La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

​ Con su pregunta, entendí que lo último que Lucía deseaba era hablar de sí misma, de su terrible accidente.

Eso me dio un instante de lucidez que me hizo comprender cuál sería la estrategia para seguir.

Al instante me recompuse y comencé a parlotear sin descanso sobre la vida en casa, relatando anécdotas de los niños y de lo bien que Gabriel cuidaba de Leslye.

Definitivamente esa sería la mejor forma de actuar en aquella situación; en ningún caso hablaríamos del accidente o de su estado de salud salvo que Lucía manifestara el expreso deseo de hacerlo.

En tanto, intentaría distraerla con banalidades, hablando de cualquier tema que la pudiera entretener, tratando ser alegre y divertida, aunque por dentro me sintiera casi tan destrozada como las extremidades de mi cuñada.

​ El primer día en la aldea fue el más difícil de llevar, tratando por todos los medios de disimular mi congoja.

Cuando ya no podía más, me disculpaba con la excusa de ir al baño y me encerraba a llorar hasta que ya no quedaban lágrimas y los ojos me escocían de dolor.

Luego, me refrescaba la cara, retocaba el maquillaje y volvía a bajar como si nada hubiera ocurrido, luciendo mi mejor sonrisa, tratando de animar por todos los medios a ambos; a Lucía, todavía parcialmente en shock por su invalidez y, a Alberto, por el profundo sentimiento de culpa que lo llegaba a ahogar por momentos.

​ El tiempo cicatriza las heridas… el tiempo cicatriza las heridas… el tiempo cicatriza las heridas…

​ Una y otra vez me repetía para mis adentros esta frase, tratando de convencerme que aquella pesadilla pasaría.

Tarde o temprano, la tristeza daría paso a la rabia y después a la aceptación.

Y la vida seguiría adelante para ellos, igual que para mí, con sus altos y bajos, con sus momentos duros y sus días felices.

Estaban por venir acontecimientos que ni en el más bello de mis sueños acertaría a imaginar, aunque para llegar a ellos debería luchar —como siempre había hecho cuando un objetivo quedaba fijo en mi horizonte— con absoluta y dedicada abnegación…

​ Sí, es cierto, el tiempo cicatrizaría las heridas de Alberto y Lucía.

El dolor quedaría atrás… Se concentrarían en el bienestar de su hija, mucho más allá de lo que habrían hecho en circunstancias normales, y se convertirían en los mejores padres imaginables, siendo esta meta un objetivo en el que enfocarse y evitar pensar en el dolor o en la culpa.

Pero la cicatriz seguiría ahí, por siempre, como recuerdo de una imprudencia que jamás debió ocurrir y que dejaría una eterna sombra en su otrora maravillosa relación…

​ Los días pasaron y la terapia de distracción empezó a funcionar con Lucía y, en la medida que lo hacía, mi satisfacción crecía por sentirme útil.

No obstante, con Alberto la situación no mejoraba.

El peso de la responsabilidad por lo acaecido estaba haciendo mella en su bienestar emocional y lo veía flaquear por momentos.

Para él no bastaría el tiempo y su “cicatriz”, no tan visible como la de su amada esposa, aunque tal vez mucho mayor, terminaría necesitando de terapia para sanar…

Lo supe gracias a papá que, como hombre curtido en mil batallas y buen conocedor de la fuerte personalidad de su hijo, sabía de su profundo dolor.

Así me lo hizo saber una soleada tarde, conversando ambos sentados en un banco de piedra a la sombra de la vid.

​ —Isabeliña, ya sé que te estás esforzando por ayudar, pero Alberto no es como Lucía y su dolor en nada se parece.

Él haría cualquier cosa por su mujer, igual que yo lo haría por tu madre…

incluso daría mi vida por ella. ¿Puedes entonces imaginar cómo debe sentirse al haberle hecho tanto daño?

¿Incluso sabiendo que, aunque en silencio, ella siempre le culpará de lo ocurrido?

​ Como siempre, las palabras de papá eran sabias.

No necesitó estudiar psicología ni leer grandilocuentes libros sobre el comportamiento humano para conocer a sus hijos y saber cómo tratarlos en cada momento.

Para él, al igual que muchos hombres y mujeres de la época, la escuela de la vida había sido lo bastante dura como para pasar por alto el estudio de ciertos temas…

​ He de reconocer que, de las muchas conversaciones trascendentales que tuve con papá a lo largo de mi vida, aquella fue la que más me marcó, dejando una indeleble marca en el horizonte y cambiando para siempre mi modo de ver las cosas…

Y, no sólo en lo referido a cómo debía actuar con Lucía o Alberto tras el accidente, sino en la influencia que tuvo sobre mi propio destino, pues, en algún punto de la conversación, derivamos hacia un tema que él parecía tener clavado hace años como una espina.

Semejase incluso que la empatía por la culpa de mi hermano lo hubiese sacado a flote en su mente y él quisiera resarcirse…

​ —Mi pequeña Isabel, mi niña buena. No sabes lo arrepentido que estoy por el daño que te hemos hecho —alcanzó a interrumpir en un momento de mi relato sobre las ocurrencias de su pequeña nieta, Leslye.

Me miraba con los ojos vidriosos y una expresión que sólo le había visto en un par de ocasiones, como el día del entierro de la abuela y alguna otra más que no acierto a recordar.

​ —¿Por qué me dices eso ahora, padre? Si hay alguien que jamás me ha hecho daño y que siempre ha cuidado de mí, ese eres tú.

​ Estaba confundida, tanto por sus palabras como por el repentino estado de ánimo. Nos quedamos ambos en silencio a la espera de que uno de los diera el primer paso, hasta que al fin papá se decidió y soltó de sopetón, sin preámbulos, sin ambages, la pesada losa que cargaba sobre su alma.

​ —Eres tú a quién debíamos haber estudiado. Siempre supe que, de todos mis hijos, eras con diferencia la más inteligente.

​ La sincera declaración me tomó por sorpresa, dejándome todavía más desconcertada. No supe qué contestar y él aprovechó mi silencio para arrancar un largo soliloquio en el que pudo al fin confesar su más profundo arrepentimiento, su más pesada culpa…

​ —Desde muy pequeñita destacaste sobre los demás y, a la edad que tus hermanas apenas sí soltaban dos o tres palabras seguidas, ya hablabas con soltura —comenzó papá—.

Te he visto crecer, mi niña. Y sé muy bien de lo que eres capaz.

Para sacar las mismas calificaciones que tus hermanos en la escuela, tenías que estudiar menos de la mitad y te he visto resolver complejos problemas matemáticos, más propios de adultos universitarios, sin apenas pestañear.

Incluso tu maestra llegó a venir por casa cuando estabas todavía en primer grado para advertirnos de tu potencial.

Recuerdo como si fuera ayer la reunión con ella al calor de la cocina.

Era un día muy frío de invierno y, una vez se hubo marchado, tu madre y yo tuvimos una de las discusiones más fuertes de toda nuestra vida juntos.

​ —¿Mamá y tú discutiendo? No lo puedo creer.

​ —Puedes y debes. Ella insistía que, de todos vosotros, a la que debíamos enviar a cursar estudios superiores era a Raquel, que para eso era la primogénita.

Había asumido el rol de segunda madre y era recta, disciplinada y muy responsable.

Tú, sin embargo, siempre fuiste más alocada y espontánea y ese rasgo a mamá nunca le gustó.

Raquel, además, era un calco de la abuela Graciela y eso siempre fue un punto a favor.

​ No podía creer lo que papá me estaba contando. Era una confesión en toda regla de lo que él consideraba el mayor de todos sus pecados. Una falta cometida contra el futuro de su pequeña Isabeliña, su niña predilecta, siempre alegre, bailarina y cantarina como él.

​ —Aquella noche discutimos largo y tendido y en un tono más acalorado de lo que jamás habíamos hecho.

Llegamos a subir tanto la voz que salimos a la lluvia para no despertaros.

Mamá estaba enfurecida conmigo por haberle planteado aquel repentino cambio de planes; la propuesta de que tú fueras la hermana que enviáramos a estudiar fuera…

El caso es que el enfado le duró varios días en los que casi no cruzamos palabra.

Ella y tu abuela hicieron piña para salirse con la suya y, finalmente, di mi brazo a torcer…

​ No sabía muy bien qué decir. Por un lado, sentí el deseo de plantarme en aquel mismo instante delante de mamá y decirle cuatro cosas. Su cabezonería había marcado mi destino. Tampoco entendía la culpabilidad que papá sentía. Él se había posicionado a mi favor, al fin y al cabo.

​ —Pero, padre, no fue tu culpa —acerté a replicar—. Tú te pusiste de mi parte.

​ —No es excusa, Isabeliña. Eran otros tiempos, de haberme puesto terco e insistir en mis deseos, habrías sido tú la estudiada, pero no quise tener problemas.

Ya bastante dura era la vida por aquel entonces como para complicarla todavía más.

Fui cobarde y aún hoy en día me arrepiento de no haber peleado más.

​ —Pero… ¿por qué me cuentas todo esto ahora mismo?

​ —Supongo que porqué he sentido en mis carnes la culpa de tu hermano por el accidente y ese pensamiento ha reabierto viejas heridas que creía olvidadas… Te veo aquí, ante mí, tan madura, responsable y con ese brillo de inteligencia en los ojos…

​ —Yo… padre.

​ —No te rindas ante nada, Isabeliña. Todavía tienes mucho por hacer en esta vida y nunca es demasiado tarde. Si te esfuerzas lo suficiente, conseguirás todo lo que te propongas…

​ Esta última frase de papá se convirtió en un recuerdo esencial y marcó mi personalidad para el resto de mis días. En adelante, jamás volví a capitular ante reto alguno y puse cada fibra de mi ser a trabajar en todas y cada una de las empresas que se pusieron en mi camino.