La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Pasado el incidente, subí los diecisiete pisos hasta el departamento de recursos humanos en un turbo elevador tan rápido que podría considerarse una parada más en un parque de atracciones.

Empleó en llegar a destino tanto tiempo como, por ejemplo, el del edificio de mi hermano Alberto en subir cuatro niveles.

Compartí aquel breve momento encerrada con cinco personas más, todas ellas distraídas, con cara de estrés, aprovechando cada segundo para releer los documentos mecanografiados con cifras y más cifras que llevaban en sus manos.

El piso diecisiete tenía su propia recepción. Como para no tenerla, pues cada nivel del edificio parecía ser una ciudad con vida propia, llena de personas que trabajaban como hormiguitas, plenamente centradas cada una de ellas a la feliz consecución de las tareas asignadas a su departamento.

La amable muchacha detrás del mostrador me indicó la ubicación de la zona de entrevista y así conseguí llegar a una enorme sala de espera abarrotada de modelos de revista.

La mayor de las aspirantes no tendría más de veinticinco dulces primaveras y todas y cada una de ellas vestía de la forma más atrayente posible para el público masculino que, por aquel entonces, copaba el cien por cien de los altos cargos, ya fueran estos públicos, como políticos o altos funcionarios, o como era el caso, en el ámbito de las grandes empresas.

Todas rubias, altas, elegantes y confiadas aguardaban sentadas luciendo sus mejores galas en la amplia sala de espera, imitando con su postura a las mujeres más deseadas del momento, como Susan Sarandon, Olivia Newton-John, Diane Keaton o Farrah Fawcett.

He de reconocer que me sentí acomplejada ante tanta belleza y juventud.

¿Qué podría ofrecer yo que no tuviera aquella competencia?

Cualquier hombre en su sano juicio habría optado por elegir a una de aquellas bellezas que ignoraba a la señora recién llegada como si fuera un bicho raro y mustio en mitad de su universo joven, colmado de estrellas de ilusión y planes de futuro.

Por el modo en que reparó en mi presencia alguna de ellas, diría que bien me podrían haber confundido con una asistenta que venía a preguntar si alguna deseaba café para sentirse más cómoda.

Incluso una de ellas, con un rostro angelical y ojos tan claros como una piedra de jade o una esmeralda, llegó a hacer ademán de reclamar mi atención para solicitar algún servicio, sólo viéndose interrumpida por otra muchacha más prudente sentada a su lado y que la hizo cesar de su empeño con un pisotón en los altos e incómodos zapatos de charol rojo que calzaba.

No obstante, ironías del destino, y habiendo sido inesperadamente la última de las candidatas en acudir a la cita, fui la primera en ser llamada…

—Bien, bien, bien, Isabel. Veo que tu historial académico es impresionante. Pero ¿qué puedes contarme de ti?

Mi interlocutor era el propio presidente de la empresa y se identificó como Jack Armstrong.

El puesto era para su secretaria ejecutiva y asistente personal, así que había querido hacer él mismo la entrevista.

No me extrañó cuando leí en el rótulo que descansaba encima del escritorio de roble el nombre de una mujer, probablemente una directiva de recursos humanos.

El señor Armstrong era todo un galán. Mediana edad, mandíbula potente, pelo negro como el carbón, en contraste con sus ojos claros, alto, elegante y atento en sus gestos y extremadamente educado.

En todo momento quiso que me sintiera cómoda en la entrevista, pues de todas las candidatas llegó a confesarme hacia el final que yo era su favorita.

—La mayoría de las jóvenes de la sala de espera van a llevarse una gran decepción cuando las descarten a las primeras de cambio sin tan siquiera haber sido entrevistadas —admitió con su grave y masculina voz.

—¿Por qué yo, señor Armstrong? Las demás candidatas son mucho más jóvenes y seguramente habrán estudiado en mejores universidades.

—Ciertamente, Isabel —pronunció mi nombre incorrectamente, con un exagerado acento americano que lo hizo sonar como “ Iceberg” o algo por el estilo—.

No obstante, ninguna de ellas ha superado ocho años de secundaria y estudios universitarios en cuatro.

Además, usted viene de otro país, otra cultura y su madurez y experiencia en la vida es justo lo que busco en mi asistente personal.

Sobre las demás virtudes de la juventud como el ímpetu o la ilusión, estoy seguro de que ninguna de ellas tendrá más que usted.

De otro modo, le habría resultado insuperable una proeza académica como la suya.

Lo cierto es que nuestra conversación fue muy breve, tal vez demasiado como para haberme hecho demasiadas ilusiones y salí del despacho con una sensación agridulce.

Me había pintado la situación de color de rosas y, sin embargo, contando a los descartes, todavía le quedaban varias muchachas con las que conversar.

¿Quién sabe? Tal vez cambiara de opinión, quedando prendado de alguna de las otras.

Para cuando salí del hall del edificio y respiré el aire fresco de la calle, me sentía embotada, saturada e insegura.

Gabriel me esperaba dentro del coche, aparcado en la acera justo junto a la puerta.

Leía distraído una revista cuando me vio salir con cara de susto, así que la arrojó por el aire hacia las plazas traseras y corrió para abrirme la puerta y ayudarme a entrar.

—¿Qué tal ha ido todo, mamita? —preguntó impaciente.

—No sé. Me ha dejado un poco frustrada. Qué puedo decir…

—¿Por qué dices eso?

—Parecía muy interesado en mí, tal vez demasiado, pero viendo la competencia que había en la sala de espera…

—¿Y eso?

—Todas chicas guapas, jóvenes, vestidas a todo trapo y pintadas como puertas. Tacones altos, largas melenas rubias y un currículo excepcional.

—Ninguna más guapa que mi mamita. Estoy seguro…

Las palabras de Gabriel me sentaron como un reconfortante bálsamo en el pecho, de esos con fuerte olor a eucalipto que te aplicas en las noches de invierno.

Análogamente, sentí como mi pulso se calmaba y con él mi agitada y nerviosa respiración, que mejoraba su cadencia a un ritmo más razonable.

Mi pequeño gran hombre, convertido en todo un futuro policía de Nueva York…

Después de plantarle un cariñoso beso en la mejilla por adulador, decidí cambiar de tema.

—¿Me dejas ahora en casa?

—Claro que sí. Hoy tengo examen en la sala de tiro de la academia y si llego tarde me lo dan por suspenso.

—¿A qué esperas entonces? Venga, arranca, o piensas dejar que tu madre se haga vieja aquí aparcada…

A pesar del tráfico de la ciudad en hora punta, Gabriel supo sortear las zonas más transitadas, callejeando entre estrechas vías perpendiculares a las avenidas, con lo que llegamos a casa en un santiamén.

Le pregunté cómo era posible que se conociera tan bien las calles de Manhattan y me confesó que todo se debía a una novia que había tenido en la zona.

Sus apretados horarios le habían obligado a buscar atajos y vericuetos por los que colarse si quería llegar en hora a los compromisos académicos.

Me dejó en casa muy temprano, con horas por delante hasta la hora de comer y todo el tiempo del mundo para preparar un delicioso plato a Mateo, que me había prometido que comería conmigo para celebrar el éxito de la entrevista.

Ojalá tuviera yo aquella confianza en mis posibilidades, o tal vez fuera cortesía o una forma de contagiarme su fuerza y sus ánimos.

Entiendo que, superado un cáncer tan grave como por el que había pasado, cualquier reto en la vida parecía algo nimio para él.

Esa reflexión me llevó a tomarme un descanso sentada en el sillón orejero del salón que mi marido usaba para leer la prensa o ver la televisión.

Aproveché para prepararme un café y lo disfruté bien caliente, a pequeños sorbos y a pesar del calor, que comenzaba a apretar.

Cuando lo terminé, dejé el pocillo sobre la mesita de centro y me tumbé hacia atrás sintiendo el tacto frío y reconfortante del cuero beige que lo tapizaba.

Cuántas horas había pasado mi Mateo allí sentado, distrayéndose de los avatares de la vida y los problemas del trabajo.

Creo que hasta podía notar sus pensamientos a través de las sensaciones que me transmitía el sillón.

Cómo habíamos sufrido durante estos últimos años.

Una pequeña y unida familia, apoyándonos unos a otros.

Habían sido tiempos difíciles para todos; con Alberto y su depresión, Lucía y las graves secuelas del accidente, nosotros con la mezcla entre añoranza de la tierra, la sombra de la más grave de las dolencias y la extremadamente frágil situación económica.

Inmersa en estos pensamientos, me fui relajando más y más hasta que me quedé dormida. Con la cabeza reposando hacia atrás, contando uno tras otro los cristales que decoraban la lámpara del techo del salón, mis ojos se fueron cerrando y caí en un profundo sueño.

Mas pronto se transformó en una pesadilla tan terrible y repentina que tardé en diferenciarla de la realidad unos largos segundos que me parecieron horas.

En ella, algo terrible le pasaba a Gabriel, aunque no sabría decir qué era.

Sólo veía fogonazos con imágenes inconexas y sonidos fuertes que se me quedaban fijados en los tímpanos y los hacían vibrar como la piel de un tambor aporreado por un grupo de gorilas furiosos.