CAPÍTULO 14 #6
Total, que no había mucho que discutir…
Así que sólo una semana después de haber tomado la decisión, comenzamos a empacar nuestras exiguas pertenencias, lo poco que restaba y que no habíamos vendido o empeñado.
Ni siquiera avisamos al propietario del apartamento en el que vivimos los que tal vez habían sido los peores momentos de nuestra existencia hasta entonces.
Nos limitamos a vaciar la vivienda, cargar todo en un pequeño camión de mudanzas alquilado y recorrer los pocos kilómetros que nos separaban de una vida mejor.
Tan sólo dejamos un sobre con las llaves y la liquidación del contrato de arriendo junto con una nota manuscrita por Mateo, educadamente dirigida a los caseros:
“Aquí les dejamos los dólares que saldan nuestra relación. Abandonamos el apartamento en un estado mucho mejor del que lo recibimos. Espero sepan emplear este dinero en hacer mejoras en la vivienda para que los siguientes inquilinos no se encuentren con la pocilga que nosotros recibimos. Gracias por nada”
Los primeros días en la nueva vivienda se convirtieron en un sueño hecho realidad.
El condominio era de reciente construcción y los vecinos eran parejas jóvenes en su mayoría, recién casados o con pocos años de matrimonio, con niños pequeños correteando por todas partes, llenando de gritos de felicidad el patio comunitario, que contaba con un bonito jardín, una zona infantil con atracciones de colores y hasta un gran arenero para sacar a las mascotas a pasear, jugar o conocerse.
Pronto nos instalamos y nos sentimos como en casa.
La cercana estación de metro dejaba a Mateo a sólo una manzana de la joyería y a Gabriel en la puerta de la escuela.
Por mi parte, como seguía trabajando desde casa cosiendo encargos, no tenía mayores problemas con los envíos.
Puntualmente un repartidor de UPS traía cada lunes a las diez de la mañana, nuevas telas y patrones desde la boutique para la que trabajaba y recogía el trabajo de la semana anterior.
He de reconocer que era un lugar nuevo y pasaba allí mucho tiempo sola, por lo que al principio sentía algo de nostalgia, aunque me acostumbré rápido.
La situación para nada era comparable a cuando nos mudamos la vez anterior.
Ahora teníamos dinero, el lugar era mucho mejor y Mateo volvía a ser el hombre que había conocido; fuerte, confiado, alegre y masculino.
Volvimos a tener relaciones con regularidad y, tal y como era antes, me sentí querida, amada, respetada y, gratamente complacida…
Pasaron los meses y pronto llegó el verano.
Las cosas iban saliendo según lo planeado y cada vez éramos más y más felices.
Como se suele decir, cuando tocas fondo ya sólo puedes ir hacia arriba y aprendes a valorar mejor lo que tienes; la calma, la serenidad de los días transcurriendo en paz uno tras otro, viendo crecer sanos y fuertes a los hijos y disfrutando de las pequeñas cosas…
No obstante, no olvidemos que seguimos en el capítulo de mis años oscuros y que pronto un último revés golpearía con fuerza la felicidad de nuestra familia más cercana…
Una tarde de julio, durante la sobremesa de una copiosa barbacoa familiar preparada en el jardín del condominio, Alberto y Lucía nos dieron la noticia de que visitarían España durante el mes de agosto.
Sería un viaje planeado que comenzaría por una semana en el levante peninsular y otra en el sur, visitando Andalucía.
Seguirían otras dos conociendo el norte; País Vasco, Cantabria, Asturias y, por último, dejando lo mejor para el final, unos días en la tierra natal, visitando a la familia.
Al recibir la noticia, sentí al mismo tiempo una punzada de envidia y un ramalazo de felicidad.
Tal vez para el setenta y cuatro nos podríamos permitir algo parecido, sin tanto viaje ni durante tanto tiempo, pero sí un par de semanas en Galicia con la familia.
Sería un bonito colofón, una sabrosa guinda al pastel de la recuperación, en la dirección de una vida mejor para todos.
Sin embargo, todavía no teníamos dinero suficiente y, a pesar de que me hubiera gustado acompañarlos, tenía obligaciones aquí que requerían de mi atención.
Además, para ellos iba a ser un viaje de reencuentro, una suerte de segunda luna de miel en la que sobraba una tercera persona haciendo el papel de “carabina”.
Mientras Gabriel se ocupaba de su primita como si de su hermano mayor se tratase, los adultos charlábamos disfrutando de la soleada tarde, cómodamente instalados en las hamacas comunitarias.
—Va a ser un viaje increíble —apuntó Lucía—. Estoy deseando conocer España.
—Yo también —continuó Alberto—. La mayoría de los sitios que vamos a visitar serán nuevos para mí. Pero lo mejor será la última semana en casa con la familia. Poder ver a mamá y a papá, los hermanos, los amigos, los vecinos… Además, estoy deseando conducir el Mercedes.
—¿Mercedes? ¿De qué hablas? —indagó Mateo.
—Un caprichito de tu cuñado —aclaró Lucía, con cierto resentimiento—. Envió el dinero a Fernando y lo ha comprado a su nombre. En España era mucho más barato y lo tendrá allí de segundo coche para cada vez que vayamos. Mientras disfrutará de él vuestro hermano pequeño.
—¡Qué calladito lo tenías! —respondió Mateo—. Nada menos que un Mercedes.
—Qué puedo decir. El taller va muy bien y el dinero está para gastar.
¡Qué demonios! Sólo se vive una vez. Además, es un buen coche.
Amplio, seguro y potente. Con aire acondicionado, para no pasar calor en el Sur y motor diésel, para no arruinarme con el combustible haciendo tantos kilómetros.
El mismo viaje en un Simca o un SEAT habría sido una auténtica pesadilla, pero en el Mercedes viajaremos bien cómodos y Lucía no se quejará tanto por lo que ha costado.
Lucía propinó un amistoso codazo a su marido y continuó la conversación.
—Como os decíamos, va a ser una especie de viaje de novios y es por eso que necesitábamos un favor de vosotros.
—Lo que necesitéis —me apresuré a contestar. Estaba impaciente por devolver a mi hermano al menos una pequeña parte de los favores y sacrificios que él y su mujer, mi muy buena amiga, habían hecho por nosotros.
—Ya sé que a lo mejor es mucho pedir, pero necesitábamos que os quedarais con Leslye durante el mes que dure el viaje.
No tardé más de una segundo en contestar a la petición.
—¿Y eso es un favor? ¡Todo lo contrario! —expresé con entusiasmo—. Será todo un placer quedarse con la niña. Es un amor y estaré encantada. Además, yo trabajo desde casa, así que pasaremos todo el día juntas. ¡Nos haremos súper amigas! ¿A qué sí, peque?
Leslye, que había estado ocupada dibujando, me observó como un cachorro lo haría cuando su dueño intenta comunicarse.
—Mami, ¿qué dice la tía Isabel? —preguntó con inocente candor a su mamá.
—Algo muy bueno. ¿Sabes el viaje del que te hablé? ¿El que vamos a hacer papi y yo como dos novios?
—Sí, mami. Por toda Europa.
—Eso, peque, por toda Europa y visitando luego a la familia de papi en Galicia. Pues resulta que te vas a quedar con Gabriel y con los tíos mientras nosotros viajamos y la tía Isabel me comentaba que os vais a hacer muy buenas amigas. ¿Qué te parece?
Lucía no las tenías todas consigo. Sentía pavor de que a su niña no le gustara la idea y les arruinara el viaje, mas la reacción de Leslye no pudo ser más convincente y entusiasta.
—¿En serio? ¿Y podré jugar mucho con Gabriel?
—Por supuesto, todo lo que desees —me apresuré a contestar, encantada de que mi hijo tuviera tan buena mano con su primita. Eso me quitaría mucho trabajo y podría dedicarme a coser en tanto él se encargaba de la niña.
Y así, el acuerdo quedó cerrado en aquel mismo instante.
Continuamos la velada familiar hablando de los preparativos para el viaje, que sería a mediados de agosto, sólo un mes más tarde.
La ruta planeada era espectacular; Italia, Grecia, Francia, Suiza, Holanda y para rematar, España, terminando en Galicia de visita en nuestro hogar natal.
A cada palabra que Lucía soltaba hablando sobre el itinerario sentía más y más envidia y en aquel mismo momento me juré que algún día haría con Mateo un viaje similar, sino mucho más extenso.
Ahora no era el momento, obviamente, pero ya llegaría.
Si algo me había enseñado la vida era que, siendo paciente y haciendo bien las cosas, todo lo bueno terminaba llegando…
Tal y como estaba planeado, Alberto y Lucía partieron a mediados de agosto hacia su primer destino en Europa, Italia, para redescubrirse como pareja disfrutando juntos de una apasionada segunda luna de miel.
Mientras Gabriel se quedaba en casa ocupándose de Leslye, Mateo y yo acompañamos a la parejita al aeropuerto para despedirnos.
No queríamos que la niña viera partir a sus padres y en el último momento se arrepintiera de quedarse en Queens con los tíos.
Poco sabía yo que aquella era la última vez que vería a mi bien querida cuñada trotando feliz alrededor de su marido.
Y así, pasó la primera semana con Leslye correteando por casa, disfrutando de las vacaciones de verano y haciéndome ver, con tristeza en ciertos momentos, cómo habría sido nuestra vida familiar de no haber abortado a la niñita que tanto habíamos deseado.
Leslye siempre fue una niña feliz, juguetona y ocurrente, pero, sobre todo, muy graciosa.
Me recuerdo estallando en carcajadas cada dos por tres con sus ocurrencias, como cuando la sorprendí amasando en la cocina un plato lleno de barro mezclado con diferentes tipos de hierbas que había recogido del jardín del condominio.
Y es que entre Gabriel y yo debíamos turnarnos para vigilarla y no quitarle ojo pues a la mínima que nos descuidábamos se liaba a cumplir con alguna loca idea que se le cruzaba por la cabeza.
—Pero, Lucía, hija, ¿qué haces con ese barro? ¿No ves que te estás poniendo perdida?