dolida por la durísima actitud que había tenido conmigo.

—Claro que lo he leído, Isabel. No sé cómo disculparme, la verdad y he querido llamarte personalmente a tu casa. Espero que no sea molestia. Entiendo que hoy hayas querido tomarte el día, pero…

—Sí que fuiste duro ayer, Jack —me atreví al fin a tutearlo de nuevo, pues las disculpas sonaban más que convincentes.

Había quedado claro que había hecho un buen trabajo de investigación—.

Ojalá pudiera dar atrás en el tiempo y haberte advertido antes sobre Greta.

Yo también soy responsable de esto, por haberlo dejado correr durante tanto tiempo, pero sé que eres un hombre ocupado y no quería molestarte con temas personales.

—No es personal si afecta al funcionamiento de la empresa, como en este caso ha ocurrido. Pero puedes estar tranquila. Quiero que sepas que Greta ha sido despedida hace tan sólo una hora, justo después de haber comprobado tu informe, así que ya no te molestará más.

No puedo evitar reconocer que no me sentí bien. Una persona había perdido un buen trabajo por mi culpa, mas no me había dejado otra opción. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

—Tómate hoy el día libre sin problema, como si quieres el resto de la semana, pero, por favor, regresa el lunes con nosotros. Ahora más que nunca sé que eres mi mano derecha y no volveré a dudar de ti.

Por supuesto, al lunes siguiente llegué puntual a mi hora, aunque con cierta inquietud por desconocer la reacción del resto de compañeros.

Lo que no esperaba es que me iban a recibir haciendo un pasillo y con un coro de aplausos, como si de una estrella de cine se tratara.

Abrumada por la muestra de afecto, agradecí con una sonrisa el bonito gesto mientras colgaba el abrigo del perchero, justo cuando Jack, alertado por el ruido, salió de su despacho y me invitó a entrar.

El saberme conocedora del apoyo de mis compañeros no fue lo único positivo que saqué aquel día de la oficina —al fin y al cabo, de una persona tan maliciosa como Greta, la mayoría de ellos no tenía más que malos recuerdos o experiencias negativas—.

También me llevé un ascenso asociado a un considerable aumento de mi ya elevada nómina, además de las persistentes disculpas de Jack y un bonus por haber destapado un desfalco que se me había atribuido y que en realidad correspondía Greta en connivencia con mi predecesora y por el que probablemente y más pronto que tarde tendrían que responder ante la justicia…

El año setenta y nueve se convirtió en un periodo de continuidad y ascenso.

Entre los bonus que ingresaba en la empresa por objetivos, el abultado sueldo semanal que recibía y que sólo era superado por el de Jack y los ingresos de Mateo por los relojes de lujo que reparaba, llegamos a juntar tanto dinero que nos llegamos a plantear el mudarnos a una casa individual en una urbanización de lujo.

Las cuentas de las empresas en las que trabajábamos iban viento en popa y no había escollo alguno en el horizonte que nos hiciera pensar en que aquella no era la decisión correcta.

Además, Gabriel se había independizado, alquilando un pequeño estudio en Brooklyn, muy cerca del piso de sus tíos y de la comisaría de policía a donde había sido destinado.

Nunca me olvidé de mi familia en España y, junto con Alberto —al que las cosas con su taller le iban casi tan bien como a nosotros —llegamos a enviar mucho dinero a España, para ayudar a nuestros padres y hermanos a la consecución de sus proyectos.

Nunca consideré aquellas ayudas como un gesto especialmente altruista y sí más como un deber el de devolver una pequeña parte de lo que la maravillosa tierra gallega había hecho por mí, enseñándome a vivir, a crecer como persona íntegra y responsable, a madurar y ser mujer…

Así pues, Mateo y yo estábamos solos y la decisión era sólo nuestra. Disfrutamos de un año maravilloso, visitando inmobiliarias y haciendo planes de cómo sería nuestra vida en adelante. La mudanza habría sido la culminación por nuestra parte del sueño americano, sin embargo…

Digo habría pues no llegó a suceder y es que la vida con sus altibajos e imprevistos nos tenía preparado un duro revés, un gravísimo revés, que de nuevo pondría patas arriba la continuidad de la pequeña y preciosa familia por la que tanto había apostado, por la que tanto esfuerzo había derrochado, haciéndome saber una vez más que lo que cuenta es el presente, que debía disfrutar de cada día pues el futuro siempre sería incierto y que tanto podría esperar la mayor de las fortunas como la más terrible de las desgracias…