CAPÍTULO 15 #5
El último motivo, y no por ello menos importante, era el emplazamiento del instituto.
Estaba en pleno distrito escolar de Queens, prácticamente a orillas del hermoso lago Meadow, y a poco más de media hora a pie de la ciudad universitaria de Nueva York.
Era un edificio precioso, de corte clásico, con unos jardines increíbles y muy bien comunicado.
Además, me pillaba a un par de paradas de metro de casa, así que no había discusión posible, pues estaba hecho a medida para mí.
Sólo restaba que mi solicitud de inscripción fuese aceptada y la magia estaría hecha.
En lo que a mí respecta, tenía el presentimiento de que mi futuro empezaba allí mismo, así que no iba a cejar en el empeño y perseverar hasta haber formalizado la matrícula.
Bien sabe Dios que mis pálpitos solían ser certeros…
La primera vez que bajé del taxi a las puertas del instituto y atravesé la zona ajardinada hasta la entrada para estudiantes, me sentí de nuevo una adolescente.
El otoño todavía no había llegado y hacía calor, así que había elegido un juvenil conjunto que se camuflaba con los atuendos de las demás chicas con las que me cruzaba.
Tenía yo por aquel entonces cuarenta y tres años, pero estaba en forma.
Una mezcla de buena genética, piernas torneadas y la piel del rostro de una muchacha de veinte, hicieron que nadie reparara en mi presencia.
Ni siquiera cuando vi mi reflejo en el cristal de la puerta de entrada me sentí fuera de lugar, pues me veía como una estudiante más, con su carpeta llena de documentos ceñida al pecho con los dos brazos cruzados.
Incluso me sonrojé cuando un joven atlético cruzó conmigo la mirada, tal vez confundiéndome con una joven profesora.
No fue fácil matricularme, pues la convalidación con los estudios primarios cursados en España podía llegar a convertirse en una pesadilla plagada de gestiones, papeleos e idas y vueltas al ayuntamiento.
Sin embargo, una vez más en mi vida, tuve la enorme suerte de toparme con una secretaria de origen hispano a la que debí caer en gracia y que me ayudó con la documentación con entera dedicación, como si yo fuera un miembro más de su familia.
De la boca de aquella joven samaritana escuché una de las frases más bonitas y motivadoras que me han dedicado y, a pesar de que la pregunta fue formulada con la mayor inocencia posible, surtió un muy positivo efecto sobre mi autoestima.
—Si usted se desea inscribir en el programa para mayores de veinticinco años necesito una copia de su célula de identidad. Muchas jóvenes menores de esa edad intentan falsificar documentos para inscribirse y así aprovechar las ventajas. Porque es usted mayor de veinticinco, ¿no?
—Por supuesto, pero ¿es que no se lo parezco?
—Bueno, yo diría que algo, pero no mucho más. ¿Tal vez veintinueve?
A mis cuarenta y tres primaveras, un hijo, un aborto y todas las penurias que había pasado, que me echaran menos de treinta años ya no es que fuera un halago, era más un milagro, mas la joven administrativa había formulado la pregunta con tal convicción que no tenía la más mínima duda de que estaba siendo sincera…
Clara, que así se llamaba, se convirtió en una buena amiga y supe compensar años más tarde el enorme favor que me había hecho con la gestión de los papeles de matrícula, cuando su familia atravesó problemas económicos y le ayudé con una buena suma de dinero.
“De bien nacidos es de ser agradecidos”, que decía mamá. Por mi parte, siempre tuve bien claro que mi obligación era devolver a la vida los presentes que había dejado a mi puerta y en aquella ocasión, muchos después, mientras el recuerdo de Clara vuelve a mi mente, siento que fui más que justa.
Mas mi verdadera edad no fue la única de las sorpresas que Clara recibió de mí.
Días más tarde, con las gestiones ya realizadas, la inscripción en el centro aceptada y con sólo el formulario de matrícula pendiente de cubrir con las asignaturas a cursar, me planté a primera hora de la mañana en la secretaría del Forest Hills High School.
Era la primera en llegar y Clara todavía estaba colgando su chaqueta de entretiempo en una percha.
—¡Hola, Isabel! ¡Qué sorpresa verte tan pronto! ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Buenos días, Clarita. Por supuesto, formalizar la matrícula para este próximo año. ¿Acaso pensabas que venía a ver tu cara bonita? —respondí bromeando.
—Está bien, está bien, mensaje captado. Vamos al lío...
Mi nueva amiga, con la que más tarde me tomaría un café para celebrar el comienzo de una nueva vida, tomó asiento, puso en orden su mesa y recogió los formularios que le tendía.
Tras revisarlos durante unos segundos en los que su expresión fue cambiando de indiferencia a desconcierto, al fin se atrevió a preguntar.
—Debe haber algún error en la hoja de inscripción. Has puesto el doble de materias a cursar por año. ¿Estás segura de que está bien así?
—Desde luego, que estoy segura, corazón. ¿Hay algún problema?
—No, no, es sólo que… no sé si esto se puede hacer. No llevo mucho trabajando aquí y no sé si eso está permitido. Pero… Es que con el número de créditos que has apuntado, de aprobar todas las asignaturas, obtendrías el diploma de high school en dos años y lo normal es hacerlo en cuatro.
—Exacto, esa es mi intención.
Clara desconocía que en absoluto era un error y que mi decisión había sido muy meditada.
Aunque según ella aparentaba menos de treinta años, en realidad sobrepasaba la cuarentena y, de haber cursado los estudios por la vía convencional, para cuando terminara la carrera universitaria habría pasado ya de los cincuenta.
Aquel era un lujo que no me podía permitir así que, tal y como en otras ocasiones había demostrado, me propuse hacer los cuatro años del bachillerato americano en dos.
—Pero… bueno… en ese caso, por favor, déjame consultarlo.
—Por supuesto, querida, aquí te espero. Para eso he venido tan temprano. Ya suponía que mi solicitud te iba a chocar.
Clara se levantó con los impresos en la mano y regresó a los cinco minutos acompañada de un hombre mayor, de unos sesenta y pico, calvo, de mediana estatura y una nariz tan grande que podía haber soportado sobre ella cinco pares de gafas sin temor alguno a que se le cayeran.
—Este es el señor Paddington, el director del instituto.
Llegados a este punto y, a pesar de lo importante que aquel momento era para mí, he de reconocer que me costó sangre, sudor y lágrimas reprimir una risotada —y no sólo por el tremendo apéndice nasal que se gastaba el señor Paddington y que parecía estar amenazándome a cada palabra que salía de su boca— sino porque se identificara con el mismo nombre que el osito de los cuentos que leía a Gabriel por las noches cuando todavía era un niño.
—Entonces es usted, doña Isabel Portela, la valiente señorita que pretende cursar dos años en uno ¿es así?
—Bueno, no realmente, señor Paddington —nuevamente me tuve que contener al decir el nombre de mi interlocutor a viva voz—. Lo que deseo es cursar cuatro años en dos. Éste sería sólo mi primer año.
—Vaya, eso sí es una sorpresa para mí y, desde luego, la primera ocasión en la que se me presenta el caso.
¿Está usted segura? Nuestro centro es conocido por la dureza del profesorado y la alta calidad de la enseñanza.
La mayoría de los alumnos que pasan al siguiente nivel cada curso, terminan cada año reventados a estudiar.
Además, usted no es angloparlante en origen y tal vez el idioma sea otro hándicap que superar, en especial referido a las materias más técnicas.
—Pues, sí, estoy más que segura. A mi edad, ¿qué otra alternativa me queda?
—¿A su edad? —preguntó extrañado el director del centro—. No debe tener mucho más de veinticinco, ¿no es así?
De repente la nariz y el apellido del señor Paddington dejaron de provocarme hilaridad, pues la franqueza de su pregunta me inyectó un chute de autoestima tan grande que creí que el orgullo no me cabría en el pecho durante mucho tiempo más.
Por supuesto, me puse tan colorada como el más picante de los pimientos habaneros, a la vez que meditaba una respuesta prudente, que no reflejara la emotividad que me había hecho sentir.
—En realidad, estoy más en los cuarenta y poco, que en los veintimuchos…
El director se sintió algo incómodo. Parecía ser un hombre formal, correcto hasta el hastío y de modo alguno quería haberme piropeado.
Su pregunta había sido realmente sincera y tal vez fue esa molestia la que le llevó a querer zanjar aquel tema de inmediato, antes de que se le notara físicamente en forma de rubor la sensación de haber metido la pata…
—En ese caso, no hay nada más que hablar, doña Isabel. Permítame darle la bienvenida al Forest Hills High School, no sin antes haberle advertido nuevamente de lo complejo de la aventura que al entregar estos impresos de matrícula va usted a comenzar.
—Me hago cargo de la situación, señor Paddington. Muchas gracias por su tiempo y su consejo.
—Ha sido un placer —respondió extendiéndome la mano formalmente. La tenía húmeda y sudorosa, síntoma de los nervios que la situación le había provocado.
Al fin me quedé a solas con Clara, que mientras firmaba, sellaba y copiaba los documentos para el archivo del instituto, de nuevo expresaba su desconcierto.
—No sé, Isabel, ¿de veras sabes dónde te estás metiendo?
El señor Paddington tiene toda la razón.
La mayoría de los alumnos se las pasa empollando todo el curso y casi todos avanzan al siguiente nivel por los pelos y gracias a las clases de apoyo de las tardes.
Además, no sólo vas a cursar cuatro años en dos, sino que has escogido la modalidad a distancia, que es más difícil todavía y luego… está el tema del idioma…
—No te preocupes, pienso dejarme las pestañas. Algo me dice que esta vez las cosas van a salir bien…