CAPÍTULO 16 #6
A pesar de que sólo tenía diez minutos para llegar puntual a la cita con mi nuevo jefe, el señor Armstrong, me tomé un rato para sentarme en un banco y disfrutar de los olores de la mañana de otoño.
La gente fluía como el agua de un río en una y otra dirección, aparentemente sin un destino, desordenadas, caóticas, apurando al límite cada centímetro de acera para evitar invadir el espacio personal de los demás transeúntes.
Tras un rato abstraída en mis pensamientos, consulté el reloj y comprobé que apenas tenía un par de minutos, así que me incorporé a toda prisa y entré en el recibidor del edificio que en adelante sería mi centro de trabajo, ignorante e ingenua, esperando que fuera el último y definitivo.
Que jamás volvería a tener otro empleo que no fuera aquel, desconocedora de que la vida siempre se cobraría el precio de los días buenos con otros duros y terribles, como si buscara encontrar un indeseable equilibrio para el que no estaba preparada, pero que llegaría…
Aunque no había empezado a trabajar, el día estaba siendo maravilloso.
El desayuno con Mateo había sido inesperado, tierno y amorosamente dulce.
Habíamos compartido alimento como una pareja de recién casados, mirándonos y deseándonos, hambrientos el uno del otro.
Era también el día en que Gabriel recibiría el alta, curado ya de sus heridas y era el día del inicio de toda una carrera en Wall Street.
Había hablado por teléfono con papá la noche anterior y, tan duro como era, se había echado a llorar, expresando de la forma más emocional posible una mezcla entre el más arraigado orgullo y la tristeza por no poder estar a mi lado en un momento tan especial para su hija predilecta; su preciosa, cantarina, bailarina y siempre dicharachera Isabeliña…
El turbo elevador nos llevó a un grupo de personas a la planta deseada tan rápido como un cohete Saturno V, haciéndome experimentar la sensación de estar despegando en un avión a cada arrancada que daba.
A la hora señalada en punto llegamos a mi planta y, tras despedirme cortésmente de mis fugaces compañeros de cabina, caminé a toda prisa dirección al despacho de mi nuevo jefe, nerviosa, temblando como un flan, aunque también feliz e ilusionada, ansiosa por demostrar que todo lo que había aprendido en la facultad y por lo que había sido contratada no era sino la confirmación de mi gran capacidad de adaptación y responsabilidad.
Llamé a la puerta golpeando rítmicamente con los nudillos el elegante relieve de la madera de cedro y una voz gruesa y varonil me llegó del otro lado.
—Adelante.
El señor Armstrong, o más bien Jack, como siempre quiso que me refiriera a él, leía unos papeles, sentado al elegante escritorio de su despacho, sobre el que apenas había unos pocos memorándums, una pluma Parker dorada, una lamparita de cristal verde y un vaso tipo Tumbler rellenado hasta dos dedos de altura con un líquido amarillo que no podía ser otra cosa más que Bourbon del caro.
Automáticamente mis pensamientos retrocedieron en el tiempo a la época en que Mateo abusaba de las bebidas de alta graduación a tempranas horas y mi rostro se ensombreció justo cuando Jack, enfrascado en la que parecía ser una importante lectura, al fin reparó en mi presencia.
—Buenos días, Isabel —saludó modulando su profunda voz para hacerla parecer más amable y cercana—. ¿Preparada para tu primer día de trabajo?
Ahora era yo la que levantaba la vista hacia él, ofreciendo una expresión de tristeza provocada por el recuerdo. Desde luego, no era aquello lo que había previsto.
—¿Estás bien, Isabel? Pareces cansada.
—Eh, no, es sólo que… No he dormido bien por los nervios —me apresuré a forzar una sonrisa que pareció lo suficientemente convincente.
—En ese caso, permíteme que te ofrezca un café antes de enseñarte tu nuevo puesto de trabajo.
Ya sé que, llegados a este punto, habrá quien piense que la exagerada amabilidad de Jack Armstrong podría esconder alguna sibilina intención para conmigo, pero he de aclarar que él era así con todo el mundo.
Siempre amable, comprensivo y servicial, era esquivo al prototipo de hombre de la época y, en contraste con su apariencia y tono de voz tan rudo, mi nuevo jefe era lo que vulgarmente se denomina “ un trozo de pan ”.
Se incorporó pesadamente de la silla y me preparó el café más delicioso que he probado en toda mi vida.
La gente rica como él podía permitirse aquellos lujos.
El mejor bourbon, el mejor café, la mejor comida, la mejor casa, el mejor coche…
No obstante, sus problemas eran en proporción también mayores y eso es algo que la mayor parte de la gente, sobre todo la más envidiosa, pasa por alto.
Y es que para llegar a la cima hay que sacrificar muchas cosas; desde lo más obvio como la vida familiar y el contacto con los hijos, hasta las pequeñas cosas como los paseos por el parque, las representaciones infantiles en la escuela o poder asistir al primer partido de fútbol de tu hijo.
Por mi parte, siempre tuve muy claro esto y, lejos de ser codiciosa, he admirado incondicionalmente a la gente que ha logrado llegar a la cima, pues entiendo bien el precio que han tenido que pagar para ello.
Disfrutamos de la taza de café charlando sobre nuestras familias como si fuéramos dos viejos amigos, haciéndome él sentir cómoda, barriendo el nerviosismo como si fueran motas de polvo arrastradas por una suave brisa.
Él me habló con orgullo de su esposa, de origen alemán y que trabajaba como traductora en el edificio de las Naciones Unidas.
También de sus hijas, Thais y Gilda, dos preciosas mellizas de cinco años con el pelo rubio como el trigo y los ojos tan verdes como el césped recién cortado.
Sacó de un cajón del mueble en donde guardaba la cafetera un álbum de fotos y me lo enseñó, explicando con calma y como si dispusiera de todo el tiempo del mundo cada instantánea; en dónde había sido tomada, en qué época, describiendo asimismo cada detalle.
—Es usted muy amable por compartir esto conmigo, señor Armstrong —me aventuré a apuntar mientras observábamos una preciosa foto, con el mar desenfocado al fondo y en la que sostenía en brazos a sus hijas con una sonrisa de felicidad y la vista perdida en el horizonte.
Me pareció el hombre más atractivo que había conocido jamás.
—No tengas tan buen concepto de mí, Isabel. Y recuerda que debes llamarme Jack. En adelante pasaremos mucho tiempo juntos y vas a ser mi mano derecha. Necesito saber si puedo confiar en ti y por eso te cuento todo esto.
—Por supuesto que puede usted confiar en mí, señor…
—Recuerda, Jack… —interrumpió.
—Por supuesto, Jack, pero es que todo esto es tan nuevo y precipitado para mí... Hace sólo cuatro años era una mujer anónima que se dedicaba a coser para ayudar a la economía familiar y ahora… ahora me acabas de identificar como tu mano derecha.
Jack se acomodó en la silla y tomó un sorbo del café que todavía humeaba en la taza estilo Versace.
—Escucha, Isabel. ¿Quieres que te cuente el secreto de mi éxito?
—No sé si soy merecedora de tal honor —contesté espontáneamente con un inesperado ademán de cinismo que hizo reír a mi interlocutor.
—Yo tampoco sé si eres merecedora, pero lo diré igualmente, porque gracias a eso entenderás mi cercanía contigo.
—Está bien, pues. Adelante Jack —imitando su postura distendida y actitud cómplice, me recliné en la silla y tomé un sorbo de café. Ciertamente era lo más delicioso que había probado jamás…
—Pues bien, Isabel. Es muy simple… Mi secreto es que sé reconocer a las personas y, en tu caso, supe tan pronto te vi que serías la indicada para este trabajo.
Eres una mujer madura, curtida en mil batallas, experimentada y extremadamente inteligente.
No me invento nada de esto y ahí está tu currículo académico para dar fe.
Es una auténtica gesta haber sacado una carrera universitaria en un idioma que no es el tuyo y que aprendiste a los cuarenta años.
Pero todavía lo es más hacerlo en la mitad de tiempo que un nativo.
Tuve la convicción nada más cruzar un par de frases contigo de que el puesto sería para ti.
—Es todo un halago, Jack.
—No, no lo es. Sólo es un relato de hechos objetivos. La pura y cruda realidad… Y ahora, si me permites apurar este café, te enseñaré tu nuevo puesto y tus funciones.
Jack me enseñó mi escritorio, mi primera mesa de trabajo en una oficina, que, si bien no estaba fabricada en maderas nobles como la de él, presentaba un diseño funcional y moderno, presidida por una máquina de escribir Remington último modelo y varias bandejas con diferentes formatos y colores de papel.
Tenía tres cajones altos a la derecha, con un archivador para carpetas volantes y un cajón central para los útiles de papelería; grapadora, perforadora, bolígrafos, lápices, minas de recambio, afilador, etc.
También tenía la que sería mi principal herramienta de trabajo; una libreta A5 con espiral y tapa dura para recoger en taquigrafía los dictados de Jack y pasarlos a máquina de escribir más tarde.
—¿Te gusta? —indagó Jack cuando terminé de instalarme.
—Por supuesto —exclamé entusiasmada—. Casi tanto como el café de antes.
—¿En serio te ha gustado el café? No está el paladar de cualquiera preparado para él. Es de una variedad que sólo se cultiva en Venezuela y que importa la empresa de un buen amigo mío.
—Sí, sí. Es lo más rico que he probado jamás.
—En ese caso, que sepas que, una vez al mes, un repartidor te llevará un paquete a casa para que lo disfrutes tanto como yo lo hago. Ese será el regalo de bienvenida de ti para mí y tu primera gestión en la empresa. ¿De acuerdo?
—Pero yo…
—Ni, pero, ni nada, Isabel. No aceptaré un no como respuesta.