La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 12 #9
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CAPÍTULO 12 #9

Decidida a no marcharme esta vez de Madrid sin haber logrado mi objetivo y con ánimos renovados, caminé hasta el banco más cercano y retiré la cantidad necesaria para el soborno.

Después, regresé a la embajada y desde allí tomé un taxi a la dirección garabateada en el papel.

El chófer era un muchacho joven, de no más de treinta años y acento murciano que se identificó como Nemesio.

Dicharachero y de fácil conversación, me contó cosas tan personales como que su mujer estaba a punto de dar a luz al tercer hijo o que su padre estaba hospitalizado con un galopante ataque de sarampión.

Su madre estaba minusválida por unas paperas que había tenido siendo niña y cobraba una pensión del estado.

.. Fue un revulsivo para mí escuchar la animada conversación de un hombre que, a pesar de tener tantos o más problemas que yo, llevaba la vida con alegría, sorteando los obstáculos uno tras otro a medida que se iban acercando.

Al fin llegamos a la dirección indicada.

Lo cierto es que me esperaba algo ostentoso, aunque no al nivel que mis incrédulos ojos observaban.

Más que un chalet, el funcionario vivía en una mansión, protegida del acceso de intrusos por una verja de fundición moldeada con motivos florales y pintada en un brillante color dorado que deslumbraba al reflejar los rayos de sol.

Me bajé del vehículo y pedí al taxista que aguardara unos minutos pues no quería estar allí mucho más tiempo del estrictamente necesario para hacer efectivo el soborno.

Luego me asomé a la cerca para echar un vistazo al interior de la propiedad a menos distancia…

Piscina, pista de tenis, casita para invitados, jardines cuidados hasta el hastío con setos podados en diferentes y divertidas formas y hasta un parque infantil, eran algunos de los aditamentos de los que constaba el exterior de la casa.

Y la casa… Nada menos que tres plantas de “palacio” que nada tenía que envidiar a los más lujosos chalets en el barrio residencial más caro de Montevideo y que había tenido la suerte de poder visitar con Mateo pocos años atrás, cuando habíamos sido invitados por la esposa de un rico abogado, cliente satisfecha y agradecida de la joyería familiar.

Me acerqué al portalón buscando la forma de anunciar mi llegada.

En lugar de un llamador, una campana o un timbre, me encontré sorprendida con un moderno intercomunicador.

Apreté el botón con decisión y una duración tal vez lo suficientemente sostenida como para incomodar a cualquiera que se encontrara dentro de la propiedad.

—¡Ya va, ya va…! ¿Quién demonios es? —bramó una voz enfadada desde el otro lado.

—Buenos días. Querría hablar con el señor Andrés González. Es por un visado. Mi nombre es Isabel Portela. Él sabrá quién soy al verme…

Se hizo un irritante silencio que se alargó unos minutos, tiempo durante el que el taxímetro seguía corriendo, sumando a las tres mil pesetas de la tasa el dinero de la carrera.

Supuse que la propietaria de la voz que había escuchado habría ido a llamar al corrupto funcionario de la embajada, no obstante, cuando llevaba unos cinco minutos sin obtener respuesta comencé a impacientarme y pulsé de nuevo el botón del telefonillo.

—¡¿Qué quiere ahora?! —escuché gritar a la misma voz, esta vez hostil y enojada.

—Cómo que ¿qué quiero? —respondí con no menos enfado—. Llevo diez minutos aquí esperando como un pasmarote. ¿Me quieren dejar pasar de una buena vez para que pueda hablar con el señor González?

Contrariada y poco acostumbrada a recibir un trato tan poco cordial como el dispensado, la mujer al otro lado bajó el tono de la conversación, aunque continuó expresándose con la misma mordacidad.

—No lleva usted diez minutos esperando, sino cinco. Además, el señor González no está en casa y no sabemos cuándo llegará.

La noticia cayó sobre mis hombros como un jarro de agua fría.

En una décima de segundo evalué mis opciones…

Podía quedarme allí yo sola aguardando todo el día bajo un sol de justicia, sin garantía alguna sobre la hora de regreso del corrupto y arriesgándome a que la vigilancia de la urbanización o la policía me desalojaran a palos.

También podía pedir al taxista que se quedara conmigo el tiempo de espera, pero sería abusar de aquel hombre.

No podría pagarle la carrera de todo un día y me sabía mal regatear un precio por tal motivo habiendo conocido de primera mano los apuros económicos y personales por los que estaba pasando.

Es por ello que decidí capitular y tal vez probar suerte otro día, o incluso entregar las tres mil pesetas en la propia embajada, si conseguía que me dieran cita con él en un periodo tan corto de tiempo.

En cualquier caso, me sentía destrozada por dentro, desanimada, deprimida, hundida…

La situación se había convertido en la historia interminable de una mujer atrapada en un círculo de corrupción en cuyo núcleo se encontraba un abominable payaso construyendo un muro que jamás podría escalar y que me separaba de los sueños de una vida mejor.

Regresé al taxi llorando desconsolada. Tomé asiento en la plaza trasera opuesta al asiento del conductor y tras haberme recuperado, me desahogué con él relatándole el motivo y circunstancias de mi visita a la vivienda del corrupto.

Después, le pedí que me llevara de vuelta al hotel, sin embargo, él tenía algo que decirme.

—Escuche, Isabel. No soy tonto y sabía por qué está usted aquí… Hay algo que le he ocultado.

Me enjuagué las lágrimas y esperé a que continuara.

—No es usted la primera persona que traigo a esta dirección… y supongo que no será la última —el taxista guardó silencio un instante, como si sopesara las alternativas a continuar un relato que lo podría comprometer—. Escuche, yo… No quería…

—Por favor, prosiga —asenté la palma de la mano sobre su hombro derecho. El gesto pareció tranquilizarle.

—El caso es que sé muy bien quién vive aquí y también sé que acepta sobornos a cambio de conceder el visado.

He traído a esta casa a personas de todo tipo y muchos de mis compañeros me han confirmado en petit comité que ellos también.

Desde ricachones que desean perderse en Norteamérica, perseguidos por algún escándalo de corrupción, hasta gente humilde como usted, que sólo desea reencontrarse con sus seres queridos en el extranjero.

—No lo puedo creer —apunté—. Este desalmado se ha construido todo un sindicato del crimen en la embajada. ¿Es que nadie lo ha denunciado ya?

—Vaya si lo han hecho, pero las acusaciones siempre han caído en caso roto. Parece ser que el señor Andrés González es primo de un ministro del Generalísimo y tiene influencias en las altas esferas que escapan a nuestro control. Créame si le digo que es mejor llevarse bien con él…

—Agradezco su sinceridad, pero supongo que no me estará contando todo esto sólo para confirmarme que no tengo más opción que intentar una y otra vez sobreponerme al fracaso o que se le antoje subir la cifra del soborno a una cantidad que no me pueda permitir.

—Pues claro que no, Isabel. Déjeme continuar, se lo ruego. Estoy arriesgándome, contándole esto. No haga que me arrepienta, por favor.

El taxista carraspeó para aclararse la voz. Un buen hombre de los que todavía abundaban en aquellos tiempos y de los que tan pocos quedan hoy día; avezados, valientes, temerarios y capaces de enfrentar cara a cara cualquier adversidad con tal de que el bien se sobrepusiera al mal…

—Hay una persona en la embajada que la puede ayudar. Se llama Nuria y es la recepcionista. Una chica encantadora y alegre.

—Sé quién es. Muy amable, por cierto. ¿De qué la conoce usted?

—Es una amiga de mi mujer. Sabe que estamos pasando por apuros y nos avisa cada vez que alguien puede necesitar un taxi desde la embajada. Ya ve… No es casual que nos hayamos conocido.

—Entiendo… Pero no veo en qué podría beneficiarme saber eso, dadas las circunstancias.

—Pues porque Nuria conoce los horarios del señor González.

Si usted se enterase por un casual de qué día libra y le concertara cita precisamente en esa fecha, algún otro funcionario más diligente podría atenderla.

Estoy seguro de que cualquier otro, con un expediente como el suyo, le concedería el visado sin mayor problema.

—No lo sé. Parece algo ilegal. Además ¿cómo sabe usted de mi expediente?

—No sé nada, Isabel. Sólo que tengo dos dedos de frente y si, tal y como usted me ha contado, este es su viaje número catorce a Madrid, entiendo que tendrá más que dominada la documentación a presentar, ¿no es así?

—Así es —asentí avergonzada por haber sospechado de aquel buen hombre—. Disculpe mi escepticismo. Es que a estas alturas…

—No se disculpe. Compénseme haciendo caso a mi consejo. Hable con Nuria y dígale que va de mi parte. Ella sabrá qué hacer…

De regreso a la embajada, abrí la cartera en la que llevaba doscientas pesetas para gastos, un poco de calderilla, el billete de regreso y el sobre con las tres mil pesetas del soborno.

Quité cien duros, que guardé apretados en el puño como si pensara que una ráfaga de viento los podría hacer volar y esperé a que llegásemos a destino.

Cuando el buen hombre detuvo el vehículo, le di un golpecillo en el hombro derecho con el puño cerrado en el que escondía el dinero. Él bajó la vista a mi mano y la abrí, dejando caer la generosa cantidad sobre la palma de su mano.

—Tenga, quédese con el cambio.

Sabedora de que el orgullo jamás permitiría al taxista aceptar esa cantidad, abandoné el taxi a toda prisa…

La última vez que lo vi, cuando me volví hacia la calle desde las escaleras de la embajada, el conductor lloraba como un bebé con la cabeza apoyada sobre el volante.

Que Dios le bendiga, porque probablemente sin su ayuda me habría rendido y jamás me habría reunido con mi hermano Alberto en Brooklyn.