CAPÍTULO 16 #7
Si algo he de decir de Norteamérica, es que la inmensa mayoría de la gente que conocí allí a lo largo de mi vida siempre fue extremadamente amable conmigo.
Tal vez aquella convicción venía de ser yo gallega, una tierra llena de gente maravillosa, aunque muy desconfiada.
No obstante, a medida que me he ido haciendo mayor, he tenido la oportunidad de conocer mundo y viajar, y jamás, repito, jamás, he conocido gente que desde el primer momento sea tan cercana y dispuesta a ayudar.
Por supuesto, Jack no era una excepción y, desde entonces, tal y como había prometido, recibí puntualmente cada primero de mes el excepcional café que pude disfrutar con los míos.
Fue una semana larga, aquella primera de trabajo en Wall Street.
Una semana de adaptación al cambio, de acostumbrarme a la rutina, a trabajar en una oficina, compartiendo espacio con gente distinta, de muy diferentes orígenes y personalidades.
Unos primeros días de aprender el oficio, de entender a Jack y sus necesidades, sus costumbres y la forma en que deseaba que el trabajo fuese realizado.
También una semana de adecuación a la nueva rutina de tomar el metro al trabajo y llevar en el bolso un bote de desodorante y mi perfume favorito, sabiendo que sólo podía aplicarse al salir del vagón, para disimular los olores de la transpiración de los demás pasajeros.
Llegaba a casa cada día muy cansada, al menos mentalmente, con la cabeza embotada con mil nuevas instrucciones y procedimientos.
Mateo me recibía con un cariñoso abrazo y la mesa puesta con los tres integrantes de mi pequeña familia reunidos.
Cenábamos relatando cada uno su día. Mi marido con sus relojes, Gabriel con la rehabilitación del accidente y sus expresos deseos de reincorporarse cuanto antes a la academia.
Y yo con mis documentos, mis redacciones, carpetas y archivos de acá para allá, tratando de hallar un orden en el caos organizativo que mi predecesora, anterior asistente de Jack, me había dejado en ímprobo legado.
Mi primer fin de semana como trabajadora de Wall Street transcurrió en total tranquilidad.
Lo único un poco diferente fue la invitación a cenar a mi hermano y su familia, pero hasta eso fue más bien aburrido, pues Leslye había celebrado la noche anterior una fiesta de pijamas con unas amigas y, siendo ella la salsa de todas las reuniones, estaba demasiado cansada como para participar.
Al lunes siguiente, no sé por qué razón, estaba más nerviosa que el primer día de trabajo.
¿Quién puede entender los complejos mecanismos de la emotividad humana?
En todo caso, esa era la realidad y no me incomoda en absoluto reconocerlo, pues llegué a la oficina temblando como un flan, como si presintiera que algo malo iba a ocurrir.
Quien sabe, tal vez mi percepción extrasensorial, mi intuición, estuviera notando algo oculto a la mente racional.
El caso es que para cuando llegué a mi puesto, había una nota de Jack en la mesa: “Isabel, pasa a mi despacho tan pronto llegues”
En aquel instante sentí que me derrumbaba, pues por la contundencia de la misiva podía entender que había hecho algo mal la semana anterior y que ahora tocaría apandar con las consecuencias…
Colgué el abrigo del perchero común y dejé el bolso en el suelo, apoyado junto a la cajonera.
Una compañera que se encargaba de la contabilidad y con la que apenas había cruzado un par de miradas, me sorprendió sonriéndome con una mueca de odio, como si hubiera leído la nota encima de la mesa y estuviera regodeándose en mi fracaso.
Más tarde me enteré de que era amiga íntima de mi predecesora, cesada por Jack semanas atrás por haber sustraído material de oficina del almacén de intendencia.
No sería aquella la última vez que la contable disfrutara con un error mío o incluso me forzara a cometerlo…
—Jack, ¿querías verme?
La puerta del despacho estaba arrimada y entré sin esperar respuesta tras un suave empujón con el dorso de la mano.
—Buenos días, Isabel. Sí, siéntate.
Su voz sonaba grave esta vez, tal cual era. Ya no se esforzaba en parecer amable y se mostraba visiblemente enfadado.
—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunté con voz temblorosa.
Jack se agachó y sacó un dosier de la cajonera de su escritorio. Dentro había un taco de unos treinta folios que pude reconocer al instante. Era un memorando dictado por él y que había taquigrafiado y pasado a máquina el jueves pasado.
—He estado repasando estos documentos que te pedí la semana pasada y he encontrado varias discrepancias con lo que yo trataba que fuera redactado. Lo he subrayado con rotulador fluorescente. ¿Sabrías explicarme qué ha ocurrido aquí?
Jack me alargó la carpetilla. La alcancé con las manos tan sudorosas que el cartón amarillo se mojó al instante en el contorno de mis dedos, como si acabara de lavarme las manos y no las hubiera secado.
Abrí el dosier y revisé las marcas y correcciones de mi jefe.
Efectivamente, eran pequeños cambios en la redacción de mi propia cosecha y que había introducido al texto.
Entiendo que tal vez había sido atrevido por mi parte, pero había sido con la mejor intención y, ayudándome de los conocimientos adquiridos durante mi etapa de estudiante, más que apropiados para corregir ciertos errores significativos.
—Sí, reconozco que los cambios los hice yo. ¿Hay algo mal?
Mi respuesta fue seca, contundente y el fuerte carácter de superviviente heredado de mi familia, salió a relucir.
Jack, por su parte, me escrutó de arriba abajo con su mirada, buscando algún devaneo en mi actitud, un punto débil por el que introducirse, mas me mantuve igual de firme que lo había sido mi respuesta.
Si había hecho algo mal y aquel iba a ser mi último día de trabajo, al menos caería con las botas puestas y el orgullo intacto.
De repente, la expresión de Jack se relajó y esbozó una sonrisa.
—No, Isabel. No has hecho nada mal. De hecho, tus correcciones en el texto nos han ahorrado muchos miles de dólares. Había algunos fallos en la redacción que podrían haberse identificado con una tentativa de evasión fiscal, lo que traería consigo una importante multa del American Reveneu.
En aquel momento sentí ganas de echarme a llorar, tal era la tensión que había acumulado al ver la nota sobre mi escritorio, no obstante, pude controlarme y mantener las formas.
—Me habías asustado. Con tanto ceremonial habría jurado que había hecho algo terriblemente mal.
—Nada de eso, Isabel. Has demostrado con esto que no me equivocaba contigo. Has sabido mostrar iniciativa y eso es algo que jamás habría esperado de las demás aspirantes a tu puesto. Sólo he de pedirte algo…
Entendí que ahora llegaría la parte mala de la conversación, pero no podía estar más equivocada.
—Por supuesto, lo que desees, Jack.
—En adelante, te agradecería la máxima franqueza conmigo. Si detectas más errores como este en el futuro, coméntamelos antes y así podré ir aprendiendo de ti. Uno de los problemas de ser jefe es que nadie te lleva la contraria y una mente crítica siempre va a resultar de ayuda.
—Así lo haré, Jack. Cuenta con ello.
Con un gesto me indicó que podía regresar a mi puesto, mas cuando a punto estaba de cruzar la puerta, reclamó de nuevo mi atención.
—Una última cosa, Isabel. Desde ya mismo dejas de estar en periodo de prueba y pasas a ser un miembro más de la plantilla de pleno derecho. Cobrarás quinientos dólares semanales más que tu predecesora y serás mi mano derecha.
No podía creer lo que estaba escuchando. Hacía tan solo diez minutos había atravesado el umbral del despacho con la firme convicción de que aquel sería mi último día en la empresa y, como por arte de magia, las tornas habían virado hacia una dirección que jamás hubiera imaginado.
—Toma, entrega esta nota a Greta, la contable —me dijo alargando el brazo hacia mí—. Son las instrucciones con tu nueva nómina. Dáselas y ella sabrá qué hacer.
Desde aquel mismo día, mi función en una de las empresas de inversiones más importantes de Wall Street pasó a ser de importancia capital.
Unas pocas e inocentes correcciones en un documento me habían convertido en la mano derecha del presidente de la empresa y en el objeto de envidias, odios y admiración de mis compañeros a partes iguales.
Cada documento que Jack me mandaba transcribir era después redactado, revisado y corregido por mí para su posterior visto bueno.
Las cuentas de la empresa comenzaron a mejorar en las primeras semanas y los beneficios a duplicarse para cuando llegó la primavera del setenta y nueve.
Lo cierto es que jamás me sentí especial ni llegué a creerme del todo haber sido tan importante para la empresa o para Jack, pero los hechos eran contundentes e irrefutables y sería falsa modestia haberlos negado.
El hecho es que había tenido una muy buena educación en la facultad y el mérito de saber corregir errores administrativos era más de los buenos profesores que había tenido que de mi facilidad para aprender los contenidos de sus materias.
No obstante, no le voy a quitar mérito a la otra parte, la emocional, la de mi intuición, que siempre estuvo trabajando para mí en un segundo plano dando soporte a mis decisiones, apuntalando las correctas y haciéndome rechazar las equivocadas.
Mas no todo fue camino de rosas a lo largo de aquellos primeros meses de un sueño hecho realidad.
A pesar de los buenos resultados y los considerables pluses que cobraba de la empresa como recompensa por cada gestión que ahorraba carros y carros de dólares, tenía que lidiar con el odio de algunos de mis compañeros, especialmente el de Greta, la contable.