CAPÍTULO 12 #7
Lo cierto es que a nuestra llegada a la estación esperaba encontrarme algo muy diferente.
Tal vez una ciudad más rural, menos civilizada, muy diferente al Montevideo que me había acogido con tanto calor en el año cincuenta y cinco.
Sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando pude certificar con mis propios ojos que la distancia con la capital del Uruguay no era tanta.
Madrid había crecido a marchas forzadas en los últimos años y como un árbol centenario, había extendido sus ramas y raíces hacia todos los puntos cardinales, plantando la semilla de la gran urbe europea que es hoy en día.
Nos hospedamos en un modesto hostal en el centro, humilde, aunque limpio hasta el hartazgo y con menú casero incluido en el precio, que constaba de desayuno continental, comida y cena, todo ello en abundante cantidad y mejor sabor, pues la buena mujer que lo regentaba era una excelente cocinera.
A pesar de que era un viaje corto en el tiempo para cumplir un objetivo muy concreto, logramos sacar un hueco en la apretada agenda para visitar el parque del retiro y el Museo del Prado.
Quedé maravillada con las obras de arte allí exhibidas, especialmente con los cuadros de El Bosco, Velázquez y Goya, retrato de una España imperial, rica y colonial de la que sólo quedaban ya los restos merced a las guerras y la pésima gestión de dirigentes más preocupados por enriquecerse que por perpetuar el orgullo de un pueblo otrora temido por el resto de las civilizaciones del planeta.
Cuando al fin llegamos a la embajada estaba nerviosa e impaciente a partes iguales.
No veía la hora de bajar las escaleras del moderno edificio —cuya fachada desentonaba con el estilo decimonónico de las construcciones del entorno —con el papel del visado a buen recaudo en un sobre verjurado y el escudo membretado, bien visible, de los Estados Unidos de Norteamérica.
En la recepción nos atendió una amable muchacha, apenas unos años más joven que yo, con un marcado acento norteamericano y una sonrisa tan sincera y expresiva que me hizo albergar la que, a la postre, sería una vaga esperanza de salir de allí con la visa.
Siguiendo sus indicaciones, subimos a la primera planta y aguardamos turno en una sala de espera amueblada con cómodos sillones y decorada con cuadros de batallas a caballo y banderas de los Estados Unidos.
Nunca olvidaré el olor de la estancia, una mezcla entre incienso, almizcle y flor de lavanda, perfume exquisito y relajante que invitaba a permanecer allí por tiempo indefinido. Y cierto que la espera fue larga…
Dos horas de espera más tarde, salió a la puerta un hombre de mediana edad, desaliñado, con gruesas gafas de pasta color ocre y un flequillo peinado de derecha a izquierda con la frustrada intención de disimular su incipiente calvicie.
Parecía estar de mal humor y su semblante y expresión desentonaba con la elegante sala de espera y, por encima de todo, con el tono de cordialidad con el que había sido recibida por la recepcionista.
Me levanté, acomodé la falda y seguí sus pasos.
Me sorprendió el poco cortés gesto de hacerse pasar él en primer lugar, pero estaba tan nerviosa que pasó a un segundo plano.
La verdad es que aguardaba de mi anfitrión alguna pregunta del tipo, “¿en qué puedo ayudarla, señorita?”, o algo no tan formal como “lamento la espera, pero ha merecido la pena”, no obstante, el tipo me abordó con sequedad y la educación de un burro fariñeiro …
—¿Qué quiere usted? —me espetó sin tan siquiera darme los buenos días.
Me quedé tan perpleja que no pude más que titubear. Después de dos horas de retraso, al menos esperaba un tono más cordial.
—Vamos, señorita, no tengo todo el día —continuó el tipejo en su peculiar estilo de interlocución…
—Yo… bueno… venía a solicitar el visado para Norteamérica. Es aquí donde lo expiden, ¿no?
—Sí, aquí es. Vamos, enséñeme la documentación.
La actitud del funcionario me había puesto tan nerviosa que rebusqué en el bolso la carpetilla en la que guardaba los informes necesarios.
Era de cartón tintado de azul oscuro y unas gomas de colores para cerrarla.
Tenía las manos tan húmedas por la ansiedad que dejé las marcas de los dedos en la superficie y las yemas quedaron impregnadas de color.
El “divino y agradable personaje” que había sido asignado a mi caso y con el que todavía hoy tengo pesadillas, me arrancó la carpeta de las manos, se colocó las gafas que había dejado sobre la mesa y comenzó a leer los impresos y las copias de mis documentos sin demasiado interés.
Daba la impresión de estar escudriñando algún error para usarlo como excusa y no extenderme el visado…
Me fijé distraída que sobre la mesa descansaba un cartelillo de madera con su nombre tallado a mano: “ Andrés González ” era su nombre, torpemente escrito a trazos cortos como si de una manualidad se tratara…
Y así es como sólo dos minutos después de haber ojeado el expediente, el señor González levantó la cabeza, me clavó su mirada como un dardo envenenado y me soltó la frase más temida para un emigrante.
—Voy a tener que denegarle el visado. Le falta a usted la copia del libro de familia, el impreso 12A y el permiso de su marido por escrito y compulsado en el ayuntamiento de residencia, que por lo que aquí veo es el de Montevideo.
—¡No, no! ¡Ya no vivimos allí! —exclamé arrastrada por un arrebato de desesperación—. ¡Ahora estamos en España!
—Como si está usted en la cochinchina…
Acto seguido, el amable funcionario tomó un tampón de madera, lo estampó con violencia sobre el tinte rojo contenido en una bandeja metálica junto al flexo que iluminaba su mesa de nogal y después dejó con orgullo sobre el impreso de solicitud la indeleble marca de su mala leche en forma de un cuño que rezaba la palabra “DENEGADO”.
Me alegré de que papá no hubiera entrado conmigo, porque al ver a su hija ser tratada de un modo tan desagradable podría haber liado un incidente y ponerme así las cosas aún más difíciles para un futuro próximo.
Más al contrario, el bueno de mi padre quiso quitarme el disgusto colmándome a regalos, así que como el tren de regreso a Galicia partía al anochecer, nos dedicamos a ir de compras…
Bien es cierto que de aquel primer viaje no me traje visado alguno, aunque sí un par de vestidos veraniegos con zapatos y bolso a juego.
Creo recordar que fue la primera y única vez que me sentí a gusto en Madrid, una preciosa ciudad sobre la que, por la mala fe de un desalmado, derramé ríos de lágrimas de frustración y a la que jamás regresé una vez obtuve la visa para reunirme con Alberto.
Y así es como volví a la casa que me vio nacer y, tras haber pasado el viaje de vuelta durmiendo plácidamente junto a mi padre en un reservado del coche cama, me encontré a Mateo roncando vestido encima de la cama, con la ropa puesta y las botas llenas de barro…
De nuevo había bebido la noche anterior, incumpliendo una vez más la promesa que me había hecho.
Discutimos amargamente, nos peleamos, nos dijimos cosas horribles y nos reconciliamos cuando ya parecía que no había más que una catarata de hiel separándonos.
Y todo porque nuestro amor era mucho más fuerte que cualquier adversidad y en el fondo tenía la certeza de que sabríamos sortear juntos al mayor de los obstáculos que se interpusiera en nuestro camino…
Encorajinada, al día siguiente telefoneé a Montevideo para solicitar los papeles que necesitaba.
Además de libro de familia, partidas de nacimiento y nuevos impresos a cubrir, tal y como había pedido el funcionario de la embajada, me aseguré de que Mateo redactara una carta manuscrita con su mejor letra en la que me autorizaba a viajar con él.
Eran cosas que pasaban y que ahora me producen asco, pero en aquellos tiempos no cabía más opción que tragarse el orgullo y capitular si querías llegar a ser algo en la vida. Qué le vamos a hacer…
Los documentos llegaron por valija desde el Uruguay un mes más tarde y, al día siguiente de recibirlos, ya estaba en la estación de tren yo sola con una pequeña maleta de mano y los billetes para Madrid a buen recaudo en el bolso.
No quise que papá me acompañara en esta ocasión por si volvía a salir mal la gestión y él acababa perdiendo la paciencia con el funcionario que, por desgracia, me habían asignado.
Y no es que no agradeciera su presencia…
Me sentí muy sola, débil e indefensa, aunque me consolaba pensando que era un viaje de unas pocas horas y que una mujer como yo— que había viajado atravesando el océano durante semanas para finalmente establecerse en otro continente— no debería tener miedo a nada.
Lamentablemente aquel viaje también fue en vano…
Esta vez el funcionario ni se molestó en atenderme y pidió a su secretaria que le entregara mis papeles.
Después de horas de espera en la sala con olor a almizcle, con gesto de resignación la asistenta me devolvió la documentación pintarrajeada con garabatos y marcas rojas con la palabra “DENEGADO” salpicando cada rincón del formulario de solicitud.
La forma en la que había tratado los papeles que con tanto rigor y orden había preparado sólo podían decir dos cosas de aquel hombre: o estaba desequilibrado o era de la piel del mismísimo diablo…
Regresé a casa sin saber muy bien qué hacer salvo reunir de nuevo la misma documentación que había entregado y rezar para que el funcionario estuviera de baja, vacaciones o excedencia y algún otro compañero me pudiera atender con el debido respeto y diligencia.
Por desgracia, aquello no ocurrió y tuve que regresar una y otra vez a Madrid hasta un total de trece veces a lo largo del año sesenta y cuatro.