La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 15 #10
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CAPÍTULO 15 #10

En primer lugar, las clases eran diarias.

No existía la modalidad semipresencial ni había horarios adaptados.

Tenía que fichar puntualmente la asistencia cada día y es que el ritmo de las clases era frenético, más para mí, que debía cursar dos niveles por año.

Es por ello que no había lugar para las faltas de asistencia.

En segundo lugar, todas éramos chicas. No había hombres enturbiando el ambiente, provocando conflictos entre nosotras. Éramos un grupo compacto, cohesionado y bien avenido de mujeres adultas con un claro objetivo en el horizonte, recorriendo un camino carente de distracciones masculinas.

En tercer lugar, siendo la mayor de todas ellas, jamás osé erigirme como la líder del grupo, asumiendo el rol de mamá de las demás: esa habría sido la opción fácil, la más cómoda para mí…

Yo era una más en el grupo y, gracias a eso, me aceptaron como tal, contagiándome su juventud, ilusión, frescura y ganas de vivir.

Recuerdo que durante el descanso entre clases a media mañana, bajábamos de las aulas a una cafetería frente al edificio y charlábamos sobre chicos, sobre la vida y nuestras fantasías de futuro.

Durante aquellas breves e intensas jornadas de media hora me sentía como una niña de veinte años.

Olvidaba que tenía marido, hijo y responsabilidades y me contagiaba de su juventud, absorbiendo como una vampiresa su entusiasmo y ganas de vivir.

Durante aquellos dos años, la mejor parte del día fue la que estaba en clase integrada como una muchacha más.

Siento ser egoísta en este punto, pero es la pura verdad y es que cuando llegaba a casa, tenía que ocuparme de la parte de las tareas del hogar que nos habíamos dividido entre Mateo, Gabriel y yo.

Después cenábamos juntos y comenzaba la parte laboral de la jornada y es que mientras los demás dormían, todavía me aguardaban cuatro horas de aguja e hilo hasta bien entrada la madrugada.

El cansancio y las horas de sueño se iban acumulando a lo largo de la semana y llegaba a los viernes tan agotada que los sábados por la mañana dormía hasta prácticamente la hora de comer.

Y el fin de semana no era mucho mejor que la semana, pues, aunque no trabajaba, estudiaba para exámenes, pasaba apuntes a limpio o repasaba dudas por teléfono con alguna de mis compañeras.

Y así, con esta estricta y dura, aunque feliz rutina, fueron pasando los días, las semanas, los meses y las estaciones hasta que al fin llegó mi primer y último verano universitario.

Un verano casi tan dichoso como el anterior y es que, mientras muchas de mis nuevas amigas y compañeras de estudios arrastraron asignaturas hasta la convocatoria de septiembre, yo logré terminar en junio el curso académico con todas las materias superadas, con el agravante en mi caso de que estaba matriculada en el doble que todas las demás chicas del nivel.

​ Sólo empañó de algún modo aquel verano la confirmación de que Gabriel pensaba matricularse en la academia de policía local de Nueva York.

Tal y como había prometido, había superado el curso con excelentes calificaciones y ahora tenía por delante un verano de trabajo duro en el que ahorraría para comprarse el coche por el que tanto había suspirado.

Estábamos en el año setenta y seis, en el que había cumplido la mayoría de edad y con ella, la total libertad de tomar la decisión sobre el futuro que mejor le pareciera.

Reconozco que me peleé como gata panza arriba para echar abajo sus planes y lograr que continuara estudios superiores, pero fracasé de lleno en el intento.

Mi hijo tuvo que soportar sobre sus hombros la incómoda sensación de la alargada sombra de su madre en todo lo que duró aquel verano.

Intenté disuadirlo a través de Mateo, mi hermano Alberto e incluso contactando con sus amigos.

Mi último intento fue con su novia, haciéndole ver lo peligroso que era el oficio de policía y que tendría un futuro mejor con él si sacaba una carrera universitaria y se dedicaba a una profesión sedentaria y mejor remunerada.

​ Mas todo esfuerzo fue en vano. Gabriel había heredado de su madre la tenacidad y si se fijaba un objetivo, ningún escollo en el camino, por grande que éste fuera, le habría impedido llevarlo a buen puerto.

Así que, finalmente, mi pequeño, ahora gran hombre, se compró su coche y, con el dinero que le había sobrado, se pagó él mismo las tasas de matrícula en la academia de policía de Nueva York.

​ Comencé al mismo tiempo que Gabriel el que a la postre sería mi último año académico y siento haber sido tan breve en la descripción de esta parte de mi vida, pero es que pasó tan rápido que prácticamente no soy consciente de haberlo vivido.

Algo así como el despertar de un vívido sueño, tan real, que cuesta diferenciar de un recuerdo…

​ Fueron ocho años de esfuerzo académico concentrados en tan solo cuatro ciclos solares completos, tan intensos que en realidad trascurrieron como si fueran sólo uno.

Lo bueno de aquellos tiempos —además de que estábamos todos sanos y de que Mateo generaba dinero a raudales con su trabajo a tal ritmo que parecía que, el lugar de reparar relojes de lujo hubiera tenido una impresora de dólares— era que no pasaba nada destacable en nuestras vidas.

Ni graves contratiempos, ni cambios en el camino, ni tragedias…

nada… Cuatro años de esfuerzo académico sin más historias que el transcurso de los días de duro trabajo, enfocada a un objetivo tan claro como la diáfana luz del sol en un amanecer de verano: ver reflejada en el espejo de mi habitación a la misma mujer de cuyo estilo me había quedado prendada caminando por las aceras de Wall Street…

​ Aunque parezca mentira, el recuerdo más vívido de este último año de universidad en la McAvoy College no fue el intenso calendario de exámenes, ni las largas horas de estudio durante la semana hasta altas horas de la madrugada.

Menos aún las tres horas máximo de sueño diarias o el dineral que me gastaba al mes en el mejor corrector de bolsas de ojos Max Factor, para no llegar a clase convertida en un fantasma.

Tampoco el primer día que Gabriel llegó a casa por primera vez vestido con el uniforme de cadete, ofreciéndomelo más tarde para que le hiciera algunos arreglos y se lo dejara lavado y planchado.

Reconozco que le iba como un guante. Estaba guapísimo con él y, por primera vez caí en la cuenta de que mis quejas tal vez hubieran sido un error.

Se había convertido en un hombre adulto fuerte, valiente, serio y responsable.

Desde luego, lo veía más como un agente de policía de primer nivel que como un oficinista gordo atado a una silla por el resto de sus días…

​ Fue, no obstante, la primera y única cena de compañeras de facultad a la que asistí en los años anteriores la situación más grata que conservo en la memoria.

Durante las navidades del año setenta y seis y como celebración de la etapa final de los estudios, me permití asistir con mis nuevas y jóvenes amigas a disfrutar de una “noche de chicas”.

Ya se habían organizado anteriormente entre ellas eventos de este tipo, pero nunca antes me había animado a ir.

Y no por falta de ganas, sino más bien por puro cansancio.

Sin embargo, con las vacaciones de navidad por delante y el primer trimestre de curso doble terminado con éxito, sentí que aquello era lo mínimo que merecía.

Así que, con el respaldo de Mateo, al que nada hacía más feliz que ver a su mujer disfrutar después de tantos años dejándose los codos estudiando, la víspera de nochebuena me uní al grupo en la noche más memorable de mi vida.

​ Para una mujer de aldea, que lo más cercano a una noche de fiesta que había disfrutado eran las verbenas en la aldea durante su juventud, salir a disfrutar de la noche con un grupo de chicas en la agitada metrópoli más cosmopolita del planeta fue una experiencia inolvidable.

​ Comenzó la velada en un elegante restaurante cercano al edificio de la facultad.

El joven propietario era el novio de una de las compañeras y, gracias a los privilegios de la situación, lo cerró sólo para nosotras.

Disfrutamos de una comida exquisita regada con abundante vino, con lo que, para los postres, estábamos todas un par de puntos por encima de achispadas y, en perfecta comunión con la noche, salimos de allí dispuestas a comernos el mundo.

El azar quiso que el restaurante estuviera afincado muy cercano a una de las zonas con más concentración de discotecas por metro cuadrado de toda Nueva York, así que el resto de la noche fue un constante ir y venir de entradas y salidas a locales.

Unos más elegantes y otros no tanto, aunque para ser justas, reconozco que en todos ellos entramos gratis y por la puerta principal.

Y es que un nutrido grupo de jovencitas en una pista de baile siempre era el reclamo perfecto para que hordas de hombres entrasen por doquier sin importar el precio a pagar.

Aquella noche mágica bailé durante horas dando sentido a la letra de la canción “blood on the dance floor”, pues literalmente llegué a casa con llagas en los pies y las plantillas de los zapatos empapadas en sangre…

¿Por qué no sentí dolor entonces durante todas las horas que estuve bailando?

Fácil; el alcohol… Y es que no sólo disfruté del vino que acompañaba a la cena, pues a cada nuevo local que entrábamos me pedía una copa de combinado especialidad de la casa.

En unos sitios fueron exóticos cócteles caribeños, mientras en otros se inclinaban más hacia sofisticadas combinaciones de los más fuertes licores, mezclados con zumos de frutas de vibrantes colores.