CAPÍTULO 15 #3
Abracé a papá, que rompió a llorar, liberado al fin de la carga que durante tantos años lo había consumido. Supo que aquel gesto de amor por mi parte significaba el perdón a su mayor pecado, un delito cuya penitencia había pagado con creces en forma de culpa.
Todavía estábamos abrazados cuando mamá entró en la cocina.
—Vaya, ¿qué está pasando aquí? —preguntó sin demasiada delicadeza.
Por toda respuesta, me separé de papá, no sin antes darle un dulce beso en la mejilla, y subí a llorar a mi habitación, pasando al lado de mi madre sin tan siquiera ofrecerle una mirada.
A este capítulo de mi vida decidí llamarlo, “El Renacimiento” y, a pesar de que en un principio pudiera parecer que no lo era en absoluto, el desgraciado accidente de mi hermano y la serie de acontecimientos en los que desembocó, me llevaron a un giro de ciento ochenta grados en el modo de ver las cosas.
Cuando Mateo consiguió el trabajo en la prestigiosa joyería-relojería y comenzó a traer dinero en abundancia, llegué a pensar que a partir de entonces las cosas serían distintas.
Al fin podría descansar después de tanto sufrimiento y dedicarme a cuidar de mi hijo, de mi esposo y de la casa, empleando el tiempo libre en mis aficiones favoritas, como dar largos paseos por la naturaleza o leer.
Incluso llegué a pensar que, dada mi facilidad por la escritura, respaldada por años de haber cubierto puntualmente un diario con mis experiencias, podría llegar a publicar un libro.
Al fin y al cabo, estaba en la tierra de las oportunidades y todo podría ocurrir.
No obstante, la frase de papá, “ Si te esfuerzas lo suficiente, conseguirás todo lo que te propongas”, retumbaba en mi cabeza una y otra vez como un martillo neumático.
Por primera vez en la vida sentía de verdad que podría hacer cualquier cosa que me propusiera y no era esta idea un mantra que me repetía para creérmelo, sino la certeza absoluta de que estaba hecha para destacar.
Debía demostrar al mundo que no podía perderse un talento natural, regalo de Dios, refrendado asimismo por otro talento sobrenatural con el mismo origen divino y que me había servido en tantas ocasiones para llegar incluso a salvar vidas humanas…
Durante el resto del tiempo que permanecí en la casa familiar en la aldea, traté por todos los medios de contagiar con mi recién estrenado espíritu emprendedor a Lucía, haciéndole ver que cualquier cosa era posible, incluso la recuperación merced a los avances de la medicina moderna.
Intenté inculcarle optimismo hacia la vida, explicando que incluso en el peor de los casos, podría alcanzar objetivos inimaginables.
Papá asfaltó en tiempo récord un camino por la finca para que pudiéramos dar largos paseos con la silla de ruedas.
Entendió que mi influencia sería para Lucía mucho mejor que la de Alberto, cuyo sentimiento de culpa lo había hundido en una profunda depresión de la que padre trataba de dar cuenta con su experiencia y consejos.
Así, cada mañana poco después de un desayuno casero a base de pan con mermelada de higo o untado con mantequilla casera, nos entregábamos a interminables caminatas sorteando los árboles frutales siguiendo el sendero trazado por papá.
Lucía, postrada en la silla de ruedas que yo empujaba con destreza, sorteando los obstáculos que la naturaleza interponía en el camino, solía llevar una bolsa vacía en una mano y, en la otra, una larga pinza de madera con la que recogía del suelo los frutos caídos para cocinar mermeladas por las tardes.
Aquel sencillo ejercicio la hacía sentirse útil y corroboraba mis consejos, mis impresiones de que todo era posible, de que rendirse jamás sería una alternativa…
Pasaron los días, después las semanas y al fin las heridas cicatrizaron en los cuerpos de mi hermano y mi cuñada. Las físicas al menos…
El comienzo del curso académico se acercaba y, para entonces, debíamos estar todos de regreso en américa para ayudar a Mateo con los chicos.
Gabriel se había sacrificado mucho durante aquel verano, cuidando de su primita.
Había dejado de salir a jugar con sus amigos para quedarse en casa con ella y le estábamos todos muy agradecidos por su madurez y sentido de la responsabilidad.
Pero no era el único que se había esforzado en tan duras circunstancias.
Mateo se había visto obligado a adaptar su jornada laboral y traerse relojes a casa, trabajando hasta altas horas de la madrugada, mientras los chicos dormían.
Todavía estaba débil y convaleciente de su grave enfermedad, por lo que no era prudente exigirle un esfuerzo tan intenso…
Y así es cómo tan pronto Alberto y Lucía estuvieron preparados, les propuse regresar todos juntos.
No me costó convencer a mi cuñada, pues quería abandonar cuanto antes aquella tierra que tan mala suerte le había traído y adaptarse a su nueva rutina en casa.
Sin embargo, con Alberto costó mucho más y, sin la inestimable ayuda de papá y sus largas sesiones de terapia conversacional, jamás lo habríamos conseguido.
La despedida de mamá y papá fue muy triste pues para ellos significaba perder de vista a sus hijos por una larga temporada, cuya duración era imposible de prever.
Para nosotros también fue dura… Cuando tus padres llegan a cierta edad y sabes que pasarás años sin verlos de nuevo, entiendes que cada ocasión tal vez sea la última y la despedida se vuelve un terrible drama…
Pero la vida es así y las cosas deben seguir su curso.
Unos vienen y otros se van, unos nacen y otros fallecen…
lo nuevo siempre sustituye a lo viejo y una y otra vez el ciclo se repite en una sucesión infinita…
Tan sólo unos días más tarde de haberlo propuesto y a solo una semana del comienzo del curso académico, al fin aterrizamos de regreso en el aeropuerto JFK en Nueva York.
No veía el momento de ver a Gabriel y a Mateo, por eso me decepcionó que no estuvieran esperando en la terminal de llegadas.
Cargada con una maleta adicional llena de regalos para ellos y el resto de amigos americanos, acompañé a Alberto y Lucía hacia la zona de taxis.
La carrera nos iba a salir por una buena cantidad, pero no quedaba otro remedio ante la ausencia de mi marido.
Una ausencia que duró menos de lo que había imaginado…
Justo tras el taxi que estábamos a punto de abordar, aparcó haciendo chirriar los neumáticos un vehículo que me resultaba muy familiar.
Gabriel y Mateo se abalanzaron sobre mí y nos abrazamos.
Saltamos de felicidad formando una piña ante los atónitos y enfurecidos ojos del taxista, que no sólo acababa de perder una carrera, sino que también lo estaba haciendo con su valioso tiempo.
El hombre, abandonó el asiento del conductor, abrió el maletero y sacó nuestro equipaje de malos modos, ajeno por completo a la algarabía de gritos que estábamos protagonizando a la salida de la terminal y que ya había puesto sobre aviso a un par de policías que vigilaban la zona.
Por suerte para el taxista, una familia oriental había asaltado ya su vehículo y arrancó dejando una estela de humo que nos hizo toser y sirvió, a modo de gas disuasorio, para separarnos y montar en el coche.
Camino a la primera parada en Brooklyn, fuimos algo apretados los seis.
Leslye iba delante, sentada en las piernas de su padre y Gabriel encajado como buenamente podía entre Lucía y yo.
Por suerte el coche era bien grande, como todos los turismos americanos de la época, y pudimos acomodar en el maletero, no sólo el nutrido equipaje, sino también la silla de ruedas de Lucía.
Ya en el primer destino, dejamos a nuestros pasajeros en su viejo hogar con su nueva vida.
Lucía parecía haber olvidado su estado al haberse reencontrado con la pequeña Leslye.
Para la niña, que ya había sido preparada con delicadeza por Mateo sobre la nueva situación de su mamá, aquello no era sino una oportunidad para demostrar amor y asumir el rol de cuidadora.
Se la veía feliz de ocuparse de Lucía y dedicaba toda su atención a que estuviera cómoda y se sintiera querida.
Obviamente, mi cuñada no podía estar más contenta, tanto que parecía haber olvidado por un momento las secuelas del terrible accidente de tráfico.
No tanto así Alberto, que necesitaba el cariño de su hija y que veía como la pequeña entregaba toda atención posible a su mamá.
No cabe duda de que iban a ser tiempos duros para mi hermano, los de tratar de superar la culpa por lo acaecido, el mismo tipo de pena que había empujado a mi padre días atrás a confesarme el más oculto de sus secretos.
En cualquier caso, cuando el taxi arrancó de nuevo dirección a Queens, supe que todo iría bien.
Mi hermano se entregaría al trabajo y el tiempo y la terapia harían el resto para tratar de cicatrizar la herida.
En cuanto a Lucía, con la inestimable ayuda de su inteligente y cariñosa Leslye, terminaría superando cualquier cosa.
Ahora era nuestro momento, el del reencuentro con Mateo, mi amante, amigo, esposo…
El de disfrutar de mi hijo, que parecía haber madurado en un verano tanto como nunca antes había visto.
Y al fin tuvimos un momento de soledad, la familia reunida de nuevo, camino a nuestro recién estrenado hogar, lejos de la pobreza, de los apuros, de la enfermedad…
—Siento mucho haber llegado tarde, cariño —se disculpó Mateo—. El tráfico estaba imposible y eso que salimos de casa con tiempo suficiente, pero…
—Nada que disculpar. Estamos juntos otra vez y eso es lo que importa… Pero, contadme, ¿qué tal ha ido el verano?