CAPÍTULO 16 #4
Mateo, orgulloso padre de un solo hijo, se desvivía por Gabriel.
Siempre estuvo a su lado en los buenos y malos momentos, como un padre abnegado, pasando por encima de mis propios deseos y ante los reproches de que lo estaba malcriando.
Siempre quise educar a mi hijo como lo habían hecho mis padres conmigo; con mucho cariño, ante todo, pero favoreciendo su independencia.
Era el único modo que conocía para criar a un adulto responsable.
No obstante, Mateo se preocupaba demasiado de él…
Si había que llevar a Gabriel a clases particulares, ahí estaba mi marido.
Si había que llevarlo a los entrenamientos después de clase, él se ocuparía.
Si había que comprarle un regalo por navidad, a pesar de que las calificaciones no hubieran sido las mejores, desoyendo mis deseos, Mateo era el primero en la cola de la tienda de juguetes.
Y no es sólo en ese ámbito, en el que mi esposo ponía por delante de todo los deseos y bienestar de Gabriel, pues incluso me llegó a confesar en uno de sus peores momentos durante la convalecencia del cáncer, que si de algo se preocupaba por encima incluso de su propia salud era del efecto que en Mateo estaba teniendo la terrible enfermedad y que si debía morirse para que el muchacho dejara de sufrir, pues que Dios se lo llevara de una vez y lo liberara de tan pesada losa.
Tengo más pruebas de lo que afirmo, como cuando el muchacho se ponía enfermo siendo niño.
Mateo, pronto perdía la compostura así que la fiebre superaba los treinta y ocho grados y era yo quien tenía que ponerse al mando de la situación.
A la más mínima señal de que Gabriel pudiera empeorar, se lo cargaba en el coche y lo llevaba al hospital a toda prisa, hasta que un día me tuve que enfadar con él y ponerle límites a este respecto, pues en la sala de urgencias estaban hasta el gorro de la desesperante y descontrolada actitud del padre primerizo…
Camino al hospital, Mateo conducía como lo haría un muchacho sin experiencia.
Con brusquedad y continuos acelerones y frenazos, manejaba el coche familiar.
Llegamos al centro médico con las puertas llenas de arañazos contra los coches aparcados y los dos espejos retrovisores arrancados de cuajo.
Mi marido conducía pálido, ido, ausente de la realidad, provocando en mí un estado de pánico que no cesó hasta el momento en que detuvo el vehículo ante la puerta de urgencias.
Tal era la expresión de Mateo y el estado del coche, que dos celadores que aguardaban fumando un cigarro en la recepción del servicio de emergencias, nos asistieron rápidamente.
Pensando que, acabados de salir de un accidente de tráfico, llegábamos al hospital en busca de ayuda, tomaron dos sillas de ruedas y se abalanzaron sobre nosotros.
El pobre celador al que le tocó la puerta del acompañante se llevó como recompensa un portazo en las narices, ya que salí corriendo en dirección al mostrador para preguntar por Gabriel.
No obstante, Mateo permaneció en su asiento y, aturdido y pálido como un muerto, completamente ausente de la realidad, se dejó transportar hasta la recepción, llegando a mi lado justo cuando una amable enfermera a punto estaba de darme las señas de mi pequeño gran hombre.
—Su hijo está ingresado en la planta segunda. Al ser una herida de bala, tenemos un protocolo muy estricto y se encuentra aislado mientras no termine la investigación del accidente.
—Pero… ¿está bien? ¡Dígame como está! ¡¿Acaso peligra su vida?!
—No tengo esa información, lo siento mucho. Va a tener que aguardar en la sala de espera a que baje el médico. Yo le dejaré recado de que sus familiares están aquí.
Mateo permanecía a mi lado en silencio, mirando los fluorescentes del techo como si en ellos se estuvieran proyectando imágenes hipnóticas.
El celador que movía la silla de ruedas había entendido al oír mis palabras que aquel hombre estaba en shock, así que había avisado a un médico para que lo asistiera de urgencia y le recetara algún tipo de ansiolítico.
Mientras tanto, yo me armaba de la poca paciencia que me quedaba en aquel momento, para no saltar por encima del mostrador y tomar del cuello del batín a la enfermera, sacudiéndola hasta que me concediera el paso a la habitación de mi Gabriel.
—Escuche, señorita. No hay fuerza en este mundo que pueda evitar ahora mismo que suba hasta donde quiera que esté mi hijo, así que pienso que lo mejor para todos será que me diga el número de habitación y me indique el ascensor que debo tomar.
—Como ya le he dicho, no puedo autorizarla a entrar por el momento. Lo más que puedo hacer es avisar al médico de urgencia y que baje lo antes posible para darle explicaciones.
Lo cierto es que la rigidez con el protocolo llegó a sacarme de mis casillas y, a punto estuve de cumplir con el desagradable espectáculo que se estaba forjando en mi cabeza. Por suerte, el médico que había sido avisado para atender a Mateo llegó en el instante más oportuno.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Me volví hacia el doctor. Debía medir más de dos metros y era tan corpulento como un gorila. Ciertamente impresionaba tanto su apariencia como su tono de voz grave y cavernosa, tan profunda como la gruta más angosta de la última cueva antes del centro de la tierra…
—Yo… soy la madre de un policía —supuse que la pequeña mentira ayudaría a empatizar al galeno, y no sabía hasta qué punto funcionó…—. Está ingresado en planta y no me dejan verlo por no sé qué protocolo del demonio…
—¿Y su marido? Me acaban de avisar que no está bien.
Por primera vez desde que me bajé del coche en la entrada de urgencias reparé en el estado de Mateo.
Para ser justos, diría que más bien reparé en la existencia de Mateo, porque lo único que pasaba por mi cabeza era llegar al lugar en donde quiera que tuvieran a Gabriel ingresado y averiguar su estado de salud.
—¿Mi marido? Eh, sí, es este… ¿Mateo? ¡¿Mateo?!
No reaccionaba. Seguía ido, ofuscado, cegado, oscurecido por un ataque de pánico tan fuerte, que lejos de transformarse en un violento golpe de ansiedad lo había convertido en apenas un vegetal, postrado en la modesta silla de ruedas que el celador había conseguido para él.
Viendo que no reaccionaba, el doctor me hizo a un lado con suavidad y, sacando una pequeña linterna del bolsillo, estudió la dilatación de sus pupilas, así como los reflejos.
Después descolgó el fonendo del cuello y auscultó su ritmo cardiaco durante unos pocos segundos hasta que se dirigió a la enfermera que le acompañaba.
—Escuche, Cynthia, lleve a este hombre al primer box que quede libre. Enseguida estaré con él.
La enfermera obedeció y empujó la silla en dirección opuesta, quedándome sola en tan complicada situación, a miles de kilómetros de mi hogar natal, sin tan siquiera saber si mi hijo estaba vivo o muerto.
Por un instante me pasó por la cabeza un fatal pensamiento; ¿quién demonios me habría mandado a mí emigrar?
Con todo lo que había sufrido en aquel maldito país y la vida tan tranquila que podría haber tenido en España…
Me habría casado con un buen hombre que cuidaría de mí y habríamos tenido muchos hijos.
Además, con mamá y papá cerca para cuidarme, por mal que me fueran las cosas sabría que siempre podría contar con ellos y sino, estarían mis otros hermanos.
Javier hacía tiempo que había regresado a casa y las cosas le habían ido bien, incluso había montado una empresa de construcción.
Mi hermano pequeño Fernando, siguiendo los pasos de papá, se había convertido en mecánico y después en conductor de autobuses y camiones.
También estaba Raquel, mi hermana mayor, que jamás permitiría que nada malo nos pasara y que cuidaría de mí en los malos momentos como si de mamá se tratara.
Sentí el impulso de telefonear a Alberto y explicarle la situación. Por las buenas o por las malas, él sabría arreglarla, mas la casualidad una vez más quiso que la fortuna estuviera de mi parte y las amables palabras del doctor me sirvieron a un tiempo de consuelo y solución a mi problema.
—Isabel… Creo que así se llama, ¿no es así?
—Así es, doctor.
—Sabe, yo también soy padre de una mujer policía y entiendo muy bien cómo se siente. Hace un par de años mi hija resultó herida en un tiroteo y nada me habría impedido estar a su lado cuando me la trajeron al hospital.
—Gracias, doctor, al fin alguien me entiende —la voz grave y rumorosa del médico y la paciencia con la que las palabras se deslizaban de su boca ayudaron a calmarme.
—Vamos a hacer lo siguiente, Isabel. Yo mismo la acompañaré con su hijo y después me ocuparé de su marido. No debe preocuparse con él. Sólo está en shock y es algo perfectamente normal en situaciones traumáticas como esta.
—Muchísimas gracias, doctor. No sé cómo agradecerle…
—Olvídelo, para eso estamos los compatriotas —expuso guiñándome un ojo y bajando la mirada hacia la placa identificativa en su bata: Fernández García MD, rezada el cartelillo en letras doradas sobre fondo azul.
—Pero… ¿es usted español?
—Mi padre es de Guinea Ecuatorial y mi madre de Betanzos, así que podría decir que soy un gallego más, para ser exactos.
Seguramente el color de mi piel la habrá confundido, pero, créame, es una muy larga historia y ahora no tenemos tiempo.
Considéreme ahora mismo como su doctor, amigo y compatriota, ¿de acuerdo?
De repente, toda la rabia que había sentido contra américa hacía tan solo un par de minutos se disipó por completo y agradecí estar en un país tan global, tan diverso y cosmopolita en el que, inesperadamente, te podías encontrar con un vecino en circunstancias tan adversas.