La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 14 #5
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CAPÍTULO 14 #5

​ Llegamos a casa y acompañé a mi muchacho a su habitación.

Aunque hubiera deseado que se pusiera el pijama, tan cansado estaba que se metió en cama vestido.

Me limité a arroparlo y desearle buenas noches.

Sólo Dios sabe lo feliz que me encontré en aquel instante, pensando en lo afortunada que era de tener un hijo tan responsable, que prácticamente se estaba criando solo y sin apenas quebrantos o enfermedades.

Buen muchacho, tierno, cariñoso, trabajador, estudioso…

Gabriel tenía por delante un gran futuro y eso me llenaba de dicha.

​ Al fin la situación parecía mejorar para nosotros y camino a casa había empezado a echar cuentas de lo que íbamos a hacer con la generosa cifra de dólares semanales que Mateo iba a recibir en concepto de nómina.

Lo primero sería liquidar las deudas y de algún modo compensar con un buen regalo todo lo que Alberto nos había dado.

Lo siguiente, buscar un nuevo hogar y es que a pesar de que ya nos habíamos adaptado a la nueva situación, suspiraba por un apartamento que al menos tuviera un buen cuarto de baño con una gran bañera en la que relajarme.

Este pensamiento me llevó a recordar las duchas que Mateo y yo nos dábamos juntos antes de que enfermara y a las que, como es lógico en un bloque de viviendas con baños compartidos, habíamos tenido que renunciar…

​ Por alguna razón me sentí excitada, llena de deseo evocando el fuerte cuerpo de mi marido, su recia y áspera piel, su pelo lacio, sus labios besándome mientras me rodeaba con sus fuertes brazos.

De algún modo presentía lo que iba a ocurrir a continuación, como tantas veces anteriormente…

y es que, al atravesar el umbral de la puerta de Gabriel tras haberlo arropado, Mateo me esperaba apoyado en la pared del pasillo.

Su expresión lo delataba y yo estaba más que preparada para recibirlo, así que, sin mediar palabra, me abalancé sobre él y lo besé…

​ Allí mismo me desabrochó el vestido que resbaló sobre mi cuerpo hasta llegar al suelo y dejarme en ropa interior.

No hubo un solo centímetro de piel desnuda que no recorriera con sus manos, haciéndome sentir viva de nuevo.

Seguimos besándonos allí mismo hasta que al fin, cuando notaba contra mis piernas que su erección no podía ser más poderosa, me tomó en brazos y nos encerramos en la habitación.

​ Me hizo el amor durante horas, hasta que casi había amanecido el día de navidad y estaba tan agotada que no podía mantener los ojos abiertos.

Estuvo tanto tiempo dentro de mí que llegué a pensar que aquel era mi estado natural, deseando que jamás saliera y pudiéramos pasar el resto de nuestras vidas abrazados, encajados como dos piezas de un puzle que había sido diseñado para permanecer así…

​ La quinta vez que se vació dentro de mí fue la última.

Para entonces eran casi las ocho de la mañana y los primeros rayos de luz del día pugnaban por entrar a través de las ventanas.

Mateo estaba tan agotado que se quedó dormido, desnudo sobre las sábanas sucias y arrugadas, víctimas silenciosas de una larga noche de pasión.

Lo dejé allí solo, no sin antes darle un último beso en el vientre que lo hizo estremecerse.

Después me vestí y salí al pasillo dirección al baño, rezando para que nadie hubiera a esa hora que me pudiera ver con aquellos pelos y apestando a sudor.

​ Hubo suerte, pues era la mañana de navidad y la gente dormía la resaca en sus hogares, así que me pude asear bien a fondo, me di una ducha relajante, y regresé a nuestro pequeño y recién reformado apartamento envuelta en un toallón de baño.

​ Gabriel me esperaba en la puerta de casa.

​ —Mamita, tengo hambre. ¿Preparamos juntos el desayuno?

​ —Claro, hijo. Deja que me vista y nos ponemos manos a la obra, ¿ok?

​ Mateo dormía a pierna suelta así que, con delicado sigilo, me vestí con lo primero que arranqué a oscuras del armario. Cuando llegué a la cocina Gabriel tenía nuestro desayuno casi a punto; sólo faltaban las tostadas. Había freído huevos, puesto la mesa para tres y servido los zumos.

​ —¿Papá no viene?

​ —No, mi príncipe. Todavía está débil. Ha tenido una noche difícil y prefiero dejarlo dormir.

​ Gabriel me miró con recelo, no creyéndose una sola palabra de lo que decía.

Ya tenía edad suficiente como para entender que los adultos con hijos se reservaban ciertas noches para expresar físicamente su amor.

Supongo que mis gemidos o el crujir del viejo armazón metálico de la cama no colaboraban demasiado con la discreción, pero él supo ser prudente y cambió de tema rápidamente.

​ Me di cuenta de que se había referido a su padre como “papá”.

Aunque a mí todavía me llamaba “mami” y, sobre todo, “mamita”, a su padre lo llamaba “papá” y pronto pasaría a ser “padre”.

La larga enfermedad de Mateo los había distanciado y esto era algo que me apenaba profundamente.

Aguardaba que, con el paso de los meses, con mi marido ya recuperado, este inconveniente pasaría a ser anecdótico, mas no llegó a ocurrir.

Nada más recuperarse, Mateo se vio obligado a entregarse en cuerpo y alma a su nuevo empleo y esto provocó que pasara todavía menos tiempo con su hijo que durante su enfermedad y posterior convalecencia.

No lo puedo culpar, pues la maltratada economía familiar requería auxilio.

Demasiadas deudas acumuladas, demasiados favores a devolver y no menos proyectos que enfrentar, como el de mudarnos cuanto antes a un lugar mucho mejor.

​ No obstante, la ausencia sostenida de su padre durante unos años tan difíciles no fue del todo malo para Gabriel.

Lo convirtió en independiente, modeló su carácter y conformó un adulto rudo, duro y resistente que supo defenderse con valentía de los golpes de la vida y avanzar a través de ella apartando los escollos a codazos, igual que su padre lo había hecho.

Allí sentada a la mesa, desayunando con mi hijo, lo observaba en silencio en tanto él me hablaba de sus compañeros de clase y de cómo los echaba en falta durante las vacaciones.

Estaba muy alto para su edad, característica que, sin duda, habría heredado de su familia paterna.

Tenía un fuerte mentón, mandíbula ancha, ojos brillantes, penetrantes y la constitución de un hombre.

Pronto sería un galán entre las mujeres y tendría que lidiar con eso como buenamente pudiera.

Su indiscutible atractivo lo terminaría convirtiendo en un muchacho deseado y una buena educación era fundamental para que no terminara siendo un cretino rompecorazones, haciendo buen uso de la fortuna que la caprichosa genética le había conferido.

​ Para la primavera del setenta y tres comenzamos al fin la mudanza. En sólo tres meses de trabajo duro, Mateo había conseguido dinero suficiente arreglando carísimos relojes como para permitirnos abandonar al fin el apartamento con baño compartido…

​ Mi deseo habría sido aguardar algo más.

Todavía quedaban deudas por saldar y no teníamos ahorros suficientes, pero mi marido no aguantaba allí un solo segundo más.

Sufría al ver los sacrificios y penurias que su familia había soportado y la culpabilidad le rasgaba el alma cada vez que me veía salir al pasillo para poder asearme, siempre escoltada por Gabriel, pero vulnerable a las miradas de los varones que compartían la zona de los aseos.

​ La noticia de la mudanza fue una sorpresa para Gabriel y para mí, acogida con gritos de júbilo al haber nombrado mi marido las características del que iba a ser nuestro nuevo hogar.

Como ya comenté, recelosa en un primer momento, tuve que rendirme a la evidencia y dar la razón a Mateo, mientras nuestro hijo correteaba eufórico alrededor.

Y lo cierto es que se lo había preparado bien…

​ Lo primero que hizo fue mostrarme un folleto ilustrado con brillantes fotos de un bonito condominio en una zona de clase media en Queens.

Tenía todo tipo de comodidades, estaba bien comunicado y cercano a un gran parque con bosques y hasta un lago navegable en medio que, a pesar de que no era demasiado grande, permitía a los vecinos de la zona disfrutar de una abundante variedad de peces para pescar.

Al momento pensé en que sería una fantástica oportunidad para que padre e hijo pasaran más tiempo juntos y que aquello ayudaría a estrechar los vínculos entre ellos que la enfermedad había trastocado.

Por mi parte, todo eran ventajas; un gran apartamento con dos enormes cuartos de baño, la parada del metro justo al lado, tanto para poder acercarme al centro como para que Mateo pudiera seguir asistiendo a la misma escuela y así no perder contacto con los amigos. ..

​ Sólo faltaba hablar del dinero, pero hasta eso había Mateo previsto.

Me presentó algo parecido a un plan de negocio, con un complejo desglose de la previsión de nuestros ingresos y gastos de aquí a final de año.

Según sus cálculos, todas nuestras deudas quedarían saldadas para las navidades del setenta y tres y, no sólo eso, sino que, para entonces, habríamos ahorrado una buena cantidad, contando ya con el alquiler de la nueva vivienda, a pesar de que su importe era notablemente superior al del cuchitril que habitábamos por entonces…