CAPÍTULO 12 #10
Nuria estaba en pie, apoyada sobre el mostrador de recepción haciendo fuerza sobre un taco de papeles. Pretendía agujerearlos para introducir una espiral y archivarlos, pero eran demasiados y maldecía una y otra vez en la estampa del que había creado la máquina perforadora.
—Hola de nuevo, ¿problemas?
La recepcionista se sobresaltó. No me había visto llegar.
—Caramba, Isabel. Me has asustado. No te esperaba tan pronto por aquí. ¿Ha ido todo bien?
—Bueno, en realidad…
—Vaya, por tu expresión diría que no ha funcionado. ¿Es que te ha pedido más pasta ese cabrón?
Nuria se tapó la boca instintivamente pues había proferido estas últimas palabras en un tono de voz demasiado alto, avivado por el eco en las altas paredes de mármol del vestíbulo.
—En cierto modo, no creo que haya ido mal…
Palabra por palabra, le conté todo lo que había ocurrido y se sorprendió de que el marido de su amiga le hubiera planteado aquella opción tan comprometedora.
—Caramba, caramba. Sí que le has debido caer bien a Nemesio.
Esa es siempre la segunda opción, pero es arriesgada.
Imagina si damos con algún inspector de incógnito haciéndose pasar por demandante del visado y entiende que estamos ayudando al señor Andrés González.
Sólo se la exponemos a los solicitantes más pobres, que no podrían permitirse un soborno de esa cuantía o si, como en tu caso, la primera opción fracasa por cualquier circunstancia.
—Esto es una pesadilla, Nuria. Por favor, ayúdame. Ya no sé qué más hacer. Prometo que te recompensaré generosamente.
—Me ofendes, Isabel. No hago esto por dinero. Sólo quiero ayudar… Anda, déjame que eche un vistazo a la agenda de González.
La recepcionista abrió una elegante libreta en formato A4 con las tapas forradas en símil piel de color marrón. Vi como pasaba las páginas hasta que llegó a la fecha más próxima en la que el funcionario corrupto parecía tener algún día libre.
—No me lo puedo creer —anunció Nuria alegremente—. Mañana se ha tomado el día de vacaciones, así que te apuntaré aquí para solicitar el visado con el agente Marañón. Es joven y buena persona. Seguro que con él no tendrás problemas.
Una aguijonada de sospecha me hizo caer en la cuenta de algo que no había contemplado.
—No entiendo, Nuria. Si era tan fácil arreglarlo, ¿por qué no me has dado cita con Marañón desde el principio?
—No es tan fácil, Isabel. Yo no doy las citas telefónicas.
Es otra compañera la que lo hace y se ciñe a emparejar a cada solicitante con su expediente y el funcionario concreto al que está el caso asignado.
Hoy estás de suerte, porque mi compañera está con gripe y me ha dejado su libreta repujada.
Satisfecha con la explicación, caminé hasta el hotel en que me hospedaba.
Lo primero que hice fue darme una larga ducha, como si quisiera limpiar de mi piel todo el mal al que había sido expuesta.
Después bajé a la cafetería a tomar un tentempié.
Mi estómago ya no estaba encogido, atenazado por los nervios.
Tenía un hambre voraz y devoré un pepito de ternera con patatas fritas en un abrir y cerrar de ojos.
Me eché a descansar cinco minutos antes de salir a pasear para matar el tiempo en la tarde tan larga que tenía aún por delante, pero me quedé traspuesta un par de horas con el murmullo de los coches y el agradable viento que se colaba por las ventanas entreabiertas.
Cuando desperté, me cambié de ropa, me maquillé y saqué del sobre cien duros para derrochar en caprichos.
Lo tenía bien merecido y me tomaría la tarde para salir de compras yo sola por la capital.
Reservé otras quinientas pesetas para darle a Nuria como agradecimiento por la gestión y guardé el resto para volver a ingresar en la cuenta por la mañana temprano.
Fue una tarde memorable. Recuerdo que disfruté entrando en selectas tiendas de ropa, calzado y complementos y siendo tratada por las dependientas como una ricachona de alto copete.
Más tarde, ya oscureciendo y cansada de caminar, cargada con bolsas de regalos para la familia y caprichos para mí, regresé al hotel y dormí como hacía meses que no lo hacía.
Finalmente, las cosas pintaban bien y, aunque iba a derrochar mil quinientas pesetas en los presentes a Nuria y Nemesio, más lo que me acababa de gastar en trapos, lo daba por bueno.
En lugar de emplear el doble de dinero en sobornar a un sinvergüenza, se iba a utilizar sólo la mitad en buenas acciones.
Papá, que me había prestado el dinero a fondo perdido, se habría sentido orgullosa de mí. estoy segura de ello…
Al día siguiente, como no podía ser de otro modo, todo salió perfecto.
El tal Marañón era un muchacho alto, delgado y bien parecido, cercano a la treintena y con unos exquisitos modales, síntoma de una selecta educación.
Revisó mi expediente diligentemente y con detenimiento.
Le preocupaba haber visto que había sido rechazado por otro compañero en tantas ocasiones, mas como no encontró error alguno en la documentación aportada, tomó el sello de tinta verde y lo estampó sin miramientos sobre el papel de la solicitud.
—Enhorabuena, Isabel. Al fin ha sido usted habilitada para viajar a Norteamérica. Espero que su estancia allí sea agradable y placentera.
Arrastrada por la emoción, salté como un resorte y rodeé la mesa para plantarle al muchacho un besazo en los morros que lo dejó literalmente tieso.
—Yo, eh… no querría que usted pensara… verá, es que soy un hombre felizmente casado y…
Sabía que me había propasado, pero me daba igual. No podía ser más feliz. Corrí escaleras abajo hasta la recepción para abrazar a Nuria como si fuéramos viejas amigas. Ella se alegró sinceramente por mí y me deseó lo mejor en la nueva etapa de mi vida.
—Ojalá volvamos a vernos. Tú y yo seríamos grandes amigas —me soltó emocionada por haber hecho algo tan bueno.
Supongo que aquella era una de las satisfacciones que su trabajo le proporcionaba, muy por encima de recibir a gente despistada o cubrir papeles.
La parte de su empleo relacionada con hacer el bien, el conseguir una vida mejor para otras personas que no habían tenido tanta suerte como ella.
Tras un último abrazo le devolví el apretón de manos con el que había comenzado aquella breve aventura.
El mismo en el que había deslizado un papel arrugado con la dirección del señor Andrés González.
No obstante, en lugar de las señas del corrupto, esta vez era yo la que le entregaba algo a ella.
Quinientas pesetas, cifra nada despreciable para aquel tiempo.
—No se te ocurra rechazarlo —exigí—. Si quieres recordarme, cómprate algo caro con este dinero y consérvalo cerca de ti. Así estaremos siempre juntas ¿ok?
—¿Ok? Pero si ya hablas como una americana —bromeó Nuria.
Nunca más volví a saber de ella, aunque le deseo de todo corazón que haya tenido una vida larga y feliz. Sólo Dios sabe a cuánta gente como yo habrá ayudado a realizar sus sueños…
De quien sí tuve noticias fue de Andrés González.
Y lo fue muchos años más tarde, ya viviendo en Nueva York, mientras me entretenía con la prensa en la cafetería de un hospital.
Salía en las páginas interiores de la edición hispana de un prestigioso diario de la ciudad y junto a su cara, que jamás olvidaré, rodeado de otros chupatintas sonrientes, se podía leer el siguiente titular:
“Andrés González, elegido nuevo ministro bajo la dictadura del general Franco”