CAPÍTULO 16 #8
Como he dicho, era amiga de mi predecesora, mujer a la que, por otra parte, estaré eternamente agradecida por su incompetencia.
No en vano, su pésimo hacer y falta de interés por el trabajo, provocaron que el contraste conmigo fuera muy grande.
¿Cómo podría haberme quejado de ella entonces?
Es cierto que su legado de desorden en los archivos fue algo que tardé semanas en subsanar, pero todo lo compensó finalmente la diferencia en el desempeño que Jack pudo ver entre nosotras y que terminó en valorar mucho más mi trabajo.
Pues bien, la tal Greta buscaba siempre el modo de hacerme fracasar, como si aquello se hubiera convertido en una gesta personal.
Cuento por decenas las ocasiones en las que me tendió alguna trampa; unas veces en forma de comentarios y habladurías que bien se ocupaba de que llegaran a Jack y que tenía que molestarme en desmentir.
Otras veces como documentos no entregados en plazo, con la consiguiente penalización, a pesar de que yo se los había hecho llegar puntualmente…
Pero hubo una ocasión que recuerdo con especial rencor y que, si bien tuvo un gran impacto en mi motivación y me convirtió temporalmente en el hazmerreír de la compañía, sirvió para que Greta fuera al fin despedida de su puesto y me dejara vía libre para un año y medio de intenso desarrollo personal y profesional, que rematarían abruptamente en el invierno del año ochenta con un hecho traumático que revelaré más adelante…
La “gran zancadilla”, como llegué a llamarla dentro del entorno familiar, tuvo lugar casi a comienzo del verano del setenta y nueve. Recuerdo que era un martes soleado, un día cualquiera más en la “gran manzana”. Un día de rutina en el que se suponía que nada diferente o especial debería ocurrir…
Gabriel ya había ingresado en el cuerpo de policía y patrullaba como aprendiz de un compañero de lujo las convulsas calles de Nueva York a finales de la década de los setenta.
Su instructor era un veterano de guerra, curtido en mil batallas y experimentado conocedor de las calles.
Un perro viejo que enseñó a mi hijo todos los trucos que un novato debía aprender para esquivar las balas como si fuera inmune a ellas.
No puedo encontrar los calificativos para manifestar mi gratitud para con aquel policía que, con sus sabios consejos, preparó a mi hijo único para uno de los trabajos más peligrosos a los que se podía aspirar en aquellos tiempos.
Cenó muchas veces con su mujer en nuestra casa, por supuesto, invitado por mí y llegó a formar parte con el tiempo de nuestra familia como si fuera uno más.
Tal fue siempre mi agradecimiento que jamás llegamos a perder el contacto hasta el día de su fallecimiento muchos años más tarde y en todos ellos, jamás faltó por mi parte el aguinaldo navideño allá donde fuera que se encontrara viviendo.
De hecho, me gustaría explayarme mucho más relatando anécdotas sobre la historia del oficial Jackson, George Jackson —G.
J, como sus amigos y compañeros le llamaban— pero me temo que tendría que llenar otro libro tanto o más extenso que este…
En definitiva, mi hijo aprendía por la época a ser un oficial de policía eficiente, Mateo seguía con su trabajo en la joyería, mi hermano con su taller y mi familia en Galicia, con la que mantenía semanalmente contacto telefónico, sin novedad alguna.
Era como si la vida se hubiera detenido en un momento óptimo de mi existencia a la espera de nuevos avatares o giros del destino, ya fueran estos para bien o para mal.
Aquel martes llegué a la oficina como un día más.
Por aquel entonces ya había superado la fase de los nervios y afrontaba cada nueva jornada con gran ilusión, como una oportunidad para aprender y desarrollarme profesionalmente.
Más o menos la rutina era siempre la misma; salía del ascensor, saludaba a los compañeros en los puestos más cercanos al pasillo, tomaba un café de la máquina de vending, con una moneda de veinte centavos que sacaba del monedero, y luego tomaba el turbo-elevador.
Por último, me sentaba al escritorio tras haber colgado el abrigo en el perchero.
Mi mesa solía estar a primera hora llena de documentos a repasar o transcribir, tanto de Jack como de otras secciones, y esa acostumbraba a ser mi primera labor del día.
Después de un par de horas y salvo que mi jefe hubiera reclamado antes mi atención, entraba en su despacho con la libreta de taquigrafía para tomar las notas que me tenía preparadas.
Pero aquel día ocurrió nada más llegar algo que se salió completamente de la rutina y es que mi fría relación con Greta, dado el historial profesional que compartíamos, se limitaba a cruzarnos alguna mirada sin saludar.
Sin embargo, ese martes me miró al llegar y me sonrió, mostrando los dientes manchados con el carmín barato de color rojo intenso que utilizaba para perfilar sus finos labios de hiena.
Ese gesto me perturbó pues más que un saludo, aquella sonrisa de suficiencia denotaba una clara expresión de triunfo. El típico gesto de alguien que te desea mal y al fin logra satisfacer la consecución de sus objetivos.
He de reconocer que, ingenuamente, no di más importancia al gesto y me senté a mi escritorio, mas comprendí que algo malo había ocurrido cuando vi una nota de Jack, muy parecida a la de aquel día que parecía tan lejano —casi al comienzo de mi andadura en la empresa— y en la que me indicaba que entrara a su oficina nada más llegar.
En esta ocasión no llamé a la puerta. La confianza entre nosotros había llegado a tal punto que me había literalmente ordenado que siempre que tuviera que entrar, lo hiciera directamente.
Jack era un hombre humilde y bueno y consideraba elitista tratar a su mejor empleada del mismo modo que hacía con los demás y es que, salvando las distancias, me consideraba como un igual y con gestos como aquel es tal y como pretendía hacérmelo saber.
—¿Cómo has podido hacer esto, Isabel? —fueron las primeras palabras que al verme atravesar el umbral de la puerta brotaron de su boca.
Jamás se había dirigido a mí en aquellos términos y jamás lo volvería a hacer, pero vi una parte de él que me asustó, una parte que desconocía y que me puso al instante en un lugar que no me correspondía.
Automáticamente me puse a la defensiva, pues no era consciente de haber cometido error alguno, y todavía menos de forma consciente, tal y como su expresión sugería.
—No sé a qué te refieres, Jack.
—En adelante, señor Armstrong. Siempre que logres convencerme de que no te despida de modo fulminante…
El gesto de Jack era sombrío, una mezcla entre decepción, tristeza y enfado. Me miraba fijamente a los ojos y me apuñalaba con ellos, invitándome a dar explicaciones.
—Lo siento, señor Armstrong. Comprendo que he debido cometer algún error grave, pero repito que sigo sin saber a qué se refiere.
Digamos que ya iba comprendiendo lo de la sonrisa de bruja que Greta me había dirigido. Ese había sido su gran error, pues mostraba a las claras que estaba implicada en el desaguisado, dándome una pista de cuál debía ser mi primer paso al regresar al escritorio.
Jack empujó con los dedos una carpetilla verde que descansaba sobre su escritorio, sugiriéndome que le echara un vistazo.
—Ojalá hubiera sido un error, Isabel. Eso podría habértelo perdonado, por grave que fuera. Todos somos humanos y me has hecho ganar tanto dinero en estos meses, que ni te lo habría mencionado, pero…
—Pero ¿qué? Por favor, Jack, dime qué ha ocurrido.
—Señor Armstrong, recuerda… Echa un vistazo a estos papeles —el ceño de Jack se había fruncido a tal extremo que mostraba unas arrugas que juraría jamás haber visto… —Nunca habría esperado de una persona como tú una traición de este nivel.
Con manos temblorosas tomé el dosier y lo abrí.
Apenas contenía tres folios. Un par de facturas y un documento que llevaba mi rúbrica.
Los repasé cuidadosamente y no tardé en encontrar la causa del enfado, o más bien decepción, de mi jefe…
Aquellos documentos, que nunca antes había visto y que, por supuesto, rotundamente afirmo que jamás llegaron a pasar por mis manos, justificaban fehacientemente el desvío de fondos de la empresa hacia un número de cuenta bancaria que me era muy familiar y que no era otro que el de mi cuenta personal del Banco de Nueva York, en donde semanalmente se domiciliaba mi nómina.
Levanté la vista hacia Jack con el rostro desencajado, no por vergüenza y mucho menos por miedo a perder el empleo, sino más bien por ira, pensando en lo lejos que por odio un ser humano podía llegar.
—Ha sido la maldita, Greta, Jack… digo, señor Armstrong.
Déjeme sólo la jornada de hoy para investigar y se lo demostraré.
Me odia desde que he entrado y me ha puesto la zancadilla muchas veces, aunque he preferido mantenerlo en secreto esperando que ella misma se delatara algún día, pero… ha llegado demasiado lejos esta vez…
—Vaya, lo último que esperaba de ti era que además de ladrona fueras una mentirosa y trataras de meter en líos a un compañero de trabajo.
Las palabras de Jack fueron muy duras conmigo, aunque justificadas desde su punto de vista.
Entendía perfectamente su postura y si alguien en quien hubiera depositado tanta confianza hubiera cometido un fraude de aquel calado abusando de ella, mi reacción habría sido aún peor.
Dudo que ni tan siquiera me hubiera dado la oportunidad de expresar una justificación y el despido habría sido fulminante.
—Por favor, señor Armstrong. Deme sólo hoy para encontrar el problema y justificar estos papeles y le demostraré como todo esto no tiene nada que ver conmigo. Estoy convencida de que es una trampa.