La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

RENACIMIENTO

E n los días siguientes, pude hablar en varias ocasiones con Alberto, llamando directamente a la extensión de la habitación del hospital en donde Lucía permanecía ingresada.

Mi hermano estaba destrozado, deshecho, profundamente afligido por el peso de la responsabilidad que había tenido en el accidente.

Al parecer, circulaba a una velocidad demasiado elevada para una carretera de montaña semi asfaltada.

Perdió el control del coche en una curva cerrada por culpa de la grava suelta que supuraba un bache recién asfaltado.

​ Lucía no volvería a caminar. Un hecho ineluctable que le robaba el alma y las ganas de vivir.

No se podía perdonar el haber lastimado al ser que más amaba y su penitencia sería una culpa que necesitaría miles de horas de terapia y que sólo se vería superada por los dos medicamentos que salvarían su vida; por un lado, el tiempo, que lo cura todo menos el inevitable desenlace y, por otro, la mente joven, divertida, amable y siempre positiva de mi cuñada que, encadenada de por vida a la prisión de una silla de ruedas, jamás perdería la sonrisa ni las ganas de vivir.

​ El cualquier caso, no podía permitir que mi hermano pasara en soledad el trance de unos momentos tan duros para él, así que, para cuando al fin decidí tomar el primer avión disponible, tres semanas más tarde del trágico incidente, Lucía a punto estaba de recibir el alta.

Ellos habían decidido no regresar a américa todavía.

A pesar de la tragedia que la consumía, mi cuñada sabía que el bienestar psicológico de su marido dependía de recibir el consuelo y consejo de su familia más pronto que tarde, por lo que habían tomado la determinación de viajar a Galicia y pasar allí el resto de la recuperación de Lucía.

Al menos la parte que ya no requería más asistencia que visitas ambulatorias.

​ Mateo acató mi decisión sin más palabras que de apoyo, como siempre, comprensivo y cariñoso.

Sabía que no soportaba ver cómo mi hermano favorito sufría de aquel modo y entendía que la familia estaba precisamente para ayudarse en momentos como aquellos.

Me limité a dejar bien atados mis asuntos.

Cedí mis comandas de costura a una buena amiga, a la que las horas extra le iban a venir muy bien, pues no era tan afortunada como nosotros por aquellos días.

En cuanto a los chicos, Gabriel era lo suficientemente mayor como para quedar a cargo de su primita y como las vacaciones escolares de verano todavía estaban a un mes de finalizar, el problema quedaba resuelto.

​ El día de mi partida, Mateo me acompañó al aeropuerto.

Me hubiera gustado hacer aquel viaje con toda la familia y que el motivo fuera descansar por vacaciones.

Una suerte de catarsis por todo lo malo que nos había ocurrido en los años anteriores.

Llevaría la maleta cargada de regalos para todos.

Por aquel entonces, en américa había muchas cosas que a España aún estaban lejos de llegar, sobre todo pequeños aparatos de electrónica de consumo importados de japón.

Serían aquellos los presentes elegidos para mis hermanos y sobrinos.

En cuanto a mis hermanas, llevaría elegantes zapatos de piel o bolsos de marca. Con el desmesurado salario que Mateo obtenía de la reparación de lujosos relojes, ahora sí nos lo podríamos permitir.

No obstante, mi maleta iba casi vacía. No había tenido valor ni fuerzas para meter mucho más que un par de vestidos, ropa interior, un cepillo para el pelo y algunos productos cosméticos.

Digamos que mi único equipaje para el viaje serían la tristeza y la pesadumbre, dos emociones que, a toda costa debía controlar si quería de veras ser apoyo para Alberto.

​ Mateo y yo nos despedimos en la terminal con un escueto beso en la mejilla y un largo abrazo en compensación. Luego, sin mirar atrás, tomé el pasillo hacia el control de acceso y me subí al avión tras una breve espera.

​ Durante el viaje, sonaban en el hilo musical los grandes éxitos de la época: “Superstition” de Stevie Wonder, “Crocodile Rock” de Elton John, “My love” de Paul McCartney o “Killing me softly with his song” de Roberta Flack, todos ellos preciosos temas que rebotaban en mis oídos tan vacíos como el molesto y constante rumor de los motores del avión…

​ A pesar de que el viaje duró algo más de doce horas, trascurrió, por fortuna para mí, con la rapidez de un suspiro.

La primera parte me la pasé imaginando cómo reaccionaría al ver a mi hermano y el modo en el que intentaría sacar fuerzas de flaqueza para aparentar calma, tranquilidad y así poder transmitirle algo de sereno consuelo.

Lo figuré de mil formas diferentes y, en todas ellas, el trance terminaba del mismo modo; conmigo colgada como un canguro de los brazos de Alberto, llorando como una magdalena…

En cuanto a la segunda parte, la que se hizo más corta por obvias razones, la pasé durmiendo profundamente.

Y es que viendo que la ansiedad comenzaba a tomar control de mi cuerpo, decidí sacar un tranquilizante del bolso y al menos poner freno durante unas horas al malestar que me consumía.

​ Para cuando llegué al aeropuerto de Santiago de Compostela, me esperaba en la terminal mi hermana mayor. Se había ofrecido amablemente a llevarme a la aldea con mis padres.

​ Hacía años que no la veía y la imaginaba tan joven como la última vez que habíamos estado juntas.

Sin embargo, el tiempo había pasado para todos y con él su rostro había cambiado, se había endurecido.

Su vida tampoco había sido fácil, como para la mayoría de las mujeres de mi época.

Había tenido que sortear mil obstáculos que para los hombres no existían y así poder medrar en su trabajo como enfermera ginecológica en el hospital.

Y no sólo eso… Además, debía compaginar un trabajo tan duro con el cuidado de la casa y la crianza de nada menos que cuatro hijos.

Y así es como los años y los problemas habían convertido su expresión en la de mamá.

Cada día se parecían más… pero la semejanza que más asustaba —tanto física como en el ámbito de la personalidad— era con la abuela Graciela, aunque esa es una circunstancia de la que me daría cuenta más adelante, principalmente por su seriedad, madurez, frialdad y profundo sentido de la responsabilidad.

Desde luego, en nada se parecía a mí, que había heredado el carácter emocional de papá, tan cantarín, siempre alegre y divertido, aunque igualmente responsable, como no podía ser de otro modo con una vida tan dura como la que había llevado…

​ No contaba con encontrarme a Alberto y a Lucía en casa de mis padres.

Suponía que todavía tardarían un par de días más desde mi llegada y así habría tenido tiempo para prepararme y mentalizarme de cuál sería el mejor modo de reaccionar al verlos.

Raquel no había querido prevenirme, pues conocía bien mi forma de ser y sabía perfectamente que, de haberlo hecho, habría pasado todo el viaje desde el aeropuerto hasta casa temblando como un flan…

​ Tal vez fue un error el no haberme advertido…

La última vez que había visto a Lucía las dos reíamos algo achispadas junto a su coche.

Todo era felicidad para ambas. Ella a punto de hacer el viaje de su vida con el hombre amado y yo, quedándome a cargo de mi preciosa sobrina.

La mujer que me encontré de sopetón no tenía nada que ver…

​ El lateral derecho de su cara estaba lleno de cortes y laceraciones que, en su momento debieron ser bastante severas, pues aún dejaban una notable marca en su piel.

Yacía sentada en una moderna silla de ruedas, con la mirada perdida a través de la ventana de la cocina, la que daba al corral, dirigida hacia algún punto indeterminado.

A pesar de que hacía calor, tapaba las piernas con una vieja manta que recordaba haber visto en la cama de mamá cuando yo era niña.

No sé por qué razón cruzó por mi cabeza una reflexión acerca del motivo.

¿Sería que, a pesar de ya no sentir las extremidades, tenía algún tipo de sensación de frío residual en ellas?

¿O tal vez se avergonzaba de la terrible situación y quería evitar a toda costa el contacto visual con las piernas?

​ El abrazo de Alberto me sobresaltó. Apareció como un fantasma tras de mí, con la cara desencajada por el dolor y las cicatrices que el terrible accidente le había dejado como recuerdo.

Nos quedamos enganchados en silencio durante minutos que parecieron una eternidad, los dos con los ojos cerrados, inmersos en un mundo de seguridad en el que no había ocurrido desgracia alguna, pretendiendo que el abrazo nos aislaría de la terrible tragedia.

​ —Hola, cuñada —la voz de Lucía me devolvió a la realidad. Había notado mi presencia y ahora sonreía, o al menos eso intentaba, con una extraña mueca hasta dónde la tensión en la piel provocada por los puntos de sutura le había permitido.

​ Di un beso en los labios a mi hermano y me abalancé sobre mi mejor amiga, colocándome en cuclillas frente a ella y tomándola de las manos.

​ —¿Cómo estás, mi bebé? —pregunté mostrando sin pudor el torrente de lágrimas que comenzaba a salpicar el suelo de baldosa de la cocina.

​ —He tenido días mejores —acertó a bromear—. ¿Qué tal ha sido tu viaje?