CAPÍTULO 15 #11
Fue una velada especial, más apropiada para una joven de veinte años, como mis compañeras, que para una mujer que cumpliría cuarenta y siete al año siguiente.
Sin embargo, no me arrepiento en absoluto.
Fue una experiencia grata, memorable, un resarcimiento, la consolidación de mi renacimiento, muy a pesar de mi cuerpo que tardó días en recuperarse de los excesos.
Arrastrada por el frenesí etílico, bailé con algunas de mis compañeras, al menos al principio, para más tarde dejarme llevar y hacerlo con los más apuestos muchachos…
no descansé ni un minuto en toda la noche.
Me dejaba arrastrar de brazo en brazo como poseída, aunque lo suficientemente lúcida como para nunca dejarme llevar más allá de lo que se podría llegar a considerar traición a Mateo. O al menos eso recuerdo…
Un taxi me dejó en casa sobre las cinco de la madrugada; cansada, mareada, pero todavía excitada y bajo los efectos de los cócteles. Coincidí con Gabriel, que justo acababa de llegar y aparcaba su coche.
—Caramba, mamita, vaya trompa llevas —afirmó sorprendido al verme caminar por la acera dando tumbos.
—Shhh, no hagas ruido, no quiero despertar a tu padre.
—No me extraña. Como te vea así le va a dar un trombo…
Juntos nos reímos por lo bajo, o eso pensábamos hasta que vi que se encendía la luz de mi habitación.
Gabriel, que nunca me había visto achispada, no lograba contener las carcajadas y a mí me dio la risa tonta, así que madre e hijo montamos una buena escandalera a altas horas de la madrugada…
Las luces de las demás viviendas comenzaron a encenderse.
Nos apresuramos a entrar en casa antes de que se percataran que los responsables no eran otros que la señora Isabel y su joven muchacho aspirante a policía.
Mateo, que se había despertado con el ruido, dándose cuenta de que estaba solo en casa, nos esperaba sentado a la mesa del salón con cara de pocos amigos, mas al vernos entrar trastabillados y riéndonos a mandíbula batiente, se contagió rápido de la euforia y allí mismo nos abrazamos los tres como integrantes de un equipo de baloncesto que acabara de ganar la temporada de NBA.
Gabriel cayó rendido a los pocos minutos de haberse tirado en cama vestido, así que entré en su habitación a arroparlo, tal y como hacía cuando todavía era mi pequeño hombrecito.
Estaba hambrienta y casi era la hora del desayuno, así que Mateo y yo almorzamos juntos unas tiras de tocino, huevos fritos, zumo de naranja y café solo, al más puro estilo americano.
Después, desvelada por la cafeína y siendo todavía demasiado temprano como para salir a dar un paseo, nos dimos una ducha juntos.
Hicimos el amor bajo el agua caliente y la abundante espuma.
Luego nos secamos, regresamos a la cama y volvimos a hacer el amor hasta que creí llegar a perder el sentido, mezcla de la más intensa sensación de placer y el cansancio acumulado de la noche.
Pronto, el efecto de la cafeína desapareció y nos quedamos dormidos, abrazados, con Mateo todavía dentro de mí, encajados como dos piezas de un juego de construcción destinadas a estar juntas para siempre…
Fueron unas navidades preciosas, con la familia americana más unida que nunca, celebrándolas también con los amigos; unos que habíamos conocido allí y otros muchos que emigraron a Nueva York antes o después de nosotros.
Eran tiempos felices en términos generales, aunque por la razón que más los recuerdo es porque fueron las primeras navidades en que al fin caí en la cuenta de que mi sueño se iba a hacer realidad.
Faltaban sólo seis meses para terminar la carrera y pronto me convertiría en una aspirante más a trabajar en Wall Street, con sueldo de universitaria, vestida con aquellos elegantes conjuntos que me habían cautivado.
Por las fiestas, Papá Noel me trajo como obsequio por haber sido una buena mujer, unas botas ejecutivas, y un traje de chaqueta gris con una blusa blanca a juego, algo así como mi primer uniforme de licenciada universitaria.
Era el atuendo, en definitiva, que utilizaría en la primera y única entrevista de trabajo y en mi primer día de trabajo.
Por aquel entonces, me comunicaba por carta con el resto de mis hermanos.
Una vez por semana, según el día que menos cansada me encontrara, escribía a cada uno de ellos con un resumen de los siete días, contándoles lo bien que me iban las cosas, cómo los echaba de menos y rezando para que nuestro siguiente reencuentro fuera lo antes posible.
Les hablaba de Gabriel, de Mateo, de Lucía, de Alberto o la pequeña Leslye y también recordaba travesuras de cuando éramos niños y la vida en la aldea era mucho más simple.
También les preguntaba por sus parejas, familias y trabajo, aguardando impaciente a que su contestación en el siguiente envío de correo postal fuera siempre positiva.
A quien raramente escribía era a mamá o papá.
A pesar de las quejas de Mateo por lo desorbitados de los cargos de la compañía telefónica, prefería telefonearme con ellos y escuchar su voz, sobre todo la de papá, tan grave, profunda y tranquilizadora para mí como lo había sido cuando todavía era una niña y me encontraba en apuros.
Con sus seis hijos convertidos en adultos de provecho, gente de bien, honrada y trabajadora, tal y como lo había sido siempre él, no podía ser más dichoso.
Por aquel tiempo, lo único que enturbiaba su felicidad era la depresión de Alberto, todavía muy afectado por el accidente que había provocado la minusvalía de Lucía.
No obstante, sabía que la cura la daría el tiempo y confiaba en la fuerza de su hijo para superarlo.
Era, por tanto, mi situación la única astilla clavada en su corazón, una espina que estaba a punto de arrancar de cuajo con los alicates de mi tenacidad…
A pocos meses de terminar la carrera, ya podía ver la luz al fin del camino y así se lo hacía saber a papá en cada conversación que teníamos.
En parte era para tranquilizarlo, convenciéndolo de que todo marchaba sobre ruedas con mis estudios y, en parte, porque al contarlo a viva voz sentía que mis objetivos cobraban vida propia, sobreponiéndose a la pereza que provoca vislumbrar la recta final de cualquier empresa, cuando la das por hecha y su consecución parece alejarse por momentos.
—Estoy muy orgulloso, filliña —me decía con la voz a punto de quebrarse, roto de felicidad, resarcido al fin del que sabía su error, feliz por su hija predilecta—.
Tú sola, lejos del hogar, en un idioma diferente, vas a capturar tus sueños al vuelo.
Has nacido para destacar sobre los demás, siempre lo supe.
Debí confiar en mi intuición y no hacer caso a tu madre cuando decidimos a cuál de vosotros dar estudios superiores.
—Lo has hecho muy bien, papá. No tienes nada de que arrepentirte.
Gracias a tus palabras y tu apoyo me decidí a retomar los estudios y doy por buena cualquier circunstancia del pasado que me haya llevado hasta aquí.
Si hubiera estudiado de joven, no habría conocido a Mateo ni hubiera tenido a Gabriel.
Seguramente estaría casada, con cuatro o cinco hijos y ahora sería un ama de casa más.
Jamás habría emigrado, ni viajado, ni conocido tanto mundo como hasta ahora.
Como ves, al final todo ha sido para bien.
Los días pasaron y aquellas navidades maravillosas se convirtieron en un recuerdo más, una memoria de lo que son los buenos tiempos y lo firmes que debemos ser valorándolos frente a los momentos de adversidad.
El invierno del año setenta y siete fue duro en Nueva York…
Nevó en abundancia y los temporales y tormentas alcanzaron la costa Este sin solución de continuidad hasta que llegó la primavera y con ella el deshielo, la floración de plantas y árboles en los parques, el buen tiempo, en definitiva, el olor a mar y a lavanda.
Apenas pude disfrutar de los paseos con Mateo, pues pasé gran parte de la estación encerrada en la habitación estudiando, al menos durante el tiempo que no estaba en clase en la facultad.
Con el apoyo de mi marido, renuncié a coser aquel último semestre para garantizar las calificaciones finales, y ese esfuerzo tuvo sus frutos cuando recibí el diploma universitario para el inicio del verano.
Todavía recuerdo con lucidez la ceremonia de graduación, todas vestidas con la toga y el birrete, subidas a un atril recogiendo los papeles que nos acreditaban como licenciadas.
Como más veterana del grupo y primera de la promoción, fui la elegida para pronunciar el discurso de fin de curso.
Nada menos que yo, una muchacha salida de una aldea de la Galicia rural, escogida para hablar en un idioma extranjero delante de una muchedumbre de familiares orgullosos, habiendo sido la primera de la clase y con los agravantes de haber hecho dos cursos por año, de no haber dejado mi trabajo salvo durante aquellos últimos seis meses y, por supuesto, siendo la mayor de todas ellas.
Me hubiera gustado tener allí a papá y a mamá, para verme subida hablando a los cientos de personas que acompañaban a los recién graduados, pero nunca habían viajado en avión.
Aquellas modernidades no estaban hechas para ellos y comprendí a regañadientes cuando rehusaron mi invitación a la ceremonia.
Incluso me ofrecí en vano a costear los billetes y alojarlos en casa, con lo que no tendrían que gastar un solo céntimo, mas mis denodados intentos fueron finalmente en balde…
A lo que no quise renunciar fue a grabar la ceremonia.
Sentado en primera fila, Gabriel me hizo los honores cargando estoicamente una recién estrenada videocámara Kodak de Super-8, que, a pesar de que no grababa audio, dejó un video precioso, una grabación que disfrutaría en varias ocasiones más adelante, reproduciéndola en un proyector en el salón, deleitándome al revivir la experiencia de uno de los momentos más bellos de mi existencia.
Llegué a hacer una copia de aquel video y lo envié a Galicia, para que mis padres, que no habían podido asistir, al menos pudieran disfrutar del momento.
Además, en el mismo paquete postal envié junto con el cartucho de Súper-8 una cámara nueva para que pudieran reproducirlo y grabar sus propios eventos si así lo deseaban.
Qué menos sino podría haber hecho por quienes me habían dado la vida, criado y brindado la oportunidad de emigrar a la tierra prometida…