CAPÍTULO 16 #5
El doctor Fernández, tal y como había prometido, me acompañó hasta la planta en la que habían hospitalizado a Gabriel, no sin antes haberme tranquilizado con una frase que me dijo estando solos en el ascensor y que me hizo el efecto de un bálsamo curativo.
—Tranquilícese, Isabel, si lo han ingresado en la planta cuarta es que está fuera de peligro. De otro modo estaría en los quirófanos o en la unidad de vigilancia intensiva.
La puerta de la habitación estaba entreabierta y salía tan poca luz al pasillo a través de las ventanas que entendí que las cortinas estarían echadas, seguramente para que Gabriel pudiera descansar.
La empujé suavemente para entrar, mas por falta de engrase, los goznes chillaron como una bandada de grajos.
—¿Quién anda ahí?
Era la voz de Gabriel. Sonaba algo diferente, más grave si cabe, tal vez por estar tumbado en la cama… pero era él. Una madre jamás se confundiría. Mi hijo…
Sabiendo que no lo despertaría, terminé de empujar del todo la puerta y entré desesperada cual elefante en una cacharrería . Me lo encontré saboreando un yogur natural sentado en un lateral del colchón.
—Pero… ¿¿qué demonios?? —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca cuando caí en la cuenta de que estaba en perfecto estado y me abalancé sobre él para abrazarlo.
—¡¡AAAAHHHHHHH!! —gritó mientras lo estrujaba entre mis brazos.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa?!
—¡Mamá, que me acaban de pegar un tiro en la pantorrilla derecha y me has rozado la herida! ¡Ten cuidado, por Dios!
En aquel momento pensé en lo que haría al instructor que me llamó a casa para darme la noticia, haciéndome creer que lo peor había ocurrido.
¿Qué le habría costado al muy canalla decirme lo que había pasado?
Me habría ahorrado un terrible disgusto y un shock psicológico a Mateo.
De un modo u otro, aquel hombre iba a experimentar en sus propias carnes la ira de una madre furiosa…
Fue algo que me juré en aquel preciso momento.
—Pero… ¿estás bien? ¿Cómo ha ocurrido? ¿Sólo ha sido en la pierna? ¿Has perdido mucha sangre? ¿Te duele todavía?
—Vale, vale, vale… para el carro, mamita, que estoy bien.
Ha sido un tiro limpio y sí que he perdido bastante sangre, porque la bala ha tocado una arteria.
Voy a estar un par de días en observación, pero me han quitado el proyectil y no hay tejido dañado.
Por suerte no ha causado daños y en un par de semanas, cuando los puntos hayan cerrado, podré reincorporarme.
—Pero, no entiendo. ¿Cómo puede ocurrir algo así en una academia?
—A veces pasan accidentes. ¿Qué le vamos a hacer? Al compañero que tenía a mi lado, se le cayó el arma al suelo con los nervios y eso que le dije que usara guantes, pero no me hizo caso. Las manos le sudan a mares y tiene muy poco temple. No creo que supere las pruebas de acceso.
—Al grano, hijo, por el amor de Dios.
—Vale, mamita, vale… Nada, como te decía, se le cayó la pistola y, como estaba amartillada, se disparó y me alcanzó la bala. No hay mucha más historia, salvo que he tenido mucha suerte de que me diera en la pierna y de que no me haya dejado secuelas…
—No, sí ya veo que estás aquí comiendo como un rey.
—Sí, el médico me ha dicho que debo recuperar líquidos y como me había entrado hambre, pues me han traído un yogur.
La verdad es que todo ha sido muy rápido.
Me atendieron nada más llegar, me quitaron la bala, me cosieron y me subieron a esta habitación.
Hace sólo cinco minutos que estuvo aquí la enfermera para ver cómo me encontraba y le pedí que corriera las cortinas.
—¿Y eso? ¿Estás bien?
—Sí, sólo un poco de dolor de cabeza, pero creo que el analgésico ya me está haciendo efecto. Seguramente me eche a dormir un rato. Con tanto trajín necesito descanso. Y… por cierto, ¿papá no ha venido?
—¡Dios mío! ¡Tu padre! Me he olvidado de él. ¿Te importa si bajo a urgencias a ver cómo sigue?
—¿Cómo sigue? ¿Le ha pasado algo?
—Nada, sólo que por los nervios se ha sentido algo indispuesto y lo han metido en un box.
—Entonces baja, mamita. Yo estoy bien, no te preocupes.
Fue una larga e intensa jornada. Un día para recordar aquel, el de mi primera entrevista de trabajo.
El día en el que me dieron la noticia de que al fin se cumpliría mi sueño y trabajaría en Wall Street.
El día en el que mi hijo recibió el primer y único disparo en toda su carrera como policía.
El día en el que descubrí que mi marido era también humano y entendí que el amor que por su hijo profesaba iba más allá de lo sobrenatural.
El día que entendí que mi capacidad de percibir el futuro seguía intacta, más fuerte que nunca y que en adelante seguiría, para bien o para mal, a mi servicio…
Al lunes siguiente, cambiaron muchas cosas en mi vida. Fue el día en el que Gabriel recibió el alta del hospital. Su rápida capacidad de recuperación había sorprendido al equipo médico y le dieron el alta mucho antes de lo previsto.
Fueron a recogerlo Mateo, Alberto, Lucía y Leslye, que se había convertido en toda una señorita de trece años.
Más tarde me contarían que todavía cojeaba ostensiblemente, pero el doctor Fernández, tan amable y cercano como siempre, y que se había querido ocupar personalmente del caso, les había jurado que este efecto desaparecería al cabo de un par de semanas si tomaba la medicación y hacía los ejercicios que le había aconsejado a Gabriel.
¿Que por qué razón no fui a recoger al hospital a mi hijo único, precisamente el día en que le daban el alta tras haber recibido el disparo de un arma de fuego? Pues lo cierto es que dicho así suena muy feo, pero sabía que él estaba bien y, además, fue mi primer día de trabajo…
El otoño del setenta y ocho fue el más feliz de mi vida.
Sin duda alguna y, a pesar de que lo hubiera sentido antes con convicción, durante aquella nostálgica estación que los americanos llamaban “fall” por la caída de la hoja, mis sueños se convirtieron al fin en realidad.
Recuerdo como si fuera ayer mi primer día de trabajo en Wall Street, en una mañana soleada y exageradamente fría, a falta de dos meses todavía para el comienzo del invierno y las primeras nevadas.
Me levanté muy temprano, pues era incapaz de dormir por efecto de los nervios, y me senté en el sillón de lectura en mitad del salón a relajarme con la última novela de Colleen McCullough, “El pájaro espino” —una escritora a la que me había aficionado a raíz de la publicación de “Tim” su primera obra de éxito— que narraba la historia de amor entre un atractivo joven albañil y una mujer madura.
La trama me mantuvo enganchada hasta que los primeros sonidos del barrio desperezándose llegaron a mis oídos. Aproveché que estaba ya despierta para preparar un desayuno a Mateo al más puro estilo americano; con huevos, tocino, tortitas, zumo de naranja y un gran tazón de café.
Mientras observaba con satisfacción como mi marido disfrutaba del almuerzo, conversábamos en cómo iba a ser nuestro día.
Él se había pedido el día libre en el trabajo para pasarlo con Gabriel.
Lo recogería del hospital y, junto con Alberto, los tres hombres de mi vida, cuatro, sin olvidarnos de papá, pasarían el día en el jardín de casa bebiendo cervezas —las de mi hijo sin alcohol para no interferir con la medicación— y disfrutando de una barbacoa con otros vecinos a los que habían invitado.
Iba a ser un día sin duda memorable para todos.
El hecho de conversar sobre lo que ellos iban a hacer me distraía de lo que estaba por venir para mí y hacía que mi nivel de nerviosismo oscilara como un dial, en la medida en la que por momentos recordaba que iba a ser mi primer día de trabajo…
Una vez Mateo se hubo marchado, me duché y estrené el conjunto que tenía reservado para la ocasión. No quise mirarme al espejo ni tan siquiera al maquillarme pues no quería ver mi reflejo hasta haber terminado de arreglarme.
Me tomó media hora desde que empecé a vestirme hasta que di la última pincelada de sombra de ojos.
Después, me acerqué lentamente, con la vista clavada en el suelo, al espejo de pie que teníamos en la habitación, junto a la cómoda.
Para cuando vi mi reflejo comprendí que estaba hecha para llevar aquellas ropas, pues por un momento pasó por mi cabeza la imagen de la atractiva mujer que tan solo cuatro años antes había cautivado mi atención mientras caminaba por Wall Street…
la mujer que me había servido de modelo y que, junto con el empujón de papá y el resto de la familia, me había llevado a tomar la decisión de retomar los estudios y cursar en tiempo récord una carrera universitaria.
El metro se llenaba hasta la bandera a la hora punta y comprendí que había cometido el error de tomarlo en el primer día de trabajo.
Debería haber parado un taxi y, aunque habría sido notablemente más caro, la ocasión así lo merecía.
Con ello me habría evitado media hora de trayecto en la que el caro perfume que había comprado ex profeso para causar buena impresión no terminara diluyéndose, absorbido su aroma por el roce de decenas de seres humanos hacinados en el transporte público a primera hora del día, la mayor parte de ellos nerviosos, sudorosos, incómodos y apretados en el antiguo vagón de uno de los sistemas de metro más antiguos del planeta, estrenado allá por el 1904 y que presumía ser uno de los pocos que jamás cerraba.
Salí de la estación y, por primera vez escuché de otro modo los sonidos de la gran ciudad.
Vestida como una elegante recién licenciada todo parecía diferente en el primer día de trabajo.
Las bocinas y los motores de los coches, el bullicio de miles de conversaciones humanas tratando de sobreponerse a los decibelios del tráfico de la urbe o el rumor de las ambulancias o coches de policía haciendo sonar las sirenas en la lejanía, me anunciaron al salir de aquella boca de metro que todo estaba a punto de comenzar.