CAPÍTULO 15 #7
Es curioso cómo en una disyuntiva como aquella, la intuición no me condujo a tomar la mejor decisión para Gabriel, o tal vez alguien en los cielos llegó a pensar que lo correcto sería dejar que las cosas fluyeran sin más…
En cualquier caso, nada pude hacer para corregir el rumbo de su elección y, tan solo un día después de mi graduación en el High School y con la vista ya puesta en la carrera que iba a elegir, recibí de mi hijo la noticia de que, una vez graduado, no tomaría la opción universitaria.
Como sabía que a Mateo no le iba a hacer ninguna gracia la decisión, eligió decírmelo en privado y que fuera yo la que lo convenciera de que era lo mejor para él.
Un gran “marrón”, como dicen los jóvenes de ahora, proteger a mi hijo de la ira de su padre en una decisión que creía tanto o más equivocada de lo que él iba a creer.
¿Cómo podría convencer yo a Mateo de algo en lo que no comulgaba en absoluto?
Estábamos en los jardines del condominio, disfrutando al sol de verano tumbados en unas hamacas, cuando soltó la noticia.
—Mamita, tengo algo que decirte —explicó dejando su té helado sobre la mesita de roca junto a las tumbonas.
En aquel momento, mi sexto sentido se disparó como un poderoso muelle, haciéndome ver que las palabras que iban a salir de la boca de mi hijo no serían de buen agrado.
—¿No tendrá que ver con tus estudios? Este año has sacado muy buenas notas.
—¿Mis estudios? —preguntó Gabriel—. ¿Cómo puedes haberlo sabido?
—Ya sabes que tu madre puede ver cosas antes de que ocurran. O acaso tengo que recordártelo.
—Claro que no, mamita. Pero esto es algo muy importante y tengo miedo a decirlo…
Sentí un leve estremecimiento cuando coloqué la palma de mi mano sobre su pierna, un gesto que pretendía ser una señal de apoyo, un símbolo de que podía expresarse con libertad y que fuera lo que fuese aquello que me contara, yo estaría con él.
Sólo habían transcurrido un par de semanas desde la conversación durante la cena y desde aquel mismo día lo había notado distante, pensativo y ausente.
En su cabeza tramaba algo que no lograba sacar, por más que me esforzaba en entender su reacción.
Supongo que este tipo de noticias tan importantes y que sacuden la paz familiar como un terremoto, es mejor soltarlas de una vez, sin preámbulos, y lo cierto es que Gabriel se tomó al pie de la letra esta circunstancia cuando anunció el rumbo de sus intenciones a corto plazo.
—Es sólo que… el próximo año será el último de mis estudios. Por respeto a vosotros y el esfuerzo que habéis hecho por mi educación terminaré el High School, pero nada más tenga el diploma de graduado, me matricularé en la academia de policía.
Una noticia así me podría haber pillado de improviso, sin saber cómo reaccionar o qué pensar sobre las implicaciones de tal decisión.
O tal vez esa fórmula funcionaría para un padre, que siempre buscaría ser superado por sus vástagos, al menos en lo académico, y que vería cómo su hijo se quedaba a medio camino en sus intenciones.
Pero para una madre, que puede ver mucho más allá, que lo llevó en sus entrañas durante nueve meses y sirvió para él de único sustento y amparo durante años, el entramado de relaciones que una decisión tan peligrosa podría provocar se volvió tan clara y diáfana como la luz del día.
Que tu hijo único opte por una opción así en la ciudad más cosmopolita del planeta, con un creciente índice de delincuencia en los años setenta provocado por la distribución de drogas a gran escala, y que su decisión fuera directamente proporcional a una opción egoísta basada en mi afán por quitar de mi corazón una espina que mi padre había hecho evidente para mí, producía un agudo e inevitable dolor y arrepentimiento.
Me planteé en aquel mismo instante plantar mis estudios, justo cuando a punto estaba de graduarme, pero mirándolo a los ojos supe de su convicción. La decisión estaba ya tomada y no había nada que su padre o yo pudiéramos hacer o decir para hacerle cambiar de opinión.
—Pero, hijo, yo… ¿Por qué policía? ¿Es que quieres castigarnos a tu padre y a mí?
¿Tan mal lo hemos hecho? —el chantaje emocional era mi última baza—.
¿Acaso no sabes lo peligroso que es? ¿Cómo están las calles en estos días?
¿Y si te destinan a Harlem? ¿Por qué no bombero o enfermero?
Igualmente ayudarías a la gente… ¿Y relojero, como tu padre?
Ya sabes que gana muchísimo dinero y te enseñaría el oficio con orgullo…
Gabriel se levantó de la tumbona con brusquedad, derramando el té helado y provocando que el cristal del vaso que lo contenía se rompiera en mil pedazos.
No lo detuve, era una reacción lógica para un muchacho que, aguardando el apoyo de su madre, había obtenido como respuesta un aluvión de preguntas en forma de metralla.
¿Quién era yo para mostrarme así con él, cuando había dado todo por cumplir un sueño que se gestó cuando tenía su edad y que tardó tres décadas en fraguarse?
Durante los días que siguieron, Gabriel no me dirigió la palabra, resentido por mi reacción.
A pesar de que sus notas habían sido muy buenas hasta entonces, suspendió un par de exámenes, supongo que a modo de protesta, muestra de la típica reacción de rebeldía adolescente.
Mientras tanto, buscaba el modo de hacerlo cambiar de opinión, aunque en el fondo sabía que sería imposible.
Y así fue como cuando Mateo comenzó a preocuparse, que me vi obligada a dar el primer paso y exponerle la situación…
Gabriel se había quedado en casa con su nueva novia, y Mateo y yo habíamos salido a pasear por el bosque cercano al condominio, así que aproveché la situación.
En contra de lo que esperaba, mi marido se mostró compresivo con la decisión de Gabriel.
En pleno apogeo en televisión de las series policiacas, entiendo que le pudo más el orgullo paterno, viendo como su hijo se convertiría en defensor de la ley, que el instinto de supervivencia.
Sospecho que en este caso no supo entender el peligro de tal decisión y se limitó a visualizar a Gabriel con el uniforme azul, la gorra calada con la metálica y brillante insignia de la policía de Nueva York pegada en el frontal y conduciendo su propio coche patrulla.
—Es su decisión, Isabeliña. Ya no es un crío. Además, es muy maduro para su edad, fuerte, responsable e inteligente. Seguro que sacará las mejores notas y podrá elegir un destino más seguro que sus demás compañeros.
—Pero, Mateo, ¿no tienes miedo de que le pueda pasar algo?
—¡Por supuesto que lo tengo! —contestó ofendido—. ¡Es mi único hijo! Pero también sé que, si está de pasarle algo malo, le pasará sea o no policía. Al menos en ese trabajo irá protegido por un arma y un compañero. No como en mi caso…
—¡Debes estar bromeando! ¿Qué peligros tiene el trabajo de relojero? ¿Pincharte con el destornillador de precisión?
La conversación se estaba convirtiendo en discusión, pero Mateo supo mantener la calma y bajar el tono.
Al final, era él quien trataba de convencerme a mí de que debíamos respetar la decisión de Gabriel.
Tal vez habría sido mejor que mi hijo hubiera hablado antes con él, ahora que lo veía con perspectiva.
Nos habríamos ahorrado casi un mes de malas caras y un par de suspensos por el camino…
—Escucha, Isabel, ¿recuerdas hace un par de meses que llegué tarde a casa del trabajo y que te dije que me había quedado a hacer inventario?
—Claro que lo recuerdo, pero no sé qué tiene que ver con esto.
—Pues que te mentí. Llegué tarde porque me quedé atendiendo a la policía.
Un tipo encapuchado y muy nervioso entró en la joyería con un revólver.
Golpeó en la cabeza con la culata al vigilante de seguridad y lo dejó KO.
Pensé que no lo contaba. El tipo temblaba como un flan, como si estuviera bajo el síndrome de abstinencia de alguna droga.
Mi jefe se reveló, pero pegó dos tiros al aire y nos puso a todos firmes.
El arma debía ser potente porque las detonaciones rompieron los cristales del mostrador.
Sacó una bolsa de tela del bolsillo y metió a la carrera todo el género que pudo, sin fijarse en su valor y pasando por alto objetos mucho más caros.
Estaba desesperado y sólo quería terminar, para salir rápido de allí antes de que la policía llegase alertada por la alarma silenciosa.
Mi expresión se relajó y empaticé con el miedo que Mateo debió pasar en aquel momento.
—De veras pensé que no lo contaba esta vez.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
—Pues para que te des cuenta de que cualquiera está expuesto a la muerte en estos tiempos, sólo que Gabriel estará protegido por un compañero, un arma y un chaleco antibalas…
Aunque a regañadientes, admití que Mateo tenía razón.
Además, estaba convencida que ya nada haría cambiar de opinión a Gabriel, así que decidí aceptar el destino y rezar para que todo fuera bien.
Al menos había prometido que terminaría la secundaria y siempre tendría tiempo más adelante para sacarse una carrera si la policía no le convencía.
Yo era el ejemplo viviente de que la edad jamás sería un límite.
Sólo había que permitir que las cosas fluyeran…
Aquella tarde, cuando llegamos a casa, nuestro hijo veía con su novia una película.
En muestra de rebeldía, no movió su posición ni un milímetro cuando nos vio llegar, como si la casa fuera sólo suya.
Mostraban ellos una postura demasiado relajada, como si hubieran estado besándose hasta hacía sólo un instante.
—Gabriel, ven un momento con nosotros a la cocina —la voz de mi marido no era como la mía. Grave, poderosa, firme y varonil, lo suficiente como para que a Gabriel se le pasara la tontería adolescente por un momento y obedeciera sin rechistar.