La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 15 #6
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CAPÍTULO 15 #6

Por supuesto, Clara desconocía la especial capacidad que su nueva amiga tenía. Si la intuición me decía que sería capaz de hacerlo, es que todo era posible…

No fue fácil el primer año, al nivel de aquellos meses en los que, antes de partir hacia las américas, mamá me había obligado a compaginar hasta tres trabajos.

Incluso diría yo que más duro que el tiempo de evolución de la enfermedad y convalecencia de Mateo, viviendo hacinados en el pequeño y sucio apartamento, con un marido postrado en cama, debatiéndose entre la vida y la muerte, ocupándome al mismo tiempo de la casa, sus cuidados y pagando las facturas con el dinero que obtenía de coser sin descanso de sol a sol…

Me levantaba bien temprano en la mañana, cuando Nueva York todavía dormía la resaca del día anterior, y preparaba el almuerzo para que mis muchachos enfrentaran la jornada con energías.

Desayunábamos los tres juntos al amanecer en el único momento del día en que pienso podía relajarme y disfrutar de una sana y pausada conversación.

Después llegaba la vorágine, especialmente en los dos o tres días por semana, dependiendo de si tenía o no exámenes, en que debía tomar el metro y pasar la mañana y parte de la tarde en el instituto.

Ya que en casa apenas tenía tiempo para estudiar —pues el trabajo de costura por encargo me aguardaba convertido en una pila de ropa sobre la mesita auxiliar del salón— aprovechaba cada pausa entre las clases para abrir los libros y repasar la lección del día.

Prestaba especial atención a las notas tomadas y los párrafos subrayados a colores, a saber; el amarillo los conceptos clave, en verde los títulos de capítulo y en naranja, los términos a desarrollar y clasificaciones.

Este sistema de resaltado de texto —que me enseñó una buena amiga que hice durante los dos años que, contra todo pronóstico, me llevó a terminar con éxito el High School —pienso que fue el secreto del triunfo.

Un sistema que pasé a mi hijo, reticente con él al principio pues pensaba que era más algo para chicas, pero que acabó capitulando a las bondades de la mnemotecnia.

Durante aquellos días en que debía asistir presencialmente a clase, en lugar de estudiar desde casa a través de los ejercicios con fichas que el profesorado nos dejaba como deberes, aprovechaba el tiempo disponible para comer y continuaba estudiando en el descanso previo a la jornada de la tarde.

Al salir de la última clase de la mañana, devoraba un sándwich que traía de casa preparado y envuelto en papel de aluminio dentro de una lonchera, y me encerraba en la biblioteca.

Cinco minutos antes de la jornada vespertina, me lavaba los dientes en el baño y regresaba al aula para recibir las dos últimas clases del día.

Después, agotada, y con la cabeza tan embotada con nuevos conceptos que creía que iba a explotar encima de los hombros, regresaba en metro a casa y dejaba la cena preparada para cuando Mateo volviera del trabajo.

Al terminar, me encerraba en la habitación para seguir estudiando y cuando él llegaba, cenábamos los tres juntos.

No obstante, el día no terminaba para mí tras reponer fuerzas.

Cuando mis dos hombres dormían, me levantaba de cama, me vestía la bata de franela y, con las zapatillas colgadas de los dedos para no hacer ruido, caminaba descalza hasta el salón para continuar estudiando hasta bien pasada la medianoche. Y eso durante dos largos años…

Los fines de semana no eran mejores, pues debía recuperar el atraso en el trabajo y estudiar para los exámenes que, al estar matriculada en el doble de materias que los demás compañeros, eran muy frecuentes y raro era el día en el que no tenía uno o incluso dos o más…

En aquellos años Mateo supo ser paciente conmigo.

A pesar de saberse casado con un fantasma que deambulaba por casa extenuado, siempre respetó mis deseos y me ayudó en todo lo que pudo.

Se ocupaba de limpiar la casa, lavar y planchar la ropa y cocinaba los fines de semana, para así obligarme a disfrutar al menos de un par de horas de ocio para relajarme.

Nuestra vida íntima menguó notablemente, aunque el motivo no fueran sólo mis circunstancias.

Gabriel ya era mayorcito y el pudor nos obligaba a esperar a que se durmiera, el problema es que le gustaba leer en cama novelas de misterio, intriga o ficción.

Estaba enganchado a la lectura de “Carrie”, el primer gran libro editado de un joven y prometedor escritor llamado Stephen King y que había leído ya tres veces.

Para el verano del setenta y cuatro la leyenda había comenzado su carrera…

Otro motivo era el cansancio. Tanto Mateo como yo llegábamos literalmente reventados a la noche y ya no teníamos las mismas fuerzas que con veinte años.

A pesar de las dificultades, los fines de semana en que Gabriel hacía planes y salía con los amigos, aprovechábamos que nos quedaba la casa libre y recuperábamos el tiempo perdido.

De un modo un poco fetichista, mi marido me imploraba que me vistiera con alguno de los juveniles conjuntos que había comprado para asistir al instituto y, en la medida de lo posible, pasar desapercibida entre el joven alumnado que cursaba el ciclo educativo convencional.

Solía adornar los conjuntos recogiéndome el pelo en coletas y simulando ser una jovencita.

En fin, a mí tanto me daba y si a él lo hacía feliz, pelillos a la mar. Cosas de hombres…

Quien no llevaba tan bien mi nueva situación de estudiante era Gabriel.

Y en absoluto era porque no se alegrara de que su madre al fin cumpliera el sueño de su vida.

El motivo no era otro que en algún momento del segundo año de High School —que para mí era en realidad el cuarto, pues como ya he dicho antes, estaba superando el grado a dos cursos por año— mi hijo cayó en la cuenta de que su mamita lo iba a superar…

Cuando empecé el instituto, Gabriel me llevaba un año de ventaja, pero cuando terminé el primer curso, dejando sólo una asignatura pendiente, quedamos prácticamente igualados.

En aquel momento mi hijo no comprendió. Estaba en sus cosas de adolescente, pensando todo el día en chicas, coches o motos y deseando ahorrar con algún trabajillo de verano el dinero suficiente para sacarse la licencia de conducir y comprar un coche que le diera libertad de movimientos.

El problema llegó en la primavera del setenta y cinco, a punto de terminar Gabriel el grado undécimo, también llamado Junior, mientras yo estaba matriculada del Junior y Senior al mismo tiempo, con el diploma de graduada casi en mis manos.

—Mamita, estaba pensando que el año que viene nos graduamos.

¿No sería bonito asistir juntos a la ceremonia y tirar los gorros al aire al mismo tiempo?

—estábamos cenando y me soltó la pregunta de sopetón.

Me pilló lo suficientemente desprevenida como para no pensar en las consecuencias de mi respuesta.

—Para nada, hijo. Yo terminaré este año. Sólo tengo un par de materias un poco atascadas, pero si todo va bien me graduaré este mismo verano. Recuerda que estoy cursando el Junior y el Senior al mismo tiempo. Además, estamos en centros diferentes…

Gabriel se quedó en silencio unos segundos, mirándome fijamente con ojos curiosos, hasta que en algún momento comprendió la magnitud de su error de cálculo.

—¡Es cierto, mamita! ¡Pero, entonces, ahora mismo ya me estás superando!

Me encantaba cuando me llamaba “mamita”. Mi muchachote tenía ya dieciséis años y seguía refiriéndose a mí del mismo modo en que lo había hecho desde que era pequeño.

—No creo que superar sea la palabra, Gabriel —atajó Mateo—. Simplemente tu madre no dispone de tanto tiempo como tú. No quería alargar demasiado su periodo escolar y encontrarse en la ceremonia de graduación de la universidad con cincuenta años.

—Es exactamente eso, hijo —continué—. Eres buen estudiante y tus notas son excelentes. Sigue así y verás cómo antes de que te des cuenta estás graduándote de una carrera universitaria. Para eso estamos ahorrando tu padre y yo…

La cena prosiguió con normalidad, al menos para Mateo y para mí. No obstante, por el rabillo del ojo veía cómo la expresión de Gabriel se había trastocado, convirtiéndose en taciturna, apesadumbrada…

Al terminar, mientras Mateo recogía la mesa y fregaba los platos —raspando con energía el queso fundido que se había adherido desbordando la exquisita lasaña que había preparado— acompañé a Gabriel a su habitación.

Alguna parte de la conversación había quedado grabada a fuego en su cabeza, creando un recuerdo esencial que me temo jamás logré deshacer.

Estuvimos un buen rato charlando sobre sus amigos, el instituto, el modelo de coche que le gustaría comprar con el salario obtenido del trabajo estival y otras muchas cosas.

Todos ellos tópicos conversacionales para introducir suavemente el verdadero motivo de mi presencia allí.

Sin embargo, no conseguí que confesara sus verdaderos sentimientos, y es que ver como su madre estaba logrando un objetivo educativo el doble de duro que él y con la mitad de tiempo disponible, lo había acomplejado a un nivel que sólo un año más tarde, cuando renunció a un prometedor futuro universitario, logré comprender…

De haber sabido que mi decisión de cursar estudios superiores iba a tener un efecto tan desmotivador en Gabriel, no me lo habría pensado ni un solo segundo.

Sin dudarlo, habría renunciado a mi sueño con tal de que él pudiera cumplir los suyos.

Y todo ello sin reproches, por supuesto, orgullosa de mi decisión, carente de arrepentimiento. ¿Qué otra cosa podría hacer una madre?