CAPÍTULO 16 #3
Había sangre por todas partes en las fotografías que desfilaban por mi cabeza y hacían que mi cuerpo convulsionara, todavía dormido en el sillón del salón.
Sangre en la ropa, sangre en el suelo, salpicaduras en las paredes y hasta un rastro de sangre producido por un cuerpo, como si arrastraran un cubo de pintura roja por un suelo de baldosa blanca, otrora impoluto.
La cara de Gabriel aparecía intercalada en secuencias cortas con expresión de dolor en unas, fatiga en otras y pálida y blanca —por lo que entendí en mitad de mi fantasía onírica— fruto de la fuerte anemia producida por la pérdida de sangre.
Incapaz de soportar el dolor de la pesadilla, mi cuerpo se estremeció tratando de despertar a la realidad. El fuerte espasmo me acalambró las extremidades y produjo un dolor tan intenso que creí que llegarían a separarse del tronco. Y al fin abrí los ojos…
La lámpara del salón seguía en su sitio, queda, impertérrita, impasible a mi dolor y al paso del tiempo.
Los cristales de Swarovski apenas sí se movían por efecto de la suave brisa de verano que entraba por la ventana de la cocina, trayendo consigo olor a comida, el mismo olor que debería llegar próxima la hora de reunirme en casa con Mateo, a su regreso del trabajo.
Mas no podía ser. No era posible haber estado tanto tiempo durmiendo pues me sentía como si acabara de sentarme en el sillón apenas unos segundos antes de despertar.
Todavía temblaba por el susto y me hallaba empapada en sudor.
Me incorporé, prácticamente incapaz de sostenerme por mí misma y me tuve que apoyar en la pared del salón.
Las imágenes de la pesadilla todavía vibraban en mi cabeza, desfilando aterradoras una tras otra, torturándome, incapaz de diferenciar si había sido real o sólo un sueño.
Tal era la angustia que me precipité como pude hacia el teléfono que colgaba de la pared de la cocina.
Con su largo cable de cinco metros y el color amarillo chillón parecía estar mofándose de mí.
Me asaltó la idea de cómo resistiría el paso de los años con aquella pintura tan poco sufrida, sin duda un mecanismo de defensa en la mente para distraerme de la angustia y evitar un ataque de pánico.
Mas cuando iba a descolgar el teléfono, éste sonó con fuerza devolviéndome de regreso a la realidad.
Me sobresalté y pegué un inesperado respingo con la poca fuerza de mis entumecidas piernas, que apenas lograban sostenerme.
No cabía duda de que la adrenalina fluía por mis venas a raudales y prueba de ello era el ritmo cardiaco…
Por un momento entendí la razón de que mucha gente, en situaciones críticas de estrés, llegara a sufrir ataques al corazón.
Me obligué a cerrar los ojos y respirar hondo un par de veces antes de descolgar aquel curioso transmisor con forma de plátano…
—¿Diga? —pregunté casi sin fuerzas, tratando de parecer calmada. Temía la llamada de un hospital o de la misma academia de policía, diciéndome que Gabriel habría tenido un inesperado y fatal accidente.
—Buenos días, Isabel. Soy Jack Armstrong. Hemos tenido una entrevista de trabajo esta misma mañana.
No puedo describir la sensación de alivio que sentí en aquel momento. El que la llamada fuera del que iba a ser mi jefe los próximos años pasó a un segundo plano y entendí que no sería aquella la primera vez en mi vida que tenía una premonición mientras dormía.
—Buenos días de nuevo, señor Armstrong. Es un placer escucharle de nuevo. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Hay algo en mis señas que no le ha quedado claro?
—En absoluto, Isabel. De hecho, simplemente llamaba para expresar mis felicitaciones en persona. Ha sido elegida como el desafortunado ser humano con el dudoso privilegio de soportar mi mal carácter durante los próximos años…
El sentido del humor del señor Armstrong ayudó a que me relajara. Noté como los hombros caían hacia adelante y un profundo suspiro de consuelo brotó espontáneamente de mi boca.
—¿Va todo bien? ¿No pareces muy contenta? —el tono de voz de mi futuro jefe sonaba ahora confuso.
—No, no es eso. En realidad, estoy muy feliz de su llamada. El sueño de una vida y aquello por lo que tanto he luchado se ha hecho realidad.
La inocente sinceridad consiguió arrancar una modesta carcajada al señor Armstrong, un hombre inteligente y poderoso, a la vez que amable, cordial y, por encima de todo, muy humano.
—En ese caso, no se hable más, Isabel. Descansa bien el resto de la semana, porque el próximo lunes a las ocho de la mañana te espero en la puerta de mi oficina.
—Así lo haré, señor Armstrong. Ha sido usted muy amable en llamar personalmente para darme la noticia.
—Ha sido un placer. Al fin y al cabo, pasaremos muchas horas juntos los próximos años y, por cierto, sólo una cosa más…
—Diga, diga. ¿Necesita que lleve algo el lunes?
—No, no es eso. Por favor, llámame Jack. Soy hijo de un herrero emigrante de Suecia y vengo de una familia humilde. No me van las formalidades y menos con mi asistente personal.
Una vez más me sorprendió la cercanía del hombre rico y poderoso que vivía en una mansión de setecientas cincuenta hectáreas en Nueva Jersey.
—Si no le importa, al menos durante los primeros días, me gustaría seguir llamándole señor Armstrong. De otro modo me sentiría incómoda.
—Por supuesto, Isabel. Es muy respetable, pero verás que en un par de días te parecerá incómodo no hacer lo contrario.
—Seguro que sí, señor Armstrong. De nuevo, muchísimas gracias.
—No hay por qué darlas… clic.
Sorprendentemente, para cuando colgué el teléfono estaba recuperada de los efectos de la pesadilla y no podía ser más feliz por la buena nueva. No obstante, prevalecía un hormigueo en la planta de los pies que parecía querer esforzarse en subir por las piernas, haciéndolas flaquear.
Decidí ponerme con la comida, pues Mateo debía estar a punto de llegar del trabajo y quería preparar algo especial para celebrar mi contratación. Sin embargo, el teléfono volvió a sonar.
—Señor Armstrong, ¿puedo hacer algo más por usted?
—No, yo, eh, bueno, en realidad le llamo de la academia de policía —todavía hoy no entiendo cómo mi intuición pudo fallar de aquel modo, pues jamás lo había hecho.
—Ah, bueno, disculpe, es que estaba con otra llamada hace un momento. ¿Puedo ayudarle en algo? Gabriel tenía hoy un examen y no está en casa.
Clic… En ese momento cayó encima de mí la dura realidad como una pesada losa y, una fracción de segundo antes de que mi interlocutor pudiera contestar, lo entendí todo. Mi capacidad extrasensorial volvía a la carga…
—¿Le ha pasado algo a Gabriel? ¿Quién es usted? —mi tono de voz fue exigente, rudo y descarado, pero ahora sí tenía la certeza de que la pesadilla había sido una premonición en toda regla.
—Yo, eh, señora, en realidad —el hombre no sabía cómo expresarse. Tenía que dar una mala noticia a una madre sobre su hijo… una madre fuera de sí…—. Soy el instructor de Gabriel en la academia y llamaba para…
—¡Arranque de una vez, hombre! ¡Por el amor de Dios!
—Bueno, no querría ser brusco, pero es que ha ocurrido un accidente durante las prácticas de tiro y Gabriel ha recibido un disparo…
—Eh… ¿qué? ¿cómo?... Pero, está bien…
—Eso no lo sé, señora. Lo han trasladado en ambulancia al hospital Bellevue. Es todo lo que puedo decirle.
Sonaba falsa la última afirmación del instructor. Mucho me temí que las mismas imágenes que yo había visto en mi pesadilla las habría presenciado él mismo en directo.
—¡No me mienta! ¡Usted sabe algo más! ¿¿Cómo está mi hijo??
—De nuevo le digo que lo lamento mucho, pero no soy médico y es toda la información de que dispongo. Su mejor opción es dirigirse al hospital ya mismo y preguntar allí.
Me sorprendió la brusquedad del instructor, como si dar este tipo de terribles noticias no fuera más que un desagradable trámite para él… como si no fuera responsabilidad suya un “accidente” durante unas prácticas de tiro.
Renuncié a recibir más explicaciones de semejante energúmeno, mas no quise dejar estar las cosas así, como si nada hubiera ocurrido. Al menos, que se quedara preocupado.
—Esta conversación no ha terminado. Espero por su bien que Gabriel esté bien…
Esta última frase me trajo de vuelta a la realidad y la ira tornó en desesperación. Mi voz se quebró y me vi obligada a colgar mientras el cerebro estudiaba las opciones para llegar cuanto antes al hospital. Taxi, metro, esperar por Mateo…
—¿Qué le ha pasado a Gabriel? —Mi marido, siempre oportuno, había entrado en casa como un fantasma, ocultando tras la espalda un precioso ramo de rosas de diferentes colores y variedades que dejó caer al suelo en tanto vio mi rostro de preocupación —¿Qué ha pasado, Isabel? ¡Habla!
—Sí, es Gabriel.
Pronunciando el nombre de mi hijo sentí como se me desgarraba el vientre, desde el esternón a la vulva, como si me hubieran rajado de arriba abajo con un cuchillo de carnicero.
—Un accidente en la academia. Vamos al hospital y te cuento por el camino lo poco que sé.
Si ya es difícil para una madre recibir una noticia de tal calado, con el añadido de la incertidumbre sobre el verdadero estado de salud de un hijo, para un padre es algo traumático.
Siento decirlo, porque estoy convencida de que voy a herir sensibilidades con esto, pero nosotras somos más fuertes, al menos en ese sentido, y mi experiencia en tal ocasión no fue sino muestra de tal aseveración.
Ver como un hombre fuerte, curtido, experimentado, maduro, un hombre recién salido de un cáncer que a punto había estado de segar su vida, caía en el más profundo pozo de desesperación posible, perdiendo por completo el contacto común como si de un muñeco se tratara, me confirmó lo que ahora afirmo con rotundidad.