CAPÍTULO 13
NEW YORK, NEW YORK
F ue un viaje memorable el que nos llevó desde el puerto de Vigo a la ciudad más cosmopolita, ecléctica y universal del planeta.
Mateo, Gabriel y yo, una aventurera y joven familia que llegaba al fin a la tierra de las oportunidades, impacientes por vivir el llamado “sueño americano” que anunciaba la prodigiosa capacidad Yanki para convertir el trabajo duro en lingotes de oro puro, como si del mismísimo Rey Midas se tratase.
Esta vez el equipaje no tenía nada que ver con el tremendo ajuar de mi primera migración al Uruguay.
Mucho más familiar, se centraban ahora mis pertenencias— ordenadas en el mismo gran baúl que había arribado al puerto de Montevideo— en los trajes de Mateo, juguetes de Gabriel y algo de comida para regalar a mi hermano y demás familiares que nos esperaban en tierras lejanas con los brazos abiertos.
No había querido llevar demasiada ropa, ni calzado.
Nada de mi propiedad, en definitiva, que me distrajese del gran objetivo en el que estaba enfocada; empezar de cero.
Pero no todo fue alegría, ilusión y conversaciones sobre grandilocuentes proyectos entre mi marido y yo.
Los primeros días fueron tristes, muy tristes.
Entendíamos los dos muy bien lo que dejábamos atrás.
Sólo Dios sabía cuándo volveríamos a ver a nuestros padres o si lo haríamos estando ellos todavía con vida.
Hermanos, amigos, costumbres, fiestas, el hogar natal…
todas esas cosas que formaban parte de lo más profundo de nuestros seres y que ahora tendríamos que sustituir por otros valores, adaptándonos a una sociedad completamente diferente, aunque en esencia con un denominador común con la que habíamos mamado y que nos convertía en triunfadores en potencia; el trabajo duro.
Un concepto que en la Galicia de los años sesenta apenas proporcionaba recursos para mantenerse a flote y que, por el contrario, en Norteamérica garantizaba el éxito, inmersos en una sociedad que mucho más que cualquier otra creía fervientemente en la meritocracia.
Con la cabeza saturada de ilusiones y proyectos, atracamos al fin en el puerto de Nueva York y mi primer incidente tuvo que ver con un amable y compresivo oficial de inmigración, con el culo pelado de tratar con todo tipo de seres humanos.
Y es que a pesar de haberme confiscado los dos kilos de chorizos caseros que mamá me había exhortado llevar ocultos entre el equipaje como regalo para Alberto, sí nos dejó pasar los tres quesos de tetilla y la pata de jamón curado que tanto gustaba a mi hermano.
Él mismo fue quien salió a recibirnos en solitario hasta el puerto.
Del mismo modo que había ocurrido a mi llegada a Montevideo, conducía un enorme coche que había tomado prestado en el taller mecánico en el que trabajaba y que pocos años más tarde sería de su propiedad.
Me sentí algo decepcionada, pues esperaba que mi cuñada Lucía y mis primos y amigos que habían emigrado antes que yo estuvieran esperando en el puerto para un gran recibimiento.
No obstante, la alegría de ver a Alberto de nuevo logró enmascarar el triste sentimiento.
Compartimos un viaje en coche lleno de risas, recordando viejas anécdotas de la niñez, mientras Mateo y Gabriel jugaban al “Veo-veo”, maravillados, contemplando a través de las enormes ventanas del vehículo los altos edificios, las amplias calles y los imponentes coches que por ellas circulaban.
Como parte del recibimiento, Alberto nos tenía preparada una agradable sorpresa y es que había alquilado un apartamento para nosotros en el mismo edificio en el que vivía.
Había pertenecido a una familia italiana que, habiendo prosperado, acababa de mudarse a una zona más acomodada de la ciudad.
Para mantener el suspense nos obligó a los tres a ponernos una venda en los ojos antes de entrar, como si de un juego se tratase.
Cuando anunció que ya nos la podíamos quitar, la luz del mediodía que entraba por las ventanas y el griterío de un tumulto abigarrado de personas me dejaron aturdida.
—¡SORPRESA! —gritaron mis familiares y amigos.
Allí estaban todos los seres queridos que había esperado nos hubieran recibido a la llegada a puerto.
Lo cierto es que fue una fiesta de acogida gloriosa que se alargó hasta la noche.
Gabriel, agotado por el viaje y convertido en el centro de atención, se metió en cama bastante más tarde de lo recomendable para un niño de su edad.
Estaba nervioso, tanto o más alterado que nosotros y tardó un buen rato en quedarse dormido, tiempo durante el que conversamos sobre el colegio, los nuevos amigos que iba a hacer y el idioma que iba a aprender.
Salí de la habitación aletargada tras haberlo dejado dormido y arropado en su nueva cama y me encontré con que todos se habían marchado ya y sólo quedaban Alberto y Lucía, que conversaban con Mateo en el mullido sofá de tres plazas que presidía el salón.
—¿Te ha gustado el recibimiento, hermanita?
—Claro que me ha gustado. Pero… cómo has…
—Supongo que estás intrigada por el apartamento y los muebles, ¿no es así?
—Sí, bueno, eso… Tendré que pagarte algo por todo esto ¿no?
Alberto se reclinó en el sofá y puso cara de suficiencia.
—Nada de eso, Isabeliña. Los gastos del primer mes corren de mi cuenta.
Además, no quiero que trabajéis estas dos primeras semanas y os dediquéis a disfrutar de Nueva York; conocer el barrio, la ciudad, experimentar con el metro, familiarizaros con el transporte público, los supermercados de la zona, y todo lo demás.
Pasado ese tiempo ya hablaremos de trabajo, que también me he ocupado de ello.
—Pero ¿y los muebles? Te habrán costado un ojo de la cara.
—En absoluto. Son un regalo. Aquí nos ayudamos unos a los otros.
Cada vez que llega un nuevo miembro de la familia hereda los muebles y electrodomésticos del anterior y éste, se compra unos nuevos con el dinero que ha podido ahorrar.
Así funcionan las cosas. Cuando llegué hace tres años, otros me ayudaron a mí y ahora toca devolver el favor en mi hermana favorita. ¿Qué te parece?
—Pues me parece que has cuidado muy bien los muebles, porque están como nuevos. Y los electrodomésticos son un lujo. Fíjate en la nevera, por ejemplo, es como la puerta de una nave espacial…
Tal y como había prometido, Alberto se ocupó de nosotros durante dos semanas.
No es que estuviéramos de vacaciones, pues había muchas gestiones que hacer, como encontrar colegio para Gabriel, registrarnos en el ayuntamiento, domiciliar recibos de suministros y demás papeleo, no obstante, después de haber tenido que viajar quince veces a Madrid para la obtención del visado, cualquier gestión ya me parecía asunto baladí…
Alberto encontró trabajo para Mateo como relojero en una joyería de Brooklyn, a unas cuatro manzanas de nuestro coqueto apartamento. Para mí, como no podía ser de otro modo, como costurera, esta vez de un sastre italiano, dueño de una selecta boutique de modas en la zona cara de la ciudad.
No voy a mentir diciendo que nuestros inicios en la “gran manzana” fueron una historia de vino y rosas.
Lo cierto es que trabajamos como burros, sin descanso, de sol a sol.
El primer año, sin conocer el idioma, protegidos por el núcleo familiar en la emigración, nos centramos en acumular un colchón de dinero que nos permitiera costear los gastos cotidianos y, al mismo tiempo, comenzar a ahorrar una buena cantidad de dinero.
Mateo no sólo trabajaba diez horas diarias reparando relojes en la trastienda de la joyería, sino que cada día se traía del trabajo varias unidades para continuar reparándolas en casa.
Eran relojes muy caros, dotados con poderosas maquinarias suizas.
Para evitar tentaciones a los amigos de lo ajeno, le había cosido un bolsillo oculto en el forro del traje para que los pudiera transportar allí.
Todos los problemas que había tenido con la bebida se esfumaron.
Y no porque no tuviera ganas de remojarse el gaznate de cuando en vez, sin embargo, su atareada rutina cotidiana, apenas le dejaba un segundo libre para hacer otra cosa que no fuera trabajar.
Aquello fue su particular piedra de salvación…
Por mi parte, trabajaba desde casa, cosiendo asomada a la ventana del salón, que daba a la calle.
Desde que me levantaba hasta que me acostaba, mi rutina consistía en preparar a Gabriel, acercarlo al colegio, coser toda la mañana, cocinar para los tres, recoger a mi pequeño —que cada vez lo era menos pues crecía alto y fuerte como su padre a un ritmo endiablado— y seguir cosiendo hasta que oscurecía.
Era ésta una rutina que apenas me dejaba tiempo para hacer otra cosa que no fuera trabajo y que, a pesar de hacer que nuestros ahorros crecieran rápidamente, me tenía estancada en temas tan importantes como el del aprendizaje del idioma.
No ocurría lo mismo con mi hijo… Es curioso cómo funciona el cerebro de los niños y es que tras sólo unos meses después de habernos instalado, Gabriel casi dominaba el inglés.
En ocasiones, cuando le preguntaba por su día en el colegio, se le escapaban sin querer frases en el idioma anglosajón pronunciadas con una entonación y acento tan perfectos como si realmente se hubiera criado en las calles de Brooklyn o Queens.
Me sentía orgullosa de él, tan alto, guapo e inteligente como su padre y familia materna.
Se parecía mucho a papá y de tanto en cuando me sorprendía a mí misma observándolo a la luz de la lamparita de noche del ratón Mickey mientras dormía, empujada por la nostalgia que sentía del calor de los abrazos de mi amado progenitor.