CAPÍTULO 16 #9
Jack se limitó a asentir e indicarme que abandonara la oficina. Su gesto de desprecio me dolió profundamente y, aunque entendía su reacción, no pude evitar sentirme ultrajada y rechazada por alguien por quien sentía tanto respeto y, porque no decirlo, aprecio.
Salí de la oficina del presidente de la empresa con las piernas temblando. Dejé el dosier a buen recaudo y bajo llave en uno de los cajones de mi escritorio y luego tomé mi bolso. Caminé hacia el baño pues antes de ponerme manos a la obra debía zanjar antes un tema…
Me negué a utilizar los aseos de planta, dedicados al personal de oficinas, pues iba a necesitar un buen rato y no quería interrupciones.
Me dirigí al baño de servicio, que siempre estaba vacío y que mayormente servía al personal de mantenimiento y limpieza para guardar instrumental y productos.
Después cerré la puerta con llave tras de mí, tomé asiento en el excusado y me eché a llorar.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí pues en lo que restó de día no consulté el reloj en ningún momento, pero tanto pudieron ser segundos como horas.
Reconozco que la desazón y tristeza me hicieron perder por completo la noción del tiempo y lloré y lloré hasta que creí que ya no me quedaban lágrimas.
Al fin y al cabo, tantos años de duro trabajo estudiando y trabajando a un tiempo, se habían ido al traste en una sola jornada y tan solo por la mala fe de una persona.
Cuando al fin el llanto cesó por sí solo, me incorporé, me refresqué el rostro, congestionado y enrojecido y me maquillé como lo hacía todas las mañanas, con el kit de emergencia que llevaba en el bolso.
Saldría de allí con la cabeza bien alta y no daría oportunidad a la hiena de Greta a regocijarse en su triste victoria.
Para cuando llegué a mi escritorio y tomé asiento, lo primero que hice fue devolverle a aquella maldita bruja la sonrisa de satisfacción que ella me había regalado por la mañana.
Era como si hubiera entrado en un bucle temporal y todo lo que había ocurrido por el medio hubiera sido sólo un sueño.
Una sonrisa por otra y empecé a trabajar en su réplica como si nada hubiera pasado, como si todo su maquiavélico plan apenas hubiera tenido efecto sobre mí, haciéndole ver que me sentía segura y confiada y que mi respuesta sería contundente y proporcional a la afrenta recibida…
Nada más lejos de la realidad, al menos en cuanto que me sintiera confiada…
No así en cuanto a la respuesta, por supuesto.
Tenía bien claro que, a término de aquella jornada, una de las dos perdería su empleo y, desde luego, esa una no quería ser yo.
Así pues, descolgué el teléfono, la primera de muchas veces aquel día, y llamé al trabajo de Mateo para avisarle que llegaría tarde a casa y que no se preocupara por mí.
Omití lo del terrible incidente y me limité a decirle que habíamos tenido un imprevisto con unas cuentas.
Conocía bien a mi marido, y lo último que necesitaba en aquel momento es que se plantara en Wall Street a media mañana, fuera de sí y con intención de decirle cuatro cosas a Greta o todavía peor, a Jack.
Tras colgar el teléfono, repasé una y otra vez las dos facturas y el memorando que supuestamente habría redactado yo, en busca de algún error o inconsistencia que no tardó en aparecer.
Afortunadamente para mí y, por desgracia para mi oponente, Greta, además de mala persona no era precisamente alguien inteligente o, como diría mi padre, “ más burra que un arado ”.
Aquel hallazgo supuso un respiro para mí, pues al menos había encontrado una pista por la que empezar, una piedra de salvación a la que agarrarme…
Durante la mañana debí descolgar el teléfono más de cien veces, buscando dar soporte al error que había encontrado.
En mitad de una de esas llamadas me encontraba cuando Jack salió a comer.
A pesar de que estaba distraída con una conversación, no pude evitar sentir el peso de su indiferencia, pues jamás salía de su despacho y pasaba a mi lado sin saludarme o dejarme algún recado.
El gesto me dolió, qué le vamos a hacer, mas seguí en mi propósito con diligencia, perseverante y tal y como era yo, inasequible al desaliento.
El día fue avanzando y la oscuridad tras la puesta de sol llegó, al tiempo que se encendían todas las luces de la oficina.
Los despachos se fueron vaciando uno tras otro en tanto yo hacía cálculos, tratando de poner orden en toda la información que había recabado.
Curiosamente, a excepción de mí, Greta fue la última en abandonar la oficina y lo hizo regalándome la misma cínica sonrisa con la que me había recibido por la mañana.
—No te quedes hasta muy tarde, Isabel.
—No lo haré, puta —susurré.
—¿Qué has dicho?
—Nada, disfruta… disfruta de la tarde…
Tras el breve e intenso intercambio de palabras y, con gran esfuerzo, le devolví la sonrisa justo en el preciso instante en el que caí en la cuenta de que estaba cometiendo un grave error en el planteamiento de mi exhaustiva y acelerada investigación.
Dudo mucho que aquella revelación tuviera algo que ver con mi preparación o inteligencia.
Desde entonces, tengo la firme convicción que la intuición que me faltó para presentir la trampa que me habían tendido, había encontrado el modo de hacerme llegar a través del subconsciente la respuesta que andaba buscando y que se resistía a aparecer.
Tal vez era una especie de compensación de mi percepción extrasensorial o quizás un regalo de Dios, al que tanto había rezado cada noche para que mantuviera vivo el sueño que me había costado años alcanzar.
Puesta ya en el camino de la solución no tardé en encontrar el error que Greta había cometido en su “zancadilla” y en cuestión de un par de horas había preparado un documento que así lo aseveraba.
Redacté a máquina un informe preciso y lo metí dentro de la misma carpetilla verde que Jack me había alargado por la mañana, junto con otros documentos y facturas que me eximían de culpa y demostraban que todo había sido obra de un complot malicioso por parte de Greta.
Cuando terminé, tomé de mi cajonera las llaves del despacho de Jack —yo era la única de la empresa que tenía una copia— y dejé los documentos sobre su escritorio.
Después volví a cerrar con llave, tomé el abrigo y salí a la calle a respirar después de tantas horas enfrascada en papeles, trabajando bajo una profunda presión por un futuro profesional que se me había venido abajo en pocos segundos.
El aire de Nueva York era frío y seco, pero fue reconfortante. Pronto llegarían las primeras nevadas y con ella la preciosa navidad de la gran metrópoli, presidida por el tradicional y majestuoso árbol luminoso del Rockefeller Center.
La suerte estaba echada, así que ya sólo me quedaba llegar a casa y descansar.
Era demasiado tarde y hasta peligroso tomar el metro a esas horas, así que detuve un taxi que me dejó en casa tan sólo veinte minutos más tarde, aprovechando la baja afluencia de tráfico al caer la noche.
Y es que no siempre la expresión “la ciudad que nunca duerme” hacía justicia a la “gran manzana” y, a ciertas horas del día, al menos semejaba tomarse una siesta. ..
Mateo me esperaba con la cena preparada y expresión cansada y preocupada.
—Mal día, ¿no? —se limitó a decir.
—Mejor no te cuento. Creo que mañana me lo tomaré libre.
Le di un beso en los labios y el largo y cálido abrazo que tanto necesitaba.
—Anda, date una ducha, que estás helada. Luego cenas y nos acostamos.
—Suena bien. Tal vez hoy me queden todavía fuerzas para algo más que dormir…
Quizás fui demasiado atrevida, dejándome llevar por un arrebato, pero qué mejor forma de terminar el día que recibiendo plenamente el amor de mi marido, su pasión y su cercanía… el contacto piel con piel…
Al día siguiente me desperté sola en cama. Supuse que Mateo se habría levantado a preparar el desayuno, pero cuando me desperecé y comprobé que el despertador anunciaba las diez de la mañana, pegué un respingo y salté a calzarme las zapatillas.
La ventana de la cocina estaba abierta y los rayos de sol calentaban el césped salpicado de copos de nieve.
El suelo del jardín recordaba una alfombra persa, con tonos verdes, blancos y los marrones de las hojas aciculares de los pinos, tostadas y secas.
Me había quedado dormida por primera vez desde que había empezado a trabajar, aunque lejos de tener sensación de culpa estaba tranquila, relajada y me distraía contemplando la bonita estampa natural que anunciaba el inicio de la estación fría.
La ardua tarea de investigación había obtenido frutos y confiaba en que para el buen hacer y sensatez de Jack aquello fuera suficiente como explicación al desaguisado que la pérfida Greta había provocado.
Me preparé un café y unas tostadas y desayuné en paz conmigo misma, sin preocuparme de si me echarían en falta en el trabajo.
Una ausencia injustificada como aquella, máxime tras un supuesto desfalco como el cometido, habría sido con toda certeza motivo para un despido fulminante, pero algo me decía que todo saldría bien y si de algo podía estar segura con mi experiencia de años es que la intuición jamás me fallaba.
Terminé el desayuno, me di una ducha y me vestí con ropa cómoda de abrigo, preparada para dar un largo paseo a solas con mis pensamientos.
Nada más relajante que abandonar la vertiginosa rutina del Manhattan neoyorquino por un día y disfrutar de las sensaciones que la naturaleza me regalaba; el olor del césped recién cortado, el crujido de la hojarasca bajo mis botas, el tacto de la corteza de los árboles con el roce de mis dedos al pasar…
Todo ello recordando los mejores momentos y con la paz y seguridad interior de haber hecho bien las cosas, con la certeza de que, en el peor de los casos, no tardaría con mi currículo en encontrar un nuevo trabajo.