CAPÍTULO 13 #4
—Así que, por favor, dígame si puede ayudarnos o no. No queremos perder el tiempo ni hacérselo perder a usted. Si ve que está lejos de sus competencias el reto que le plantea, nos vamos y tan amigos.
Mateo se había quedado mudo. Sabía que estaba casado con una mujer de carácter, “de armas tomar”, pero en momentos como aquel en que se lo hacía recordar, es cuando se daba cuenta de la suerte que había tenido y de lo enamorado que estaba de mí.
Así me lo hizo saber aquella misma noche, después de acostar a Gabriel, que había quedado al cargo de una buena amiga y vecina de bloque.
A pesar de que mis palabras fueron duras y directas, no me arrepiento de haberlas utilizado pues la relación con la doctora dio un giro de ciento ochenta grados a cómo semejaba que iba a ser…
Empezó haciéndonos una serie de preguntas muy concretas, algunas de ellas bastante incómodas, relacionadas directamente con nuestra vida sexual.
Después, nos examinó por separado tras un biombo de tela tan mal situado frente a la ventana que apenas sí cumplía su función.
Tras unos minutos, la doctora finalizó el protocolo diagnóstico.
—En el examen preliminar todo parece estar en orden, así que debemos pasar a la siguiente fase —apuntó.
—¿Siguiente fase? —indagó Mateo.
—Sí. La enfermera los acompañará a la planta tres. Allí les haremos unas analíticas de sangre y orina y tendremos hoy mismo los resultados. Si todo está en orden, continuaremos mañana con una recogida de muestras de fluidos.
—¿Qué fluidos? —preguntó inocentemente mi marido.
—Anda, no seas burro —interrumpí—. Te lo explico de camino al laboratorio.
La doctora me dedicó una sonrisa de complicidad y emplazó a su enfermera a acompañarnos.
Satisfecha, caminaba por los pasillos del moderno centro médico, confiada en que estaba en el lugar adecuado, soñando con que antes de que terminara el año volvería a ser madre y al fin Gabriel, que contaba con doce años, tendría un compañero o compañera de juegos.
Ingenua de mí, que la ilusión no me dejara ver la realidad y es que para cuando él tuviera dieciséis y fuera todo un adolescente afeitándose, el pequeño de la casa contaría todavía con sólo cuatro años…
La analítica fue rápida. Apenas un pinchazo en el brazo y un par de tubos de sangre del tamaño de una ampolla.
Más difícil fue orinar en un bote sin mancharme las manos…
Después tuvimos que aguardar una hora a tener los resultados.
La sala de espera era pequeña y no tenía aire acondicionado, así que intenté distraerme de la incomodidad ojeando una revista arrugada por el uso y que mostraba en su portada a un niño vietnamita corriendo desnudo huyendo de una nube de polvo bajo el titular: “El conflicto armado se recrudece en Saigón”
Me encontraba reflexionando sobre lo afortunados que éramos viviendo en el primer mundo, tan lejos de aquella horrible guerra, cuando la rolliza enfermera de la doctora Colleman apareció tras una puerta con cara de pocos amigos.
Portaba en una mano un expediente en el que intuía iban los resultados de las analíticas.
—Por favor, acompáñenme. Ya he hablado con la doctora por teléfono y nos recibirá en otra planta.
Preocupada por la expresión taciturna de la enfermera, seguimos sus pasos a través de largos pasillos hasta el ascensor de personal.
Mateo caminaba a mi lado ausente, despreocupado, como lo suelen hacer los hombres, mientras yo me preguntaba cómo no habría notado la expresión sombría en la cara de la mujer que nos acompañaba. Y entonces fue cuando ocurrió…
Jamás he tenido miedo a los ascensores ni a los lugares cerrados.
Cómo para tenerlo, con todo lo que ha viajado…
No obstante, comencé a sentir vértigo, como si en lugar de estar subiendo en un elevador lo estuviera haciendo en una atracción de feria, con ese hormiguillo tan característico en la boca del estómago transformado en una fuerte opresión que me impedía respirar.
La vista se nubló y un estremecimiento atravesó la columna vertebral de abajo arriba con la rapidez de un relámpago.
A continuación, ya no estaba en el ascensor, sino en una habitación que no llegué a reconocer.
Jamás había estado allí y, sin embargo, por alguna razón me era familiar, como si estuviera en mi hogar.
Tenía el maquillaje corrido mejillas abajo en forma de un reguero que sorteaba las curvas de mi rostro por aquellos lugares que las copiosas lágrimas derramadas habían recorrido.
No sé… Una premonición tal vez… Otra más…
Llamémosle pálpito, intuición, revelación o epifanía.
Qué sé yo… El caso es que allí estaba, en un lugar conocido y desconocido al mismo tiempo, experimentando la misma visión que tiempo atrás había tenido sobre un mundo en el que Mateo ya no estaba, sentada frente a un espejo en la habitación de matrimonio que todavía no habíamos compartido… En ese instante fue cuándo lo supe…
—¡Isabel! ¡Isabel! —Mateo volvía a estar a mi lado, sofocado, alterado, preocupado, abanicándome con su viejo pañuelo de tela grabado con sus iniciales.
El vahído no había tenido origen físico, así que de golpe me encontré como nueva. Simplemente me incorporé y forcé una sonrisa, buscando quitar hierro al asunto a pesar de que sabía ya con certeza que estaba a punto de recibir una terrible noticia.
—Estoy bien, estoy bien… Habrá sido el café de la máquina. Supongo que no termino de acostumbrarme al café americano. Demasiado largo para mi gusto.
—Me has dado un susto de muerte, Isabeliña. La próxima vez avísame cuando te empieces a encontrar mal para que pueda sujetarte antes de caer. Te habrás hecho un buen chichón…
Me palpé el cuero cabelludo en la zona que Mateo señalaba y noté un pequeño bulto. Dolía a rabiar, pero no había hemorragia ni parecía grave.
—¿Desea que la acompañe a urgencias? —interrumpió la enfermera—. Algún doctor de guardia podría echarle un ojo a ese golpe.
—No será necesario, pero gracias por la oferta —corté al momento pensando en la factura a pagar de un simple examen superficial del golpe.
El ascensor había llegado a la planta quinta hacía un par de minutos y la enfermera mantenía las puertas bloqueadas con un pie, a la espera de que pudiera caminar de nuevo con seguridad.
Atravesamos el umbral del elevador y giramos a la izquierda para adentrarnos en un largo pasillo con habitaciones a ambos lados.
Mateo, distraído con las vistas a través de los amplios ventanales pasó por alto el cartel que anunciaba la función del ala del hospital en la que recién habíamos entrado: “ala de oncología” …
La enfermera nos acompañó hasta una puerta diferente a las demás. No era como las de las habitaciones. En lugar de blanca, estaba pintada en azul cian y tenía un rótulo a su derecha: “despacho médico – doctor Fernández”
—Fíjate, un médico hispano —apuntó Mateo—. Es una suerte. Ojalá hable español, que ya estoy harto de que me traduzcas las frases que no entiendo.
En otro momento habría contestado a mi marido que debería apuntarse a la academia de inglés de mi amigo puertorriqueño, o que podía estudiar en casa en horas muertas gracias a la locución telefónica diaria que tanto me había ayudado.
No obstante, mis pensamientos deambulaban por otros lares…
La premonición, ala de oncología… Nada bueno estaba a punto de ocurrir.
Al traspasar el umbral de la consulta, la doctora Colleman y el doctor Fernández nos esperaban sentados tras una mesa blanca llena de papeles.
Tras ellos, un esqueleto humano a tamaño real nos miraba fijamente a través de las cuencas vacías.
Me pregunté si sería de plástico o, por el contrario, los huesos ensamblados de un donante.
—¿Qué tal han ido las pruebas? —preguntó la doctora Colleman por pura cortesía.
Yo estaba bloqueada, como una zarigüeya hipnotizada por los faros de un vehículo mientras cruza la calzada en plena noche.
Aguardaba la terrible noticia que a punto estaba de recibir.
Para Mateo la realidad era otra. Ajeno a su destino y despreocupado, se felicitaba por haber encontrado el hospital perfecto para promover la gestación de su futuro vástago.
Nada menos que dos médicos destinados para su caso.
Todo un lujo viniendo de alguien que hacía sólo cinco años sobrevivía deprimido en casa de los suegros, ahogando las penas en alcohol.
Ahora tenía un buen trabajo, mucho dinero en la cuenta y un porvenir prometedor para él y su familia.
—Todo perfecto —contestó mi marido alegremente—. Apenas un pinchacito. Las enfermeras muy amables y atentas.
—Celebro oír eso —replicó el doctor Fernández en perfecto español—. Si no les importa, continuaremos la conversación en inglés para que la doctora Colleman pueda entendernos.
Mateo, que se las había prometido felices, torció la boca en una mueca y asintió sabiendo que en algún momento iba a perder el hilo, merced a su torpe inglés.
—No tenemos buenas noticias —prosiguió la doctora reanudando la conversación en el idioma anglosajón.
—No me diga eso —cortó Mateo—. ¿Es que no vamos a poder dar una hermanita a Gabriel?
—Sentémonos mejor —respondió la doctora—. Les explicaré la situación.
Soy consciente de que Mateo giró la cabeza hacia mí, pero también lo soy de que para mí aquella consulta estaba sobrando.
Ya conocía el resultado y, como el estudiante que se presenta a un examen por obligación a pesar de tener la certeza de suspenderlo, sólo deseaba terminar cuanto antes y recogerme en casa a llorar en mi habitación…
la actual, el cuarto que sí conocía… la de mi hogar…
—Como decía, las noticias no son buenas. Al menos no todas —continuó la doctora—. En respuesta a su pregunta, Mateo, le diré que sí pueden ser padres. Es más, de hecho, estoy segura de que van a serlo. Pero antes de hablar de eso, el doctor Fernández tiene que darles una mala noticia…
Me hubiera gustado transcribir la conversación en aquella consulta de hospital.
Una charla tan determinante en mi vida y que me cambiaría para siempre.
No obstante, estuve ausente, mirando el bonito paisaje a través del ventanal por el que la luz del día se colaba inundando la estancia.
Mi premonición había sido muy clara, tal vez demasiado explícita y por experiencia, sabía que jamás fallaría en su augurio.
Finalmente me había quedado embarazada de manera natural.
Sin necesidad de tratamientos, fármacos o terapias.
La fuerza de mi amor por Mateo se había impuesto a la madre naturaleza y portaba en mis entrañas una nueva vida…
¿Por qué entonces no estaba saltando de felicidad?
¿Qué arrastraba mis pensamientos hacia el derrotismo, barriendo la dicha de un momento tan singular y personal como lo haría la fuerza de un vendaval al grano de una plantación de centeno?
Como no, la respuesta estaba en el doctor Fernández, jefe de oncología del hospital y que pasaría a ser el galeno que llevaría personalmente el caso de mi marido…