CAPÍTULO 13 #2
Pero, sé bien que llegados a cierta edad empiezan a ser los hijos, y no los padres, los que tiran de nosotros, nos motivan a superar barreras y ser mejores personas.
Nos dan ejemplo de cómo adaptarnos a un mundo cambiante y antes que tarde nos enseñan a vivir de nuevo, como una versión mejorada de la persona que algún día fuimos.
Y es por ese motivo y no otro que, con gran esfuerzo por mi parte y con la oposición de Mateo —convencido de que tal sacrificio era una locura y que tarde o temprano lo terminaría pagando con mi salud física o mental— finalmente me matriculé en una academia de inglés…
No es que fuera un centro educativo como tal y alguna vez llegué a pensar en mi nueva escuela como una versión 2.
0 americana del seminario de clases de apoyo que mi cuñado maestro —esposo de mi hermana mayor, Raquel— organizaba cada verano en el cobertizo de la casa de sus padres.
El aula no tendría mucho más de cincuenta metros cuadrados, resultado de haber unido —tirando un tabique— el dormitorio con el comedor en una vivienda particular y en la que nos apelmazábamos unos veinte alumnos, todos de origen hispano.
El profesor y propietario de la vivienda era un amable y sonriente puertorriqueño de unos cuarenta años, tez morena, incipiente panza y exquisitos modales.
Se había licenciado en su tierra en literatura inglesa y había emigrado para, al igual que muchos de nosotros, cumplir el sueño americano.
No obstante, lo más parecido que había logrado alcanzar con los pocos dólares que obtenía de su humilde alumnado era a comprarse un viejo Buick Special que consumía tanto aceite como gasolina y que cada vez que arrancaba hacía menguar visiblemente el agujero en la capa de ozono…
Y así es como empecé a tomar lecciones, al principio un día a la semana, luego dos, más tarde tres y hasta llegar a un total de cinco.
El cómo logré integrar en mi rutina cotidiana de arduo trabajo tantas horas de estudio es algo que todavía hoy me pregunto.
Tal vez fue porque durante las clases mi nivel de atención era tal que apenas necesitaba estudiar después, o por la ayuda de Mateo, que complaciente en mis deseos se ocupaba de Gabriel en las ocasiones en que debía preparar un examen o superar alguna lección en la que me encontraba encallada.
Asimismo, cuando los hombres de la casa ya dormían a pierna suelta, me sentaba frente a la ventana del salón en una silla de la cocina.
Arrastraba a mi lado la mesita de centro y dejaba colocada encima una libreta de notas, el teléfono y un lápiz.
Existía en aquellos tiempos, como alternativa a los modernos métodos digitales de aprendizaje de hoy día, un número al que llamar para mejorar el inglés, un método muy popular y que años más tarde retomaría para perfeccionar mi nivel en taquigrafía Gregg.
Cada día, un mensaje grabado reproducía un texto en inglés de unas mil palabras, extraído de alguna de las más conocidas obras de Shakespeare.
El ejercicio consistía en tomar nota del texto, practicando el listening, para después traducirlo al castellano.
Era un servicio gratuito, promovido por el ayuntamiento de Nueva York y que pretendía facilitar el aprendizaje del idioma a la emergente y cada día más numerosa comunidad hispanohablante en la Gran Manzana.
Fueron aquellos años muy duros pues me ocupaba de la casa, de Gabriel, trabajaba a jornada completa y mientras los demás dormían, me dedicaba a estudiar.
No obstante, mi objetivo en el horizonte estaba muy claro y como quiera que tener una carrera universitaria era una opción que no pensaba desechar, dominar el idioma era condición sine qua non.
Desde luego, por intentarlo no iba a quedar.
Siempre he sido trabajadora como pocas, tozuda, obstinada, enfocada en el futuro e inasequible al desaliento y en aquella ocasión tan importante para el futuro, no iba a ser menos…
En cualquier caso, sólo dos años más tarde hablaba inglés de forma tan fluida y clara que mi sorprendido profesor juraba y perjuraba que jamás había tenido una alumna tan destacada.
Y no lo puedo negar pues para el año sesenta y ocho me desenvolvía con soltura hablando inglés americano sin apenas esfuerzo, simulando el acento de cualesquiera que fueran mis interlocutores.
Mi hambre de seguir aprendiendo era insaciable.
Necesitaba recuperar el tiempo perdido, por todo lo que no había podido estudiar siendo una joven en la aldea.
Soñaba con poder hacer una carrera universitaria como mi hermana mayor y convertirme en una mujer independiente y orgullosa; estudiada, letrada, que caminara por las calles de Nueva York con la cabeza bien alta, sintiéndose como un ciudadano americano más de pleno derecho, habiendo recibido una educación superior.
Sin embargo, Gabriel contaba con solo diez años y aún estaba muy apegado a mí, así que no era el momento.
Una situación que, no obstante, estaba segura de que llegaría más adelante…
Los sábados por la tarde aprovechábamos los días de buen tiempo para salir a pasear por las calles de Brooklyn.
Se había convertido en una tradición familiar regresar a casa con algún capricho que compensara las largas semanas de duro trabajo.
Cansados de atravesar manzana tras manzana, nos recompensábamos con pequeñas extravagancias para decorar nuestro coqueto apartamento o algo de ropa, complementos o un juguete para Gabriel.
Cualquier cosa servía siempre que cumpliera la única condición de ser un antojo.
Ya bastante dura era la vida como para no permitírselos de cuando en vez…
No era esta tradición un capricho que sólo nos aportaba placer material.
Las calles de Nueva York eran un gran bazar saturado de focos de atención hacia los que la vista se dirigía compulsivamente una y otra vez, estimulada por grandes carteles luminosos, vallas publicitarias, opulentos escaparates o imponentes rascacielos.
En esta línea, recuerdo la primera vez que subí al Empire State Building y la sensación de vértigo al asomarme al vacío en el nivel más alto permitido a los sorprendidos turistas que se animaban a experimentar la sensación de prácticamente alcanzar las estrellas…
Se divisaba todo el skyline de Nueva York desde allí y aquello me hacía sentir la protagonista de una película de ciencia ficción, trasladada en una suerte de bucle espacio temporal hacia un mundo completamente diferente al que había mamado desde niña.
Pensaba en los millones de personas que a mis pies veían pasar sus vidas como una película a cámara rápida inmersos en las rutinas de la trepidante y ajetreada existencia en la Gran Manzana.
En ocasiones nos acompañaban a estos paseos Alberto y Lucía con su pequeña Leslye, que en el año sesenta y ocho contaba con sólo tres años y que era el primer miembro de la familia en convertirse en ciudadana americana de pleno derecho, pues había nacido en Brooklyn, en el mismo apartamento en el que ahora vivía con sus padres.
El parto había sido asistido por una vieja doula de origen italiano, muy popular en el barrio por haber estado presente en el nacimiento de muchos de los americanos hijos de emigrantes que ahora vivían en el distrito.
Había sido un nacimiento fácil, diametralmente opuesto a lo que había ocurrido con el mío, hasta tal punto que mi sobrinita había venido al mundo con una sonrisa, reacción poco común a las primeras palmaditas en el culete nada más nacer.
Gabriel se comportaba con su primita como si de una hermana pequeña se tratara.
Como hijo único sentía la necesidad de protegerla y cuidar de ella y así es que tanto si salíamos a pasear como si nos reuníamos para comer o cenar en cualquiera de los dos apartamentos, no se apartaba de ella ni un solo instante.
Fue en una de aquellas cenas familiares en la distancia cuando comprendí que mi hijo necesitaba un hermanito y en mi interior se abrió una brecha, una batalla entre la parte egoísta —que recordaba el larguísimo parto de más de veinticuatro horas para expulsar a un retoño con cinco kilogramos— y la altruista, que pretendía convertirme de nuevo en madre.
Y, como no podía ser de otro modo, ganó la parte generosa…
Con gran placer, no lo voy a negar, Mateo y yo nos pusimos manos a la obra…
y es que me consta que una pareja no hace el amor con tanto gozo y empeño como cuando se busca con ello el engendrar una criatura.
Aún me sonrojo escribiendo estas líneas, recordando como mi marido me estrechaba entre sus brazos mientras se vaciaba en mi interior, estremeciéndose de placer, temblando, sudando, con los músculos todavía en tensión…
Fue una época dorada aquella para nuestro matrimonio.
El sexo era más placentero de lo que jamás había sido, ni tan siquiera al principio de nuestra relación, cuando descubría por primera vez la experiencia de sentir el calor del cuerpo de un hombre piel con piel, fundiéndonos en un solo ser…
Nos queríamos más que nunca, pues Mateo había dejado de beber y vivía entregado a su familia, dedicándose a cuidar de nosotros, trabajando sin descanso, forjándose un prestigio como relojero.
Pronto empezó a ganar tanto dinero que literalmente no sabíamos qué hacer con él.
Recuerdo que cada lunes al recibir el sobre con la paga semanal, caminaba hasta el banco e ingresaba cheques de quinientos en quinientos dólares, cifra que para la época era ya una pequeña fortuna.