La mujer que sobrevivió al silencio CAPÍTULO 12 #6
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CAPÍTULO 12 #6

No recuerdo haber dado un abrazo tan largo en toda mi vida.

Experimenté tanta felicidad que pensé que nada podría hacerme sentir mejor y que había tocado el límite del cielo.

Las dos nos metimos en la cama y charlamos durante horas como dos niñas pequeñas recordando travesuras y compartiendo experiencias e ilusiones.

Cuando ya se acercaba la hora de comer, papá se asomó a la puerta del cuarto.

—Isabeliña, ¿me prestas a tu hermana un rato?

—¡Claro, papá!

Lucinda saltó de la cama y se colgó de papá que babeaba de orgullo y alegría. Ahora sí, su dicha era completa y, con los seis hermanos de nuevo reunidos, se disponía a disfrutar de unas merecidas vacaciones con la casa de nuevo llena de gritos, peleas y bromas.

Aconteció durante la comida de navidad una conversación que dejó una profunda marca en mí y que desencadenó la serie de acontecimientos que poco tiempo más tarde nos llevaría de nuevo a emigrar, esta vez a unos convulsos Estados Unidos que acababan de sufrir el dramático golpe del asesinato del presidente Kennedy.

Durante los postres, Javier se había interesado por la experiencia de Alberto y Lucía, recién instalados en Nueva York.

Su relato de lo que allí presenciaron produjo un cambio en mi forma de ver el futuro de nuestra familia que espoleó definitivamente la idea de emigrar e instalarnos con ellos.

Al parecer, se habían encontrado en el barrio de Brooklyn con una bien nutrida comunidad tanto hispana como italiana, que los había recibido con los brazos abiertos.

Unos primos del pueblo, emigrados años antes, les habían ayudado a encontrar apartamento, instalarse y hasta les habían regalado los muebles y electrodomésticos para su nuevo hogar.

Había trabajo a raudales por todas partes y de todo tipo, ya fuera para los que, como nosotros, viajaban como mano de obra cualificada, o para los que lo hacían sin ningún oficio.

También para los licenciados o doctores que buscaban en la tierra prometida nuevas oportunidades lejos de una España a la que todavía restaba un largo camino de recuperación tras décadas de dictadura opresora.

Me recuerdo observando a Alberto relatando con mal disimulado entusiasmo su experiencia, con el bello de los brazos erizado por la emoción y el rostro congestionado.

Se le veía feliz, dichoso, rebosante de felicidad por haber encontrado el perfecto e ideal lugar en el mundo en el que formar una familia con la mujer a la que amaba por encima de todas las cosas.

Desde aquel día, mis deseos de reencontrarme con él en la tierra prometida americana, la metrópolis más cosmopolita del planeta, se multiplicaron y luché por encontrar el momento perfecto y exponer a Mateo la situación.

No obstante, y a pesar de que mi marido no se encontraba a gusto en Galicia, su idea iba más por regresar al Uruguay con sus padres que en emprender una aventura en un viaje de vaivén a un país con unas costumbres e idioma tan diferentes al nuestro.

Fueron unas fiestas memorables, unas navidades increíbles, probablemente las mejores que recuerdo, acompañada de los míos, arropada por las dos familias; la que me había criado y la que yo misma había formado con Mateo y Gabriel…

No obstante, el tiempo pasó rápido y pronto cada uno tuvo que regresar a su hogar y quehaceres.

Las despedidas fueron tan duras e intensas como alegres lo habían sido los recibimientos y antes que tarde estábamos otra vez solos en el hogar natal mis padres y mi familia, pues Fernando, haciendo el servicio militar, sólo aparecía por casa a fines de semana alternos y Javier se había instalado con su familia en Santiago de Compostela.

Tendríamos que aguardar casi una década, al año setenta y dos, para que los seis hermanos volviéramos a reunirnos, siendo esta segunda ocasión todavía más especial que la primera…

Pasaron los días, las semanas, los meses, y la tierra prometida que mamá nos había retratado con tanta ilusión comenzaba a decepcionarnos.

Galicia, como el ave Fénix, comenzaba a resurgir de sus cenizas y el auge de la construcción y la creación de nuevas empresas dibujaban un tejido industrial que daba empleo a prácticamente el cien por cien de la población.

Sin embargo, todavía no había dinero para lujos o para inversiones y la profesión de joyero o relojero en la que Mateo era experto no terminaba de florecer, por lo que los días pasaban sin que encontrara empleo en lo que realmente le gustaba.

Así, se tuvo que dedicar a pequeñas chapuzas que lejos de motivarle, lo hundían todavía más en la depresión que había comenzado con el segundo robo a la joyería de sus padres.

Con la costura, yo ganaba bastante más dinero que él, a costa de pasarme todo el día encerrada en el cuarto dándole al pedal de la máquina Singer hasta que me dolían las rodillas.

Eso afectaba a su masculinidad—hundiéndolo todavía más— pues los hombres de la época sentían que eran ellos los que debían proporcionar el sustento familiar y así es como, para olvidar sus penas, de nuevo comenzó a beber…

Al principio fueron días esporádicos, luego días alternos y, por último, las visitas a la taberna del pueblo fueron casi diarias.

Llegaba a casa al anochecer, tambaleándose, y sin decir una palabra, se metía en cama a dormir hasta el día siguiente.

Por las mañanas se levantaba tarde, cansado, mareado, taciturno.

Desayunaba ligero y acompañaba a Gabriel a la escuela.

Después daba un paseo con Marte hasta la hora de comer.

Seguía el sendero que conducía al río y dejaba que el viejo Pastor Alemán se bañara y así mitigar los dolores de su artrosis.

A mesa puesta, casi ni pronunciaba palabra, contestando con monosílabos a lo que se le preguntaba. ¿Qué tal te ha ido el día? ¿Has encontrado trabajo por el pueblo?...

Llegó un momento insostenible en el que Mateo ya no trabajaba y todo el sustento familiar salía del dinero que ganaba reventándome a coser y, parte del cual se gastaba después él castigando su maltrecho hígado en la taberna.

La situación se volvió dramática y un día me planté frente a él, encorajinada, espoleada por el genio, el fuerte carácter heredado de mi padre y del que hacía gala en muy pocas ocasiones…

—Esto no puede seguir así, Mateo…

Bien sabía mi marido que cuando lo mentaba por su nombre el infierno se congelaría antes que dar mi brazo a torcer.

—No sé qué me quieres decir, Isabeliña…

—Ni Isabeliña ni ostias. Sabes perfectamente a qué me refiero. Sobra trabajo para un hombre joven y fuerte como tú sin que tengas que recurrir a pasarte el día como un haragán, saltando de taberna en taberna.

—Pero yo soy relojero, Isabel. En Montevideo habría encontrado trabajo en mi oficio, pero has querido que nos viniéramos a España, a envejecer entre vacas, conejos y gallinas.

—¡No te permito que hables así de la tierra que me dio la vida! —estaba tan enfadada que ya no me importaba gritar y que lo escucharan mis padres. Aquella dramática situación merecía ser encauzada y debía tomar el toro por los cuernos.

—No pretendía hacerlo, pero la primera en ser grosera has sido tú —apuntó Mateo—.

Escucha, Isabel, jamás he querido decepcionarte, pero no estamos bien.

Desde que hemos llegado nuestra subsistencia se sostiene por la ayuda de tus padres y eso no me gusta.

Todo hombre debe cuidar de su familia y yo no lo estoy haciendo con la mía.

Eso me frustra y ya sólo encuentro consuelo en el vino de la taberna.

Incluso tú llevas semanas distante conmigo.

Cuando me acerco a ti en cama, te das la vuelta y me rechazas.

—¿Y qué te esperabas? Llegas bebido y mareado, apestando a alcohol y a tierra húmeda. Te metes en cama sucio, sin ducharte, sin afeitar. ¿Piensas que así puedo sentir algo por ti?

Mis palabras eran como un dardo envenenado.

Cada letra y cada sílaba, se clavaba en Mateo provocando una punzada de dolor en su ya maltrecho corazón.

Mucho me arrepentí de haber mantenido una conversación tan relevante en aquellos términos pues supe más tarde que él siempre tendría presente mi dureza.

Las personas no son como esponjas o muelles, que recuperan su forma original cuando los manipulas.

Somos pedazos de papel escrito que, una vez arrugados, se llenan de pliegues y deformidades.

Las letras que escriben los sentimientos se emborronan y vuelven difusas y lo único que prevalece es el dolor, el resentimiento…

En el estado de postración en que se encontraba mi marido por aquella época, habría bastado la simple propuesta de seguir los pasos de mi hermano mayor para que lo hubiera aceptado sin rechistar.

Mas había aguardado demasiado para hablar con él y mi enfado se había convertido en ira y la ira en dolor.

Un dolor tanto para él, que había recibido la hiel de mi veneno, como para mí, arrepentida por haber sido tan dura con el hombre de mi vida.

Como se suele decir, cargué con la penitencia en el propio pecado cometido y desde el día de la discusión, por llamarla de algún modo, pues más fue un monólogo por mi parte, recibí el inmerecido apoyo incondicional de Mateo para cualesquiera que fueran mis decisiones…

Al menos, tenía muy claro cuáles eran éstas…

En el primer viaje de muchos a Madrid me acompañó papá.

Nuestro destino era la embajada norteamericana en la capital y el objetivo, la preciada visa para poder reencontrarme en Nueva York con mi hermano Alberto.

Fue un viaje precioso, cargada de ilusiones como iba, con papá a mi lado recordando anécdotas de la niñez.

Era primavera y había pedido días adelantados de las vacaciones de verano para poder cuidar de mí en el largo trayecto en tren.