CAPÍTULO 15 #9
Era una mujer hermosa, de entre treinta y cuarenta años, que caminaba con brío y elegancia dirección a la calle Broadway.
Me quedé prendada de su estilo, su forma de andar moviendo las caderas como si lo hubiera ensayado durante años hasta alcanzar la perfección.
Vestía un traje de chaqueta oscuro, con la falda ceñida a las piernas hasta un par de centímetros por encima de la rodilla.
En la mano izquierda llevaba un bolso de mano y en la derecha un portafolios de piel azul marino con la cremallera dorada.
Despertó tanto mi interés que podría haber jurado hasta la talla de sujetador que gastaba.
Así pues, tiré de Mateo para seguirla. Quería saber hacia dónde se dirigía, cuál era su ocupación, a qué se dedicaba, porque yo quería ser como ella y que los hombres se giraran al pasar para observarme con una mezcla entre atracción, admiración y respeto.
Arrastré a mi marido con fuerza, obligándole a engullir el helado de un bocado.
—¿Qué pasa, Isabeliña? Estamos llegando a la iglesia.
—Olvídate de la iglesia, ya la veremos luego… Ahora quiero hacer otra cosa.
Mi marido, anestesiado por el ocio en plena época estival, no necesitó de más explicación y se limitó a cambiar a paso ligero y dejarse llevar por mí, arrastrado sin dirección hacia algún lugar indeterminado.
Aquella mujer caminaba bien rápido. Hacia donde quiera que se dirigiera, lo hacía como si le fuera la vida en ello, aunque sin olvidar su inequívoco estilo colmado de armonía.
Tenía el pelo oscuro, el rostro con el maquillaje justo para disimular las pequeñas imperfecciones de la piel, pero sin exagerar.
Era delgada, de estatura media y con las pantorrillas de una diosa griega, ciertamente torneadas por años de caminar por las calles de Nueva York a paso ligero.
Pasamos por el lateral de la iglesia de la trinidad sin apenas haberme percatado. Mateo tiraba de mí para frenarme y disfrutar de las vistas de la fachada, mas mi atención estaba fijada en otro objetivo.
—Venga, vamos —protesté—. No te detengas ahora. Ya veremos luego la dichosa iglesia.
Mi marido se dejó llevar y continuamos a paso rápido siguiendo a la hermosa y elegante mujer hasta Wall Street.
Pronto nos vimos rodeados de gente vestida con caros trajes, zapatos de piel oscura tan limpios y brillantes que los rayos de sol te cegaban al reflejarse en ellos.
Semejaba que hubiéramos entrado en otro mundo en cuestión de segundos.
Me sentía fuera de lugar, ataviada con un cómodo y veraniego atuendo, en mitad de toda aquella gente rica, con tanto estilo y que parecían moverse sin dirección, como hormigas alborotadas, siempre con prisa de un lugar a otro, saltando de edificio en edificio a cual más lujoso.
Perdí de vista a la atractiva mujer, mas aparecieron muchas otras como ella en mi campo de visión, todas cortadas por el mismo patrón; elegantes hasta el hastío, hermosas, inteligentes, admiradas, respetadas…
Y fue entonces cuando al fin elegí lo que debía estudiar.
Rompería mi libreta de pros y contras y sería la pasión la que guiaría mi decisión, porque a toda costa aquel sería mi destino: trabajar en Wall Street.
—¿Qué hacemos aquí, Isabel? —gruñó Mateo incómodo—. Todo el mundo nos mira. Parecemos dos turistas cutres.
Haciendo caso omiso a la pregunta, arrastré a mi marido hasta el único banco de la calle y allí nos sentamos a observar cómo pasaba la gente.
Él estaba más atento a mis reacciones que a los transeúntes que deambulaban sin sentido aparente.
.. Le había preocupado mi espontáneo e irracional comportamiento, aunque me vio tan ofuscada que, como buen marido, se dejó llevar.
Permanecimos allí en silencio durante al menos media hora hasta que al fin me levanté y pronuncié una única frase respondiendo a su anterior pregunta:
—Ya sé qué voy a estudiar...
De todas las opciones que tenía sobre la mesa, me decidí por la carrera de secretariado ejecutivo por puro realismo.
Que mi decisión hubiera sido pasional no significaba que fuera idiota o inconsciente.
Una mujer latina de mediana edad y con doble nacionalidad jamás sería admitida de primeras en el duro mundo de los brokers, mientras no tuviera la ocasión de demostrar su valía ante algún pez gordo.
Así que me incliné por empezar desde abajo.
Al igual que había ocurrido con la secundaria, no podía permitirme una carrera de cuatro años.
En el setenta y cinco contaba ya con cuarenta y cinco primaveras y, de haberlo hecho así, remataría los estudios superiores rozando los cincuenta, convertida en una anciana para los estándares de la época.
Cualquiera que hubiera leído la edad en mi currículum me habría descartado incluso antes de concederme la oportunidad de una entrevista presencial.
Pero la universidad no era como la secundaria… No existía por aquel entonces la opción de concentrar las materias de dos años en uno, o al menos así ocurría en la educación pública. Y así es como me vi obligada a recurrir a una universidad privada, en donde sí estaba permitida aquella modalidad.
De todas las opciones me decanté por el McAvoy College por pura casualidad.
No tenía nada claro qué criterios utilizar para decantarme por una u otra opción de entre las facultades que ofrecían la carrera elegida en el área metropolitana de Nueva York y Nueva Jersey.
Fue el azar quien me llevó a formalizar la matrícula en McAvoy o más bien la responsable fue la muchacha de recepción, que, al contrario que en los demás centros en los que había consultado, me atendió con gran cariño, diligencia y profundo respeto.
Además, me recordaba tanto a Clara, mi buena amiga en la recepción del Forest Hills, que no pude por menos que zanjar allí mismo el tema en el día en que fui a visitar la institución para conocer precio y condiciones.
No era la opción más económica, ni la más cercana a mi casa, desde luego, pero sí fue la que me pareció más preparada. La joven secretaria me acompañó amablemente a visitar las instalaciones.
Ocupaba el centro educativo un viejo edificio de cuatro plantas en el corazón de Queens.
Había sido restaurado hacía tan solo tres años y lucía prácticamente como nuevo, al igual que el mobiliario, materiales e instalaciones.
Tenía una moderna sala de taquigrafía con máquinas de última generación, una sala insonorizada para practicar redacción y hasta un enorme gimnasio en la planta baja para relajarse haciendo ejercicio al final de cada jornada.
La muchacha fue extremadamente amable conmigo.
Tenía rasgos latinos, tal vez era venezolana o colombiana, aunque no me atreví a preguntar.
Estaba tan absorta en su explicación y admirando la institución, que no encontré el momento, además de que me habría parecido inapropiado haberlo hecho, ya que nuestra conversación se ciñó en todo momento a lo estrictamente profesional.
No me costó convencer a Mateo de mi decisión. Por aquel entonces era ya un americano más y si algo había aprendido de aquella cultura era la máxima, un tanto machista y que se estilaba por la época que decía: “Happy wife, happy life”
No era barata la matrícula ni las mensualidades, mas teníamos dinero de sobra.
Gracias al trabajo de Mateo habíamos pasado de literalmente no llegar a fin de mes a ingresar del orden de dos mil dólares semanales en la cuenta de ahorro, así que ya no tenía excusa.
Si algún momento había, era aquel. Una oportunidad que no volvería a surgir y que, de haber sido más joven, podría haberme planteado como opción, pero que entonces pasaría a ser una decisión firme.
Mientras Gabriel comenzaba su último nivel de secundaria, a la postre también el último que estudiaría de enseñanza reglada, yo empezaba el primer y segundo grado de secretariado ejecutivo al mismo tiempo, ingenua de mí, con la total convicción de que sería duro, aunque no más de lo que lo había sido la secundaria.
Craso error, por cierto, y es que una licenciatura no tenía nada que ver con el instituto y todavía menos cursando a la razón de dos niveles por año.
A tal circunstancia debía sumar todos los condicionantes a los que me hallaba encadenada, como la edad o mis responsabilidades en casa y el trabajo, que, por puro orgullo, jamás abandoné a pesar de que con el sueldo de Mateo teníamos más que suficiente.
En clase todas éramos mujeres, aunque yo era por mucho la mayor de todas ellas.
Las demás eran chicas jóvenes, de no más de veinte años, con la secundaria recién acabada y toda una vida por delante.
Dispuestas a comerse el mundo, jóvenes y llenas de energía.
No obstante, había algo de lo que ellas carecían y que a mí me sobraba y esa característica no era otra que la motivación.
Mi perspectiva de la vida era muy diferente a la de todas ellas, pues había salido de una aldea pobre en la Galicia más rural y había visto penurias de todo tipo, injusticias y hasta crímenes.
Ellas, sin embargo, habían nacido en una sociedad democrática, plural, moderna y a la mayor parte jamás le había faltado de nada. Un océano de diferencias nos separaba y, a pesar de todo, pronto me integré como una más en el grupo.
Fueron dos años extremadamente felices para mí.
No en vano llamé a esta época de mi vida “Renacimiento”.
No puedo negar que trabajé duro, muy duro, pero por lo demás todo era perfecto y es que había cursado la secundaria en el grupo de educación para adultos.
Sólo asistía a clases un par de días por semana o para los exámenes de materia y eso impedía hacer piña con los compañeros, personas de todos los grupos de edad, origen y con una vida tanto o más complicada que la mía.
Sin embargo, en el McAvoy College fue muy distinto.