La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

AÑOS OSCUROS

D el setenta al setenta y tres fueron mis años oscuros.

No es que antes o después no hubiera experimentado malos momentos.

Noventa y cuatro primaveras han pasado por mí y a día de hoy, con la memoria tan lúcida como cuando era una adolescente y con la misma claridad con la que escribo mis memorias, recuerdo hitos terribles a lo largo de mi existencia.

Y también muchos otros dichosos… De eso se trata al fin y al cabo la vida.

De una sucesión de momentos buenos y malos que salpican los valles de rutina mientras cumplimos nuestros sueños, ilusiones y objetivos, caminando a paso firme desde la juventud hasta la senectud.

​ No obstante, en aquella triste época se juntaron muchas “moscas en el parabrisas de la realidad”, demasiadas…

Tantas que apenas sí podía ya distinguir el camino en mitad de la oscuridad y a punto estuve de capitular, dándolo todo por perdido.

La nostalgia, la “morriña” de los gallegos, me golpeó con más fuerza de lo que hizo con los demás compañeros de aventura en la emigración.

Los malos momentos me hicieron más vulnerable y echaba en falta a mamá y su fuerte personalidad, que sabía imponer su carácter y sacarme adelante en tiempos de debilidad.

Me faltaban papá y sus sabios consejos; su templanza, su tranquilidad encajando los golpes de la vida y, sobre todo, sus abrazos, el calor de su cuerpo mientras los fuertes brazos de mecánico y labrador me rodeaban inspirando calma.

​ Mi hermana Lucinda, con la que me carteaba semanalmente y que fue la muleta en la que me apoyé hasta el día que tomé el barco a Montevideo, era otro pilar importante que echaba de menos.

Nos habíamos criado juntas y desde siempre habíamos crecido unidas en los buenos y malos tragos.

Y es que después de la aciaga consulta con el doctor Fernández me entregué en cuerpo y alma al cuidado de Mateo, dejando a un lado todas las demás rutinas accesorias, como mantener por carta el contacto con aquellos que más quería.

Ella siguió escribiéndome durante una larga temporada, pero al ver que no contestaba y conociendo mi situación, entendió que tal vez necesitara espacio y los días entre carta y carta se convirtieron en meses hasta que su recepción finalmente cesó.

​ También echaba en falta a mis otros hermanos, siempre unidos y alegres.

La divertida pandilla de golfos con los que crecí, como mi hermana mayor Raquel, la voz de la sensatez y, junto con la abuela Graciela, nuestra segunda madre, que sabía imponer el sentido común a las peligrosas fechorías que se nos ocurrían.

Mi hermano pequeño Fernando, que pasados ya los veinticinco años se había convertido en todo un hombre y que, siguiendo los pasos de papá, trabajaba ahora como mecánico conductor de camiones y autobuses.

Cuántas veces lo había sacado a pasear en compañía de Lucinda, a presumir de hermanito con las amigas del pueblo.

El niño más bonito del mundo, tan parecido a mi Gabriel cuando era pequeño.

​ La vida en la aldea era simple y tranquila.

España había cambiado mucho desde la dura posguerra y, aunque faltaba mucho camino por recorrer, apenas quedaba ya rastro de hambre o miseria.

Los fértiles campos proporcionaban alimento para humanos y bestias y los adelantos tecnológicos de los que hacía décadas gozaban en el primer mundo empezaban a facilitar las cosas en casa.

No recuerdo cuántas veces me planteé regresar con mi familia en aquellos años, pero sí que fueron muchas…

tal vez demasiadas. Sin embargo, estaba atrapada allí, al menos mientras Mateo continuara con el duro tratamiento oncológico que se había llevado por delante su lacia cabellera, su tostado tono de piel, pero, sobre todo, sus ganas de vivir.

​ Por si las cosas no fueran ya suficientemente duras, cuando mi marido llevaba tres meses de duro tratamiento y yo iba por el cuarto mes de gestación, llegó el que iba a ser el momento más triste de mi vida, al menos hasta entonces...

​ Mateo había dejado la joyería y sacaba apenas algunos dólares trabajando bajo cuerda para su antiguo jefe, reparando los relojes más caros y complejos.

Él estaba muy débil y su vista dañada por el agresivo tratamiento para el cáncer, así que hacía lo que podía con los complicados mecanismos de los más sofisticados relojes suizos.

Un ayudante de la relojería le acercaba unas cuantas unidades cada lunes y disponía de toda la semana para repararlos.

Al principio los despachaba con celeridad, mas a medida que el tratamiento iba menguando sus fuerzas, la cadencia disminuyó hasta que apenas sí podía entregar en plazo la mitad de los ejemplares.

Al menos así sacaba unos pocos dólares para contribuir a la tambaleante economía familiar.

​ Lo que obtenía de coser se convirtió en nuestra principal fuente de sustento, pero debía doblar turnos sentada tejiendo frente a la ventana, además de ocuparme de la casa, de Gabriel y cuidar de mi marido, mientras gestaba una criatura en mi interior…

​ Muchas veces me pregunté qué haríamos cuando naciera mi segundo retoño si las cosas seguían así.

Quién se ocuparía de trabajar en mis semanas de baja, o de cargar con todas las tareas que me habían saturado.

¿Podría seguir cosiendo y generando ingresos?

Porque el tratamiento del cáncer se estaba fulminando a grandes zancadas los copiosos ahorros que por fortuna habíamos acumulado y, a pesar de que mi hermano Alberto se había ofrecido una y otra vez a ayudarnos, el orgullo me estaba impidiendo aceptar más amparo que la compañía de mi cuñada Lucía.

Ella, y no otra persona, se convirtió en mi principal apoyo cuando perdí al bebé…

​ Fue en una tarde lluviosa, gris, oscura.

De esas con el cielo plomizo y bajas presiones en las que el cerebro parece expandirse dentro del cráneo y la cefalea pone a prueba la paciencia y el buen humor…

Mateo no estaba teniendo un buen día y había decidido meterse en cama a intentar cerrar los ojos, pues tal era su estado que sólo cuándo dormía los dolores y malestar que le provocaban cáncer y quimioterapia parecían darle una tregua.

Gabriel estaba en su habitación, haciendo los deberes o eso necesitaba creer yo.

Sus calificaciones, otrora brillantes, habían bajado hasta rozar las peligrosas cotas del suspenso, haciendo peligrar su pase al siguiente nivel.

Infructuosamente intentaba motivarlo y aislarlo del drama que en casa se estaba viviendo, mas para un muchacho de su edad se estaba volviendo muy cuesta arriba ver cómo la salud de su alegre y divertido papá lo convertía lentamente en un fantasma que deambulaba por el pequeño apartamento como alma en pena, mientras su mamá lloraba por las esquinas sin más consuelo que algún ocasional abrazo.

​ Estaba yo cosiendo sentada frente a la ventana cuando el timbre sonó.

No sé por qué razón imaginé que sería algún vendedor de seguros, aspiradoras o cortinas de baño que venía a incordiar ofreciendo un producto que no necesitaba a un precio exagerado, aunque disponible a pagar en cómodas cuotas para hacerse más llevadero.

Abundaban en aquella época aquel tipo de comerciales puerta a puerta, que hacían su agosto entre las aburridas amas de casa, camelándoselas con malas artes, buena presencia y falsos halagos.

​ Dejé que el timbre sonara dos o tres veces más para que el vendedor desistiera y se marchara, pero Gabriel salió de su habitación como un rayo y me sorprendió abriendo la puerta de par en par.

​ —¡GAbrIEL! —grité enfadada incorporándome de la silla a toda prisa y dejando tras de mí un rastro de hilos—. ¡¿CÓMO SE TE OCURRE AbrIR SIN PREGUNTAR?!

​ —No hacía falta mamá. Es la tía Lucía. Ha timbrado con nuestro código, ya sabes; dos toques largos y uno corto.

​ Mi pequeño e inteligente muchacho tenía razón.

Tan abstraída estaba en mis tristes augurios que no había caído en la cuenta.

Me sentí avergonzada en el acto y lo abracé con ternura antes de abalanzarme sobre mi preciosa sobrina Leslye, vestida como una princesita de cuento con un conjunto rosa y azul, que con sus cinco añitos recién cumplidos la hacía parecer un ángel.

​ —¿Cómo está mi niña favorita?

​ —Muy bien, tía Isabel. Mami y yo te hemos preparado un postre y veníamos a merendar.

​ —Oh, vaya, pues me alegra mucho oír eso, porque hoy he comido poco y tengo mucha hambre.

​ Mientras Gabriel se ocupaba de recoger mis herramientas de costura y preparar la mesa para recibir el apetitoso pudin de manzana que Lucía había preparado, yo jugaba con mi sobrina.

Era muy inteligente para su edad, anuncio de la brillante doctora que llegaría a ser en un futuro cercano.

Le gustaban los juegos de rol, así que tomé de la cocina un par de pocillos de café y jugamos a que me servía la merienda como lo haría la más cortés de las anfitrionas.

En el rato que estuve entretenida con Leslye, Lucía conversaba con Gabriel y el mundo desapareció ante mis ojos.

Por unos minutos olvidé todos mis graves problemas y me concentré en el juego, disfrutando con la pequeña como si mi propia hija fuera.

Me sentí como una niña hasta tal punto que si cerraba los ojos podía evocar en la tierna voz de Leslye las palabras de mi hermana Lucinda cuando en las tardes de lluvia nos encerrábamos en nuestra habitación y desarrollábamos exactamente el mismo tipo de juego.

​ —Vamos, cuñada. Deja a la niña jugar con Gabriel un ratín y charlemos. Te va a encantar mi nueva receta de pudin. Está para chuparse los dedos.

​ Levanté la vista hacia Lucía y la observé por un instante como si me estuviera hablando una extraña, como si estuviera tan imbuida en el juego que el único rostro que esperase ver fuera el de Lucinda, a la que tanto echaba en falta.