La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

​ —¿Estás bien, Isabel? —indagó ella al notar el desconcierto en mis ojos—. Dadas las circunstancias, quiero decir —aclaró.

—Eh… sí, creo que sí…

Nuestros hijos continuaron el juego, felices, ajenos en su inocencia al drama familiar, con Gabriel encantado de compartir unos minutos con su amable y curiosa primita, en tanto nosotras nos sentábamos a la mesa.

Llevaba horas cosiendo y no había caído en la cuenta del hambre que tenía hasta que saboreé el primer trozo de postre, más delicioso, esponjoso y suave de lo que Lucía había anunciado.

Satisfecha, se ofreció amablemente a servirme más.

—¿Te apetece otro trozo? Pareces hambrienta.

—O, no. Sólo es que esta temporada no estoy comiendo demasiado, pero es que está tan rico —contesté aceptando otra porción y sintiéndome culpable por ello, como si alimentarme con normalidad hubiera sido pecado, teniendo en cuenta que mi amado esposo convalecía gravemente enfermo en la habitación contigua al salón.

Estuvimos un rato conversando sobre temas banales.

Lucía se esforzaba por sacar tópicos, uno tras otro para hacerme olvidar las penas al menos durante un rato, mas una y otra vez volvíamos al tema del cáncer de Mateo, la nostalgia de mi tierra y mis seres queridos o la preocupación por nuestros ingresos.

—Sabes que Alberto está deseando que aceptes su oferta, ¿no? Hemos ahorrado muchísimo dinero y queremos ayudaros. Nunca me perdonaría que pasaseis privaciones por andar escasos de recursos.

Las palabras de Lucía me llegaron al corazón e hicieron quebrar mi entereza. Torciendo la cara, para evitar que los niños se preocuparan, me eché a llorar mientras ella me tomaba de las manos.

—Mamita, ¿estás bien? —preguntó Gabriel que había percibido mi estado a pesar de los esfuerzos por disimular.

—Claro que lo estoy, mi príncipe. Es sólo que… estoy algo resfriada y me lloran los ojos. Puede que tenga algo de fiebre —mentí.

—¿Te traigo una aspirina de la mesita de noche? —se ofreció Gabriel.

—No hace falta, cariño. Despertarías a papá al entrar en la habitación. Además, creo que ya me estoy encontrando mejor. El pudin de tu tía me está sentando muy bien… Anda, sigue jugando con tu primita.

Gabriel se acercó y me dio un abrazo y un beso, como si supiera que todo lo que le acababa de contar no eran más que palabras vacías que sólo buscaban tranquilizarle, mas al final fue él quien me calmó a mí.

Su bonito gesto hizo milagros y la tristeza desapareció mágicamente, hasta el punto de que seguimos la conversación con normalidad, al menos hasta que el drama comenzó…

Llevábamos media hora charlando, evocando recuerdos, momentos divertidos de nuestra infancia, cuando Mateo salió de la habitación.

Se tambaleaba pálido como un cadáver. Caminaba encogido dirección al baño, tapándose la boca con fuerza como si pensara que en cualquier momento fuera a escapar de ella un ser maligno que nos devoraría a todos.

Me levanté a toda prisa para acompañarlo, derramando sobre la mesa gran parte del contenido de la jarra de café.

—¡¿Qué te pasa, Mateo?! —grité asustada.

Lo había visto en mal estado muchas otras veces, quizás demasiadas, pero nunca como en aquella ocasión, con el pantalón del pijama derramándose por sus piernas, dejando a la vista la cetrina piel de sus extremidades inferiores, plagada de llagas y eccemas fruto de la agresiva quimioterapia.

Lucía se llevó a los niños a su habitación y allí se encerró con ellos para ocultarles la triste escena, mientras yo tenía cuenta de la huesuda anatomía de mi marido, acompañándole al cuarto de baño.

Nada más entrar, Mateo se volcó sobre la taza del sanitario, arrojando el poco alimento que se había llevado a la boca en todo el día.

Parecía sin digerir, acompañada de sangre y una sustancia verde y espesa que supuse podría ser bilis o ácidos estomacales…

Una buena parte de los vómitos había caído al suelo del baño, ensuciándolo todo hasta el punto de no haberme percatado que él no era el único que lo estaba manchando…

Una vez los espasmos cedieron y Mateo pareció encontrarse algo mejor, lo ayudé a incorporarse y en aquel instante fue él quien apreció que la falda gris ceniza que yo misma me había confeccionado —copiando de una revista un atractivo diseño que la primera dama había lucido para una ocasión especial— se había teñido de sangre.

—Vaya, lo siento. No sólo pongo el baño perdido, sino que te mancho la falda.

Egoístamente reconozco que al principio me sentí frustrada, pues aquella era mi prenda favorita, tejida a mano con mimo, paciencia y los mejores materiales disponibles en la mercería del barrio.

No obstante, el corazón me dio un vuelco cuando entendí que la sangre en la falda no pertenecía a los vómitos de Mateo, sino que la había ensuciado de dentro hacia fuera.

No sé cómo logré ahogar el grito de desesperación que quiso brotar de mis pulmones, pero logré aguantar y lo acompañé de regreso a la cama.

Le ayudé a tumbarse, lo arropé, le ofrecí un vaso de agua y lo dejé durmiendo.

Después, le besé la frente y salí a hurtadillas de la habitación, pues se había quedado frito al instante.

Luego cerré la puerta y corrí a encerrarme en el baño y confirmar así la sospecha que la sangre en la falda había despertado.

Estuve un par de minutos observando mi demacrado reflejo en el espejo del baño, rezando para que las impresiones hubieran sido falsas, para que una vez me atreviera a bajar de nuevo la vista, la falda siguiera tan limpia como cuando me la había vestido aquella misma mañana.

Al fondo escuchaba las risas de Lucía, Gabriel y Leslye, que jugaban en la habitación de mi chico, ajenos al drama que sus padres estaban viviendo.

Finalmente me armé de valor y, con los ojos cerrados, me desnudé de cintura para abajo, para comprobar horrorizada como un torrente menstrual se precipitaba hacia mis pies…

No es que fuera una experta en obstetricia ni que por aquella época tuviera mucha información de cómo debería transcurrir un embarazo, mas una cosa tenía bien clara y es que no era normal tal circunstancia.

​ Me desnudé a toda prisa y me duché, limpiando a conciencia los restos de sangre y coágulos que todavía corrían por mis piernas.

Después de secarme, tomé tres compresas del armario de servicio del aseo y las solapé formando un todo para intentar detener la hemorragia.

Después me enrollé con la toalla de baño, desde el busto hasta los tobillos.

Mi reflejo en el espejo habría sido cómico en otro momento, enroscada como un burrito mexicano en una toalla llena de lamparones…

​ Abrí la puerta con sigilo y comprobé que los niños seguían encerrados con Lucía en el cuarto de Gabriel, así que corrí de puntillas hasta mi habitación y me encerré allí.

Me sobresalté al encontrar a Mateo sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas, sujetando la cabeza con las manos abiertas.

​ —¿Estás bien, cariño? —pregunté azorada, olvidando por un instante mi dramática situación.

​ —Vaya, te has duchado —contestó levantando la cabeza.

​ Su mirada triste, depresiva, desesperada, mudó a una expresión de terror cuando vio las manchas de sangre en la toalla. Se incorporó de la cama y observé cómo la adrenalina tomaba el control de sus cansadas extremidades.

​ —¡¿Qué ha pasado?! ¿Y esa sangre? ¿Te has cortado?

​ —Baja la voz, Mateo. No quiero que los niños se enteren.

​ —Vale, vale, pero ¿qué te pasa? ¿No te habrás caído en la bañera? Mira que te he dicho que seas prudente, que en tu estado debes cuidarte.

​ —No es eso… Creo que estoy abortando…

​ A partir de ese momento se desencadenó una frenética secuencia de acontecimientos que implicó a toda la familia.

Después de vestirme —no sin antes regresar al baño a renovar las compresas dado que el flujo no cesaba y se estaban empapando— expliqué a Lucía la situación.

Ella se encargaría de quedarse con Gabriel y Leslye, que seguirían jugando como si nada mientras ella sufría tal vez el episodio más dramático de su existencia.

​ Mateo llamó a Alberto al taller, que estaba apenas a dos manzanas de nuestro hogar.

Apareció con el buzo de trabajo y las manos todavía llenas de grasa, conduciendo el enorme Cadillac que justo acababa de reparar.

Mateo, tan débil y delgado que parecía poder quebrarse en cualquier momento, sacó fuerzas de flaqueza para acompañarme al hospital que tanto odiaba.

Nos subimos a toda prisa, ocupando las plazas traseras, conmigo extendida boca arriba y con las piernas elevadas, apoyadas en las rodillas de mi marido y rezando para que la gravedad hiciera su trabajo ayudando a detener la hemorragia.

​ Camino al hospital comenzaron las contracciones, como si mi cuerpo buscara deshacerse de un elemento extraño en su interior.

Un elemento que era mi hijo, mi criatura, mi bebé que ya jamás nacería.

Fue el primer momento en el que, más allá de la gravedad de la situación, entendí de forma sensata lo que estaba ocurriendo y sus implicaciones.

El dolor se transformó en rabia, y la rabia en desesperación y luego tristeza, para terminar en una congoja tan profunda e intensa que sentía como si me estuvieran arrancando el alma.

​ Un inesperado espasmo acompañó a la segunda tanda de contracciones y me hizo vomitar contra el respaldo del asiento delantero justo cuando llegábamos al hospital.

Alberto frenó en seco y saltó del vehículo dejando las llaves en el contacto y la puerta del conductor abierta de par en par.

Con la ayuda de Mateo, que parecía haber recuperado las fuerzas, me sacaron del coche y me sentaron en una silla de ruedas que algún paciente dado de alta habría dejado en la puerta del servicio de emergencias del centro médico.