La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 12 #8
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CAPÍTULO 12 #8

“Inasequible al desaliento”, me decía papá.

“No te dejes vencer por la desesperación”, me decía mamá.

“Ánimo, hermanita”, me decía mi querido Fernando, tan guapo con su uniforme de la marina.

Y así es como con ánimos renovados, hice un último viaje, jurándome que sería el definitivo y que no me marcharía de aquella maldita embajada sin el visado que tanto ansiaba y que contenía la esperanza para una vida mejor de mi pequeña familia.

Camino a Madrid el paisaje desfilaba ante mis ojos a gran velocidad mientras divagaba sobre cómo sería nuestro futuro en New York, como la llamaban los yanquis.

Imaginaba a mi pequeño Gabriel convertido en todo un hombre, sosteniendo un diploma universitario el día de su graduación, vestido con una toga de terciopelo azul y un birrete rematado con la típica borla de hilos de seda que yo misma cosería.

Asimismo, podía ver a Mateo al otro lado del mostrador de su propia joyería, despachando artículos de lujo en una céntrica calle de Manhattan a elegantes damas de alto copete ataviadas con vestidos de Dior o, tal vez arreglando costosos relojes Omega Speedmaster Moon, como los que llevarían los astronautas de la NASA en las misiones Apolo…

—Señorita, ¿se encuentra usted bien? —el revisor, preocupado por mi distracción se había interesado en la mujer que permanecía impávida en su asiento tras haber llegado a destino…

—Eh… yo, sí, supongo que sí. ¿Por qué lo pregunt…? ¡Caramba! ¡No me diga usted que hemos llegado ya!

—Así es, señorita. Tengo que pedirle que abandone el vagón. Toca turno de limpieza y de vuelta a hacer millas —contestó el amable revisor.

A medida que bajaba las escalerillas me daba cuenta de la determinación con la que enfrentaba este viaje.

Ni la Guardia Civil, ni el ejército americano o español podrían llegar a desalojarme de la embajada sin el visado bajo el brazo…

Y con esa resolución tomé el primer autobús que llevaba a la calle Serrano y al que lamentablemente tantas veces antes me había subido por el mismo motivo, hasta el punto de que conocía tan bien sus horarios que pude calcular al minuto la hora exacta de llegada.

Al apearme del autobús experimenté una peculiar sensación que me desconcertó y es que toda la firmeza, la voluntad, la decisión con la que había viajado en esta ocasión, se vino abajo en una centésima de segundo, hasta el punto de que estuve cerca de caerme en la acera.

Las piernas se negaban a sostenerme. Tuve que refugiarme en una cafetería a que me pasara el ataque de ansiedad, que sólo comenzó a ceder dos horas y tres manzanillas más tarde…

Me armé de valor no sé muy bien cómo y, con las manos frías y sudorosas, las piernas temblando y la piel de la nuca erizada, áspera y contraída, crucé la calle hasta la entrada a la embajada.

Allí estaba la misma muchacha que tantas veces me había recibido con afecto y cercanía, la perfecta némesis de su compañero de trabajo en la planta superior: mi peor pesadilla…

—Buenos días, Isabel —cantó alegremente con voz melosa—. Otra vez por aquí ¿no?

—Sí, a ver si esta es la buena… —pude expresar con un hilo de voz.

—Se te ve nerviosa hoy. No lo estés. Seguro que es la definitiva. Ya verás.

—¿Tú crees?

—Estoy convencida. Hoy me ha parecido ver que el señor González subía las escaleras canturreando, como si estuviera de buen humor. Estoy segura de que esta vez podrá echarte una mano.

Respondí con gesto de resignación y me di la vuelta para continuar escaleras arriba.

Caminaba como un lechón en la cola del matadero y sugestionada por la situación hasta creí poder oír los gruñidos de mis congéneres mofándose por el aciago destino que me aguardaba.

Tras catorce visitas al mismo lugar, no podía menos que ser pesimista, por más que la recepcionista hubiera intentado animarme con una mentirijilla, que bien sabía jamás habría ocurrido con un amargado como el funcionario que me iba a atender.

—Otra vez por aquí, Isabel. Veamos que me traes hoy. Espero que no me estés haciendo perder el tiempo como las otras veces, pues mi paciencia se está agotando y me estoy planteando denegarte la visa indefinidamente.

Por si no estaba ya atacada de los nervios, las “amables” palabras del señor González me habían dejado al borde de un síncope. El perverso funcionario de la embajada comenzó a revisar los documentos con detenimiento.

—Bien… veamos… todo en orden por aquí… Muy bien, Isabel, esta vez parece que has hecho bien la tarea… A ver esta copia… la autorización firmada y compulsada correcta…

Mientras hablaba solo repasando mis papeles, observaba cada movimiento de mi interlocutor.

De repente, un rayo de esperanzadora luz se abrió atravesando el cielo encapotado, cuando vi cómo por primera vez desde que lo había conocido, tomaba el tampón de aprobación, el que tenía la base de color verde y se podía configurar modificando la fecha al día del corriente.

—Oh, vaya por Dios. Esto está mal…

Mi corazón dio un vuelco y sentí como la vista se nublaba. Creo que perdí el conocimiento al mismo tiempo que el sonido del tampón rojo se mezclaba con el acúfeno, preludio al desmayo.

Cuando abrí los ojos me encontraba en el recibidor, tumbada en uno de los sofás orientados al vestíbulo con la recepcionista abanicándome con la carpetilla que contenía los documentos de mi solicitud.

—Que… ¿qué ha pasado?

—Nada, Isabel. Parece que el disgusto te ha sentado mal y has perdido el conocimiento durante unos minutos. El propio señor González te ha bajado en brazos hasta aquí y te ha dejado a mi cargo.

Intenté incorporarme, pero las sienes latían furiosamente y se me nubló la vista de nuevo.

Logré inclinarme lo suficiente para comprobar que tenía la falda subida unos centímetros más arriba de lo que se podía considerar decoroso en la época, he hice un esfuerzo para bajarla asiendo los dobladillos y tirando de ella hacia abajo.

No quise saber la razón de mi desaliño, aunque en el fondo podía suponer que el sinvergüenza del funcionario había aprovechado mi desmayo para llevar sus sucias manos más allá de lo estrictamente recomendable.

—¿Estás bien, Isabel? Puedo traerte un refresco de cola o una naranjada si te apetece. O pedirte un café o un té.

La amabilidad de la recepcionista en contraste con la indiferencia y hastío del señor González provocó en mí una reacción de tristeza extrema.

Me sentía tan sola en la gran ciudad, tan lejos de los míos, que el afecto de otro ser humano frente a la hostilidad de los demás hizo que me quebrara y rompiera a llorar.

La buena mujer no se apartó de mí ni un solo momento mientras me desahogaba. Envió a uno de los conserjes a por una manzanilla a la cafetería de en frente, me acarició el pelo como si de una hermana mayor se tratara y hasta se ofreció para acompañarme a la parada del autobús.

—No sé qué voy a hacer ahora, Nuria —que así se llamaba la recepcionista—. Ya no tengo más recursos a mi alcance. Estoy segura de que esta vez los papeles estaban bien y aun así…

Ella se acercó a mi oído para susurrar algo que me dejó patidifusa…

—Escucha, Isabel. No debería decirte esto, pero no quiero verte más así y sé bien que tu problema tiene fácil solución.

No eres la primera ni serás la última persona a la que González exprime como un limón.

Conozco bien su modus operandi y se centra en solicitantes que vienen solos, gente de muy lejos, de un mundo rural, aunque con cierto poder adquisitivo, como parece ser tu caso por lo elegante de tu forma de vestir.

—No sé qué quieres decir, Nuria.

—Pues que si puedes disponer de tres mil pesetas te puedo dar su dirección y zanjar el problema.

—¡¿Me hablas de un soborno?! —respondí en un tono de voz mucho más elevado de lo recomendable, dadas las circunstancias.

—Shhhh, no armes escándalo, que aún me vas a meter en un lío.

—Lo siento, pero es que no puedo creer lo que estoy escuchando.

—No lo llames soborno. Llámale incentivo, si quieres. Piensa en todo el dinero que te has gastado en trenes, hoteles, comida, etc. en todo el tiempo que llevas viniendo. Sólo te pido que lo consideres como una opción.

Me quedé muda. Qué otra cosa podía hacer ante lo que estaba escuchando.

Deduje que mis papeles habían estado bien desde la primera visita meses atrás y que todo ese tiempo el desalmado de González había estado torturándome con el objeto de obtener tres mil cochinas pesetas.

¿Acaso no habría sido más fácil para todos que, disfrazándolo de una tasa administrativa, me hubiera cobrado en mano en su despacho ese dinero?

Pareciera que el desalmado del funcionario disfrutaba haciendo sufrir a las personas.

Y es que no se me ocurría otra explicación…

Cuando al fin me recuperé, y me disponía a despedirme de Nuria, ésta me deslizó, disimulado en un apretón de manos, un papelillo arrugado que contenía la dirección de González.

Después de agradecerle su amabilidad, abandoné el edificio e inhalé en mitad de la calle una gran bocanada de aire fresco, como si me encontrara en el centro del mismísimo parque del Retiro.

Después abrí el papel que Nuria me había dado.

El tipo vivía en la urbanización de La Moraleja, en el municipio de Alcobendas, conocida por ser una de las más lujosas de Madrid, sino la que más.

Y ahora podía entender la razón. Si atendía doscientos visados al mes, aunque sólo pudiera lograr en cincuenta de ellos la “tasa de la casa”, estaría sumando a su elevada nómina como funcionario de alto nivel la nada desdeñable cantidad de 150.

000 pesetas de la época, cifra más que suficiente para permitirse no uno, sino dos chalets en el prestigioso barrio de la capital.