CAPÍTULO 14 #7
—No es barro, tita Lucía. Es un pastel de chocolate que estoy preparando para Gabriel, pero ya he terminado. Lo iba a meter ahora mismo en el horno, ¿me ayudas?
—Anda, dame eso y ya lo prepararemos luego mejor. Ahora, haremos juntas un pastel de verdad con harina, huevos y todos los ingredientes necesarios. ¿Qué te parece?
—¡Bien, muy bien! ¡Eso me encantaría!
Nos pusimos manos a la obra con una vieja receta de pastel de chocolate que mi madre me había enseñado a cocinar.
Mientras amasábamos la harina, ella con sus manitas sobre la mezcla y yo con un rodillo de cocina, pensaba en cómo en tan poco tiempo la vida pudo dar un revés tan grande…
De vernos en aquel sucio apartamento con baño compartido, pasamos a estar en una vivienda amplia, lujosa y con todos los servicios y comodidades, tanto en el apartamento como en las zonas comunes.
Ahora Mateo trabajaba y ganaba una buena cantidad de dólares.
Habíamos saldado las deudas, la salud había vuelto a la familia y Gabriel, de nuevo, sacaba buenas notas.
Además, teníamos con nosotros a una preciosa niña de ocho años que no paraba de reír, jugar y alegrar la casa.
¿Qué más le podíamos pedir a la vida en un año en el que todo parecía ser perfecto?
La guerra de Vietnam había terminado aquel mismo año y todavía sonaban sus ecos en las noticias, hablando cada cierto tiempo de algún nuevo acuerdo de paz.
Iba a ser el año del Watergate, de la destitución del presidente Nixon, de los últimos coletazos de la carrera espacial o del comienzo de la crisis del petróleo.
Es por ello que en tanto nosotras nos afanábamos azarosas en crear un pastel perfecto para el postre, en la pequeña televisión que teníamos en la cocina, un atractivo presentador de noticias que me recordaba mucho a Mateo —tanto por su físico como por su masculina voz y expresividad— vomitaba sin descanso titulares como el del éxito de la misión de la NASA, Skylab III.
Fue cuando el periodista anunciaba en las noticias a través del pequeño altavoz del televisor que los bombardeos sobre Camboya habían llegado a su fin, que tuve una nueva premonición…
Esta vez no me tomó por sorpresa, pues ya me había ocurrido en demasiadas ocasiones como para haber aprendido a identificar los síntomas que precedían a un brote; empezaba con un agudo acúfeno en ambos oídos y una sensación de vértigo y continuaba con un hormigueo que recorría todo mi cuerpo como un latigazo de corriente eléctrica.
Con un agudo alarido, me apresuré a reclamar a mi hijo para que dejara por un momento el cuadernillo de actividades para el verano y tomara cuidado de Leslye…
La última imagen que conservo antes de caer en trance es la de Gabriel entrando en la cocina a la carrera, asustado, con el rostro desencajado, temiendo que su mamita se hubiera hecho daño…
El estremecimiento no fue tan intenso como en otras ocasiones, aunque sí suficiente para hacerme abandonar la realidad durante unos minutos eternos para mi hijo.
Tuvo que contemplar como su madre abandonaba la realidad y se sumergía en una onírica e inexplicable realidad —mucho más allá de toda lógica, a miles de años luz de toda existencia física —inmersa en una revelación que sólo un Dios podría haber provocado.
Tal vez el fatal accidente de automóvil de Lucía y Alberto todavía no había ocurrido cuando tuve la premonición, pero nada pude hacer por evitarlo.
No existían teléfonos móviles y desconocía el itinerario final del viaje.
Sólo tenía noticias de ellos cuando llamaban puntualmente al anochecer de Nueva York para desear felices sueños a su pequeña princesa.
Esta vez la visión no sirvió para alertar a los comensales de un restaurante de que iban a quemarse vivos, atrapados como sardinas en un terrible incendio.
Tampoco para advertir a papá que para regresar a casa no tomara el camino habitual o que se retrasara todo lo posible al hacerlo.
En esta ocasión todo fue muy diferente… implacable, inevitable, inexorable…
Un deportivo rojo descapotable derrapaba en una curva y salía volando montaña abajo dando vueltas como una peonza, hasta que al fin su movimiento se detenía contra un gran árbol centenario, firmemente anclado al terreno en la parte más escarpada de la ladera.
Un atisbo de lucidez cruzó por mi cabeza y me hizo preguntarme la razón de que estuvieran viajando en un coche tan inseguro en lugar de hacerlo en el Mercedes que mi hermano había comprado para tal menester.
Este pensamiento a punto estuvo de hacerme abandonar el trance, aunque nuevamente sentí una sacudida, esta vez mucho más intensa y me sumergí de nuevo en la visión.
Alberto se despertó con apenas un par de cortes en la cara; uno en la mejilla, que sangraba abundantemente, aunque no parecía grave y otro en el mentón, que le había desfigurado el rostro levemente.
El cinturón de seguridad había cumplido con su cometido y lo había sujetado con firmeza al asiento, una suerte que Lucía no había corrido.
En la primera de las vueltas de campana, al salirse el vehículo de la vía, había salido despedida y yacía ahora inerte, boca abajo, con brazos y piernas extendidos en inverosímil configuración, mucho más allá de los límites de huesos, tendones y ligamentos.
Pude ver cómo mi hermano recuperaba plenamente la conciencia y, al borde de la locura e imaginando lo peor para su bien amada esposa, se soltaba el cinturón de seguridad.
Después, se arrastró fuera del coche apenas diez segundos antes de que el límite de resistencia de las raíces del árbol se viera superado y se precipitara montaña abajo acompañado del coche, hasta que al fin se detuvo al fondo del profundo barranco.
Alberto se volvió y, aterrado, tuvo que tomarse unos segundos para controlar la respiración y no entrar en pánico.
Esta vez le había andado muy cerca, mucho más incluso que en otra ocasión, cuando en su taller en Brooklyn el gato hidráulico había fallado y a punto había estado de perecer bajo el peso de un enorme Buick de casi tres toneladas…
Todavía sangrando por la mejilla — tanto que mientras trepaba iba dejando un rastro tiñendo de rojo la tierra seca de la escarpada montaña — logró alcanzar al fin el cuerpo de Lucía.
Parecía estar sin vida, postrada junto a un matorral, la dueña de su alma, su espíritu, su corazón.
Le dio la vuelta, con la mayor delicadeza que pudo, hasta dejarla boca arriba y la revisó de arriba abajo.
Su corazón aún latía y respiraba a ritmo lento e irregular…
pero respiraba. Sabiendo que tan solo estaba inconsciente, mi hermano sintió un gran alivio, pero lejos de disfrutarlo, continuó la exploración.
No tenía cortes, golpes o laceraciones y, aunque sucia e impregnada de tierra, su expresión tenía la misma calma, belleza y candor que el día que la había conocido.
Incluso semejaba estar sonriendo, como si hubiera caído en un profundo sueño…
Lo que más le preocupaba era el extraño modo en el que sus piernas caían en un plano inverosímil con respecto a la cadera.
Como mínimo debía tener rotas una o dos extremidades, sino las cuatro…
Tras haberse asegurado de que su vida no corría peligro, la colocó de lado, en posición de seguridad — tal y como le habían enseñado en la instrucción de primeros auxilios durante el servicio militar — y trepó con la habilidad de un puma hacia la carretera para pedir socorro.
Por suerte apenas tuvo que esperar un par de minutos hasta que apareció un vehículo familiar de la marca FIAT, conducido por un hombre de mediana edad con el rostro curtido por el sol. La matrícula era de Roma, así que no cabía duda de que estaban en Italia.
El buen hombre se detuvo, asustado al ver la sangre en el rostro de Alberto.
Bajó del vehículo y vio las roderas del derrape, así que no tuvo duda de lo que había ocurrido.
Entró de nuevo en su coche y sacó una botella de cristal llena de algún tipo de licor y un trapo, ofreciéndoselo para limpiar la herida.
No obstante, en lo único que pensaba él era en el bienestar de Lucía y así se lo hizo saber en perfecto italiano de Brooklyn, que hablaba incluso mejor que el inglés americano y que había aprendido a base de tratar durante años con los clientes del taller mecánico, en su mayoría emigrantes italianos.
Ambos llegaron a la carrera al lugar en donde Lucía aguardaba tumbada de lado. Había comenzado a despertarse y con las pocas fuerzas que tenía, gruñía de dolor a través de una suerte de duermevela, casi como si estuviera drogada.
Desperté de mi letargo sudando a mares, con el sonido de un golpeteo húmedo.
Era Leslye aporreando mi pecho encharcado en sudor con las palmas de las manos.
El lejano sonido de sus gritos se fue acercando más y más, convirtiéndose en real para mí, trayéndome de regreso a la realidad hasta que se volvió tan agudo que lo noté hacer vibrar cada molécula de mi cuerpo.
Gabriel, pálido como un cadáver, utilizaba el teléfono con manos temblorosas.
Parecía estar hablando con el servicio de emergencias, dando consignas de lo que había ocurrido a un profesional.
—¡Tía Isabel! ¡Tía Isabel! ¡¿Qué te pasa?! —gritaba asustada la pequeña Leslye, la niña que no pude tener y que con el tiempo ha llegado a convertirse en mi segunda hija.
Todas mis preocupaciones por lo que acababa de ocurrir pasaron temporalmente a un segundo plano. Estaba asustando a los chicos y debía tranquilizarlos.
—Nada, mi niña, me he quedado traspuesta pensando en mis cosas.
—No, no, no, tita Isabel. No es verdad —protestó Leslye—. Tenías los ojos blancos y temblabas con el pudin de mamá.