CAPÍTULO 16
WALL STREET
Y al fin llegó el verano y el momento de estrenar mi regalo favorito de las navidades pasadas; el elegante traje de chaqueta con el que haría las entrevistas de trabajo.
No tardó demasiado en llegar la primera llamada de una empresa interesada en mis servicios…
ni la segunda, ni la tercera… Habiendo sido la primera de mi promoción y sacando la licenciatura en sólo dos años, no me faltaron oportunidades.
De la bolsa de trabajo de la facultad yo era la que encabezaba todas las listas, por lo que tuve un aluvión de llamadas de compañías de todo tipo.
Empresas de Brooklyn, Queens o Manhattan querían contar conmigo en su plantilla, mas yo tenía muy claro mi objetivo y esperé paciente, rechazando ofertas una tras otra hasta que finalmente llegó la primera de Wall Street.
El trabajo que ofrecían no podía ser más interesante.
Buscaban una secretaria ejecutiva y ayudante para el presidente de una compañía de inversiones con sedes por todo el país.
Era una empresa muy grande y el sueldo incluso más alto que el salario que recibía semanalmente Mateo como relojero.
Ciertamente, de conseguir aquel empleo íbamos a nadar en la abundancia…
Recuerdo haber estado muy nerviosa la mañana de la entrevista, pues un grave contratiempo ocurrió en un ámbito que jamás hubiera imaginado, y es que el traje de chaqueta había permanecido colgado dentro del armario, protegido desde las navidades dentro de una larga bolsa de plástico y, desde entonces, no me lo había vuelto a probar.
El problema es que en el medio tiempo en que terminé la carrera y llegó aquella primera oportunidad, disfruté de unas merecidas vacaciones en las que no hice prácticamente nada más que ocuparme de las tareas de casa y cocinar, así que he de reconocer que subí de peso unos pocos kilos.
El caso es que al ponerme el elegante atuendo la mañana de la entrevista y habiendo comprobado que no me entraba, el pánico se apoderó de mí.
Rápidamente barajé mis opciones, que pasaban por hacer algunos arreglos a todo correr, comprar un traje de chaqueta nuevo camino a Manhattan o salir ya de casa con algún conjunto que pudiera servir.
Lo cierto es que estaba muy enojada conmigo misma por no haber sido capaz de prever una circunstancia tan evidente, especialmente habiendo sido hasta entonces mi fuente de ingresos la costura.
Como se suele decir: “En casa del herrero, cuchillo de palo…”
Mas el contratiempo no me hizo desfallecer.
Optando por la primera de las tres opciones a mano, tomé aguja e hilo y, a toda prisa, hice a la falda del traje los arreglos imprescindibles como para poder abrocharla.
En cuanto a la chaqueta, decidí dejarla tal cual…
Si bien es cierto que no me cerraba, tampoco quedaba mal con los botones desabrochados.
Incluso diría que el conjunto ganaba en elegancia, pues así quedaba a la vista la preciosa blusa que cerraba el conjunto.
En un día tan especial, Mateo intentó disponer de vacaciones, mas la carga de trabajo en la joyería era tan alta que le fue imposible.
Por suerte, Gabriel sí pudo tomarse el día libre en la academia.
Estaba en la época de los exámenes físicos y la asistencia a clase no era indispensable.
Gracias a Dios que pude disponer de su compañía, pues estaba tan nerviosa que dudo haber podido tomar el metro por mí misma.
Mi valiente hijo, convertido en todo un hombre y futuro agente de policía, se ofreció a acercarme a la entrevista.
Tan atento y detallista, pidió prestado su coche a un buen amigo, propietario de un flamante Cadillac negro recién estrenado.
El muchacho era hijo de un adinerado banquero y, como Gabriel, había decidido, con la clara oposición de su familia, matricularse en la academia de policía, aunque sus miras eran más elevadas que las de mi hijo, pues apuntaba a ser algún día capitán de una comisaría.
Gabriel me obligó a sentarme en las plazas traseras y, vestido con su uniforme de cadete, se adentró en el tráfico de Manhattan haciendo el papel de chófer, como si del conductor de una limusina se tratara.
Ojalá pudiera decir que disfruté del viaje, mas mi preocupación se centraba en secarme el sudor para evitar que se empapara el traje y causar una mala impresión.
Mientras tiraba de toallitas húmedas para refrescarme, los escaparates de las tiendas en la zona más rica de Nueva York desfilaban ante mis ojos como vedettes, burlándose de una pobre mujer de aldea, cercana al medio siglo de experiencia vital.
Me pregunté en aquel momento, a punto de llegar a destino, qué estaba haciendo con mi vida.
¿Qué impresión causaría a mi entrevistador?
Mis competidores serían jóvenes altas, atractivas, inteligentes, llenas de vida.
¿Qué podría hacer yo contra ellas? ¿Quién se fijaría en mí teniendo unas rivales tanto o más aptas que yo para el puesto?
Todas estas dudas quedaron borradas de mi mente de un plumazo cuando descendí del Cadillac, con las piernas todavía temblando con tal intensidad que pensé que no me sujetarían y caería sobre la acera desplomada como un saco de grano.
Sin embargo, gracias a Gabriel y sus esfuerzos por complacerme, ocurrió algo que me hizo cambiar de opinión y es que nada más bajar del coche, un coro de miradas colmadas de envidia y deseo a partes iguales, según el género de su dueño, me hizo entender que lucía un aspecto inmejorable.
Ciertamente aquella gente que tanto admiraba y respetaba, todos ellos trajeados, vistiendo de punta en blanco, sucumbieron a la performance de mi hijo…
Tal vez pensaron que era yo la elegante dueña de alguna empresa o la hija o esposa millonaria de algún viejo ejecutivo.
En definitiva, me sentí al instante como una más, plenamente integrada entre ellos y mis nervios desaparecieron tan rápido como habían llegado.
Gabriel dejó el auto estacionado en lugar prohibido, marcando territorio, y me acompañó a la recepción del edificio, que pertenecía enteramente a la empresa de inversiones que convocaba la entrevista.
—Mucha suerte, mamita. Meriéndatelos a todos —susurró Gabriel a mi oído—. Yo daré unas vueltas con el coche por Manhattan y volveré en un par de horas. ¿Te parece?
—Claro que sí, mi hijo —contesté todavía con la incómoda sensación de que un orfeón de miradas se estaba clavando en mi espalda.
Dejando a un lado la compostura y el protocolo, Gabriel me besó en la frente y se despidió. Para cuando lo perdí de vista tras la distinguida puerta de cristal que presidía la recepción del edificio, el pánico pareció hacer presa en mí.
Tuve que cerrar los ojos unos segundos y controlar la respiración para evitar un ataque de ansiedad.
Me concentré en la aldea, la infancia, los juegos con mis hermanos y hermanas.
Cómo subíamos a los árboles, jugábamos al escondite o a indios y vaqueros.
Evoqué el recuerdo de los animales que cuidábamos; las vacas, las gallinas, los conejos, los cerdos…
y, de repente, todo pareció regresar a la normalidad.
Lentamente fui notando como el ritmo cardiaco se relajaba mientras recuperaba el control de mí misma.
Jugué con mis emociones, convenciéndome de que la situación no sería más compleja que cuando sacaba en las frías mañanas a las vacas a alimentarse con el pasto fresco, todavía cubierto con la escarcha de la noche.
Yo sería una vez más Isabel, la pastora de rumiantes y mis entrevistadores, e incluso toda aquella gente elegante que me rodeaba, sería el rebaño al que acompañaba y dirigía.
Todos ellos, o al menos en su mayoría, eran jóvenes procedentes de adineradas familias ricas americanas.
Su vida, ciertamente, había sido mucho más cómoda que la mía.
Sus estudios pagados, coche de regalo de papá por su dieciséis cumpleaños, criados en fastuosas mansiones con piscina, pista de tenis y servicio doméstico…
¿Quiénes eran ellos para darme miedo? Debería ser yo la que infundiera respeto. Qué demonios… Me lo había ganado…
—¿Puedo ayudarle, señorita? —un alto y fornido vigilante de seguridad de color se dirigió a mí tras el mostrador de recepción.
—Eh… yo… sí, venía a una entrevista de trabajo.
—Ah, ok, perfecto. Hoy las entrevistas son en la planta diecisiete. Por favor, deme sus datos personales y le entregaré una tarjeta identificativa para colocar en la solapa de ese refinado traje de chaqueta que le sienta tan bien a usted.
No podía creer que el primer contacto que tenía con otro ser humano en el edificio fuera con un muchacho tan joven y apuesto, que encima me tiraba los tejos…
La actitud del vigilante me hizo perder el miedo y me relajó, haciéndome recuperar el control de la situación. Con una sonrisa de agradecimiento le facilité mis señas mientras él tomaba nota en una carpeta de cuero repujado grabada con el logotipo de la empresa.
—Ahora tengo su teléfono, señorita. No puedo prometerle que no haga uso de él algún día para invitarla a un café.
—No creo que sea buena idea —contesté sintiéndome algo molesta.
Tal vez el muchacho estaba comenzando a traspasar la delgada línea entre el flirteo y el hostigamiento.
Levanté la mano derecha y la coloqué con el dorso hacia él, dejando bien claro en su línea de visión el anillo de casada— No creo que a mi marido le pareciera bien la idea…
Por primera vez en mi vida, pude comprobar que el rubor no es sólo cosa de los “pieles blancas”, pues el vigilante, sintiendo que había metido la pata hasta el fondo, se disculpó apresurada y torpemente, adquiriendo el color de la piel de su rostro varias simpáticas tonalidades y, por supuesto, ninguna de ellas coincidente con la original con la que lo acababa de conocer.