La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

​ Todo lo demás no es más que una triste historia cuyos detalles me niego a recordar.

Inconscientemente he bloqueado el momento en que entré en el quirófano y me extrajeron el malogrado feto de una criatura que habría llenado de felicidad el pequeño universo de mi hermosa familia.

O los dos días siguientes de hospitalización, sola en una habitación extraña, en un país extraño, rodeada de gente que, aunque amable hasta el hastío —entiendo que por la abultada suma de dinero que iban a facturar por el servicio— también me resultaban extraños.

Cinco hermanos, un marido, un hijo y tantos amigos, para encontrarme al final abandonada en aquel frío cuarto viviendo una tan amarga experiencia, vacía por dentro e imposibilitada de volver a engendrar, tal y como el médico que había asistido el aborto me había confesado tras la cirugía…

​ Pasado el susto, Mateo había regresado a casa, a seguir tumbado en nuestra cama, abandonado de las pocas fuerzas que le restaban y que había empleado en acompañarme al hospital.

Alberto tenía su trabajo y Lucía debía ocuparse de los niños, así que durante aquellos dos días de soledad apenas tuve las visitas de unos pocos amigos cercanos y la compañía de mi hermano, que a pesar del cansancio había elegido pasar las noches a mi lado, descansando como bien podía en un incómodo sofá.

​ Este capítulo de mi vida son los años oscuros.

El cáncer de Mateo, ahora el aborto y transversalmente la tristeza, la morriña, la soledad…

No obstante, y, como las desgracias nunca vienen solas o, como decimos los gallegos “ a can flaco todo son pulgas ”, las calamidades no habían terminado.

Y es que por si no era ya bastante costoso el tratamiento del cáncer, se sumó la factura del aborto y acabó por quebrar nuestra tambaleante economía.

Me vi obligada a tragarme el orgullo y aceptar el soporte de mi hermano, mas aun así no llegó.

Había que rebajar gastos como fuera… y así es como, con dolor de corazón, decidimos mudarnos a Queens, a un pequeño estudio alquilado a mucho menor precio…

​ El pequeño apartamento apenas contaba con cuarenta metros cuadrados distribuidos en una habitación de matrimonio, un salón-cocina-comedor, un aseo tan minúsculo que para utilizar el sanitario había que dejar la puerta abierta para no chocar con las rodillas contra la puerta, y una habitación pensada para cuarto de la colada y con la que Gabriel se hubo de conformar.

Estaba llena de humedades y carecía de ventanas.

Además, el suelo se había levantado, rematando el destartalado aspecto con un techo tan negro por el moho que parecía haber sido pintado a propósito de negro.

Todo en tan mal estado, en definitiva, que se me caía el alma a los pies al ver a mi hijo dormir en aquella cuadra.

Fue una elección difícil, pero Mateo y yo no cabríamos allí y, por descontado, mi marido, tan débil como estaba, con el sistema inmune deprimido por la quimio, no podía arriesgarse a pillar una infección micótica.

A fin de cuentas, un auténtico drama familiar el que vivimos durante aquellos años oscuros…

La elección del apartamento no fue casual.

El precio que pagábamos era una cuarta parte del piso en Brooklyn y estaba a solo dos paradas de metro del hospital en donde Mateo recibía tratamiento…

Ni que decir tiene que Alberto protestó amargamente por nuestra decisión e incluso llegó a ofrecerse a acogernos temporalmente en su hogar, mas su buena voluntad no pudo con mi orgullo, pues no podíamos seguir dependiendo indefinidamente de él y de su caridad.

Al fin y al cabo, sus ahorros eran finitos, como los de cualquier mortal, y ya bastante estaba haciendo, regalándonos el dinero destinado al agresivo tratamiento de Mateo.

​ Como toda madre que se precie, sufrí los mil horrores por ver a mi pequeño en aquel sucio cuartucho e hice todo lo posible para adecentarlo.

Sin la ayuda de Mateo, que apenas sí tenía fuerzas para mantenerse en pie, pinté la habitación del niño, arreglé el suelo y limpié las paredes a conciencia con lejía, mas todo esfuerzo fue en vano ya que el hongo estaba enraizado más allá de la pintura y traspasaba las finas paredes de aglomerado.

Otra de las aberraciones con las que tuvimos que convivir durante aquel par de años fue que nuestra pequeña y destartalada vivienda no contaba con bañera o plato de ducha y había que guardar cola bien temprano en la mañana para tomar turno y poder asearse como era debido.

Abundando en el tema, el cuarto de baño estaba tan sucio que los suelos resbalaban cubiertos por una capa de microorganismos.

Ésta era tan gruesa que podría recogerse con una cuchara como si fuera mermelada de ciruela.

En definitiva, era un suicidio aventurarse a aquellos baños sin enfundarse los pies en bolsas de plástico y unas sandalias de goma con suela alta.

También tuvimos que racionar la comida, pues malamente llegaba el presupuesto para carne o pescado, que comíamos un solo día a la semana, generalmente los domingos.

El resto, había que conformarse con caldos de verduras, arroces o pasta con salsa de tomate y unos pocos gramos de carne picada de la peor calidad para darle sabor.

​ No sé cuántas noches pasé llorando sin descanso desde la puesta de sol hasta el amanecer.

Aguardaba para desahogarme a que Mateo y Gabriel se hubieran dormido y, sentada a la mesa de costura intentaba distraerme confeccionando encargos hasta que los ojos estaban tan llenos de lágrimas que me impedían ver por dónde meter la aguja.

​ Por si era poco, el pobre Gabriel, lejos de su antiguo colegio y cerrado grupo de amistades, tenía que enfrentarse a puñetazos a los matones del instituto, que acosaban hasta el aburrimiento a los muchachos de primer año.

Por suerte para él, era fuerte y alto como su padre y orgulloso y decidido como su madre.

Ni de niño ni como adulto jamás permitió que nadie se interpusiera en su camino y mucho menos que le tomaran el pelo, así que despachaba expeditivamente a los acosadores.

Tantas veces tuve que asistir al centro a escuchar las quejas de madres y profesoras, como las que tuve que vendarle los nudillos o las rodillas por meterse en peleas, pero jamás osé reprenderle por usar su fuerza en legítima defensa.

Eran otros tiempos… duros, extraños, convulsos, en un país lejano…

​ Lentamente, nos fuimos adaptando como mejor pudimos a la nueva situación hasta adoptar una nueva y consistente rutina de vida.

Me levantaba bien temprano para eludir las colas en el cuarto de baño de planta y acompañaba a Mateo a asearse.

Las llagas se cebaban en su fina piel, maltratada por la quimio y las eternas jornadas postrado en la cama, y tal situación requería un costoso tratamiento a base de polvos antibióticos y cremas de cortisona para frenar su avance y mitigar el dolor que le provocaban.

Tras dejar a mi marido en cama, fatigado, exhausto, deprimido… era mi turno.

A la hora en que me duchaba, solía coincidir con doña Fernanda, una oronda mujer ecuatoriana de mediana edad, madre de seis hijos —todos ellos trabajadores de la construcción en los altos rascacielos de Manhattan— que vivía ahora sola con tres gatos, una tortuga y un exótico pez de colores.

Se ganaba la vida cosiendo por encargo para tiendas de alto standing, aunque ella, al contrario que yo, que estaba especializada en género para caballero, solía confeccionar vestidos de mujer con caros tejidos que le suministraban las propias tiendas y de los que tenía que responder centímetro a centímetro, devolviendo los retales sobrantes so pena de ser embargados sus pobres emolumentos.

Era una experta modista, hábil tejedora e incansable trabajadora, por lo que estaba muy solicitada, cumpliendo encargos para diferentes boutiques.

Algunas veces me cedió varias de sus comandas, por un lado, para descansar de sus largas jornadas y por otro, por pura solidaridad con mi dura situación.

Al fin y al cabo, ella también había sufrido lo suyo para sacar adelante a seis conflictivos varones, con un marido vago y alcohólico, que no sólo no aportaba más que disgustos y mal ejemplo a la familia, sino que además se ensañaba a golpes con ella cuando llegaba borracho a casa.

Hicimos amistad a lo largo de los dos años que vivimos allí y sentí gran pena cuando nos hubimos de mudar a un apartamento mejor.

Añoré las largas charlas en la cola para entrar en el baño los días en que nos retrasábamos las dos en la rutina diaria y cómo nos consolábamos la una a la otra, desahogándonos, describiendo los problemas cotidianos.

El siguiente en el turno para la ducha era Gabriel, que, aunque ya contaba con catorce años y podría haber ido perfectamente él solo al baño a asearse —pues ya era un muchacho fuerte para su edad y tan alto para entonces como su padre— todavía era demasiado inocente como para no dejarse manipular por alguno de los maleantes que habitaban el bloque de apartamentos, para sólo Dios sabe qué oscuros fines…

Después del aseo, preparaba el desayuno para los tres.

Primero llevaba en una bandeja el de Mateo a su cama, acompañado de un cóctel de pastillas que lo dejaban fuera de combate para el resto de la mañana.

Después, almorzábamos Gabriel y yo y al terminar, él se marchaba al colegio mientras me quedaba recogiendo la casa.

Al terminar, bajaba a hacer la compra, regresaba a casa, dejaba la comida preparada para Mateo y para mí, pues Gabriel comía en el colegio y me pasaba la mañana cosiendo.