CAPÍTULO 15 #4
Gabriel relató con pasión cómo había disfrutado de las vacaciones que a punto estaban de concluir y cómo había compaginado el cuidado de su primita con las salidas con los amigos, aprovechando cada momento libre para jugar a fútbol o salir en bicicleta a explorar la zona.
No tan entusiasmado esta vez, me puso al día de las novedades para el próximo curso académico que estaba a punto de comenzar y que marcaba el fin de la época estival.
Mateo, por su parte, había estado muy ocupado.
Entre el trabajo, la casa y los chicos, apenas sí había tenido tiempo para hacer otra cosa que no fuera dedicarse a los demás.
Al fin y al cabo, siempre fuimos un equipo y conocía bien la sensación de soledad…
Por culpa de su enfermedad había cargado yo sola y durante demasiado tiempo el peso de la familia y entendía muy bien lo duro que habría sido para él.
—Pierde cuidado, querido. Ahora estamos juntos. Prometo que te voy a compensar la ausencia— expliqué guiñándole un ojo, haciéndole ver que celebraríamos un reencuentro en condiciones.
No sabía cuánto extrañaba mi hogar hasta que atravesé el umbral y me tumbé en el sofá, dejando a un lado el equipaje.
Me revolqué sobre la sábana que protegía el tapizado, restregándome tal y como lo haría un gato doméstico, hasta que me di cuenta de que el olor de la prenda era sospechosamente desagradable.
—Parece que algunas telas están echando en falta la lavadora, ¿no? —protesté.
—Lo siento, cielo. Te aseguro que las sábanas están limpias y recién lavadas, pero pasé por alto la que cubre el sofá. Con tanto trabajo no he tenido tiempo de usarlo ni para ver la televisión y supongo que lo pasé por alto.
Mateo, que se había esforzado en presentar nuestro hogar lo más limpio y recogido posible, se disculpó, frustrado por haber dejado atrás justo la primera zona de la casa de la que hice uso.
Me levanté del sofá, no sin antes estornudar un par de veces, pues aquella sábana se había convertido en un zoológico de ácaros, y le besé.
—No importa. Se nota que te has esforzado y que la casa está limpia y recogida. Anda, deshagamos las maletas. Pronto será la hora de cenar y quiero preparar algo rico para celebrar mi regreso.
Después de recoger el equipaje, cociné lasaña, el plato favorito de Gabriel, que pidió repetir hasta en dos ocasiones, rebañando el plato como si hubiera pasado meses sin comer.
Su gesto me llevó a sospechar que Mateo no había cocinado tanto ni tan bien como debería, aunque ahora ya estaba de vuelta y mi familia disfrutaba de la comida que mejor se me daba preparar.
—Mamita, está para chuparse los dedos —afirmaba Gabriel mientras Mateo asentía con la cabeza para no dejar de masticar. Ambos estaban hambrientos, especialmente mi marido, que parecía haber adelgazado durante las semanas en que había estado ausente.
Aquella noche Mateo y yo nos entregamos mutuamente. Al día siguiente era sábado y no había que trabajar… lo menos que podíamos hacer era aprovechar la ocasión y tratar de recuperar el tiempo perdido…
Nos levantamos agotados poco antes del mediodía, con el sol bien alto en el horizonte y después de ducharnos, expolié la nevera improvisando una enorme tortilla de patatas y champiñones con salchichas.
La hora de comer era el momento que había elegido para explicar a mi familia los nuevos planes que tanto había meditado desde la estimulante y motivadora charla con papá a la sombra de la vid.
Una conversación que había cambiado mi vida para siempre, haciéndome ver que tenía mucho más que ofrecer al mundo que coser pantalones u ocuparme de la casa…
—Tengo algo que contaros —anuncié justo antes de empezar con el arroz con leche que Mateo había preparado de postre mientras yo me ocupaba del resto.
Mis dos hombres levantaron las orejas como lo haría un cachorro al escuchar a su dueño rellenando la escudilla de la comida.
—Mamita, no nos asustes —atajó Gabriel— ¿No te irás a marchar otra vez?
Mi hijo formuló la pregunta con una expresión de sincera preocupación, haciéndome estallar en carcajadas.
—¡Por supuesto que no me voy a ir a ninguna parte! —acerté a contestar con la respiración todavía agitada. Mateo, que me conocía bien, supo que una reacción así no podría jamás ser preámbulo de nada malo, así que relajó su expresión, presto a escuchar aquello que tuviera que decir.
—¿Qué es entonces? ¿Estás bien? —preguntó Gabriel.
—Sí, claro que estoy bien. De hecho, nunca he estado mejor… Es sólo que…
—¡Vamos, mamita! ¡Suéltalo ya!
—Es sólo que voy a empezar a estudiar. Quiero sacarme una carrera universitaria…
La forma en la que una noticia tan importante para mí había sido expresada, estaba lejos de cómo la había imaginado. Y, desde luego, la reacción de mi pequeña familia fue inesperada, a la vez que gratificante.
—Ah, era eso… —soltó Gabriel espontáneamente—. Me habías asustado.
—Entonces… ¿os parece bien? —indagué escrutando el rostro de mi marido en busca de una respuesta sincera.
—No sólo me parece bien, Isabel. Me parece necesario. Siempre he visto muy injusto que una mujer tan inteligente como tú no hubiera tenido la oportunidad de hacerlo. Si eso te hace feliz, adelante, pues. Nosotros te apoyaremos. ¿Verdad, hijo?
—Vaya que sí, mamita. Hasta te puedo prestar mis apuntes y podemos estudiar juntos. ¡Sería brutal!
No podía ser más feliz, al haber planteado un cambio de rumbo tan importante en mi vida, recibiendo a cambio una respuesta tan cálida y satisfactoria. Con lágrimas de alegría en los ojos me deshice en agradecimientos por el apoyo prestado.
—Prometo que os compensaré por las horas en que no me tengáis a vuestro lado. Además, no dejaré mi trabajo. La universidad no es barata y no quiero cargar a la familia con más gastos de los necesarios.
—Por eso no te preocupes —atajó Mateo—. Sabes bien que ahora gano dinero de sobra en la joyería y puedo mantenernos holgadamente sin necesidad de que trabajes.
Agradecí la oferta de mi amado esposo, pero tenía muy claro que eso no iba a ocurrir.
Seguiría cosiendo, compaginando mi trabajo con los estudios y el cuidado de la casa.
Tal vez me aventuré con ello a un esfuerzo que podría no ser quien de llevar a buen término.
No obstante, esa era mi forma de hacer las cosas y si no había sudor y sangre de por medio, el mérito no sería el mismo.
Ciertamente, la conversación con papá me había marcado de un modo que lejos estaba de llegar a comprender y me había dado alas para perseguir un sueño que para cualquier otro y a aquellas alturas de mi vida parecía más una utopía que un objetivo.
Por otra parte, el terrible accidente de Lucía me había dado una nueva perspectiva de la vida.
Mi cuñada era una mujer feliz hacía tan solo un par de meses.
Tenía un marido trabajador y cariñoso, una preciosa e inteligente hija, salud a raudales y dinero de sobra, viviendo en un país próspero y en un hogar con todas las comodidades.
Sin embargo, de la noche a la mañana, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados y, lo quisiera o no, ella iba a tener que adaptarse.
Esta situación también me había hecho reflexionar y es por ello por lo que pienso que fueron ambos acontecimientos los que me empujaron a tomar tan valiente decisión.
Aquella misma mañana acompañé a Gabriel al instituto a formalizar su matrícula para el siguiente curso escolar.
A pesar de que no llegamos a hablar del tema, estaba segura de que mi hijo temía que me fuera a matricular en el mismo centro que él.
Y no es que no me quisiera, pero me consta que tener a tu madre compartiendo aula o clase de gimnasia no era la situación ideal para un adolescente.
Es por ello que lo sentí respirar aliviado cuando me limité a pagar las tasas de matrícula y tomar nota de toda la documentación que necesitaría para la inscripción.
Si algo sobraba en una ciudad tan grande y cosmopolita como Nueva York eran centros educativos.
A la salida del instituto, pasamos por una librería a reservar material escolar y algunos libros y regresamos a casa.
Una vez allí recopilé los documentos que necesitaba; el certificado de estudios primarios, el título de inglés avanzado, el documento de ciudadanía y mi célula de identidad y tomé un taxi de regreso al distrito de Queens, en donde se concentraba el mayor número de centros escolares.
Elegí el Forest Hills High School por varias razones.
La primera es que tenían una beca para la promoción de la educación entre personas adultas.
Las condiciones eran ser mayor de veinticinco años, tener la ciudadanía americana y, sobre todo, aprobar todas las materias en las que estabas matriculada.
Este último requisito, era condición sine qua non para poder cursar estudios sin pagar ni un solo céntimo y, desde luego, pensaba dejarme las pestañas para no cargar a mi familia con más gastos.
Otra de las razones fue el programa de estudios superiores a distancia. Esta modalidad era ideal para poder compaginar con el trabajo y sólo obligaba a asistir a clase dos días a la semana y, por supuesto, a aquellos en los que se hubieran fijado fechas de examen.