La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 14 #8
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CAPÍTULO 14 #8

—Mamita, es cierto. Aún estás temblando y… ¡mírate! Pero si estás empapada en sudor y más pálida que el mármol de la encimera —Gabriel, que finalmente había colgado la llamada con emergencias, protestaba arrodillado a mi lado mientras colocaba una almohada bajo mi cabeza.

—De verdad, chicos, estoy bien. Sólo necesito una ducha y despejarme. Estoy algo cansada.

—Vale, mamá. Pero yo te acompaño y te vas a duchar sentada en la bañera y con la puerta entreabierta. Yo te espero al otro lado y si te encuentras mal, me avisas, ¿ok? Ya he avisado a urgencias y se van a pasar con una ambulancia.

Me sorprendió la madurez de la propuesta de Gabriel y asentí con la cabeza, a pesar de que hubiera preferido salir por mis propios medios de la crisis. La asistencia médico-domiciliaria nos iba a costar un riñón…

El baño me iba a venir de perlas, tanto para limpiarme el sudor como para despejarme. Además, necesitaba tiempo para pensar qué debía hacer a continuación…

Tal y como había prometido, mi hijo no se movió un milímetro del pasillo, oculto tras la puerta del baño, hasta que hube terminado de asearme y relajarme.

Para calmar a Leslye, tomó una baraja del aparador del salón y sentados en el suelo, jugaron a las cartas hasta que salí.

Por mi parte, yo también usé mi mazo particular mazo de naipes virtual para poner encima de la mesa mis opciones.

¿Qué debía hacer a continuación? ¿Llamaría a mis padres?

No sabía si eso tenía sentido. ¿Qué podría alegar?

¿Que había tenido una visión? Sonaría inverosímil y me tomarían por chalada.

Además, se enfadarían conmigo por haberlos preocupado con terribles especulaciones.

Todavía temblando y con el cuerpo cubierto de espuma, la solución llegó a mí como un relámpago.

Al salir de la ducha, los chicos me esperaban en la puerta firmes como estacas, asustados y expresando una clara preocupación.

—¡Eh, tranquilos! Quitad esas caras, que parece que habéis visto a un fantasma.

—¿Estás bien, mamá? — indagó Gabriel escrutando a través de mis ojos por si se me ocurría mentir.

—Claro que sí, cariño. Nunca he estado mejor… Escucha, se me ha ocurrido que puedes ayudar a tu prima a terminar el pastel y mientras tanto, yo telefoneo a papá para ver qué quiere de cena. ¿Te parece?

—Vale, mamita, pero no cierres la puerta de tu cuarto y si te empiezas a marear, me pegas un grito, ¿vale?

—Hecho —contesté extendiendo mi mano para ofrecer un apretón de consentimiento.

Preparé a los chicos los ingredientes que faltaban para terminar el pastel dejé a Gabriel una nota con la receta. Después, me fui a la habitación y descolgué el terminal auxiliar.

—Mateo, tienes que venir a casa. Algo malo le ha pasado a mi hermano y te necesito —expliqué tan pronto escuché la voz de mi marido al otro lado de la línea. No le gustaba que le llamaran al trabajo, pero la ocasión así lo requería.

—Pero ahora no puedo marcharme. Hoy tengo mucho trabajo —protestó.

—¡Me da igual! ¡Invéntate una excusa! —gruñí enfadada por su reticencia—. ¡Dile a tu jefe que te encuentras mal, pero ven ya!

No quería dar más explicaciones, así que colgué el teléfono y me tumbé en la cama a descansar. El sudor había vuelto a aparecer y las terribles imágenes que había visto en la premonición se agolpaban ahora detrás de mis ojos, provocándome un terrible dolor de cabeza.

En la mesilla tenía un bote con analgésicos. Tomé una cápsula y la tragué en seco allí mismo, todavía sentada en la cama. Después caminé hasta la cocina para ayudar a los chicos a terminar el pastel de chocolate…

Acababa de meter el postre en el horno cuando vi aparecer a Mateo con el rostro desencajado. Parecía muy preocupado, aunque pude notar también un atisbo de ira en su expresión.

—Espero que sea importante, Isabel. Me has dado un susto de muerte. Hoy no ha sido el mejor día para dejar el trabajo a medias.

—¿Y qué día lo es? —repliqué sin amilanarme—. Anda, vamos a la habitación y hablemos.

Mateo había llegado tan alarmado que se había olvidado de saludar a los chicos. Ahora ellos se le abrazaban cómo dos lapas a una roca húmeda.

—¿Qué bien que has llegado hoy pronto, papá? —se felicitó Gabriel—. ¿Te apetecen unas canastas en el jardín?

Seguro que sí, muchacho, pero ahora debo hablar con tu madre.

Gabriel entendió que algo malo estaba ocurriendo y que debía tener algo que ver con la “ausencia” que había tenido su madre. Asintió con madurez y se apartó del camino de Mateo, que me acompañó al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Se puede saber qué bicho te ha picado?

Toda la entereza que había sabido mantener para no asustar a los chicos se vino abajo cuando me quedé a solas con él. Rompí a llorar, colgándome de sus brazos exhortando consuelo y amparo, como agua en mitad del desierto.

—Eh, venga, nena, ¿qué ha pasado? —el tono de voz de Mateo cambió por completo al haberme visto en aquel estado. Tornó en comprensivo y delicado.

Expliqué a mi marido lo que había ocurrido con la mayor diplomacia que fui capaz. No sé qué pudo leer en mis ojos que pareció creerme a pesar de lo descabellado de basar en una “revelación” la certeza de que a Alberto y a Lucía les había ocurrido algo terrible.

—Escucha, sólo necesito que llames a los hospitales de Roma y alrededores y preguntes por ellos. Sé que las llamadas van a ser caras, pero ahora nos lo podemos permitir. Lo habría hecho yo misma, pero tu italiano es mucho mejor que el mío. Estás acostumbrado a tratar con clientes de allí.

El italiano de Mateo no era, ni de lejos, tan bueno como lo habría sido el de Alberto. En cualquier caso, sí era suficiente como para hacer una consulta básica como aquella.

—No lo sé, cariño, me parece algo desproporcionado.

—Seguro que lo es, pero lo necesito para quedarme más tranquila. ¿Harás eso por mí?

Mateo asintió y descolgó el teléfono. Después de esperar tono marcó la extensión de la operadora para llamadas internacionales y pidió comunicación con todos los hospitales de Roma y área metropolitana.

Eran nada menos que doce por aquella época, así que mi marido suspiró, se armó de paciencia y comenzó a llamar…

Lo contemplaba viendo lo bien que se manejaba en italiano llamada tras llamada.

Ciertamente me sorprendió su nivel. Desconocía que lo había perfeccionado tanto después de años tratando con clientes de origen transalpino.

Incluso llegó a pasar por mi cabeza una punzada de deseo, de excitación en mitad del drama que estaba viviendo, al haberlo visto hablar por primera vez en otro idioma que no era el inglés o el español, una lengua tan dulce y melodiosa como mi gallego natal.

A la quinta llamada, tras unos breves segundos de espera, al fin obtuvo la temida confirmación.

—Sí, bene, incidente stradale, sí, Alberto e Lucía, sí… Eh… stanno bene?... Ah, ok, capisco, ok… Sí, grazie, molto gentile, ciao.

Como si estuviera pesando una tonelada, Mateo dejó caer el teléfono sin esperar al clic al otro lado de la línea. Tan pálido como lo había estado yo tan solo un par de horas antes, me dio la razón.

—No, no sé qué… decir… —acertó a balbucear—. Tenías razón. Han tenido un accidente de tráfico cerca de Roma, en un puerto de montaña. Parece que el coche se ha despeñado…

—Dios mío, lo sabía —contesté aguantando las ganas de llorar en aras de tomar más información—. Y… ¿cómo están? —indagué temiendo la respuesta, como si aguardara que todo aquello fuera un sueño, deseando que la contestación nunca llegara o, de hacerlo, que fueran buenas noticias…

—Alberto está bien. Sólo unos cortes, pero…

Sentí un alivio inconmensurable que apenas duró unas décimas de segundo cuando comprendí por la expresión de Mateo que mi cuñada y mejor amiga no había tenido tanta suerte como mi amado hermano.

—En cuanto a Lucía, me han dicho que su vida no corre peligro, pero…

—¿Pero? ¡Habla de una vez, por Dios!

—Salió despedida del coche al volcar. Golpeó la espalda contra un árbol y su columna vertebral se ha roto. Parece que jamás volverá a caminar…