La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

No obstante, el tiempo fue pasando. Las semanas, los meses y después las estaciones y seguía sin lograr engendrar el hijo que tanto deseábamos, hasta que un día cualquiera durante el invierno del año sesenta— recién acostados y bien pegados el uno al otro para darnos calor bajo las frías sábanas— tuvimos la conversación que tanto habíamos demorado.

Fue Mateo el que al fin se decidió a hablar…

—A uno de los dos le falla el motor, Isabeliña…

Me separé apenas lo suficiente para mirarle a los ojos sin bizquear.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes… El bebé que no acaba de llegar. Llevamos mucho intentándolo y…

—¿Acaso me he quejado yo alguna vez? —protesté.

—No hace falta que te pongas a la defensiva. No lo digo por mal. Hasta puedo ser yo el culpable.

—¡Pues claro que puedes ser tú! —en aquellos tiempos la sospecha de infertilidad caía inexorablemente sobre la mujer y me había sentido atacada por sus palabras, a pesar de que no podía haber sido más humilde expresándose.

—Gabriel tiene ya doce años y como no tengamos ya un bebé, pronto será demasiado tarde como para que sean compañeros de juegos. Si es que no lo es ya…

—¿Acaso crees que no lo había pensado ya? —como buena gallega, la costumbre de contestar con una cuestión estaba escrita a fuego en mi ADN.

—El caso es que he estado pensando en ello y creo que hace unos días la solución apareció por azar.

—Te escucho —respondí con sequedad.

—Estaba mi jefe conversando con un cliente mientras le despachaba unos pendientes para su aniversario de boda y escuché lo que decían por casualidad.

Resulta que el cliente y su mujer tenían el mismo problema que nosotros y hay una clínica de fertilidad en Queens que ayuda a engendrar a las parejas con problemas para quedarse embarazados.

El muro que había construido en segundos se derrumbó, mudándome el semblante por completo. Mateo tenía toda mi atención y él lo sabía.

—Una vez el cliente se hubo marchado, pregunté a mi jefe por el tema, haciéndole saber con discreción que tenía un problema similar.

—¿Y qué te dijo?

—Bueno, parece ser que el tratamiento es caro, pero ahora tenemos mucho dinero y pienso que nos lo podríamos permitir.

¿Qué te parece si mañana mismo nos acercamos a preguntar?

Cuanto antes mejor, ¿no te parece? Nos harían pruebas a los dos y, una vez localizado el problema, intentarían ayudarnos a tener otro hijo.

No pude más que besar en los labios a mi buen marido que había logrado encontrar remedio a un problema que me atormentaba.

Aquella noche hicimos el amor con tanta pasión como jamás he logrado recordar y nos dormimos abrazados, desnudos y empapados en sudor, soñando cada uno con volver a ser padres y experimentar la deliciosa sensación de sostener en brazos a una nueva criatura a la que entregar todo nuestro amor.

Al día siguiente mi agenda de costura estaba cargada de encargos cuyo retraso iba a aumentar indefectiblemente en veinticuatro horas más, si bien es cierto que la ocasión lo merecía.

Me puse mi mejor vestido y el caro perfume que Mateo me había regalado por navidad, el mismo que vestía en la cama a Marilyn Monroe…

Tomamos un taxi hacia a Queens, el distrito más grande de Nueva York y que por alguna razón me pareció también el más bello.

Estábamos en el primer año de la década de los setenta y Estados Unidos deslumbraba al mundo como superpotencia dominante.

Con la luna recién colonizada y un modelo económico floreciente, allá a dónde miraba desde la ventanilla del taxi podía ver edificios y casas de construcción reciente; robustas, bien rematadas, con los mejores materiales y, por supuesto, resistentes a terremotos.

Comparado con la miseria que durante tantos años me rodeó en mi tierra natal, era como estar en otro planeta…

Ciertamente, no se me ocurre un calificativo mejor…

—¿Recién casados? —preguntó el taxista, con marcado acento irlandés, para romper el hielo.

—Algo así —contesté yo en perfecto inglés con no menos perfecto acento americano, orgullosa sabedora de que las lecciones nocturnas en la humilde academia de Brooklyn habían servido para convertirme en una ciudadana americana de pleno derecho.

—Se nota. Yo me casé hace dos años y no me veo tan feliz con mi esposa como ustedes dos.

—Por favor, limítese a conducir —cortó Mateo, celoso de su intimidad y temiendo que la conversación con el chófer terminara llevándonos a un terreno demasiado personal.

Lo cierto es que el pobre hombre no volvió a abrir la boca hasta que llegamos, mientras mi marido se llevó de mí un amistoso codazo por descortés. Por suerte, pronto alcanzamos al hospital y la incómoda situación no se dilató demasiado.

Era un centro médico moderno, recién construido, con unas instalaciones meticulosamente diseñadas para impresionar al paciente, dando una imagen de limpieza, seriedad y pulcritud.

La fachada, rematada en mármol, brillaba al sol como si la hubieran encerado el día anterior, y los amplios ventanales me hicieron preguntarme cuántas toneladas de cristal se habrían empleado en terminar el edificio.

No obstante, aunque en un primer momento me impresionaron las instalaciones, la configuración de la recepción me produjo un escalofrío.

Los altos muros y la frialdad de las formas me recordaron a la entrada de la embajada americana en Madrid, de la que tan malos recuerdos guardaba tras haber pasado meses de visitas infructuosas.

En realidad, no era una clínica de fertilidad, tal y como Mateo había escuchado, sino un hospital con todos los servicios.

Zona de hospitalización, urgencias, consultas externas, quirófanos, etc.

Nos atendió en español una amable y cálida recepcionista de origen cubano que tal vez por nuestros rasgos físicos pudo ubicar el origen hispano y cuyo carácter cercano contrastaba con la aséptica decoración.

—Veo que tienen ustedes cita para reproducción asistida ¿no es así?

Aunque Mateo se había adelantado para conversar con ella, la pregunta lo tomó por sorpresa y, sintiéndose avergonzado, dio un paso atrás, cediéndome el protagonismo.

—Así es. Tenemos vez con la doctora Colleman.

—Cierto. Aquí lo tengo anotado. Por favor, suban las escaleras tras de mí y a mano izquierda está el ala de consultas externas. El número veintitrés es la suya. Verán el rótulo con el nombre de la doctora junto a la puerta.

—Muchas gracias, señorita.

—Mucha suerte —contestó ella, lanzando una pícara mirada a Mateo, que debo reconocer, me incomodó. Qué le vamos a hacer. Desventajas de tener un marido tan atractivo…

Tal y como la recepcionista había anunciado, no tardamos en localizar la consulta.

Mateo seguía nervioso. Apenas abrió la boca durante la espera y la única señal que su estado de ánimo externalizaba era el movimiento compulsivo de su pierna derecha, gesto que disminuyó en intensidad cuando coloqué mi mano sobre ella.

Él me miró fijamente y nos besamos como dos recién casados, ante la atónita presencia de una anciana mojigata que aguardaba a ser atendida en la consulta de enfrente y que nos lanzó una mirada de odio.

Me recordó a una vieja cacatúa, activista del régimen del dictador, que siendo niña me había dado clases en el colegio durante un par de meses en los que la profesora titular se había puesto enferma de escarlatina.

Lo cierto es que el beso logró calmar a Mateo, que no volvió a temblar y pasó el resto de la espera conversando conmigo sobre los planes con el bebé que estaba por llegar; cómo decoraríamos su habitación, qué ropa le compraríamos.

.. Él quería una niña a toda costa. “La parejita”, de la que tanto se hablaba en la moderna sociedad americana, muy alejada de los estándares reproductivos en Galicia, mi tierra natal en la que, para ser considerada numerosa, una familia debía tener al menos seis integrantes.

​ Una rolliza enfermera emergió por sorpresa al otro lado de la puerta para decir nuestros nombres. Era nuestro turno y aunque aguardábamos atravesar el umbral de la consulta muchas más veces en el futuro cercano, por desgracia, aquella sería la última ocasión…

La doctora Colleman era una sonriente mujer cercana a los cuarenta, pelirroja, delgada y con la cara tan llena de pecas que era difícil encontrar un solo milímetro cuadrado de piel blanca en su cutis.

—Buenos días, parejita. Por lo que tengo aquí anotado, parece ser que queréis ser papás de nuevo, ¿no es así?

El tono de la doctora era divertido, tal vez algo jocoso.

Y en cierto modo tenía sentido. Recién empezada la década de los setenta, contaba ya con cuarenta años y para la época casi podría ser considerada una anciana en términos de fertilidad.

No obstante, nos sobraba ilusión, determinación y ganas y, por otra parte, si existía un lugar en el planeta capaz de obrar el milagro de vida era en aquel moderno hospital.

Y así es como no me dejé amilanar y dejé las cosas claras desde el primer momento.

—Escuche, doctora. Sé que a mi edad no va a ser fácil engendrar, si tenemos además en cuenta que no lo conseguimos por el método natural —contesté con seguridad en perfecto inglés de Brooklyn—.

Pero también sé que este hospital es el mejor de Norteamérica en lo que se refiere a potenciar la fertilidad en parejas con problemas, así que no voy a renunciar a mi sueño porque a usted le parezca que soy mayor.

Tal vez para una americana como usted, cuarenta años le parezcan muchos, pero para las mujeres de mi tierra, no lo son.

Mi madre tuvo a su último hijo con cuarenta y dos años, sin ayuda de clínicas y pariendo en su cama como se hizo toda la vida, así que no venga ahora a darnos lecciones.

La doctora, que no se esperaba una contestación tan implacable y todavía menos de una inmigrante de origen hispano, se reclinó en la silla apartándose de la mesa unos centímetros. Realmente estaba impresionada.