CAPÍTULO 14 #4
Tras la comida, seguía cosiendo hasta que Gabriel llegaba del colegio.
Le preparaba la merienda y aprovechaba el parón para ayudar a Mateo a estirar las piernas por el pasillo, y así desentumecerse y favorecer la circulación de la sangre.
Fue durante esas caminatas por el largo corredor de la planta, cuando caí en la cuenta de su mejoría.
Durante el primer año, apenas ayudaba a caminar a un hombre adulto y enjuto con el peso de un niño de diez años que malamente conseguía mantenerse en pie.
Mas lentamente la quimioterapia comenzó a hacer efecto y los rigurosos cuidados y el amor que recibía empezaron a ganar pequeñas batallas, de modo que a medida que se acercaban las navidades del año setenta y dos, la situación comenzó a cambiar para mi pequeña familia.
Los meses pasaron y poco a poco nos fuimos adaptando a nuestra nueva vivienda.
A fuerza de limpiar y limpiar con lejía, las humedades fueron desapareciendo y con la colaboración de mi hermano, que los fines de semana venía a ayudarme con las reformas, fuimos adecentando el piso hasta convertirlo en un coqueto hogar.
Cuando finalmente logramos terminar, Mateo comenzó a recuperarse y el sentido de la mala racha, por llamarla de un modo suave, pareció revertirse.
En el mismo centro médico en el que había abortado y Mateo sufría su tratamiento, recibimos la gran noticia de que el cáncer comenzaba a remitir.
Las sesiones de quimioterapia se fueron distanciando en el tiempo más y más hasta que sólo tenía que recibir una al mes.
Y así es como para las navidades del año setenta y dos comenzamos a parecer una familia normal.
Fueron las primeras en mucho tiempo que celebramos con verdadera ilusión y la vista fijada en un prometedor futuro mejor.
Nada imaginábamos que serían las últimas en las que mi cuñada Lucía caminaría como una más entre nosotros…
Celebramos las fiestas en el piso de mi hermano en Brooklyn. No tuvo que insistir demasiado, ya que, aunque nuestro apartamento había mejorado notablemente su aspecto gracias a las reformas y mis cuidados seguía siendo un cuchitril comparado con la espaciosa vivienda de Alberto y Lucía.
Mateo usaba por aquel entonces una gorra muy parecida a la que protegía del sol la calvicie de mi padre en las largas tardes de verano trabajando el campo.
Con una estética un tanto rural, por utilizar un eufemismo, me sorprendió ver cómo un complemento tan vulgar se había puesto de moda en la Gran Manzana entre los varones con digamos, problemas capilares…
Apareció con ella al regreso de uno de sus primeros paseos por la ciudad en solitario, tras haber comenzado a recuperar fuerzas.
Me dijo que la había comprado en una tienda de marroquinería a cuatro manzanas de nuestro hogar y no quise preguntar más, a pesar de que estaba convencida de que la habría adquirido en un tenderete callejero a algún muchacho de aquellos que abundaban vendiendo por las esquinas relojes de imitación importados del Japón.
No es que le sentara especialmente bien, pero al menos le proporcionaba seguridad al cubrir en su totalidad los finísimos y frágiles mechones de pelo que comenzaban a brotar de su desnudo cuero cabelludo.
La Nochebuena del setenta y dos preparamos Mateo y yo la cena.
No podía por menos que ofrecer mis dotes de cocinera en compensación por los meses de ayuda, tanto económica como apoyo personal, que mi hermano nos había brindado y gracias a los que mi marido ahora sonreía feliz a mi lado, ensañándose en un bol de carne con la batidora eléctrica.
Fue en aquel momento cuando pensé que nuestra suerte comenzaría a cambiar y Mateo me dio una gran sorpresa…
—Isabeliña, yo…
Estaba distraída preparando el horno para el asado, así que me sorprendió el tono utilizado para llamar mi atención.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? —pregunté asustada.
—Sí, sí, tranquila. Es sólo que tengo una noticia que darte.
—Vaya, al menos espero que sea buena. No sé si tengo fuerzas para encajar más golpes…
Mateo me observó con ternura. Había pasado dos años muy duros, centrado en su enfermedad, sin más preocupación que su lucha por sobrevivir y ahora contemplaba por primera vez los estragos que la desgracia habían provocado, tanto en la economía familiar como en la entereza de sus miembros.
Me abrazó y por primera vez en mucho tiempo noté sus brazos fuertes de nuevo, rodeándome con deseo, como lo habían hecho tiempo atrás.
—Sí, mi vida. Te aseguro que esta vez son buenas…
—¿Cómo lo lleváis, parejita? —preguntó Lucía que entraba inoportuna en la cocina para supervisar el asado. Debió darse cuenta de su torpeza pues acertó a improvisar una excusa para desaparecer de nuevo.
—Todo muy bien —respondí—. El lechón está tan fresco y jugoso que en cualquier momento va a saltar de la bandeja y atacarnos a todos.
Lucía forzó una carcajada y se volvió hacia la puerta.
—Caramba, creo que acabo de escuchar a Leslye pegándose un coscorrón. Voy a evaluar los daños —mintió—. Pasadlo bien, tortolitos.
De nuevo solos, Mateo continuó como si la interrupción no hubiera existido más que en mi imaginación.
—He encontrado trabajo —informó solemnemente, con expresión de autosuficiencia.
La sorpresa fue mayúscula y me sentí dichosa. No sólo porque los modestos dólares que conseguía con mi oficio de modista apenas llegaban para pagar las facturas, sino porque aquello significaba que Mateo se encontraba bien al fin.
—Pero… pero… yo… no sé qué decir. ¡Es una noticia increíble!
—Vaya si lo es —añadió—. Y cuando sepas lo que voy a ganar…
Mateo se acercó a mi oído y susurró una cantidad que me dejó petrificada.
—Pero… ¡¿Cómo es posible?! —aullé incrédula por la cifra que acababa de escuchar.
—Ya sabes, tu marido… —contestó pavoneándose.
—Anda, en serio, dime cómo ha sido —insistí nerviosamente.
—Bueno, mucho más fácil de lo que pensaba, en realidad. Tenías toda la razón, Isabeliña. América es la tierra de las oportunidades…
Mateo me relató a continuación que, durante uno de sus primeros paseos en solitario tras la convalecencia, el mismo en el que había comprado la gorra, se decidió a entrar en una joyería con un gran cartel en la puerta que rezaba: “Se busca personal”.
Le había llamado la atención el escaparate, elegantemente decorado, salpicado estratégicamente con relojes de alta gama, de las más prestigiosas firmas suizas, francesas, americanas o japonesas.
No faltaban los Omega, Audemars Piguet, Rolex y hasta un Patek Philippe que debía costar tanto como todos los demás del muestrario juntos.
Él recordaba haber reparado el mecanismo de un ejemplar muy similar al expuesto y pensó que aquella sería una fantástica carta de presentación para reclamar el puesto.
Ciertamente no se equivocó y el dueño de la joyería-relojería quedó encantado con las dotes para la mecánica de relojes que mi marido atesoraba.
Allí mismo, en frío, le hicieron una prueba con un complejo Rolex automático que el mecánico residente había dejado por imposible días atrás.
Mateo lo reparó en sólo diez minutos ante los atónitos ojos de sus evaluadores, por lo que el puesto le fue inmediatamente concedido.
Era un trabajo de mecánico titular, en sustitución del primer relojero de la tienda que había enfermado de glaucoma y ya no podía ejercer su oficio con garantías.
Hasta la fecha se habían apañado con un joven aprendiz, pero la carga de relojes averiados se incrementaba por momentos y estaban desesperados por encontrar un sustituto capaz.
Realmente, fue una feliz casualidad el haberse decidido a entrar en la tienda aquel día.
El uno de enero del setenta y tres era la fecha acordada para empezar su trabajo y aunque el dueño de la joyería había porfiado a Mateo por comenzar de inmediato, llegando a ofrecerle una jugosa compensación en dólares, él lo había rehusado hasta haber recuperado todas sus fuerzas.
Parecía el fin de nuestras penurias, al menos las económicas y me sentí feliz por primera vez en mucho tiempo.
Aquella noche cenamos en familia en un ambiente jovial, con risas, regalos y amor, mucho amor, sucumbiendo a carcajadas con las bromas de mi ocurrente hermano y a los simpáticos juegos de nuestros hijos.
Al fin la suerte había tirado una moneda al aire y había salido cara…
Terminamos la cena y, en contra de lo que hubiera esperado, Mateo estaba pletórico de fuerzas.
Tan solo una semana atrás habría estado agotado, esperando arroparse en la cama y descansar, no obstante, la comida que había preparado le había sentado bien, al contrario que Gabriel, quien se había atiborrado con la tarta helada y, con la digestión pesada de un elefante, apenas lograba mantenerse en pie de puro sueño.
Alberto se dio cuenta de la situación y se ofreció a acercarnos a Queens en su nuevo automóvil, un flamante Oldsmobile cupé de color rojo Ferrari con las ruedas tan anchas como las de un tráiler y que se había convertido en la envidia de los muchachos del barrio.
—¿Qué pasa, cuñado? Cualquier excusa es buena para sacar a pasear a la bestia, ¿no? —bromeó Mateo.
—Menos lobos, Don Mateo. A ver si al final vais a tener que tomar el metro de regreso a Queens —replicó mi hermano acompañando la respuesta de un amistoso puñetazo en el hombro.
De camino a casa y como era lo esperado, Gabriel se quedó frito nada más sentarse. Y no es que no le gustara el coche de su tío o que en otras circunstancias no hubiera suplicado que lo dejara ponerse al volante, pero es que el pobre estaba agotado y al fin el sueño lo había derrotado.