La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 15 #8
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CAPÍTULO 15 #8

Cuando al fin estuvimos los tres juntos, Mateo se limitó a acercarse a su hijo y abrazarlo. Sorprendido, Gabriel se apartó y miró a su padre desconcertado.

—¿Y este abrazo, papá?

—Es sólo que tu madre y yo hemos hablado sobre lo tuyo.

—¿Lo mío? ¿Al fin mamá te lo ha dicho?

—Sí, lo ha hecho, pero pienso que deberías habérnoslo contado a los dos y no buscarla a ella para hacer de correo. Tenlo en cuenta la próxima vez, hijo. Eso me ha molestado. Me hace pensar que nuestra relación no es sincera y yo siempre lo he sido contigo. No es justo para mí.

—¿Y bien? —indagó Gabriel al que parecía no importar que había ofendido a su padre.

—Tendrás nuestro apoyo en lo que decidas —atajé—. Lo hemos hablado y sólo te pedimos que acabes el High School con las mismas buenas notas que estabas sacando.

La expresión de Gabriel cambió de repente, recordándome al precioso niño que había sido y que con tanto amor había visto crecer a mi lado. No sabía cuánto extrañaba aquel rostro sonriente, juvenil y divertido después de un mes de enfado y rechazo.

—¿Eso quiere decir que podré ir a la academia de policía?

—Por supuesto, pero con otra condición —continuó Mateo.

—Lo que sea, papá, lo que sea.

—Te esforzarás para ser el primero de tu promoción.

—Vaya, me pides poco, ¿eh?

—Sólo te pido aquello de lo que creo que eres capaz —respondió mi marido—. Es un oficio peligroso, ya lo sabes, y cuanto mejor preparado estés, más seguro será para ti.

—Pero ser el primero es muy difícil. No sólo están los exámenes. También tendré pruebas físicas muy difíciles de superar.

—Ojo, no te he pedido que seas el primero de la promoción —continuó Mateo—Te he pedido que te esfuerces para serlo. Los resultados no importan si el esfuerzo ha estado a la altura de tu capacidad.

—Entiendo, papá. Te aseguro que me esforzaré y… mamá —había permanecido en un segundo plano en esta última etapa de la conversación, así que miré a Gabriel asustada, sospechando que tendría una mala noticia más con la que sorprenderme.

—¿Qué pasa hijo? ¿Hay algo más?

—Sí, que no te preocupes. No habrá más suspensos este curso. Palabra de Boy Scout.

—Ojalá fuera eso lo que más me preocupa ahora mismo —repliqué mientras daba vueltas en mi cabeza a una estúpida idea, ahora que había perdido la batalla—. Sólo una cosa más. Tengo que hacerte una pregunta y te pido que seas sincero conmigo.

—Claro, mamita, lo que sea —al menos volvía a llamarme “mamita”.

—¿Por qué policía? Nunca nos has hablado de eso. Jamás habría sospechado que esa era tu vocación.

—Ah, esa es fácil —contestó con suficiencia—. Es por la serie “Los patrulleros”. Me encantaría ser policía como ellos. Todos son novatos y luchan contra los malos. Además, a las chicas le encantan los tipos de uniforme.

Qué podía contestar ante un poderoso despliegue de argumentos como aquel… En fin, adolescentes…

He de reconocer que, viendo el origen de la vocación deseé que aquel fuera tan sólo un arrebato juvenil, una fiebre que se le pasaría un año más tarde, con el título de graduado en la mano. Pero eso es algo que no ocurrió…

​ El verano del año setenta y cinco fue uno de los más bonitos que recuerdo.

Recién graduada en secundaria y a las puertas de la universidad, la vida me sonreía.

Al fin recuperaba mi tiempo libre y las fuerzas necesarias para disfrutarlo.

Estaba pletórica, feliz, orgullosa de mí misma como jamás lo había estado…

incluso más que cuando, gracias a mi percepción extrasensorial, había salvado de quemarse vivos a los comensales del restaurante en el pueblo, justo antes de partir a las américas.

Y, sí, lo sé, fue algo egoísta por mi parte, pero es que era tan dichosa…

​ Teníamos dinero de sobra. Muy atrás habían quedado las penurias, el ajustarse el cinturón viendo los precios de cada cosa que compraba en el supermercado o privándome de lo más esencial y necesario, como la leche del desayuno.

Mateo ganaba dinero a espuertas, hasta el punto de que ese verano pudimos permitirnos unas largas vacaciones.

Él había recuperado sus fuerzas y el cáncer que había superado era ya sólo un mal recuerdo.

Estaba más delgado, eso sí, pero le sentaba bien pues parecía haber rejuvenecido y con ello, la energía y las ganas de hacerme el amor…

​ Durante nuestras vacaciones, Gabriel, que tal y como había prometido, había terminado el penúltimo curso de secundaria con excelentes calificaciones, consiguió un trabajo de verano.

Tenía fijado en la cabeza un objetivo muy claro; comprarse un Chevrolet Camaro del año sesenta y seis que lucía su color rojo brillante en primera fila de una compraventa cerca de casa.

No es que tan sólo dos meses de trabajo fueran a ser suficientes para comprárselo, pero sí para dar la entrada, y Mateo le había ofrecido que, si el próximo curso sus notas seguían siendo buenas, nosotros pagaríamos las letras del coche hasta que empezara a trabajar y pudiera costearlas él mismo.

​ Con tanto tiempo libre y la casa sola para nosotros, mi marido y yo vivimos una segunda luna de miel.

Hacíamos el amor casi a diario, en ocasiones hasta dos veces en la misma jornada, y disfrutábamos de cada momento rozándonos, acariciándonos, piel contra piel…

Qué otra cosa mejor podríamos hacer sino dos enamorados, que aprovechar que la vida nos sonreía y gozar el uno del otro.

​ La mayoría de los fines de semana quedábamos con Alberto y Lucía para cenar.

Unas veces en su casa y otras en la nuestra.

Curiosa nuestra existencia y ver cómo en un periodo tan breve de tiempo habían mudado las tornas y ahora éramos nosotros los que los ayudábamos a ellos a superar el duro trance al que se enfrentaban.

Lucía vivía una especie de tobogán de emociones.

En ocasiones me la encontraba sonriente y relajada.

Me ayudaba en la cocina a preparar la cena mientras los hombres charlaban en el salón cerveza en mano, un tópico muy común en la época.

No obstante, muchas otras veces estaba triste, ausente y pensativa, atrapada en los recuerdos de otro tiempo en el que sí podía caminar.

Ni siquiera la pequeña Leslye, cada vez más bonita e inteligente, parecía ejercer sobre su mamá el efecto terapéutico que debería.

​ En cuanto a mi hermano, trataba de ocultar el dolor a toda costa, procurando mostrarse exageradamente eufórico para disimular.

Pero yo lo conocía bien y sabía que aquello no era más que una pose.

Podía ver en sus ojos la tristeza e incluso sentir el terrible arrepentimiento que le provocaba haberle hecho un daño tan terrible y definitivo a su compañera en la vida.

Un daño tan feroz e irremediable que los médicos habían perdido ya toda esperanza de que pudiera volver a caminar por sí sola, noticia que Alberto había acogido bastante peor que Lucía.

Ella parecía haber comprendido y aceptado su situación, siendo la resignación y la lucha por adaptarse a su nuevo estado la bandera que portaría por el resto de sus días.

​ Prácticamente todo lo que trajo aquel verano fueron cosas buenas para nuestra pequeña familia.

Gabriel era feliz en su trabajo por horas como cocinero en una hamburguesería, con el objetivo del coche de sus sueños en el horizonte.

Mateo, disfrutaba al fin de unas bien merecidas vacaciones y yo con él, mientras meditaba en segundo plano la que iba a ser una de las decisiones más importantes de mi vida: qué carrera universitaria haría el próximo curso.

​ Habiendo superado la secundaria con tan buenas notas no me faltaban opciones, todas ellas sobre la mesa del salón, negro sobre blanco en una libreta cuadriculada en la que había escrito los pros y contras de cada una de ellas.

Encabezaban la lista de pros, parámetros como el salario de la profesión resultante, condiciones laborales, horario y conciliación, mientras los contras solían ser la némesis de los primeros, sumando la posibilidad de contratos de aprendizaje, adaptación prolongada o distancia al trabajo.

Es decir, había enfocado por completo mi decisión al trabajo resultante al que daría acceso la carrera elegida, una decisión a todas luces basada en el raciocinio, carente del más mínimo atisbo de pasión.

No obstante, y como suele ocurrir en la vida, quiso el azar que la balanza se inclinase hacia una de las opciones por pura casualidad, dejando la lista que tanto trabajo me había costado confeccionar como una mera anécdota.

​ Recuerdo perfectamente aquel día. Fue un diecisiete de julio del setenta y cinco, un día de calor estival en la ciudad más conocida del planeta.

En la radio sonaban canciones de Elton John, The Carpenters, Olivia Newton-John o David Bowie, por citar algunos de mis favoritos.

A pesar de vivir en una ciudad tan grande y ruidosa, “la ciudad que nunca duerme”, la vida era mucho más sencilla por entonces que en los tiempos que corren.

A Mateo y a mí nos gustaba tomar el metro y bajarnos en cualquier parada al azar para salir a pasear y descubrir nuevos rincones, tomarnos un café con hielo o directamente un helado.

Después, simplemente deambulábamos sin rumbo, explorando todo lo que aquella ciudad podía ofrecer al doblar cada esquina.

​ Nos encontrábamos en la tarde de aquel día paseando cogidos de la mano en el cruce de la calle Rector con Greenwich.

Caminábamos en dirección a la iglesia de la Trinidad, una preciosa catedral en miniatura, construida en el 1846 y que Lucía me había recomendado visitar por su inconmensurable belleza y estado de conservación.

​ Allí mismo fue cuando la vi… en aquel cruce, tan cerca de la iglesia que íbamos a visitar. Fue entonces cuando me crucé por casualidad con un ser humano que, sin haberse percatado, cambió mi destino para siempre…